Cultura independentista de la gran nación latinoamericana

Luciano Vasapollo • Italia

El rol de semi-periferia económico-productiva  delegado a America Latina la ha transformado en un área en donde se verifica el más alto y directo choque de clases, y las contradicciones capital-naturaleza, capital-ciencia, capital-democracia. Al mismo tiempo, posee las condiciones para pasar de las mil formas de resistencia a la ofensiva en las actuales determinaciones de las transformaciones para la transición al socialismo.

Esta región, que por siglos ha sido  el “patio trasero” de colonialistas estadounidenses y europeos, es aún una tierra colonial, o sea, una tierra que la misma Europa suele considerar por las oportunidades de mercado que ofrece y nunca por los claros mensajes políticos-sociales que envía. 

Para abatir la lógica económico-financiera imperialista, es absolutamente necesario, un cambio radical socio-cultural (lo que en términos de Gramsci sería un cambio de hegemonía que modifique el sentido común) que invierta las relaciones generadoras entre la economía y la política. 

Es por este motivo que resultan tan importantes proyectos alternativos como la CELAC, apoyado desde diferentes niveles, por casi todos los gobiernos de Latinoamérica; y esto porque, al contrario del ALCA que persigue la liberación del comercio y las más despiadadas privatizaciones, la CELAC pone en primer plano la lucha contra la pobreza y la exclusión social.

Los países latinoamericanos de nivel de desarrollo medio y bajo, tienen en muchos casos, grandes potencialidades económicas en sus territorios y poblaciones. Poseen recursos naturales y calificado capital humano, no obstante las grandes diferencias sociales y económicas que existen entre y al interior de ellos. A pesar de esto, han aceptado sobrecargarse de deudas con los países desarrollados. Es precisamente la dependencia causada por la enorme carga de deuda la que permite a las potencias imperialistas explotar los recursos de estas regiones, manteniéndolos bajo control.

América Latina ha dejado de ser el tranquilo “patio trasero” de los Estados Unidos. Pero, si es claro el rol que ha desarrollado el imperialismo estadounidense en estas zonas,  también es cierto que, especialmente en América Latina, algunas contradicciones han llegado a un punto propicio para generar nuevos cambios.

Aunque hoy se hable de “normalidad”, se siente aún por parte del imperialismo la necesidad de bloquear la ofensiva obrera y la lucha de liberación anti-capitalista en todo el continente. 

La sed de justicia social y la capacidad de construir nuevas formas de democracia están dando impulso a los gobiernos para impulsar un nuevo recorrido donde al centro de la escena política se colocan, imperiosamente, el pueblo indígena, los campesinos, los obreros, la mayoría silenciosa que por siglos estuvo bajo condiciones de explotación inhumanas.

Venezuela construye la propia identidad de socialismo bolivariano y le declara la guerra al analfabetismo, lleva médicos a los barrios pobres, nacionaliza el petróleo y tiene un fuerte y corajudo apoyo popular hacia la caracterización socialista de la revolución bolivariana.

Las desigualdades presentes en los países de América Latina, las condiciones desfavorables presentes en las áreas rurales, en el mundo campesino, la pobreza, son al mismo tiempo acompañadas por una gran riqueza en el tejido social, mucho antes de la conquista del poder estatal por los movimientos sociales y de clase para la afirmación revolucionaria, o fuertemente progresista, como en los casos de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Brasil.

El principio que guía la CELAC es aquel de una mayor solidaridad entre los pueblos de América Latina y del Caribe, que tiene como referencia al pensamiento de Bolívar, Martí y otros tantos grandes revolucionarios. El desafío de todos ellos es la transformación de la sociedad del capital, a partir de procesos que garanticen la abolición de las desigualdades sociales a través de una mejora de la calidad de vida y una intervención activa de los pueblos en la determinación de su propio destino.

Se requiere una voluntad de resistencia para invertir el rumbo de este continente, rico en materias primas, explotadas por la dominación imperialista de turno.

