Herman Norrman, el pintor sueco de Martí

René Vazquez Díaz * • Suecia

Se sabe que el único retrato que existe de José Martí, pintado del natural y que se encuentra en el Museo Casa Natal de José  Martí, es obra del pintor sueco Herman Norrman. El hecho de que Martí, en medio de sus ocupaciones de revolucionario, maestro, conspirador, diplomático, poeta, periodista y traductor posara ante un joven pintor extranjero totalmente desconocido, es un misterio. Y lo es por dos razones principales. La primera es algo que ya Nils Hedberg (1903-1965) señaló en 1958 en su libro José Martí y el artista Norrman: el Apóstol estaba rodeado de pintores que eran íntimos amigos suyos, por ejemplo Juan Peoli, de quien Martí escribiera: "Y ahí está todo el arte de Peoli: leal en el dibujo, sabio en los matices, huraño y melancólico en el color, indefinido en las creaciones, y aun etéreo". Otros artistas cercanos a Martí eran Federico Edelmann (1869-1931), Patricio Gimeno (1865-1940), Enrique Estrázulas (1848-1905) así como el creyonista y fino pintor Guillermo Collazo (1890-1896). En la época neoyorquina de Martí, Collazo (a quien Julián del Casal definió como "refinado, exquisito y primoroso") también se hospedaba en casa de Mantilla. José María Mora, el encumbrado dibujante y fotógrafo de Broadway también conocía a Martí. Todos eran artistas reconocidos, cuyo arte Martí apreciaba y a los que veía con frecuencia -quizá con la excepción de Estrázulas, que viajaba mucho.

Si embargo, del vagabundo Norrman nadie sabía nada y, no obstante, sólo para él posó Martí.

Norrman había llegado en una oleada de inmigrantes (entre 1800 y principios del siglo XX, aproximadamente 1,3 millones de suecos emigraron a EE.UU.; en el censo americano de 1890 ya aparecen más de 800 mil inmigrantes suecos). Para los contemporáneos de Martí Norrman era tan desconocido, que una personalidad tan digna de crédito como Blanche Zacarías de Baralt escribió su famoso El Martí que yo conocí creyendo que Norrman era "noruego". En su famosa biografía, Mañach también incurriría en esa confusión. Otros, como Hernández Catá, escriben erróneamente Norman, con una sola r. El presente texto fue leído en la III Conferencia Internacional por el Equilibrio del Mundo el 28 de enero de 2013 en La Habana, y como dije allí mi esperanza es que sirva de referencia para que al fin se erradique ese error y se le haga justicia ortográfica al pintor.

La segunda razón del "misterio Norrman" es que Martí era un hombre generoso y tierno, pero no era un ingenuo y mucho menos un imprudente. Estrechamente vigilado por agentes españoles, traicionado por algún que otro chivato cubano, víctima incluso de un atentado con vino envenenado y perseguido por los peligrosos sabuesos de la agencia Pinkerton -sin contar con los recelos y las envidias que suscitaban su grandeza y su dedicación a la lucha independentista, lo cual fue siempre un peligro para su integridad personal-, ¿cómo pudo entrar aquel muchachón forastero, tosco y mal vestido y que hablaba un inglés macarrónico, caballete y paleta en mano, en el número 120 de Front Street?

Aunque sea una incógnita pequeña y marginal, todavía hoy esa hazaña artística del sueco Herman Norrman sigue siendo un misterio para la historia de Cuba. Lo que se ha supuesto, con razón, es que Martí experimentó una simpatía inmediata por un joven pintor escandinavo que no era refinado, exquisito ni primoroso. Hay testimonios de esa afinidad, pero ninguno proviene de la pluma del Maestro. Gracias a un testimonio confiable recogido por el biógrafo de Norrman, Ulf Hård af Segerstad (1915-2006) y que citaré más adelante, sabemos que Martí ejerció una gran fascinación en el joven sueco. Pero lo que hay que preguntarse es: ¿en virtud de qué cualidades personales del pintor (las de Martí ya las conocemos) surgió aquella fraternidad inmediata que desembocó en un retrato de valor impagable?

