Víctor Casaus, cronista de su tiempo

Celia Medina • La Habana, Cuba

¿Quién es Víctor Casaus? Ni Víctor Casaus mismo, con todo y que es el autor del poema más corto escrito en lengua castellana, puede contestar la última pregunta que el periodista Fernando Rodríguez Sosa, anfitrión del espacio literario Libro a la carta de la librería Fayad Jamís, le formuló. Pero muchas han sido las interrogantes antes de llegar a esta. No desdeñamos ninguna en este relato y, por supuesto, ninguna de las respuestas, porque en unas y otras va delineándose el poeta, escritor y cineasta, que el crítico considera renovador del género testimonio en la literatura cubana posterior a 1959; porque eliminar alguna significa dejar escenas vividas por contar; porque se trata hoy de dejar constancia, de cronicar, dar testimonio, y no encontramos mejor manera de hacerlo que recoger, sin demasiados cortes o adornos, esta entrevista. De modo que, puesto el punto final, cada quien pueda aventurarse a esbozar su propia idea sobre quién es Víctor Casaus.

Imagen: La Jiribilla

Fernando: ¿Por qué el interés en el ejercicio del periodismo?

Víctor: “Por ahí empezó todo: el periodismo ha sido raíz de muchas de las cosas que he hecho. Por un lado estuvo la influencia grata, inolvidable para mí y no casual, como la vida después demostró, de Pablo de la Torriente Brau en mis sueños de joven creador de los años 60, cuando comenzaba a escribir cuentos, poesías, periodismo. Esa voluntad comunicadora que Pablo tuvo y ejerció en su periodismo y en sus letras fue muy importante. Una de las experiencias más tempranas que recuerdo, en ese periodo de la vida de uno en que están en formación muchas cosas, es haber leído por primera vez textos periodísticos de Pablo, sin tener todavía una dimensión de qué clase de hombre se trataba. Eran unos libros editados por el historiador de la ciudad Emilio Roig de Leuchsenring, en papel modestísimo, que me permitieron ponerme inicialmente en contacto con Pablo, que escribió con un formidable nivel de compromiso con su época y con la palabra.

Pablo me enseñó en aquella fecha temprana una cosa muy importante, una idea dúplex, dos preguntas esenciales. La primera: ¿así que se puede ser escritor de esta manera? Y es que uno está buscando referencias y de pronto se encuentra con que Pablo es capaz, en los momentos más difíciles de lo que está narrando o viviendo, de apelar al humor y utilizarlo como herramienta de comunicación. La segunda fue igualmente importante en la época de los 60: ¿así que se puede ser revolucionario también de este modo? Hay quien puede interpretar la idea de lo revolucionario en el arte, en la vida, como algo pre-hecho, predeterminado, rígido, pero en Pablo es todo lo contrario: la vida es vista como una constante indagación. La labor del revolucionario, del hombre, de la mujer, es desentrañarla. Todo eso me enseñó mucho y por eso el periodismo ha tenido mucho que ver con lo que he hecho”.

¿Podría decirse que a partir de la etapa de formación en la Universidad de La Habana te ibas enrumbando por el ejercicio del testimonio?

Sí, porque el testimonio es un familiar cercano y fiel del periodismo. Son formas de hacer (no vamos a llamarlas géneros para no complicarnos con definiciones) que tienen mucho que ver, parten de una misma raíz: buscar en la realidad circundante del escritor, a través de la investigación, temas y hechos que puedan ser vistos, contados y analizados desde el testimonio. Esa palabra, analizados, es muy importante porque ambos, el periodismo y el testimonio, pueden cumplir esa función. Y resulta muy lamentable cuando no lo hacen.

Imagen: La Jiribilla

Cuando concluyes los estudios universitarios te incorporas a hacer cine…

Fue en realidad, para mi suerte, una actividad que se alternó durante mucho tiempo: la de la creación literaria, escrita, y la de mi labor en el cine. Mientras trabajaba con Manolo Pérez, en el guión de películas como El hombre de Maisinicú o Río Negro, que son muy entrañables, al mismo tiempo preparaba el libro de poemas Entre nosotros, el volumen testimonial Otro tiempo, otro vivir y una antología poética de Bertolt Brecht que me interesó mucho hacer. Siempre fueron mundos que se alternaron, no fueron excluyentes.

Ha dicho la crítica, y es algo con lo que coincido, que Girón en la memoria y los textos relacionados con Pablo de la Torriente tienen mucho del lenguaje cinematográfico.

