Cultura latinoamericana y caribeña:

De la resistencia a la afirmación

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Las voluntades políticas que hicieron posible la constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños se sustentan en memorias compartidas y ansiedades comunes que históricamente y con proyección de futuro han estado presentes en los pueblos de la región desde el momento de sus configuraciones primarias hasta la actualidad.

Imagen: La Jiribilla

Tierras avistadas por navegantes europeos, invadidas por soldados y aventureros del Viejo Continente, escenarios del exterminio de varias de sus poblaciones originarias y del sometimiento de otras, destino de millones de africanos esclavizados, espacios en los que fraguaron en procesos sucesivos, complejos, conflictivos y contradictorios nuevas identidades, fueron testigos de la revelación de un pensamiento original, que rebasó, ya desde sus formulaciones iniciales, las fronteras de las estrecheces nacionalistas para plantear una vocación regionalmente integracionista.

Muchos obstáculos e intereses se interpusieron y hasta frustraron los proyectos más adelantados, pero las ideas fundacionales de la integración regional, no por pospuestas, dejaron de sembrar semillas y trazar rutas de posible realización.

Referencia ineludible, el pensamiento y la obra de Simón Bolívar, pero también en los albores del siglo XIX y aún antes —recuérdese la propuesta de Francisco de Miranda acerca de una “gran unión americana” en 1798—, en medio de las luchas por la emancipación de los territorios colonizados por la metrópoli española, estuvieron las ideas y acciones de Alexander Petion, José San Martín, Antonio José Sucre, José Artigas, José María Morelos y otros próceres.

Coronó la ideología integracionista en ese siglo la visión de José Martí, forjada sobre la base de sus vivencias en tierras latinoamericanas y caribeñas mientras se entregaba al logro de la independencia de Cuba, la cual concibió decisiva para la recomposición del contexto continental consciente de los peligros que entrañaba la cercanía voraz de los Estados Unidos. Útil será recordar que el Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí, incluyó en sus bases la lucha por la independencia de Puerto Rico, y que en plena campaña escribió a su amigo mexicano Manuel Mercado cómo la gesta respondía también a la necesidad de impedir el zarpazo imperial sobre la región.

Un documento bolivariano y otro martiano arrojan luces a tener en cuenta como antecedentes en el proceso de construcción de la CELAC: la “Carta de Jamaica” y el ensayo “Nuestra América”.

Remitida a un amigo que le pide su parecer acerca del estado y las expectativas de la ola emancipadora en el continente, el Libertador expresa sus anhelos y angustias. El escritor colombiano William Ospina apunta que “Bolívar muestra muy bien en estas páginas su talento como político (…), su habilidad como estratega. Sin embargo, a esas alturas ni siquiera para él era evidente lo que sobrevendría, ni cuál sería el orden que estaban en condiciones de construir”.

Pero en ese texto adelanta juicios de valor sobre nuestra identidad regional: “Nosotros somos un pequeño género humano, poseemos  un mundo aparte, cercado por dilatados mares, nuevos  en casi todas las artes y las ciencias…”  Pese a la incertidumbre y las indefiniciones  que le obseden, apuesta por la unidad: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. (…) Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo”.

En 1891, Martí escribió palabras que hoy parecen recién salidas del horno y en las que anticipó genialmente lo que sucedió en el siglo XX: “”De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de  viento, y de cochero a una pompa de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales (…) El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América, y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca pronto, para que no la desdeñe”.

A partir de la lucidez martiana y con el imprescindible antecedente bolivariano, se ha ido acumulando una cultura de afirmación y resistencia que constituye uno de los más preciados valores patrimoniales no solo en el orden intelectual sino con implicaciones prácticas ostensibles.

Una cultura que ha ido avanzando en dos direcciones confluyentes: por una parte, el autorreconocimiento de los perfiles autóctonos y las potencialidades para establecer nexos inclusivos que permitan entrever y trabajar por la unidad dentro de la diversidad y la diferencia; y por otra, la emergencia y promoción de un pensamiento descolonizador, latinoamericanista y caribeño, que en sus formulaciones más radicales devino antimperialista, antineoliberal y socialista.

En 1971, el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, en un ensayo agudo y estremecedor, simbolizó con el nombre de un personaje de una tragedia shakesperiana el sentido de esa cultura: “Caliban”. Al revisitar el texto a la luz de los procesos de cambios que a diversos niveles operan actualmente en el interior de la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños, el filósofo marxista argentino Néstor Kohan recordó cómo cierta tendencia a importar dogmas y paradigmas procedentes de otras realidades nos ha querido privar de “cualquier posibilidad de articular vasos comunicantes entre luchas y resistencias populares de diversas épocas; sin ninguna posibilidad de encontrar una mínima continuidad y racionalidad en la historia, se esfuma cualquier construcción de una identidad política colectiva en la lucha de nuestros pueblos e incluso hasta la existencia misma de nuestra cultura”

Al alcanzar esta cultura su estadio de madurez, despojada de amenazadores reduccionismos y limitaciones, hoy podemos ver esa línea de continuidad y desarrollo en los escenarios políticos más avanzados de estas primeras dos décadas del siglo XXI, los cuales han jalonado la perspectiva integracionista germinal de nuestros días.

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