En el alma del luchador cubano tuvo que haber florecido una simpatía con un fuerte ingrediente de confianza. Pues en aquel despacho se escribían tiernas obras infantiles mientras se urdían terribles planes de compras ilegales de armas, y se hacían peligrosos preparativos de guerra; allí se pulían versos de amor y se escribía un periodismo que revolucionó la prosa escrita en castellano (recordemos a Díaz Plaja: "Martí fue el primer creador de prosa que ha tenido el mundo hispánico"). En Front Street se ventilaban asuntos consulares mientras se escribían manifiestos que definirían el destino de Cuba, e influirían de forma determinante en la historia de nuestra América. Hoy, a 161 años de su nacimiento, aquella pequeña oficina de José Martí se agiganta en la conciencia como una de las eras imaginarias descomunales ("inmensas redes de contrapuntos culturales") de las que habló Lezama Lima.      

Pues bien, Herman Norrman llega a Nueva York entre octubre y noviembre de 1887 y vuelve a Europa en algún momento de la primavera de 1891. Ese fue el breve lapso de tiempo en el que nuestro joven sueco permaneció en Nueva York. Haciendo un rápido recuento, o más bien seleccionando algunos aspectos de la vida y las actividades de Martí en esa época, vemos que su padre muere en La Habana y que su mamá viene a visitarlo a Nueva York; que es cónsul del Paraguay y la Argentina, así como prolífico corresponsal de La Nación (Buenos Aires), El Partido Liberal (México), La República (Honduras) y La Opinión Pública (Montevideo). Pero colabora también en El Economista Americano, de Nueva York, cuyo número de octubre de 1888 fue todo obra suya. Martí traduce una novela de Helen Hunt Jackson, pronuncia discursos decisivos, publica su alegato de defensa Vindicación de Cuba e introduce, por vez primera en el ámbito de la lengua española, la obra de Walt Whitman, a quien comprende, admira y explica como ninguno de sus contemporáneos. Pero hay mucho más.

Martí es socio corresponsal de la Academia de Ciencias y Bellas Artes de San Salvador y representante, en EE.UU. y Canadá, de la Asociación de la Prensa de Buenos Aires. Es socio fundador de La Liga, sociedad de auxilio de cubanos y puertorriqueños de color, donde comparte sus conocimientos y su precioso tiempo con los pobres de la ciudad. Es instructor de español de las clases nocturnas en la Escuela Central de Nueva York, publica la revista La edad de oro (que escribe en su totalidad). Martí tiene que retirarse, con la salud quebrantada, a reponerse en las montañas de Catskill y allí escribe sus versos "sencillos"; pero también vive lo más agobiante de aquel "invierno de angustia": en 1890 se celebra el Congreso Internacional de Washington, "primera maniobra visible -es decir, institucional y a gran escala- desplegada por los EE.UU. en su plan de atar el conjunto de países de nuestra América a su maquinaria mercantil"[1] y es entonces cuando Martí proclama que "ha llegado para la América española la hora de su segunda independencia".

Obsérvese que cuando se sacan a relucir algunas obras y ocupaciones de Martí en aquellos años, aunque sean harto conocidas, dan la inaudita impresión de que se habla de varios hombres en vez de uno solo. Martí es nombrado, además, representante del Uruguay a la Comisión Monetaria Internacional Americana, en Washington, y en es esa época cuando publica un texto que funda toda una doctrina de identidad y de liberación, Nuestra América.