Realmente es así. Girón en la memoria inició esa forma de narrar desde el testimonio que tiene que ver mucho con el cine. Ahí sin dudas está presente esa pasión por el cine que tengo desde mucho antes de acercarme a la industria cinematográfica, al ICR, donde trabajé dos años antes de entrar al ICAIC. A la hora de hacer un testimonio como Girón… trabajé paralelamente el libro y un documental titulado Girón que realicé en el ICR de la época, pero que por razones de políticas de difusión equivocadas no se transmitió nunca. Ese fue un trabajo enfebrecido, como el del libro, con el entusiasmo de contar con todos aquellos testimoniantes que formaron también parte del testimonio escrito. Fue un momento en el que los dos lenguajes coincidieron. Girón…, el libro, tiene ese sello de lo cinematográfico: su clave a la hora de construir su discurso narrativo es la utilización del montaje de entrevistas, fotos, textos de prensa, poemas…, que constituyen un relato finalmente testimonial.

Tienes un libro de cuentos publicado, Sobre la marcha, y eres coautor de un texto dedicado al público infantil y juvenil, Para que este pueblo se levantara. ¿Te interesa continuar desarrollando estas líneas?

El libro de cuentos fue escrito tratando de saldar deudas con temas que también estaban en Girón…, en la lucha de los milicianos de la década del 60 en defensa de la Revolución triunfante, pero más a partir de las experiencias personales, porque, como cientos de miles de gentes, de jóvenes, en aquellos años fui miliciano. En la base, con mis iguales de entonces y de siempre, escribí ese libro, que tiene más elementos testimoniales, personales y es parte de esa literatura de la violencia que desarrollaron escritores de la época como Eduardo Heras León y Jesús Díaz.

¿La literatura para niños te sigue interesando?

En realidad aquello fue una especie de excepción porque es un libro que nació de una experiencia muy particular: entre 1973 y 1974 viví en una comunidad rural, Jibacoa, hacia donde me trasladé con mi familia a trabajar, acuciado por esas cosas que después no pasan a las informaciones, como el tema de la necesidad de vivienda. Fue una experiencia muy rica: estuve viviendo casi dos años ahí, hasta que regresé a La Habana, vivienda por medio. Fue un momento muy prolífico, apasionado, como trato de hacer siempre, y ahí surgió, junto a documentales y otros proyectos literarios, este libro de temática infantil, ilustrado por niños de la comunidad, esta parte realizada por mi compañera de entonces, Alquimia Peña.

Imagen: La Jiribilla

Vayamos ahora al tema de la poesía, que tiene una preponderancia en tu obra publicada. ¿Desde cuándo has sentido la necesidad de expresarte a través de la poesía?

No sé si ya se le podía llamar necesidad pero comenzó por esa práctica que es tan común en muchas personas sobre todo en la época de la adolescencia, cuando uno decide cometer algunos poemas. Yo los cometí, como tanta gente. Después resulta que de esa masa enorme que cometemos poemas algunos mantienen la idea de seguirlos cometiendo y los cometen el resto de su vida. Yo fui de esos reincidentes de la intención poética, en el sentido de continuarla.

¿Qué es para ti la poesía?

Sobre ese tema que puede resultar sobrecogedor,  a mí me gusta mucho la definición de Juan Gelman, ese gran poeta de la lengua, a quien he estado releyendo por estos días. En una entrevista o conversación grabada que tuvimos para una antología que preparé para Casa de las Américas, yo le pregunté algo parecido, y en gran parte comparto lo que me dijo sobre sus títulos publicados: al final, en realidad, uno escribe un solo libro o un libro que tiene tres o cuatro vocaciones esenciales. Cuando me las dijo, pensé que podía asumir también ese inventario: el amor, la revolución y la poesía misma, la palabra. Ese era el libro de su vida. En cierta medida lo siento así. En esa síntesis estaría para mí la definición de la poesía, pasando por otro tema que ha estado muy presente en mi escritura, como en la de muchos de mis compañeros de generación: la búsqueda de la cotidianidad, de esos pequeños momentos de la vida que uno quisiera devolverle a la gente a través de la poesía, si se puede.

¿En qué forma estrófica te sientes más complacido?

Tiene relación en parte con el último tema que mencioné, de la mirada a la cotidianidad, porque mucha de la poesía que he escrito comparte una vocación estilística en la que sigo confiando, aunque ha ido cambiando naturalmente con el paso del tiempo, que se llamó conversacionalismo, que tiene que ver con esa concepción de la poesía como una conversación, como un diálogo, con la cotidianidad, con la postura del poeta. Mucha de la poesía que se escribió en los años 60, la de Gelman, Cardenal, Roque Dalton, Fayad, Retamar, nació dentro de esa concepción que se acerca a lo poético desde el coloquio. Por ahí ha transitado casi todo lo que he escrito.

¿Hay algún proyecto de libro?

Estoy armando un libro de poesía, una de esos poemas aparece en el más reciente número de El Caimán Barbudo, que trae su portada dedicada a Teresita Fernández, madrecita de la nueva trova. Este poema no habla de un solo momento, nuclea más bien diferentes instantes de la vida, tratando de armar un discurso que es una conversación, a partir de asociaciones, coincidencias y contrastes. Estoy preparando también una antología personal que reúne una selección de los trabajos poéticos que me gustaría compartir ahora con la gente.

