Entrevista con Soledad Lagos

“Las utopías no han muerto, se redefinen”

Ana G. Hernández • La Habana, Cuba

Llegó el momento de la partida y Soledad Lagos no quiere marcharse. Hizo amigos en Cuba, vivió fuertes emociones. Sabe que esta Isla quedará en su corazón durante muchos años, “quizás hasta el final de mis días”, precisa. Su ficha biográfica expone que es chilena, crítica, investigadora, dramaturgista, traductora, profesora y, aunque allí no consta, agregaría poeta: dulce y a la vez temperamental. Responde a las preguntas con tanta pasión y melodía en cada palabra que resulta un placer escucharla. Hilvana cada fragmento de su historia como si buscara la rima de un verso.

Imagen: La Jiribilla

Horas antes del inminente regreso, cuando ha cumplido la encomienda que la trajo a este país, terminamos una conversación que había comenzado al finalizar la ceremonia de inauguración del Premio Literario Casa de las Américas en su edición 55, el lunes 20 de enero. Tras haber leído más de una treintena de obras concursantes, se refiere al proceso que siguió para evaluarlas y a algunas de las constantes apreciadas en los textos.

Cuenta que leyó sin mirar el nombre del autor ni su nacionalidad: “Quería saber si el trabajo por sí solo tenía potencial, si me sorprendía y podía ser una propuesta para llevar a discutir con mis compañeros de jurado”. Hizo ese ejercicio hasta el final y detectó “una variedad de escrituras y temas, pero también una especie de convergencia en la preocupación por problemas absolutamente contemporáneos y, al mismo tiempo, muy antiguos”.  Estas lecturas la llevaron a concluir que “la vocación social del teatro en nuestros pueblos se mantiene y aunque todo el mundo diga que las utopías han muerto, en realidad se redefinen, tienen otras maneras de ser pensadas o enfrentadas”.

Más adelante, señala que no evaluó sólo en términos técnicos, porque eso significaría reconocer que bastaría tomar un taller para escribir una obra, cuando “sabemos que el teatro no termina en el texto sino en la concreción escénica”. Una vez más quedó flechada por las creaciones que lanzan preguntas: “Pienso que uno se pasa la vida preguntando, no necesariamente respondiendo y, menos aún, hallando una respuesta válida para todas las preguntas”, asegura.

Precisamente varias interrogantes me rondaban cuando comencé a buscar a Soledad Lagos entre la multitud de intelectuales latinoamericanos que se congregaron en la Sala Che Guevara durante la inauguración del Premio Literario. Pero de todas, una se impuso. Sabía que fundó una Escuela de Espectadores junto al periodista y crítico Javier Ibacache, pero quería más detalles de esta experiencia y de sus resultados. En segundos, impulsada a hablar sobre un tema que le apasiona, Soledad comenzó a explicarme: “Ambos estábamos muy preocupados porque percibíamos que no había una instancia mediadora entre la creación teatral y los públicos. Entonces, decidimos poner a prueba esa inquietud, pensando que quizás fuese sólo nuestra y de nadie más.

“Empezamos haciendo sesiones a la hora de almuerzo, una hora muy calurosa, en pleno verano en Santiago de Chile y nos dimos cuenta de que asistía mucha más gente de la que previmos. De esa forma, comprobamos que muchas personas tenían la misma preocupación. Luego, nos decidimos a hacer ciclos de formación de audiencias y optamos por la fórmula de entregar herramientas de apreciación teatral a espectadores que tenían barreras para entender el espectáculo. Era un mecanismo que tenía como objetivo formarlos para comenzar a disfrutar lo que veían en la escena.

“Esta experiencia comenzó en el 2007 y nuestras premisas básicas se han mantenido: realizar sesiones completamente gratuitas; dejar registro de lo que en ellas sucede para que todo el público —el que comparte con nosotros y el que no— tenga acceso a esa información; ser completamente itinerantes, es decir, no depender de ninguna institución, lo cual nos obliga a gestionar fondos constantemente para hacer nuestros ciclos, publicar los libros y funcionar.

“Aquella preocupación de dos personas devino en la instauración de una práctica de acercamiento entre creadores y público, que a su vez permitió rescatar el diálogo cara a cara. Mediante la iniciativa invitamos a las personas a hacer una pausa en el tiempo cotidiano para entender que esta Escuela de Espectadores es algo así como un pequeño ritual paralelo al fenómeno de la representación teatral. Además, no se ha exigido nunca la asistencia obligatoria a las sesiones, una persona puede ir a una sola o a todas. Siempre nos gustó esa idea de la libertad, del espacio donde quienes participan pueden elegir qué hacer y con quién. Hicimos una evaluación de la Escuela con el apoyo de un grupo de sociólogos y supimos que ellos mismos notaban un cambio a la hora de enfrentarse a un espectáculo teatral, a partir de poseer las herramientas para ver teatro.

“Hasta la fecha hemos publicado cinco libros y a raíz de la conmemoración del bicentenario de nuestra nación, obtuvimos un fondo que nos permitió publicar una audioteca de dramaturgia chilena, la cual transformamos en varias series de lecturas dramatizadas. Estos productos los estuvimos transmitiendo en un programa en 2010 y 2011 por Radio Cooperativa y llegó a muchísima gente que nos agradecía y expresaba su alegría por tener este tipo de propuesta en los medios”.