Así era el hombre que conoció Herman Norrman, el "hombre ardilla" que dormía poco y mal y que peleaba "sobrenaturalmente", sin odio, como escribió Gabriela Mistral; el hombre pequeñito que desafiaba a dos imperios, que subía las escaleras como si no tuviera pulmones y que quería andar tan rápido como su pensamiento. José Martí era el hombre amado, buscado, envidiado y perseguido que, para vivir, necesitaba "terribles enemigos, problemas, pueblos, enérgicos combates". Y verdaderamente los buscaba, los tenía y los enfrentaba. Si Norrman hubiera sido un matón secreto a sueldo de los españoles, o un mercenario de la agencia Pinkerton, hubiera podido asesinar al poeta en su propia oficina. Pero Norrman no pertenecía a "la raza vendible" de la que habló Martí. El pintor sueco fue correctamente descifrado por el prócer cubano y por ello hay que preguntarse: ¿cómo era Herman Norman? ¿Qué pudo haber visto Martí en él?

En esa respuesta está la clave de lo que he llamado "un misterio".

Norrman nació en el seno de una familia pobre en el pequeño pueblo de Tranås, en los extensos bosques de Småland, en 1864. En Suecia, los smålandeses tienen fama de emprendedores, tenaces, trabajadores y diligentes. En sueco, la expresión idiomática castellana "Ni por todo el dinero del mundo" se dice: "Ni por toda la mantequilla de Småland", lo cual da una idea de su laboriosidad tradicionalmente campestre. Tanto el padre como el abuelo paterno de Norrman eran curtidores: aldeanos sencillos y rudos, habituados al trabajo duro y las penalidades. Sus ancestros fueron todos, sin excepción, campesinos pobres. La comarca que rodea al pueblo de Tranås está rodeada de bosques tupidos y dos lagos enormes, el Vettern y el Sommen, en el que confluyen riachuelos y arroyos cuya belleza cristalina fascinaron al pintor desde su infancia. Norrman se convirtió en un agudo observador del bosque bajo los cambios de luz, y desde muy joven era capaz de pintar de memoria, y con gran precisión, los robles, los abedules, los pinos y los abetos, y de reproducir la frescura agreste del follaje. Yo mismo he visto que cuando las aguas de primavera corren por los arroyos de los interminables bosques de Småland, la tierra se cubre de prímulas y anémonas y la vegetación reluce con innumerables matices del verde. Esos matices fascinaron desde pequeño a Norrman. Puede decirse que el arroyo de la sierra, y no el mar, fue el ambiente de formas, movimiento y colores que nutrieron la sensibilidad artística de Herman Norrman.

Su padre era un hombre recordado por su gran corpulencia (Norrman también era de robusta complexión) y de carácter impulsivo e injusto, que en más de una ocasión maltrató al hijo sin ningún motivo explicable. Una anécdota recogida por Ulf Hård af Segerstad nos habla de un pequeño Norrman ensimismado en la contemplación de la naturaleza y que su padre, al notar que el niño estaba embobado con la vista perdida en "la nada", sin escuchar lo que le decían, lo golpeó con dureza en la cara. Norrman respondió:

- Padre, si usted fuera capaz de ver toda la belleza que yo veo, no me hubiera pegado.

Más allá del cariño y el respeto normal de padre a hijo, puede afirmarse que Norrman experimentó, durante sus primeros años, lo mismo que Martí cuando en carta a Mendive (1869) le cuenta que su padre lo lastima y que lo hace sufrir tanto, que ha pensado en matarse. Martí tuvo la oportunidad de reconciliarse con don Mariano. Pero teniendo Norrman diez años de edad su padre muere de una pulmonía. El futuro pintor tiene que dejar la escuela primaria para contribuir al mantenimiento de la familia. Su primer empleo fue de peón en la construcción de las líneas férreas que pasaban por su pueblo. Labor, desde luego, no comparable con los trabajos forzados en las canteras de San Lázaro, pero sí muy dura para un niño y puede decirse que Norrman y Martí tenían en común el haber sido explotados en su niñez, cada cual en su contexto.

