Jorge Fornet

Hacer la literatura es seguir renovando sabiendo que Homero estuvo ahí

Julio Cortázar siempre alertó de los peligros que entraña regalar relojes, por la consecuencia indefectible de convertirnos nosotros en el regalo de ese artefacto que hace del tiempo una dimensión mensurable. A pesar de ello eso es justo lo que se necesita para poder conversar con Jorge Fornet, horas antes de que el Premio Literario Casa de las Américas inaugurara este enero de 2014, otra vez, la vorágine que hace de la literatura en español, portugués, inglés, francés, inglés o creol,  una sola voz poderosa que encuentra su máxima expresión en un mismo lugar durante diez febriles días: La Habana

A pesar de este hermoso contratiempo, el director del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa, aceptó solícito la conversación con La Jiribilla, mientras desde la puerta de su oficina hacia afuera crecía un laberinto sui géneris, unas junto a otras se apilaban las cajas que contenían los manuscritos de todos los escribas, que desde lejos y de cerca, alimentaban 55 años después un concurso por el que yo estaba preguntando. Quizá en esta visión estaban todas las respuestas.

Imagen: La Jiribilla

¿Cómo llega un concurso literario como el que promueve anualmente la Casa de las Américas a sus 55 años sin desvirtuarse, sin perder la confianza de los escritores e intelectuales de la región?

Es uno de los enigmas del Premio, de porqué se ha sostenido durante tanto tiempo, en las buenas y en las malas -digámoslo así- durante 55 años, sin fallar en momentos de ebullición de la Revolución cubana, incluso en momentos de cierta tranquilidad económica y en momentos de dificultades también. Puede haber pocos argumentos pero son los contundentes. Nuestro Premio no puede pagar lo que otros mucho más pequeños y que son más generosos, económicamente hablando, no tiene eso y sin embargo, sigue atrayendo a los escritores, siguen confiando en él.

Creo que en primer lugar está el prestigio que ha ido ganando a lo largo de estos años, el nombre mismo, lo que significa ser un premio de la Casa de las Américas, la confianza que nos tiene la gente a pesar de que hay un mundo donde los premios, de alguna manera, están adulterados o demasiado mercantilizados. La confianza que tienen en un Premio que exalta, sobre todo, los valores literarios; en el que se reúne un grupo de jurados de diferentes países, lo que ofrece la posibilidad también de que las obras sean leídas por personas de disímiles lugares y tendencias estéticas y puedan ser juzgadas con la mayor objetividad posible, con la mayor seriedad y rigor. El hecho también de formar parte de una nómina que han integrado grandes escritores del continente, también es atractivo para cualquier autor. De modo que, simplificando un poco, se juntan el tema del prestigio con la limpieza a la hora de entregar el premio. Creo que esos serían como los dos polos que nos inducen a pensar un poco en los por qué de que la gente sigue confiando en él.

¿Cómo se ha salvado el Premio de los riesgos que entrañan las mutaciones, ante la necesidad de dar cabida a los nuevos derroteros escriturales que siguen los autores de la región, al tiempo que ha preservado sus principios fundacionales?

Una de las cosas que más llama la atención del Premio es uno de sus mayores defectos o virtudes y es su ambición. Comenzó siendo como suelen ser todos los premios, digamos, los tradicionales, esos que vienen desde la época de Aristóteles, de narrativa en sus variantes de cuento y novela, de teatro, ensayo y poesía, eso era todo y en español. Pero tan pronto como en el año 64 la Casa se percibe que era imposible hablar de unidad latinoamericana, de un proyecto común americanista si estaba fuera Brasil y ya en ese año se incluye y poco a poco, nuevos géneros como el testimonio.

Era obvio que estaba ocurriendo algo en la literatura latinoamericana y había efectivamente –como dices- que visibilizar las formas de creación que estaban teniendo lugar y la Casa por supuesto no inventó el testimonio, pero sin lugar a dudas, lo legitimó al convocar un premio de ese tema, y la literatura para niños, y después las literaturas del Caribe en inglés y francés y en las lenguas creol y las literaturas indígenas y los premios para la literatura de los escritores latinos en EE.UU. Empieza a crecer esa desmesura, que crea problemas económicos y organizativos, pero que son parte de una política cultural a la que la Casa no puede renunciar.