¿No te ha interesado escribir tus memorias?

No lo he pensado como tarea concreta, pero cuando escribo cosas que no se piensan necesariamente como parte de un libro y que publico en el Centro Pablo o en el blog de Silvio, pienso que probablemente estoy construyendo a pedacitos esas memorias.

Imagen: La Jiribilla

¿Y volver al testimonio, al cine?

Al cine lo veo difícil, por el tema del tiempo que el cine exige. En estos años me he dedicado, como otras gentes del Centro Pablo, a los proyectos que realizamos allí, a veces contra viento y marea. No encuentro la manera de desarrollar esto junto al cine. En el caso del testimonio sí quisiera encontrar el tiempo dentro de esa dinámica incesante para escribir un libro de testimonio relacionado con Pablo de la Torriente Brau y que hablaría de los últimos tres meses de su vida, que transcurrieron en la Guerra Civil Española.

Cuando fundas el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau en 1996, ¿imaginaste que alcanzaría el prestigio nacional e internacional que tiene hoy?

No. Una de las características del trabajo del Centro es el no haber sido desde el principio algo preconcebido, predeterminado totalmente. El Centro nos fue pidiendo llenar espacios que eran parte de nuestro interés cultural: del mío, el de María (Santucho), del de la gente que ha estado a nuestro alrededor. Por eso no todo empezó en 1996, no podía ser. En 1998 apareció A guitarra limpia, por la necesidad de espacio y expresión que tenían los trovadores cubanos, especialmente los más jóvenes. Lo mismo fuimos haciendo con el arte digital, con la fotografía, con nuestra editorial, con el diseño gráfico, con nuestro programa radial, con las nuevas tecnologías e Internet, paralelo siempre con la conservación y difusión de los papeles y la iconografía de Pablo. La memoria –su rescate, preservación y difusión– transita por esos territorios aparentemente tan distintos, para dar coherencia a lo que hemos hecho en estos años.

¿Cuál sería la divisa del Centro?

Quisiera hacerte un chiste con eso de la divisa, que sería lo principal para realizar todos estos proyectos. Y todos nos entendemos. Pero para responderte sobre el lema nuestro, hay uno que apareció cuando fundamos los  Salones de Arte Digital en 1999: “una apuesta a favor de la imaginación y la belleza”. Después hemos pensando muchas veces que esa premisa podría definir todo lo que hemos tratado de hacer en el Centro. A guitarra limpia, por ejemplo, tiene como lema ser un espacio para todas las generaciones y tendencias de la nueva trova cubana, y en esa dirección también se desarrolla el trabajo del Centro: en el sentido de no ser excluyente, de ser un espacio de inclusión, comprometido y participativo.

¿La dirección del Centro ha limitado tu obra creativa?

Sin duda, para ser sinceros. La explicación, la forma de consuelo si se quiere, es entender este trabajo que hemos hecho, como parte de esa obra llamada personal. No verlo como un trabajo administrativo o de ganar el pan (no es mucho el pan que se gana allí). En estos años no pude dedicar tiempo a otras cosas, pero recibí recompensas culturales, afectivas, humanas, realmente inmensas, y eso compensa el tiempo que no pude dedicarle a la llamada obra personal. Las formas de reconocimiento ciertamente no han pasado por las estructuras institucionales creadas para ello, pero se han manifestado a través de los canales insustituibles de los afectos personales, la admiración sincera, la solidaridad de tanta gente amiga.

Imagen: La Jiribilla

¿Tiene nuevos proyectos el Centro?

Siempre hay nuevos proyectos, es una de las características de lo que tratamos de hacer allí. Por lo pronto tenemos este año un proyecto de colaboración e intercambio con Radio Francia Internacional que nos permite recibir un apoyo para la infraestructura tecnológica que necesitamos y, al mismo tiempo, será una especie de puente para que creadores jóvenes dialoguen con otras culturas, como hemos hecho anteriormente con Argentina o España, y que músicos de otras latitudes vengan a mostrar, a compartir y a aprender.

Tengo una última pregunta, con la que siempre cierro estos espacios: ¿quién es Víctor Casaus?

Sin que sea una definición, sino más bien un deseo, quisiera seguir siendo consecuente con esa necesidad de cronista que ha animado todo lo que he hecho en mi vida: las cosas escritas, las filmadas, las del Centro Pablo, las soñadas y las realizadas. Dejar dichas, contadas para los demás, las cosas que he visto, las cosas que he vivido, las cosas que he sufrido, las cosas que me alegraron… Si eso queda entre los pliegues de los poemas, en los ecos de los testimonios, en el brillo o la penumbra de las imágenes, sería suficiente.

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