Por suerte, y en contraste con la forma de ser del padre, la madre de Norrman tenía un profundo sentido de la justicia y la rectitud, basados en una religiosidad estricta y rígida, pero nunca inicua. Los maltratos del padre y la rectitud de la madre inclinaron el carácter de Norrman hacia lo que Martí llamaba la virtud. "Herman era de una naturaleza fuerte", escribe af Segerstad, "y empezó a exigirse mucho a sí mismo y también a los demás". Los informantes del biógrafo af Segerstad describen a Norrman como un hombre éticamente exigente, cumplidor de sus deberes aunque pasara hambre, sencillo hasta el ascetismo y más bien callado, que no solía hablar de sí mismo: un hombre "íntegro, serio, veraz, sincero, que no conocía la vanidad. Por el contrario, era de una modestia que impresiona", de acuerdo a la declaración de un amigo.

Esos valiosos testimonios de primera mano recogidos por Ulf Hård af Segerstad a principios de 1940, cuando aún vivían varios amigos y discípulos del pintor, nos dan la imagen clara de un hombre que no regateaba, de "una insumisión desesperada". Un hombre que no transigía con los poderosos.

Tras varios años de trabajo en el ferrocarril, Norrman encuentra un empleo como pintor de brocha gorda y aprendiz de carpintero. Hacia 1882 empieza a pintar cuadros. A los 17 años deja su terruño y se va a Estocolmo, donde se inscribe en los cursos nocturnos de la Escuela de Artes Industriales mientras trabaja en un taller de decorados artísticos. O sea, el que llega a Estocolmo no es un niño mimado ni culto, sino un joven sin recursos ni más educación que la autodidacta, un joven que ha doblado el lomo duramente durante siete años. Cuando la madre le pregunta por qué ha elegido la pintura, que ella llama "ese oficio de hambre", él responde:

- Porque es el único deleite de mi vida.

En 1885 ingresa en la Escuela de Pintura de la Real Academia de Bellas Artes de Estocolmo, y todo le sale mal. Siempre al borde de la miseria, mal vestido y a veces sin residencia donde pasar la noche, Norrman duerme a la intemperie o en casa de amigos que lo dejan entrar, a escondidas, en sus buhardillas de alquiler. Se gana la vida en diversos empleos, entre otros pintando carteles para las tiendas. Eso le impide seguir diariamente las clases de la Academia. A menudo se ve forzado a ausentarse para ganarse la vida, y el 6 de abril de 1886 lo llaman a contar a la dirección de la escuela. Norrman percibe que la reprimenda tiene un cariz ultrajante y clasista en la soberbia del rico contra el pobre, y en ese mismo instante, airadamente, un Herman Norrman humillado le dice orgullosamente adiós al director y abandona la Real Academia de Bellas Artes.

Pero tiene que ganarse la vida y pinta retratos, paisajes e interiores, que vende por ahí a cualquier precio, y sigue trabajando como carpintero.

En 1886 ingresa en la Escuela de Pintura de Valand, en Gotemburgo, dirigida por el gran pintor Carl Larsson, quien por cierto tenía la misma edad de Martí. Allí tampoco le va bien al campesino Norrman. Algo sucede entre él y el distinguido y adinerado maestro Larsson. Algunos testimonios indican que Carl Larsson sintió antipatía por un alumno tan aventajado y tan desharrapado, y que lo trataba mal. Cosa difícil de entender, dada la enorme fama de Carl Larsson. Norrman comienza a hacer planes para estudiar y desarrollarse en París, pero sin medios para costear semejante empresa. Por medio de un amigo de buena posición económica, y probablemente para librarse de él, Carl Larsson le consigue algunos trabajos como pintor de puertas. Cuando alguien intercede por Norrman, y le sugiere al muy cotizado Larsson que ayude a su discípulo con una suma de dinero para que pueda viajar, el maestro responde con sorna:

- Bah, a ese smålandés puedes abandonarlo en un arrecife en medio del mar en compañía de una cabra, y es capaz de salir adelante.  

