La Jiribilla...
La única certeza se engendra en lo que nos rebasa

La Habana, Cuba. Enero 31 y 2014.

Imagen: La Jiribilla

Cuando llegué a La Jiribilla la revista tenía tres años de revolotear en la web. Estaba ubicada en una oficina minúscula en el Palacio del Segundo Cabo que había sido bautizada por algunos como “La covacha” o más románticamente por otros como “La guarida” y estaban algo distantes ya los días fundacionales que algunos bautizaron como “La mística” en los que tras terminar la edición en la madrugada del sábado en los más diversos locales del Instituto Cubano del Libro, la información y la maqueta se llevaban salvadas en un disco, en bicicleta, a Juventud Rebelde, para subirla desde el servidor del periódico que había contribuido a su gestación.

Entonces era una estudiante de tercer año de periodismo en su periodo de prácticas, asombrada de llegar a aquel equipo donde se compartían las únicas cuatro computadoras, las madrugadas, el aprendizaje, las críticas, los sueños, los regaños, el chocolate y el café. Durante diez años, La Jiribilla fue mi segundo hogar.

Imagen: La Jiribilla

Aunque ya no íbamos en bicicleta a Juventud Rebelde, las madrugadas continuaron siendo testigo de la espera porque la edición semanal (tarea titánica, valdría decir) subiese a internet. Cada febrero abandonábamos “La covacha” para mudarnos en pleno a San Carlos de La Cabaña y compartir espacios con el equipo de Rebelión, que también nos acompañaba recibiendo amaneceres incluso bajo las arañas de Louise Bourgeois, y conversábamos bajo una nube de humo con Paco Ignacio Taibo II, y tertuliábamos con los "sabinazos" de Joaquín.

...la aventura de nadar
a contracorriente,
de asumir una
estética propia,
de defender la
cultura cubana toda...”
Con los años tuvimos un espacio nuevo, también cerca del mar, bañado por él a veces. Un lugar que ahora nos permitía abrirle las puertas de un Patio llamado Baldovina, a la poesía y a la trova, y recibir a Luis Eduardo Aute, a León Gieco, a Daniel Viglietti, a Santiago Feliú, Manu Chao, Ismael Serrano, a los muchachos de la Trovuntivitis, y a tantos otros; organizar exposiciones de artes plásticas y brindarles nuestras paredes “sin nombre” a Liborio Noval, Ernesto Fernández, Moisés Finalé, Kcho, Diana Balboa, Sándor González, mientras continuábamos encontrándonos en sus visitas a Cuba con George Lamming, Eduardo Galeano, Luis Britto, Frei Betto como antes lo hicieron con Alfonso Sastre, Eva Forrest, Luis Ortega... De seguro faltarán muchos nombres, pero en La Jiribilla quedaron registrados los testimonios de aquellas citas que se convertían en espacio para repensar las nuevas urgencias y realidades.

Seguíamos siendo una revista construida por jóvenes que se sumaban a la aventura de nadar a contracorriente, de asumir una estética propia, de defender la cultura cubana toda y posicionarla en la web o difundirla también a través de La Jiribilla de papel con la mayor honestidad y ética. Aun cuando en muchos casos estuviésemos en la mira de tirios y troyanos intentábamos hacer realidad el ruego lezamiano al ángel que nos nombraba: “Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad”.

Imagen: La Jiribilla

Por eso compartimos Ángeles de Jiribilla, salidos del pincel de José Luis Fariñas, con quienes fueron cómplices de nuestras andanzas y polémicas por el ciberespacio como Fernando Martínez Heredia, Roberto Fernández Retamar, Silvio Rodríguez, Alfredo Guevara, Ambrosio Fornet...

El tiempo ha pasado y son otros los aires que se respiran. Llega un nuevo equipo que tal vez dé continuidad a aquella obra o tal vez emprenda los caminos necesarios a tono con el presente. Se despiden ya los últimos de quienes asumimos una revista como un proyecto de vida, y lo hacemos sabiendo, como Lezama, que “la única certeza se engendra en lo que nos rebasa” y diciendo como él al finalizar Orígenes: “creo que cumplimos”.

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