El ensayo como síntoma y como práctica significante

En tiempos de (re)mediaciones culturales se agradece el servicio del ensayo. Servicio más que oficio porque, aunque las prácticas artístico-literarias sean su pretexto, su razón inexorable es el lector. Cuando uno se acerca a la obra de un exponente como el boricua Juan Gelpí –que por estos días visita La Habana como parte del jurado del Premio Casa 2014 en la categoría de ensayo artístico-literario- accedemos a la faceta humana de la sanación espiritual. Comprendo se trata de un don preciado que tiene como ensayista para medicar la cultura, no por enferma, sino por síntoma. Esta condición (“la cultura como síntoma”) que Jorge Fornet ha puesto prácticamente en aposición, debe ser diagnosticada, recetada (no en alusión al remedo en que pueda convertirse su estudio), atendida eso sí, humana y  profesionalmente.

Imagen: La Jiribilla

La cultura como síntoma, también excusa proyectiva de una mesa rectangular con aspiraciones y funcionamiento redondo, fue el motor que empujó las intervenciones de entre algunos, Juan Gelpí, la tarde del 29 de enero en la Sala Galich de la Casa de las Américas, a pocas horas de la entrega el día 30 de los actuales lauros. Llegaba este periodista algo atrasado al encuentro, pero a salvo siempre por la suerte de buen lector que es el puertorriqueño, le pude dar alcance en una de las mesas donde compraba libros que habían resultado Premios Casa. Bajo la coacción de un entrevistador a quemarropa y después de una jornada intensa, Gelpí no traiciona su secreto como jurado, tampoco se hace esquivo a este formulario. Una condición quizás de los que leen, estudian, pero además instruyen y educan.

¿Qué gratificaciones le produce al campo de las experiencias personales de Juan Gelpí el cultivo del ensayo?

Mira, tiene mucho que ver con, por supuesto, mi trabajo. En la medida en que yo soy profesor universitario y hago crítica literaria, pues es algo que he ido desarrollando a lo largo del tiempo en publicaciones, conferencias que se convierten en artículos, luego los artículos que se van consolidando en libros, pero también yo creo que tiene mucho que ver con el hecho de que es un ensayo lo que permite polemizar, presentar ideas, diferir y a la vez dialogar con el trabajo de otros. Eso es bien importante. Yo me di cuenta más o menos temprano, en el desarrollo de mi carrera, que los pocos poemas que escribí no eran muy buenos. Entonces vamos a decir que la literatura en ese otro sentido de creación poética, cuentística, novelística, es algo que se le da a algunas personas y a otras no. En cambio, el ensayo sí me da mucho placer. Primero porque supone todo un proceso de lectura e interpretación, un proceso también de investigación y me permite –como te decía- dialogar con otros y otras, es decir, ese carácter argumentativo que tiene el ensayo para mí es una de las fuentes de estímulo y de placer. El ensayo es otra forma de creación, pero una forma expositiva, que no tiene un componente ficcional fuerte, pero puede haber también cierto grado de ficción ahí.

El estatus neocolonial y pseudorrepublicano que dolorosamente exhibe Puerto Rico, además de fecundar un talento musical denunciante, desde las letras convoca un compromiso emancipador, ¿cómo ha contribuido esta realidad política a aguzar su prisma de análisis literario? ¿Es acaso una circunstancia ajena a su creación?

No, no puede ser una circunstancia ajena porque es algo que vivo a diario. Y en ese sentido no puedo darle la espalda, ni quiero tampoco porque es parte de mi vida. Es una fuente de, vamos a decir, desafío diario porque uno tiene muchísimas veces que encontrarse con paisanos o compatriotas que están en buena medida contentos con ese estatus colonial y esas personas a veces están muy cerca de uno. Son familiares de uno. Y hay que tener mucho cuidado. Yo no me puedo enemistar con las personas de mi familia sencillamente porque no están de acuerdo con la visión que tengo yo de Puerto Rico que, idealmente, debe ser libre. Ahora, esa condición o situación neocolonial no puede tampoco convertirse en una excusa para no cuestionar los aspectos de la cultura puertorriqueña que históricamente son polémicos, discutibles, como el machismo… Este es un tema bien complejo. La asimilación o el intento de norteamericanizar la cultura puertorriqueña es algo bien peligroso que hay que combatir, pero uno no puede, por ejemplo, combatir o rechazar a los paisanos o compatriotas que nacieron en los Estados Unidos y hablan inglés. Por eso decía que es una situación muy compleja. A mí sí me parece objetable el hecho de que un puertorriqueño o una puertorriqueña reniegue de su historia y quiera pensarse como norteamericano o norteamericana, pero no me parece en lo más mínimo objetable el hecho de que un puertorriqueño o una puertorriqueña que haya nacido en los Estados Unidos tenga un conocimiento escaso del español, si esa persona tiene un genuino interés en Puerto Rico, en su historia, en su futuro. La situación colonial se debe combatir, pero no para excluir a los hijos de la emigración que muchísimas veces se sienten más puertorriqueños y puertorriqueñas que muchas personas que viven en el archipiélago nuestro, en Puerto Rico, Culebra, Vieques.

