Desafíos que enfrentan los países y pueblos de la CELAC

Frei Betto • Brasil

En ningún otro continente se han producido en las últimas tres décadas cambios tan significativos como en la América Latina y el Caribe. La II Cumbre de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), que se celebró en La Habana los días 28 y 29 de enero, fue un reflejo de ese proceso renovador y de los desafíos que tienen ante sí los 33 países –con 600 millones de habitantes— que integran el organismo, creado oficialmente en Caracas el 3 de diciembre de 2011.

Cuba, que actualmente preside la CELAC, traspasó esa función al gobierno de Costa Rica. No obstante, antes propuso, en la reunión de La Habana, fortalecer la lucha contra la pobreza, el hambre y la desigualdad, y declarar al Continente “zona de paz”, libre sobre todo de armas nucleares.

La CELAC también condenó el criminal bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba; apoyó la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas; y respaldó la independencia de Puerto Rico y su posterior ingreso al organismo.

Como institución de articulación política, la CELAC tiene el mérito de excluir la participación de los Estados Unidos y Canadá, que siempre han tratado a la América Latina y el Caribe como su patio trasero…

Avances políticos

Tras el fracaso del TLALCAN (Tratado de Libre Comercio entre los Estados Unidos y México, con Chile como asociado), y el rechazo a la propuesta del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) por la mayoría de los países del Continente, este comenzó a recorrer un camino propio. Podría decirse que la América Latina y el Caribe alcanzaron finalmente su mayoría de edad, lo que se traduce, en la práctica, en independencia y soberanía, en especial con respecto a las naciones del G8.

Muchos factores contribuyeron a ese avance. Primero, la resistencia, la persistencia y la permanencia de la Revolución cubana, que no sucumbió a las agresiones de los Estados Unidos ni siquiera después de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética.

Poco después se produjo el rechazo electoral a los candidatos que encarnaban la propuesta neoliberal y la victoria de los identificados con las demandas populares, en especial de los más pobres: Chávez, Daniel Ortega, Lula, Bachelet, Kirchner, Mujica, Correa, Morales, etc.

Se crearon varios organismos encaminados a fortalecer la integración continental: ALBA, UNASUR, CARICOM, ALADI, PARLATINO, SICA, etc.

Sin embargo, en el horizonte se avizoran muchas dificultades. En la economía globalizada y hegemonizada por el capitalismo neoliberal, la crisis de las monedas fuertes, como el dólar y el euro, afecta negativamente a los países del Continente. Aunque se registren avances en el combate a la extrema pobreza, aún hoy la región abriga a más de 50 millones de indigentes; los salarios de los trabajadores son bajos en relación con los precios de las necesidades vitales, encarecidos por la inflación; la desigualdad social crece vertiginosamente (de los 15 países más desiguales del mundo, 10 se encuentran en el Continente. En Brasil, la diferencia entre los más ricos y los más pobres es de 175 veces).

Somos un continente que conoció en las últimas décadas significativos avances políticos y que, sin embargo, enfrenta serias dificultades económicas. ¿Será viable a largo plazo la Revolución Bolivariana propuesta por Chávez? Cabría preguntarse, como hace el Evangelio, si se puede poner un remiendo nuevo en paño viejo? Si no fuera posible, sobre todo en este mundo globocolonizado, ¿cuál es la alternativa?

La historia ha demostrado que el capitalismo es un gato que tiene siete vidas.  Por más crisis que sufra, siempre consigue reponerse. En mi opinión, ello significa que jamás morirá de muerte natural. Solo tendrá fin de muerte intencionada, como demostró la Revolución cubana.

Si ese análisis es correcto, vuelve a la mesa de discusión la cuestión planteada por Lenin acerca de las condiciones subjetivas. En Europa, donde la crisis económica ha dejado desempleadas a 30 millones de personas, la mayoría jóvenes, ya no hay una izquierda capaz de proponer alternativas. El Muro de Berlín se derrumbó sobre las cabezas de partidos y militantes de izquierda, casi todos los cuales fueron cooptados por el neoliberalismo.

En los países de la CELAC, la histórica dependencia de sus economías con respecto al mercado externo da indicios de una crisis que tiende a agravarse. Los índices de crecimiento del PIB disminuyen; resurge la inflación; y se agravan la desindustrialización y el éxodo rural con la consecuente expansión del latifundio.