Pero la Escuela de Espectadores es solo uno de los aportes de Soledad Lagos a la escena del país andino. Su coterránea, la escritora Andrea Jeftanovic ha expresado que “se distingue dentro del grupo de personas que actualmente escribe teatro en Chile desde el momento en que se define como dramaturgista y no como dramaturga: un particular oficio que proviene de la tradición europea, en especial de Alemania, y que se remonta a Bertolt Brecht en 1920”, quien “propone dentro de la compañía a un funcionario que trabaje de acuerdo al concepto de autoría y que acompañe el proceso de producción teatral desde las discusiones conceptuales preliminares con el director hasta la implementación de las decisiones prácticas, a través de distintas etapas como la escritura, la investigación, la edición, la traducción"[1].

Jeftanovic agrega que “el dramaturgista, además de hacer la investigación del tema, compartir sus hallazgos con los actores y atender las reflexiones que surjan en los ensayos, introduce lecturas, realiza o corrige las traducciones, mantiene registros de la improvisación y los ensayos”.

Esta labor, afirma Lagos, “hubiera sido quizás impensable en una etapa previa al cambio de paradigma que revolucionó la puesta en escena en el país a finales de los años 80 del siglo pasado. A partir de ese momento, los teatristas se han atrevido a transitar por los distintos roles involucrados en la representación artística con mucha mayor libertad que antes. Empecé a practicarla de modo muy cauteloso, hasta que ya era tan evidente y se hacía tan necesaria que en 2004 un director amigo, Rodrigo Pérez, me impulsó a hacer público un quehacer que desarrollaba desde hacía tiempo”.

Hasta el momento, ha desempeñado este papel en más de una docena de obras y, según anunció en una reciente entrevista publicada en el sitio digital La ventana, en abril del año en curso se estrenará ¿Quién es Chile?, dirigida por Marco Espinoza, cuyo texto escribió y en la que también ejerce como dramaturgista.

Si revisamos la extensa lista de textos en los que ha intervenido, llama la atención que muchos de ellos han sido traducidos del alemán y el inglés. Específicamente sobre esta labor de traducción, que supongo un acto en extremo complejo, la convido a dialogar. Explica que ha sentido desde pequeña que “el lenguaje es sonoridad, en primera y última instancia”. Creció en una familia donde se cantaba y se hacía música en vivo; por eso su acercamiento a las palabras desde la niñez ha sido sonoro. De ahí que, cuando se enfrenta a un texto que debe traducir, intente descifrar la partitura sonora que está en esa lengua: “Trato de descubrir dónde está el ritmo, el tempo, los silencios, el contrapunto, hago una especie de análisis inconsciente porque yo no estoy formada como músico. Cuando creo haber hallado la sonoridad, traduzco y traduzco como todos hacen.

“Luego dejo reposar el texto dos o tres días, como si fuera una masa de pan a la que echamos levadura, y después vuelvo a mirarlo. Como sé que va a pasar por el cuerpo de un actor o de una actriz, camino con él en la mano mientras lo leo para probar qué sensaciones me produce y voy imaginando cómo reaccionarían los espectadores. También analizo si el ritmo de lo traducido está cercano al del original. Con ese método ya he trabajado alrededor de 50 obras de los idiomas inglés y alemán y ahora a la inversa también. Parece que eso de la partitura, a pesar de no haberlo estudiado, es un buen sistema. Pienso que traducir una lengua es traducir cultura; es un ejercicio que exige gran responsabilidad”.  

Si su rol de dramaturgista y de fundadora de un espacio de formación de espectadores ha sido importante, también es válido destacar la repercusión de sus reflexiones críticas acerca de los procesos teatrales en su país. Los años que vivió en Alemania, donde cursó Maestría y Doctorado, le permitieron analizar desde otra dimensión la creación de sus coterráneos. Precisamente por eso quise conocer su opinión sobre la escena chilena actual.

“Tenemos de todo un poco”, dice sin cortapisas y abunda en el tema. “Hay mucha experimentación, pero también una especie de retorno al texto, de revalorización de la palabra. Además, el teatro más corporal sigue existiendo. Todo en paralelo. La trasgresión no es necesariamente específica sino a través de códigos, de lenguaje cifrado. También, debo mencionar que en cuanto a la reflexión sobre lo que sucede hay distintas respuestas. Cuando se observan las carteleras se transita por un paisaje muy diverso, desde propuestas frontales y explícitas hasta otras mucho más poéticas, metafóricas y aquellas en las que se quiere que el público forme parte”.

Y aquí detengo la conversación, noto que Soledad desea seguir compartiendo con sus nuevos amigos, esos que la acompañaron a evaluar las obras en la categoría Teatro, y con el colectivo de la Casa, que tanto amor le ha regalado por estos días. Me confiesa que está triste por la partida pero no importa, dice, “estoy convencida de que nos volveremos a encontrar”. 

 

 



[1] Andrea Jeftanovic (2008): La “Costura dramática” de Soledad Lagos y su trabajo pionero como dramaturgista en la escena teatral chilena de hoy. Consultado en http://andreajeftanovic.cl/?p=1075

 

 

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