Europa, y dentro de ella el pensamiento de la Escuela de Birmingham y la Teoría Culturológica, además de la Semiótica clásica italiana, han marcado el pulso filosófico y muchos de los aportes a la corriente ensayística dentro de la cultura, ¿cómo ha podido la América nuestra apropiarse de esas teorías –y de las literarias- y actualizarlas con contenidos propios, con agendas latinoamericanas?

Bueno, yo creo que hay algo que dice Lezama que es muy importante en la expresión americana. Hay una característica que nos marca a los latinoamericanos que es la temeridad, el atrevimiento y hasta cierto punto una cierta voracidad. Las teorías de origen europeo pueden en algunos casos ser útiles para pensar realidades latinoamericanas con tal de que se contextualicen y con tal de que se resignifiquen. Eso por un lado. En ese sentido los estudios culturales, por ejemplo, cierto Psicoanálisis, cierta Semiótica con tal de que no se vean descontextualizados y trasladados a la fuerza, creo que pueden ser útiles. Hay estudiosos y estudiosas de América Latina que son excelentes y han establecido ese diálogo con la teoría que está, por ejemplo, en Europa. Una de las personas que a mí más me ha interesado a lo largo de las últimas tres décadas es Josefina Ludmer, una estudiosa y teórica de la Literatura que luego de establecer todo un contacto con el Psicoanálisis, el estructuralismo y en parte también el Marxismo en un libro de fines de los años ´80 –Un tratado sobre la patria- hace una teoría de ella sobre un género literario latinoamericano, que es lo que ella llama el género gauchesco. Yo creo que ahí hay un excelente ejemplo de esa temeridad latinoamericana. Eso por un lado. Pero entonces por otro lado, el pensamiento latinoamericano en sus distintas ramificaciones tiene todo un componente que hasta cierto punto puede perfectamente relacionarse con lo que luego van a hacer los estudios culturales o la teoría postcolonial. En ese sentido yo estoy pensando en Ángel Ramos, el crítico uruguayo, pienso también en Roberto Fernández Retamar, pienso en Carlos Monsiváis, que era una persona que se formó –entiendo yo- en la Economía, y luego se convirtió en uno de los críticos culturales y a la vez escritores más interesantes de América Latina. Entonces también yo creo que hay que recordar que en América Latina hay también toda una teoría propia que viene desde los años ´20, de la literatura, de la cultura, que no se puede ignorar. Cuando yo decidí explorar ese tema después de haber enseñado Teoría Literaria, principalmente europea, lo que hice fue armar un curso sobre Teoría y Crítica Literarias en América Latina. Hice todo un trabajo hasta cierto punto arqueológico y ahí me familiaricé con la obra de Pedro Henríquez Ureña, de Mariátegui. En los años ´40 Alfonso Reyes ya escribe un Tratado de Teoría Literaria en América Latina, que muchas veces no se lee y habría que leerlo, se titula El deslinde. El mismo Octavio Paz tiene una crítica interesante y luego muchas otras figuras más: Noé Jitrik, Antonio Cornejo Polar, Josefina Ludmer, es decir, América Latina tiene una teoría propia, una serie de corrientes de teoría propia, pero también tiene esa capacidad de recibir y transformar las teorías europeas, norteamericanas, como, por ejemplo, las teorías postcoloniales. Muchas veces las escriben personas que nacen en las antiguas colonias, la India, Jamaica, etc.

Con la imparcialidad que lo caracteriza como jurado y sin el chovinismo que tanto nos impregna como latinoamericanos, ¿dónde están hoy las zonas, las franjas intelectuales y temáticas más interesantes para ser escudriñadas por el ensayo artístico-literario?