La igualdad política en los países, o la igualdad en los derechos, debe ser acompañada por la colectivización de la tierra y de los recursos naturales que deben ser considerados públicos.

ALBA y CELAC constituyen la realización de un proceso radical y real de cambio centrado en la solidaridad entre los pueblos, por el cual lucharon Bolívar y Martí en el gran proyecto de nuestra América.

La situación actual nos obliga a reconstituir e inventar nuevas y diferentes modalidades de convivencia basadas en un sistema de coexistencia entre naturaleza y sociedad, poniendo fin a la bárbara y cruel violencia capitalista colonial moderna.

Las culturas andinas, por ejemplo, ya en las épocas pre-hispánicas comenzaron a definir un nivel de “Vivir Bien” o Suma Qamaña que se podría comparar con el concepto actual de desarrollo sostenible, o sea, compatible ecológica y socialmente.

Este concepto se basa en la idea de una gestión social y económica de la sociedad a partir de un alto nivel ético y de una moral comunitaria.

El nuevo concepto también político cultural de propiedad debe ser: “Propiedad de todos para todos” y se tiene que incluir también un criterio que prevea el “Veto de las minorías”, o sea el reconocimiento de derechos a los grupos minoritarios en modo de poder integrar las culturas, las lenguas, las tradiciones de todos los pueblos indígenas.

Estos conceptos no implican la negación de la modernidad, de las nuevas tecnologías o de los comercios, pero se trata de actuar con modelos alternativos basados en la justicia social y redistributiva, se trata de nacionalizaciones y socializaciones en pos de garantizar un mundo nuevo sin hambre, sin explotación de personas y bienes para perseguir la ganancia de pocos.

Cultura de integración

Si queremos entender hasta el fondo de qué se trata la construcción de la integración latinoamericana, deberíamos analizar la tradición cultural legada por parte de grandes intelectuales dirigentes revolucionarios como Bolívar y Jose Martí, y por las rebeliones de los indios andinos y bolivianos contra el Imperio Español. Es aquí, en el ya lejano 1800, donde nace la idea de una gran unidad regional como frente común contra el imperialismo de los Estados Unidos. Martí la llamó Nuestra América, y mucho tiempo después el Che Guevara la bautizó como la Mayúscula América. Existe además, una gran tradición de intelectuales, dirigentes socialistas y comunistas latinoamericanos, a los que pertenece por ejempo Mariátegui, que hizo del discurso de la independencia y de la autodeterminación el pilar y el sustento de un proceso de integración latinoamericana.

Es entonces impostergable una educación y una cultura de práctica socio-política de pueblos capaces de un equilibrio productivo con la naturaleza, de sabiduría redistributiva en la administración de riquezas y recursos, portadores de una idea alternativa de progreso compatible con lo socio-ambiental,  que rechace asimismo la espasmódica busca del lucro.

La cuestión de la hegemonía cultural es, y será, durante los próximos años, de primaria importancia para la consolidación de los procesos revolucionarios de los países del ALBA y de la CELAC.

Es el momento de poner en marcha una iniciativa en primero cultural y despues político-económica desde abajo, para la construcción de un modelo productivo alternativo basado en la distribución del trabajo, de los ingresos y de la acumulación de capital. Y construirlo sobre una economía del valor de uso que pueda difundir y distribuir la riqueza social que la clase obrera realiza.

Solo así se puede llevar a cabo la construcción y la consolidación del sistema postcapitalista. Es crucial la participación democrática desde abajo –repito- no sólo en la vida política, sino incluso en la económica y cultural.

La CELAC representa la “mezcla”, la unión de estas incandescencias que inflaman los proyectos antiimperialistas en el continente latino. Es la realización de un proceso radical y real de cambio centrado en la solidaridad entre los pueblos. Es la cultura independentista de la gran nación latinoamericana de Martí y de Bolívar.

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