La Floresta Cubana y su continuadora, La Piragua: dos revistas del siboneyismo

Si la década del 40, y los años que corren entre las del  50 y el 60 del siglo XIX cubano no fueron relevantes en el plano literario en lo que respecta a obras de merecido mérito, sí lo fueron, sobre todo la del 50, en lo que respecta a revistas literarias y también a periódicos de alcance más variado. Estos últimos se caracterizaban

por la profundización de las divergencias político-ideológicas entre cubanos y españoles; divergencias que se manifiestan tanto en la prensa nacional como en la que publican los cubanos en el extranjero, fundamentalmente los EE.UU. Las distintas vertientes del pensamiento cubano de la época, que tampoco respondía a un fin único, varían desde las posiciones reformistas, que querían conservar la subordinación a España bajo condiciones más favorables para el desarrollo económico de la isla, hasta las radicalmente independentistas, pasando por las abolicionistas y las que propugnaban la anexión al vecino del norte. (“Periodismo”, en Diccionario de la literatura cubana. T. II, 1984, p. 745).

Estos rasgos  son apreciables en el día a día de la prensa plana, pero en las revistas literarias ni siquiera un hecho que dispersó por el mundo a la intelectualidad cubana  — México, EE.UU., Francia, España— como fue la llamada Conspiración de la Escalera, que trajo una fuerte represión, quebró la vida, a veces efímera, pero vida al fin, de este tipo de publicación. Prueba de ello es la creación en 1855 de La Floresta Cubana, subtitulada “Periódico quincenal de ciencias, literatura, artes, modas, teatros, &, dedicado al bello sexo”. Fue fundada por los poetas —mediocres— Felipe López de Briñas y José Socorro de León. Su primer número salió en julio de 1855 y su presencia alcanzó hasta mayo o junio del año siguiente. Veinte entregas quincenales conforman la colección. Poco después se incorporaron al cuerpo de dirección de la publicación, como redactores, dos poetas de mayor significación, Ramón Vélez Herrera y José Fornaris, adscritos ambos a una corriente literaria de rasgos románticos conocida en nuestras letras como nativismo, que tuvo dos vertientes esenciales: la criollista y la siboneyista, ambas con manifestaciones de procedimiento literarios similares: acento popular de las composiciones y los escenarios, amor por lo nativo, estructuras e intenciones folcloristas en el del lenguaje empleado, que en la expresión criolla va hacia lo campesino y en la siboneyista hacia las voces aborígenes. A esta corriente nativista se sumaron muchas voces —Milanés, Del Monte, Ramón de Palma, Luaces al criollismo— y Vélez Herrera, José Fornaris y Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé) al siboneyismo. “Ambas tendencias, ha dicho la crítica, responden a la moda romántica del culto al hombre natural, el bon sauvage de Rousseau, que, importada como un carácter exotista, no alcanzó a perderlo del todo sino hasta las décimas cucalambeanas —culminación y agotamiento del nativismo—, lo que ha dado pie a la crítica para acusar a sus cultivadores de un autoexostismo imperdonable”.

Si La Floresta Cubana ha pasado a ser una publicación importante dentro de su época es porque, además de las firmas notables que a ella se incorporaron, entre ellas la de Juan Clemente Zenea, que firmó sus composiciones con el conocido seudónimo Adolfo de la Azucena, sumadas a las de José de Armas, Emilio Blanchet y Francisco Sellén, entre otros, fue porque dedicó espacio a la poesía siboneyista, además de incluir artículos de carácter científico, filosófico, religioso, histórico, así como numerosos trabajos de crítica de prosa literarias.

Ramón Vélez Herrera (La Habana, 1808-1886), entonces ya incorporado como editor de la revista, abandonó la carrera de leyes para dedicarse por entero a las letras. Asiduo concurrente a las tertulias de Domingo del Monte, colaboró en numerosas publicaciones periódicas y fue una de las voces poéticas que contribuyó a la Aureola poética al señor D. Francisco Martínez de la Rosa (1839), curiosa obra colectiva surgida del certamen literario efectuado en 1834 en Arroyo Apolo en honor del nuevo ministro español, el poeta Martínez de la Rosa, donde Plácido obtuvo su primer triunfo poético. La obra más conocida de Vélez Herrera es Romances cubanos (1856), algunos de cuyos poemas dio a conocer, como anticipo, en La Floresta Cubana. Leamos un fragmento de “La flor de la pitahaya”, dedicada a su amigo José Fornaris, donde se aplica al nativismo en su vertiente criollista:

Una noche deliciosa

que la luna derramaba

su diáfana claridad

sobre los montes de Guara

que las graciosas sitieras

bellas y regocijadas

pasaban la Noche Buena

bailando como de Pascua,

sin que el temor las aflija,

o las turbe la desgracia:

sienten un vivo rumos

y ven por la encrucijada

como los aires rompía

en una hermosa potranca

una gallarda mujer

tan bella como bizarra.

Sembrado de estrellas blancas

un traje azul, ostentando

con una inocente gracia

al soplo del cefirillo

“La flor de la pitahaya”

El primero de julio de 1856 nació un nuevo “Periódico de literatura, dedicado a la juventud cubana”, dirigido por José Fornaris y Joaquín Lorenzo Luaces. Era semanal y en un prospecto aparecido en las páginas finales del último número de La Floresta Cubana, que puede considerarse antecedente de la nueva publicación, se lee que sería un

Periódico de literatura, con retratos, danzas y figurines [...]. La piragua es una embarcación  indígena: los naturales la ceñían con palmas y flores para atravesar, ya las riberas del Yumurí, ya las ondas del Cauto: esto quiere decir que nos ocuparemos con preferencia de la literatura cubana. La piragua es formada de una sola pieza del corazón de los árboles; esto indica que nosotros solo tendremos una idea, sin variar jamás. En la piragua llevaba el hombre primitivo el alimento de su existencia, y nosotros llevamos el sustento de los corazones sensibles y de las imaginaciones ardientes. En la piragua, en fin, bogaban las vírgenes de ojos negros y piel tostada, coronadas de lirios blancos. Venus, pues, hijas de la Cuba actual, venid a cruzar con nosotros el lago encantado de la Poesía erótica, el sombrío golfo de la elegía, el inmenso océano de la novela, el saltador arroyo de las anacreónticas, la corriente de lágrimas de los areítos del Siboney... La Piragua, en una crónica, llevará a nuestros lectores, anécdotas, noticias, modas, versos, flores, Sc. La adornarán danzas, figurines y retratos.

En La Piragua, cuyas entregas periódicas constituyeron un tomo, la corriente siboneyista tuvo sus mayores expresiones, aunque no toda la publicación estuvo dedicada a dar espacio a las manifestaciones en prosa y  verso con ese propósito, pues dio a conocer composiciones románticas fuera de esos moldes, además de trabajos en prosa sobre ciencias naturales y otros dedicados a la gramática, que eran continuación de los aparecidos en La Floresta Cubana.  Publicaba también noticias culturales y reseñas de libros. Entre sus colaboradores más habituales estuvieron Antonio Bachiller y Morales, Pedro (Perucho) Figueredo, autor, posteriormente, de nuestro Himno Nacional, Tristán de Jesús Medina, El Cucalambé, Rafael María de Mendive y Vélez Herrera. 

Entre sus colaboradores más notables estuvo Felipe Poey, destacado naturalista, miembro de numerosas instituciones extrajeras por sus aportes a disciplinas como la zoología, la botánica y la mineralogía. Destacado gramático, publicó, tanto en La Floresta Cubana como en La Piragua, textos sobre acentuación y prosodia, así como observaciones gramaticales. Fue también poeta y colaboró en ambas con composiciones como la “Canción popular” titulada “Despedida de Guanabacoa”:

Adiós, villa afortunada

donde a Mirta conocí,

donde amarla prometí,

donde el nombre de mi amada

en los troncos escribí.

 

Adiós, lomas de esmeralda

que con ella recorrí,

adiós, flores que le di,

adiós, lazos y guirnaldas

que a su frente entretejí.

 

Adiós, calle venturosa

donde su hermosura vi,

donde sus pasos seguí

donde su boca de rosa

me dio con amor el sí.

 

Cerró el año 1857 con dos revistas que, para entonces finalizadas, cobijaron lo mejor del movimiento siboneyista cubano, nueva mirada de nuestros románticos a su entorno, donde tuvieron espacio la canturía, la siesta y la taza del buen café carretero. 

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