Mira, a mí me interesa mucho la ensayística de varias mujeres. Estoy ahora agraciadamente familiarizándome con el pensamiento de Suely Rolnik, la brasileña psicoanalista, que también tiene algo que ver con el pensamiento antropológico. Estoy muy interesado en leer lo que ella ha escrito. También me interesa mucho una antropóloga que mencioné en la actividad y estudiosa de la comunicación, que es Paula Sibilia. Ella es la autora de un libro que tiene unos pocos años que se llama La intimidad como espectáculo, en el cual ella estudia la repercusión de las nuevas tecnologías en la vida íntima y el modo en que la vida íntima puede pasar por esas tecnologías y convertirse en espectáculo. También hay una antropóloga mexicana de Guadalajara, Rossana Reguillo, que ha estudiado toda una serie de fenómenos que me seducen como, por ejemplo, las bandas juveniles, la representación en los medios de los desastres, y que además es cronista urbana. Entonces lo primero que me llama la atención es eso. Todas esas ensayistas están interesadas en los fenómenos contemporáneos, los fenómenos emergentes y eso entiendo yo que es algo bien valioso. Ya sea por el azar, ya sea por las recomendaciones que me han hecho distintas personas, colegas, amistades, tengo que decir que el ensayo latinoamericano que más me interesa en estos momentos es el que escriben estas mujeres. Yo me considero feminista y algunos de estos textos pues, lo son.

Sabemos que en otras oportunidades ha sido jurado en certámenes literarios como el Premio Iberoamericano José Donoso el pasado año, a título de ejemplo. ¿Qué lugar ocupa en su vida como juez de las letras este llamado al Premio Casa 2014 en la modalidad de ensayo artístico-literario?

Bueno, la palabra “juez” es un poco grande, pero digamos que como evaluador, como jurado lector, sí. Yo creo que es una excelente oportunidad de familiarizarme con ensayistas –porque esa fue la categoría en la cual participé- recientes de América Latina. No puedo adelantar el contenido, pero hay ensayos de primerísima calidad. Sí puedo mencionar que hay premio, es decir, no declaramos el premio desierto, ni mucho menos. Hubo unanimidad: trabajé muy bien con las personas Alberto Garrandés y Zaida Capote, con quienes me tocó desempeñarme. No los conocía. Ha sido un verdadero placer. Inicialmente iba a venir un argentino, Saúl Sosnoswki, pero a última hora no pudo llegar y por eso entró Zaida Capote, la cubana. Y bueno, a mí me parece que aquel premio fue muy importante que ganó Pedro Lemebel muy merecidamente, pero hay textos muy distintos porque allá estábamos evaluando trayectorias, la totalidad de la obra de un escritor o escritora, mientras que acá estamos viendo productos, ensayos inéditos que nos dan en realidad una imagen de lo más reciente, vivo y polémico. Ese elemento está muy presente, vamos a decir, en los textos que se escogieron, a la vez nos percatamos de que había una gran solvencia intelectual, había un rigor. Algo que vamos a destacar que me gustó mucho es el riesgo. Estos y estas ensayistas que evaluamos tienen un sentido de riesgo. No se contentan con repetir, digamos, lo que ya se ha planteado. Presentan interpretaciones arriesgadas, presentan ideas innovadoras. Fue una excelente oportunidad de familiarizarme, precisamente, con un cuadro amplio, con una muestra muy significativa de esa ensayística más reciente, claro, en lo que toca al ámbito de lo artístico y lo literario.

¿Cuándo y dónde comienza un ensayo? ¿Qué le pone punto final? ¿O se trata simplemente de un punto y seguido, bajo el supuesto de que los temas nunca concluyen en él, ni tampoco los puntos de mira con los que disecciona la realidad?

Un ensayo comienza en la curiosidad que tiene ese ensayista o esa ensayista y en preguntas que se hace. Eso es muy importante. El ensayo es una especie de debate que tiene esa persona que escribe con alguna parte de su cultura, de su sociedad. Algo que no le queda del todo claro y que más que querer dilucidar del todo, quiere intervenir en ese espacio para ofrecer posibles respuestas, con plena conciencia de que nunca esa pregunta, necesariamente, se va a contestar del todo. Pero yo diría que un ensayo empieza en una curiosidad, en un interés y una serie de preguntas que se hace una persona, ya sea al plantearse lo que es su cultura o la cultura latinoamericana, ya sea al leer, interpretar y estudiar cuidadosamente algún tipo de práctica artística, literaria, algún tipo de práctica significante.

¿Cuáles son las condiciones profesionales y humanas que –a su juicio- debe reunir un ensayista de estos tiempos?