Sabemos, por supuesto, que hay premios que no son comercialmente muy atractivos porque están rompiendo esquemas, es decir, es difícil cuando uno comienza, cuando uno hace apuestas, cuando uno no va al seguro. La Casa siempre trata de hacer eso, no ir al seguro, no conformarse con lo ya establecido sino también encontrar nuevos cauces. Uno sabe que eso entraña riesgos y dificultades, pero no puede evitarlos. El sentido mismo de la Casa es correr esos riesgos, es apostar por esas zonas de la creación, por otras lenguas, por otras maneras de ver, por otros espacios de América Latina, por fuerzas que antes eran menospreciadas, o zonas de las sociedades latinoamericanas, como lo indígenas por ejemplo, que antes eran invisibilizadas y hacerlos pasar a un primer plano. Esa es parte de nuestra función. Pero te repito: es un defecto que tenemos y al mismo tiempo una condición para la existencia de la Casa.

Aunque suene contradictorio, ¿cómo han sido recompensados por los autores por el rigor con que son evaluadas sus escrituras?

Cuando escucho lo que dicen los ganadores recuerdo siempre una frase de Skarmeta, el gran narrador chileno, cuando inauguró el Premio. Creo que fue en el año 84, él recordaba la vez que había ganado en 1969 con el libro de cuentos Desnudo en el tejado y decía que significó para él, un escritor perdido en la provincia chilena, como un trampolín enorme ganar el Premio Casa.

Y es que tiene esa particularidad, que piensa sobre todo en autores no consagrados, en autores nuevos, es decir, el Premio es también esa apuesta por los que están escribiendo y reescribiendo la literatura latinoamericana de este momento. De hecho siempre tratamos de que los jurados mismos estén compuestos por gente que no haya estado anteriormente, tratamos de no repetir nombres, tratamos de ser lo más ecuménicos posible, lo más amplio, lo más abierto. El Premio no solo es una posibilidad de leer libros y de darlos a conocer sino también de crear una red de intelectuales en América Latina, esto la Casa se lo propuso desde muy pronto. Cortázar siempre recordaba que el descubrió en Cuba que era latinoamericano. Hasta entonces era un escritor argentino, y principalmente después, un escritor argentino avecindado en París. Y de repente descubre que era un escritor latinoamericano al llegar aquí, ver esa proyección de Cuba y reconocerse en los demás escritores, más o menos con un proyecto común. Eso también es parte del Premio, no solo son los manuscritos, sino el espíritu que se crea a su alrededor.  Siempre insisto en esta posibilidad de que abrirle los espacios a los jóvenes, los nuevos escritores, los no consagrados. García Márquez no necesita un Premio Casa, pero los García Márquez que están perdidos hoy en la geografía latinoamericana sí lo necesitan, los García Márquez o los otros probables, no se trata tampoco de suponer que todos los escritores serán famosos, no es la fama lo importante, sino esta misma participación que hace posible el crecimiento literario.

Atendiendo a la identidad gráfica del Premio este año, ¿qué nuevos caminos deberá emprender la Casa para ajustarse a la contemporaneidad y sus demandas, a partir del correlato que podemos hallar de las nuevas prácticas comunicativas en las maneras en las que hoy se (re)escribe el mundo?

La Casa siempre trata de que la gráfica de sus eventos esté a tono con los tiempos que corren, no solo se trata de ilustrar sino también de hacer propuestas y llevar ideas a través de la imagen. Este año al director de diseño de la Casa Pepe Menéndez tuvo esta idea de ilustrar el Premio con un Iphone, que es una especie de símbolo, no solo una época, sino de un nuevo modo de comunicarnos y la literatura, de cierta forma, también es un medio de comunicación. Esto nos dio pie también para que una de las mesas del programa –siempre aprovechamos para que haya discusiones entre los escritores participantes- se llame Narrar en tiempos de Facebook. De alguna manera las nuevas tecnologías obligan a la literatura a modificarse, repensarse. Los autores no pueden vivir de espaldas a esos medios de comunicación y al modo en que ellos afectan a la propia creación literaria. Aquello famoso que dijo Marcuse que el medio es el mensaje, de alguna manera se cumple aquí. Hay un mensaje nuevo a partir de nuevas tecnologías y la literatura de ninguna manera puede vivir ajena a eso.

Esta estética también viene a propósito en un año en el que celebramos varios centenarios. Es una manera de la Casa y de su Premio de evolucionar a partir de una gran tradición literaria latinoamericana. No se trata ahora de quedar anclados solo en los nombres del pasado, ni de deslumbrarse exclusivamente con los cambios de los último años. Hacer la literatura siempre es seguir renovando sabiendo que Homero estuvo ahí. Es siempre el gran dilema y ahí estuvieron todos estos nombres cuyos centenarios celebramos este año, lo mismo Julio Cortázar, que Octavio Paz, que Julia de Burgos, que Nicanor Parra. Esos nombres pesan sobre nosotros. No hay manera de desprenderse de ellos y al mismo tiempo están ocurriendo cosas que nos obligan a escribir de un modo distinto a como ellos lo hicieron.

 

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