Literatura

¿Somos los becados una especie en peligro de extinción?

Entre la sorpresa (por lo inesperado) y la gratitud, por todo lo que significa para varias generaciones de cubanos y cubanas, me dispongo a comentar los dos volúmenes de narraciones que bajo el título de País con literas; cuentos cubanos sobre becas, aparecen en nuestro panorama literario con el sello de la Editorial Unicornio (Artemisa, Cuba), en su colección Montecallado.

Imagen: La Jiribilla

Ignoro por qué ha pasado tanto tiempo desde la publicación de estos cuentos hasta el presente, cuando llegan a mis manos —regalo de amigos generosos—, sin que ninguna noticia al respecto haya circulado antes en nuestras revistas culturales. Sea como fuera, siento la imperiosa necesidad de darlos a conocer, de promocionarlos, y de estimular —en lo posible— a los antologadores, en aras de continuar la línea de rescate de asuntos de nuestro pasado inmediato y sus varias formas de abordarlo.

El tema de la selección que nos ocupa: las becas, cala hondo no solo para quienes hoy rondamos la cincuentena, sino para muchos (y muchas) que nos anteceden, y también para varias generaciones integradas por nuestros hijos. Sin ánimo de adentrarme en los momentos en que se convirtió la beca como única opción para alcanzar el máximo grado de preuniversitario, y que considero un error, me gustaría señalar que mucho antes de esa imposición,  muchos de nosotros integramos con entusiasmo las primeras hornadas de becados y becadas de Cuba en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. No niego que me revolotea la emoción al hablar de las becas, y que ello podría nublar la objetividad de este comentario, ya que pasé seis años de mi vida en dicho régimen educacional. Sin embargo, le confiero una importancia especial a País con literas, más allá de mi propia nostalgia. 

La idea de agrupar a varios escritores (y a muy pocas mujeres, reconozco con pesar, por parte de Roberto Ginebra Palenzuela y de Josué Pérez Rodríguez, responsables de esta feliz iniciativa) que en un momento de sus carreras literarias abordaron el universo que gira alrededor del hecho de estudiar, enamorarse, sentir por primera vez el peso de la añoranza hacia el hogar, y casi todo el resto de los descubrimientos de la vida cuando apenas se comienza a salir de la niñez, resulta francamente loable.

Más de treinta reconocidos narradores ofrecieron textos para integrar la antología, cuyo prólogo resalta por la originalidad y eficacia, ya que están allí explicitadas todas las circunstancias, las dificultades y los aciertos al momento de la selección. A través de los correos electrónicos intercambiados por los ya mencionados antologadores, entre  los meses de agosto del año 2008 y marzo del año siguiente, se conforma la introducción al tema, de manera que el lector(a) conoce de antemano a qué se enfrentará en las páginas subsiguientes; casi sin derecho a reclamar ausencias. Allí, en esas primeras diez cuartillas está todo. Con un carácter ensayístico, salpicado con chispas de humor, los autores de la idea original nos permiten entender los motivos de esta afortunadísima selección, que, efectivamente, tiene tal validez futura e histórica que hace que valga la pena salvar en la memoria para varias generaciones de cubanos.(p.23).

Por motivos de espacio, no es posible comentar la totalidad de las narraciones. Me limitaré solo a la tercera parte de ellas, no sin antes advertir que todas cumplen con el objetivo primordial de resaltar la trascendencia de esos momentos peculiares de nuestras vidas, cuando se nos abre el mundo y no sabemos cómo enfrentar las posibles consecuencias de nuestros actos juveniles.

Alberto Guerra, con su comentado y excelente cuento “Disparos en el aula”, nos adentra en el mundo escolar desde la perspectiva de la enseñanza de la Historia frente a un grupo hasta entonces indiferente por la gloria pasada. Leonardo Padura, con su “Según pasan los años”, cuya trama se desarrolla (al igual que en el cuento anterior) no precisamente en una beca o internado, pero sí entre alumnos que comparten la misma edad, inicia el subtema de la muerte, presente en la mayoría del resto de las narraciones. La muerte, que impresiona sobremanera cuando ocurre en la juventud, porque es antinatural, inesperada y por tanto inconcebible, signa también los textos de Elizabeth Álvarez Hernández (“Círculo de silencio”) y de Dagoberto José Valdés Rodríguez ( “Réquiem por Marielita”), en los cuales aparecen críticas obvias o sutiles a ciertos dogmáticos criterios que se cumplían en las becas. Fui testigo lejana de un acto de suicidio cuando apenas tenía 13 o 14 años, en la Lenin de los primeros años, cuando se inauguró de forma oficial dicho enorme y aún prestigioso plantel, de modo que comprendo a la perfección el raro sentimiento culposo que envuelve a los adolescentes, y que resulta imborrable.

Otro elemento común que enlaza de forma inevitable a los cuentos, es la música. No solo en el televisado y clásico “Escuchando a Little Richard” de López Sacha, sino en “Mensaje azul para un día sin papel” (Carlo Calcines), en “Réquiem por Marielita”, en “Círculo de silencio” y en “Según pasan los años”, ya mencionados, la memoria musical desempeña un papel fundamental. Curiosamente, no se evocan melodías cubanas, sino inglesas o norteamericanas, muy al estilo de los gustos predominantes en la época. Siempre he considerado que, al margen de las modas, no era de buen gusto seguir los pasos de nuestra música, no se consideraba glamoroso en ese entonces. Por fortuna, no sucede exactamente así hoy,  aunque este asunto merece ser analizado por expertos, que no es mi caso. El amor, o más bien el sexo, no puede faltar cuando de jóvenes se está hablando. Porque de eso se trata: aun cuando los narradores o sus voces no pertenezcan a la juventud, se aborda el cosmos juvenil desde su justa perspectiva. Así, resalta “No le digas que la quieres”, de Senel Paz, maravillosa narración sin los visos que rozan la violencia de “Muchachos felices” (Yunier Riquenes García) —con el recurso añadido y bien logrado de imágenes fotográficas—, cruelmente bromista de “Pas de Deux inconcluso para bailarines enamorados” (Miguel Cañellas)  o las relaciones homoeróticas trasladadas hábilmente a un guión cinematográfico “En la hoja de un árbol” (Arturo Arango).

No encuentro otra forma de estimular la lectura de estos imprescindibles cuentos que poniendo mi mano sobre el fuego (a pesar de que resulte excesivamente dramático, lo sé) para dejarles saber a los más jóvenes que sí, así fueron las cosas; así éramos; así pudieron ser ellos mismos, aunque nos contemplen ahora con la mezcla de burla y de suspicaz duda con que solemos tratar a los ancianos.

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