Bueno, esa es interesante. Idealmente, debería tener acceso a buenas bibliotecas. También tiene que estar en contacto con la red cibernética. Hoy en día el conocimiento, la cultura, los debates, ya no se dan meramente en la letra impresa y encuadernada, sino que también circulan muchísimas veces por la red cibernética. Lo ideal también sería que dispusiera de tiempo para leer, para reflexionar, también para compartir sus hallazgos con colegas, incluso con las personas que no están de acuerdo con él o con ella. Ahora, todo eso es lo ideal, la realidad muchísimas veces difiere, porque muchísimas veces uno tiene que dedicarse a la enseñanza o dedicarse a otra tarea y además sacar tiempo para investigar. Así que ahí, pues está lo que sería, digamos, lo “ideal”. En algunos lugares hay sociedades en las que las personas tienen la dicha de dedicarse a la investigación a tiempo completo, pero muchísimas veces los ensayistas somos también docentes, somos también maestros y tenemos que llevar a cabo toda una serie de labores y quizás una tercera parte del tiempo sea lo que podemos dedicar a la investigación y a la escritura. Ojalá que eso pueda cambiar, pero por otro lado, mi ensayística, los textos críticos que yo escribo, siempre tienen como un momento anterior, la discusión y el debate del aula, el diálogo con las y los estudiantes. Yo no quisiera abandonar eso, es decir, ese espacio del aula para mí es muy importante, no solamente como un espacio en el que yo presento ideas, sino también recibo ideas y dialogo.

¿Dónde está la sustancia creativa o foco delirante que moviliza su tinta? ¿Ante qué hechos culturales no podría permanecer impávido?

No puedo permanecer contemplativo o impávido ante distintas formas de injusticia... Yo sí te puedo hablar de pasiones quizás, no delirios literarios. Me interesa mucho todo lo relacionado con la cultura urbana: México, Chile y Puerto Rico son el triángulo de mis pasiones. Mis investigaciones tienen mucho que ver con esos tres países. La cultura urbana me interesa. Me interesan muchísimo las formas emergentes y cómo se van desarrollando a lo largo del tiempo. Algo que es muy importante para mí es ver de qué modo la literatura recoge, por ejemplo, la vida cotidiana y la transforma. También tengo que mencionarte que yo hace unos dos años volví a estudiar. Estoy estudiando Historia y uno de los proyectos que me propongo desarrollar es una especie de historia de la carrera de Letras en mi país y eso lo hice por varias razones: por curiosidad, pero también porque hace unos pocos años el gobierno neoliberal en mi país trató, intentó cerrar la carrera de Literatura. Mi departamento, un departamento que históricamente ha cuestionado los distintos gobiernos, ha cuestionado el colonialismo, y el trabajo intelectual serio –el que nosotros hacemos- pues no necesariamente complacía a los tecnócratas que estaban dirigiendo la universidad. Entonces yo volví a estudiar en parte porque quiero dejar la historia, aunque sea de un segmento de esa carrera, que no corresponde con el momento en que yo ingreso, es anterior, pero quiero un poco ver, y ya tengo parte de eso desarrollado, los debates en los cuales participaron hombres y mujeres, profesores y profesoras en los años ´40 y ´50, debates, por ejemplo, relacionados con la Reforma Universitaria de la década del ´40, la represión del independentismo de los años ´40 y ´50, la guerra fría y tantos otros temas.

¿Por qué “La cultura como síntoma” para dar título al taller que ofreció en la Sala Galich de Casa de las Américas?

Bueno, te tengo que aclarar que la expresión la acuñó el Dr. Jorge Fornet, que dirige el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas y nos permitió interpretarla del modo en que pudiéramos o quisiéramos. Yo sencillamente la entendí como, digamos, la cultura como un indicio provocador, como un debate, como un tema que nunca llega a inmovilizarse o congelarse, sino más bien como algo que hay que atender. En ese sentido, “síntoma” no necesariamente como una patología, sino “síntoma” como algo que hay que discutir, que hay que debatir y cuyo significado no se puede anclar o inmovilizar. Las respuestas fueron muy variadas y eso fue precisamente lo interesante. Al principio a mí me parecía un enigma, pues yo decía: “la cultura como síntoma, ¿de qué modo?”. Yo no me lo había planteado así, pero después le fui haciendo una especie de lectura y bueno: “un indicio provocador, un reto, un desafío, algo que se debe discutir”. Por ahí, pues.

