Necesidad de más

Ernesto Pérez Castillo • La Habana, Cuba

Era 2005 y era febrero y se estaba acabando en La Habana la Feria del Libro, y allí mismo, en La Cabaña, recibí una noticia que para nada me pareció buena. No era una noticia, era una orden: para entonces yo trabajaba de no sé muy bien qué en el Instituto del Libro (ICL) y de pronto a un vicepresidente se le ocurrió enviarme de conductor de una guagua llena de escritores que iría hasta Sancti Spíritus.

O sea, ellos, los demás, eran escritores, y mi tarea era ocuparme de que la guagua parara en todas la ciudades que debía, y se bajaran los escritores que les tocara, y subieran lo que iban más allá. Eso, conductor de guagua.

En el ómnibus viajaba un cirujano del hospital Calixto García, y de su sapiencia médica no puedo dar fe, pero sí de su genio literario. Él, Vladimir Bermúdez, para la fecha tenía publicado un excelente libro de minicuentos, y su destino era Sancti Spíritus porque había ganado el Concurso El Dinosaurio del Centro Onelio, y la premiación sería allí. Y por eso viajaban también con nosotros el chino Heras y la divina Ivonne.

Imagen: La Jiribilla

Así comenzó mi segunda temporada en el Onelio. Ya siete años antes, en 1998, cuando el Centro era apenas un taller literario sin plaza fija “ni na de na”, fui uno de sus fundadores. Ese primer curso, o primer taller, o como se le llame, venía con trampa. Estaban allí Raúl Aguiar, Yoss, Anna Lidia Vega Serova, Alberto Garrido (que unos meses después ganaría ni más ni menos que el Casa de las Américas), todos jóvenes entonces, pero todos jóvenes muy conocidos y con uno o más libros publicados. El único desconocido era yo, virtud que conservo hoy todavía, y con todo ya tenía mi librito bajo el brazo…

Pero ese es otro cuento, que este que cuento ahora comienza mucho después. Justo yendo al restaurante del hotel Los Jazmines, Eduardo Heras se me acercó de pronto por la derecha, y por la izquierda Ivonne, o al revés, y comenzaron a preguntarme cómo me iba en el ICL, y qué hacia allí, para, antes de sentarnos a la mesa, invitarme a que más tarde, después de comer, los visitara en su habitación…

Algo se traían entre manos esos dos, que llevaban varios días hablándome y ablandándome… y con ese susto toque a su puerta esa noche. Me abrieron, como diría mi abuela, de punta en blanco. Me invitaron a sentar en la única butaca de la habitación, y ellos se sentaron muy junticos sobre la cama que, por lo prolija, apuesto a que la había tendido Ivonne medio segundo antes de llegar yo.

Creo que me invitaron a tomar algo, pero no recuerdo qué, y hablamos de cualquier bobería, hasta que Eduardo decidió ponerse serio y me dijo de un tirón: te queremos proponer que vengas para el Onelio de subdirector.

Uffff… una cosa de esas no se la dicen a uno dos veces… así que yo no me la pensé ni una, y allí mismo dije que sí. El Centro estaba estrenando, por fin, casa en Miramar, y mi tarea sería, y eso es lo mejor, organizar toda una editorial. Comenzar de cero, inventarlo todo, incluida la revista El Cuentero, que para entonces apenas tenía nombre, debido a una genialidad de Raúl Aguiar.

Ese fue un momento luminoso…de una, dejé de ser conductor de guagua para ser armado editor, y encima editor fundador. ¿Cómo rayos iba a decir que no?

De ahí en adelante, todo fue cuesta arriba, como debe ser. Que poner de acuerdo a tres escritores que piensan diferente, pero diferente lo que se dice diferente, y nunca jamás de los jamases quieren ceder terreno, incluido yo… eso de ningún modo es coser y cantar…

Lo cierto es que la sangre no llegó al río, porque no había un río cerca, la verdad. Que ganas no faltaron. Lo que faltaba era todo lo demás, y para empezar, faltaba el agua. Así que ese fue mi estreno como editor: conseguir que Aguas de La Habana le diera servicio al Onelio…

Pero no todo fue pelearse, eso fue solo la mitad. El resto fue parir una editorial que hiciera libros como Dios manda, y una revista que nos salió bien, y que a más de uno sacó de la “ineditez”, y que circuló de mano en mano desde el primer número hasta el sol de hoy. 

En tanto, se había nucleado allí un interesantísimo team creativo… además de escritores como Ahmel Hechevarría, Michel García Cruz, Jorge Enrique Lage, Raúl Aguiar, Sergio Cevedo, Erick Mota, Evelin Pérez y la misteriosa Dazra Novak, y una sala de video a la que nunca se le sacó todo el provecho, con Ernesto René incluido, y estaba el equipo de diseño, los únicos con quienes nunca me tuve que liar a trompadas: Eric Silva y la flaca Michele Miyares… Quien quiera más es un goloso…

Para entonces el Onelio tenía una biblioteca bien surtida que más de uno se quiso robar, Internet en todas las oficinas y una sala de navegación que daba servicio de verdad, impresoras y papel para que los necesitados (yo nunca el último) imprimieran sus textos para los concursos. Era un sueño, y los sueños, sueños son.

Un buen día, y antes de almorzar, entré a la oficina de Eduardo, me senté frente a él, y sin muchas vueltas le dije que necesitaba dinero, y que me iba del Onelio. Eduardo me escuchó en silencio, dejó pasar un segundo, vino hasta mí, me abrazó fuerte y me dejó partir.

Atrás quedaban muchas cosas, y quedaba sobre todo la época en que más editor fui, con trabajo hasta las orejas, y siempre con una papa caliente en las manos que no había que dejar enfriar.

Hoy sigo yendo al Onelio, y no mucho ha cambiado allí. Siguen faltando cosas, que no el agua, pero se siente la necesidad de una segunda mirada, de un poco más de atención. Porque hay un montón de escritores, jóvenes y con ganas, que aún deben conocer ese lugar donde por cuatro años fui feliz.

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