 En 1887 Norrman se marcha a Nueva York con el fin de reunir dinero para realizar el sueño de París. Viaja con un amigo, y para financiar la travesía pintan unas puertas y venden "un montón de cuadros", según af Segerstad, por 200 coronas. En Nueva York Norrman trabaja como bracero y estibador en el puerto, hasta que encuentra empleo en un taller de decoración que no le dejaba tiempo libre para pintar. Sabemos en qué consistía la labor de Norrman en aquel taller, gracias a una carta que envió a un amigo de Tranås, y que se conserva. En ella, Norrman hace un dibujo en el que compara cómo se pinta en Suecia y cómo se pinta en Estados Unidos. En Suecia, los pintores aparecen tiritando de frío delante de sus caballetes, en un paisaje nevado. En Nueva York, se ve a un artista deshumanizado pintando cuadros en serie, delante de una larga fila de lienzos en los que tiene que plasmar la misma imagen una y otra vez.

Se desconoce cómo Norrman entra en contacto con algunos pintores latinamericanos, en especial Federico Edelmann y Patricio Gimeno, que eran amigos de José Martí. Blanche Zacharie Baralt asegura que "Hermann Norman tenía un estudio en la Calle 14, con mi cuñado Federico Edelmann, y el artista peruano Patricio Gimeno, ambos muy amigos de Martí. Tanto había oído hablar a sus colegas del talentoso cubano que quiso conocerlo, y Edelmann lo llevo un día a la oficina de Front Street". No existe ninguna carta de Norrman que confirme el hecho de que él "tuviese" un estudio en la Calle 14. Al contrario; en todas sus cartas conocidas, Norrman habla de su difícil situación económica y de la precariedad de su existencia neoyorquina. Lo más probable es que Edelmann y Gimeno, por simple solidaridad o tal vez cobrando un arriendo simbólico, permitieran que Norrman compartiera su estudio.

Ellos le hablan de un cubano valiente, digno, brillante, extraordinario y multifacético. Norrman siente curiosidad y pide conocerlo. Según varios testimonios, entre otros el valiosísimo de la señora Baralt, fueron Edelmann y Gimeno los que llevaron al sueco a conocer a Martí y eso explica, en parte, que el pintor fuera recibido con confianza. "El noruego (sic) se entusiasmó con la charla de Martí --cuenta Blanche Zacarías de Baralt--, (...) y cayó, como tantos, bajo el hechizo de su palabra y quiso retratarlo".

No sabemos cuándo comienza la amistad entre el pintor y el héroe. Todo parece indicar que Martí introdujo a Norrman en los círculos artísticos neoyorquinos, pero es importante dejar sentado que ni Martí ni Norrman dejaron constancia de ello. Un triste factor clave es que Norrman no escribía a menudo y que sus cartas, redactadas en un sueco defectuoso y a veces incomprensible, de gramática desordenada, con faltas de ortografía y giros estrafalarios, muestran a un hombre de precaria instrucción. Eso le hacía sentir cierto complejo de inferioridad que se manifestaba, ante todo, cuando trataba con personas bien educadas, con intelectuales y en general con miembros de la burguesía y la clase alta. El trato natural y cortés de Martí, en cambio, no le hizo sentir la diferencia entre un campesino y un sabio, y la prueba es que se atrevió a pedirle algo que, para los demás pintores, seguramente era un imposible: que posara en Front Street para retratarlo.

Norrman era un obrero del pincel y un artesano de la madera, y en esto Martí estaba muy claro: "No es nada -escribió en sus cuadernos de apuntes-; pero como yo trabajo, amo a los que trabajan". Y prefería "las manos velludas, las espaldas fornidas, los rostros abiertos, los pantalones manchados de blanco" de los trabajadores, a "los escribientes canijos y los comerciantes ávidos". Herman Norrman pertenecía, por nacimiento, por oficio y por vocación, al grupo de los trabajadores que Martí amaba.