¿Cuáles son los objetivos instructivos, los pedagógicos y axiológicos que persiguió con el taller?

Bueno, fue más que un taller una especie de mesa, una mesa redonda, aunque fue rectangular, con la idea de que cada cual hablara sobre el modo en que interpretaba la frase “la cultura como síntoma”. Yo lo que hice fue un poco plantear lo que he hecho en cursos, artículos y publicaciones en el campo del estudio del ensayo cultural hispanoamericano, y tengo que decir “hispanoamericano” porque lamentablemente no he estudiado el Brasil. Es una asignatura, una tarea pendiente. Ahora bien, lo que hice fue algo que ya está en varios de mis artículos, plantear que el ensayo cultural en América Latina tiene dos grandes líneas: un ensayo de defensa de la alta cultura, que comienza con el Ariel de Rodó y que a mi entender se debilita o disminuye considerablemente hacia mediados del siglo XX. El laberinto de la soledad es quizás una de sus últimas manifestaciones. Y eso por la propia historia de América Latina, es decir, la diversidad cultural que se va produciendo a medida que crecen las ciudades latinoamericanas, a medida también que la propia noción de intelectual va cambiando: de una noción del intelectual de élite a una noción de otro tipo de intelectual, que por ejemplo está muy cerca de la prensa, de los medios, como Carlos Monsiváis, estoy pensando.

La otra corriente que yo veo, es una corriente de lo que he llamado: ensayo de alianzas culturales, que comienza con José Martí, pensando sobre todo en Nuestra América de 1891 y que tiene muchos exponentes en el siglo XX, como Mariátegui, Gabriela Mistral y tantos otros. Yo entiendo que a partir de fines de los ´60 y principios de los ’70 ese ensayo sufre una especie de metamorfosis y se convierte en esa literatura documental que fue y es todavía tan importante como es el testimonio, el periodismo testimonial, la crónica urbana, etc. En lugar de ser un espacio del pensamiento de élite como es la primera corriente, este otro tipo de ensayo supone una mayor diversidad cultural, una pluralidad de sujetos, y es un espacio en el cual se integran las distintas manifestaciones de la diferencia: racial, de género, de clase, etc. Es lo que explica que un escritor, que a mí me parece que es uno de los mejores escritores de América Latina hoy en día, como Pedro Lemebel, nacido en la clase trabajadora, se haya convertido en uno de los intelectuales más desafiantes que hay, pero él no hace ensayo, él hace crónica urbana. El género del ensayo hasta cierto punto le resulta incómodo, restrictivo, limitante, entonces él al igual que otros cronistas y escritores de literatura documental mezclan, hacen un cierto tipo de hibridez, en el que se mezcla la narración y la exposición.

¿Cuál es su compromiso con las generaciones futuras de literatos y pensadores en el continente?

Bueno, mi compromiso tiene mucho que ver, precisamente, con mi deseo de actualizarme continuamente, de no repetirme en el salón de clases, de poder mantener viva una curiosidad, que yo creo que es fundamental para los intelectuales y las intelectuales y para el género del ensayo. Y esto tiene mucho que ver también con el hecho de que decidí volver a estudiar. Entonces en los últimos dos años y medio he tenido de condiscípulos a mis estudiantes y ha sido algo bien, bien refrescante, estimulante. Yo me muero por hablar, hablar y hablar en las clases porque me encanta, pero sé que tengo que medir mis intervenciones porque esas clases son primordialmente para ellos y ellas. Entonces yo estuve cursando una serie de asignaturas o materias preliminares y ahora, en enero, comencé propiamente en el programa doctoral y ya ahí hay personas de mi edad y personas, digamos, que están más cerca de mí en edad (risas), al igual que hay gente de 24, 25 años.

El Premio Casa 2014 en ensayo artístico-literario, ¿en qué criterios radicó su fallo? ¿Se siente conforme con el resultado y las obras presentadas en la categoría bajo su responsabilidad?

Yo creo que sí. Me siento muy conforme, muy contento. El criterio principal: la calidad de las obras. También, digamos, el grado de investigación que mostraban, el carácter también innovador de las interpretaciones. Eso fue algo importante para nosotros, pero lamentablemente, de nuevo, no puedo entrar muy a fondo en esto. Lo principal es que son ensayos de una excelente calidad. Están muy bien escritos y contienen interpretaciones innovadoras, retantes. Aun cuando en algunos casos pudieran ser sobre fenómenos que no son estrictamente coetáneos a nosotros, son ensayos de una gran solvencia.

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