No basta con tener discursos y políticas progresistas si ellos no encuentran correspondencia y adecuación en los programas económicos. Y nuestras economías siguen sometidas a la presión de los países metropolitanos; de organismos enteramente controlados por los dueños del sistema (FMI, Banco Mundial, OCDE, etc.); de un sistema de precios, en especial de los alimentos, intrínsecamente injusto, y según el cual el lucro privado del mercado tiene más importancia que la vida de las personas.

Este dato, divulgado por OXFAM el 16 de enero de este año, retrata bien el mundo en el que vivimos: 85 personas del planeta poseen, juntas, una fortuna de $1,7 billones de dólares norteamericanos, la misma renta que 3,5 mil millones de personas, esto es, la mitad de la población mundial.

Formación política e ideológica

Los desafíos que tienen ante sí hoy los países de la CELAC −como el propuesto por Raúl Castro de combatir la miseria y la desigualdad− son múltiples, y exigen medidas urgentes. ¿Cómo enfrentarlos sin transformar estructuras arcaicas? Brasil y Argentina, que nunca conocieron una reforma agraria en su historia, ¿podrán dar una respuesta consistente a ese desafío si continúan fortaleciendo el agronegocio y priorizando la producción de commodities para la exportación?

Todos los gobiernos progresistas que se congregan hoy en la CELAC saben que fueron electos por los movimientos sociales y por los segmentos más pobres, que constituyen la mayoría de la población. Pero, ¿acaso hay un efectivo trabajo de organización de los segmentos populares? ¿Existe una metodología que vaya más allá de las meras “palabras de orden” (consignas) y que imprima en los ciudadanos un sentimiento revolucionario? ¿Los movimientos sociales son efectivos protagonistas de las políticas de los gobiernos o meros beneficiarios de programas de carácter asistencialista y no emancipatorio de combate a la pobreza?

La cabeza piensa donde pisan los pies. Nuestros gobiernos progresistas corren el serio riesgo de sucumbir por la contradicción entre una política de izquierda y una economía de derecha,  si no movilizan al pueblo para llevar a cabo reformas estructurales.

No se trata de evocar el pasado y pretender una revolución por las armas. Ni tampoco creo que habrá revolución –y la revolución es imprescindible— gracias a meras reformas graduales encaminadas a mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población.

Como decía Onelio Jorge Cardoso, las personas tienen “hambre de pan y de belleza”. La primera es saciable; la segunda, insondable. Eso significa que el deseo humano, que es infinito, solo evitará convertirse en rehén del consumismo y el hedonismo –tentáculos del neoliberalismo— si sacia su hambre de belleza, o sea, de sentido de la existencia, de emulación moral, de valores éticos capaces de moldear el hombre y la mujer nuevos.

Eso no se alcanza solo con más frijoles en el plato y más dinero en el bolsillo. Se alcanza con una formación política e ideológica capaz de imprimir en cada ciudadano y cada ciudadana la convicción de que vale la pena vivir y morir para que todos tengan vida, y vida en abundancia, como hicieron Fidel, el Che, Raúl, Mandela, Chávez y tantos otros revolucionarios.

Volvemos así a la cuestión de la educación política. La idea de que quien nace en un país socialista será necesariamente socialista es ilusoria. El ser humano es egoísta por naturaleza. Pero nadie nace reaccionario, prejuicioso, machista o racista. Todo depende de la educación que recibe cada cual. Es la educación la que despierta en nosotros el altruismo, la solidaridad, el amor, el sentido del compartir y la disposición al sacrificio en función de los demás. Y nada indica que ese proceso de formación, información y transformación ideológica sea uno de los objetivos prioritarios de los países de la CELAC.

A la propuesta de Raúl Castro de combatir la miseria, el hambre y la desigualdad, yo le añadiría la urgencia de combatir también la “pobreza de espíritu”, el “hambre de belleza”, cultivando metodológicamente  en las nuevas generaciones y en los movimientos sociales el ansia de construir un mundo de hombres y mujeres nuevos.

Frei Betto es escritor. Es el autor de La mosca azul, reflexión sobre el poder (Ocean Sur 2009, autor; Editorial de Ciencias Sociales, 2012).

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