En algún momento de la primavera de 1891, no sabemos cuándo exactamente, Herman Norrman volvió a Europa vía París. El retrato que hizo de Martí no está fechado, pues ésa era, lamentablemente, una mala costumbre que el pintor no empezó a corregir hasta mucho después. En París estuvo un año pintando, aprendiendo, pasando hambre y vagabundeando, hasta que regresó a su pueblo natal. Allí vivió el resto de su vida trabajando como ebanista y decorador de muebles, en un taller de carpintería donde era decorador, tallador y tornero. Laboraba hasta muy tarde, de modo que sólo podía pintar por las tardes y de noche. No es extraño, pues, que muchos de sus paisajes tengan el colorido cobrizo del sol poniente del Norte, que tiñe a la naturaleza de un matiz rojizo. De ahí que sus lagunas parezcan llenas de un fuego líquido y estancado. Aunque tuvo dos mecenas importantes que lo admiraron y lo ayudaron, principalmente la pintora Eva Bonnier (1857-1909) y el Príncipe Eugenio (1884-1965), Herman Norrman nunca logró vivir de su pintura.

Como todos los óleos que representan al Apóstol son póstumos, no se puede entender al hombre José Martí sin el retrato de Norrman. Zacarías de Baralt, que los conoció a ambos, escribió: "Los pintores y escultores de hoy que quieran reproducir la imagen del Apóstol deberían estudiar detenidamente aquel retrato que tiene el sello de su espíritu, su carácter esencial". Norrman reproduce a un Martí "alerta, erguido, cuidadosamente vestido". El Martí que posa para Norrman tiene prisa, su mirada sonríe y al mismo tiempo parece decirle al retratista, con una mezcla de cordialidad y apremio terminante: "Apúrese, joven, y acabe de irse; ¡tengo tantas cosas que hacer!".      

Entre muchos otros detalles, el cuadro de Norrman nos ayuda a descartar los famosos disparates de las versiones de la autopsia que le hicieron a Martí, en las que se declaraba que tenía los ojos "azulados" (sobre los ojos de Martí se han escrito muchas páginas que no voy a citar aquí) o "claros". Norrman los pintó negros porque los tenía delante, negros, visionarios y serenos, y al mismo tiempo enfebrecidos.

Después de sus aventuras en Nueva York y París, hay un detalle en la vida del pintor y carpintero en el pequeño pueblo de Tranås, que denota una fuerte influencia martiana: con innumerables sacrificios personales, Norrman fundó una escuela nocturna, de superación artística para artesanos pobres, que fue casi una copia sueca de La Liga de Martí. Cuando se conocieron en Nueva York, Norrman tenía 26 años y el Apóstol 38; cuando Martí murió en combate, el pintor se enteró por los periódicos. Gracias a un testimonio absolutamente confiable (recogido por Ulf Gård af Segerstad) Norrman, emocionado, le dijo a un amigo:

- "Martí fue el hombre más inteligente que he conocido. Ahora, también se ha perdido esa ilusión".

 De esas palabras de reflexión y duelo, pronunciadas en un país lejano por un amigo sincero, creo que la más estremecedora es la última: la palabra ilusión. Pues nos revela que aquel pintor, que siendo un aldeano también fue un aristócrata de la intemperie, de verdad tuvo que haber escuchado al poeta rebelde, al soñador y luchador cubano hablarle de arte. Pero también de la libertad y la dignidad del hombre, esa ilusión en un mundo más humano, más justo y equilibrado. Víctima de una terrible enfermedad cardiaca que mermó su salud a destiempo e irreversiblemente, Herman Norrman falleció en su aldea de Tranås en 1906, o sea a los 42 años, la misma edad de Martí cuando cayó en Dos Ríos. Entre los pocos libros de su biblioteca particular, estaban los escritos de Ralph Waldo Emerson.

  * René Vázquez Díaz es escritor cubano-sueco. Su novela más reciente es Ciudades junto al mar, Alianza Editorial, Madrid 2012.



[1] Luis Toledo Sande: Cesto de llamas. Biografía de José Martí. Editorial Ciencia Sociales, La Habana, 1996.

 

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