Cantores...

Gracias a la vida

Fidel Díaz Castro • La Habana, Cuba
 Yo canto a la chillaneja
si tengo que decir algo
y no tomo la guitarra
por conseguir un aplauso.
Yo canto la diferencia
que hay de lo cierto a lo falso.
De lo contrario, no canto.
                                                Violeta Parra
 

Yo canto la diferencia, dijo esta gran voz de la América Nuestra, y nace con su espíritu este encuentro con los lectores-soñadores de La Jiribilla. Vivimos tiempos de gran contaminación en el medio ambiente sonoro universal, la sociedad de consumo globalizada emplea con ferocidad su maquinaria mediática para extinguir las culturas auténticas, suplantándolas con una seudocultura comercial, que lleva como fin despoetizar la vida, homogenizar a los humanos en un sistema primario de pensamiento, sin identidad, ajeno a la realidad social, que los convierta en animalitos de consumo, ensimismados, sedientos de objetos, cegados por la ambición. Violeta, vio ya en su tiempo como intentaban despojarnos de nuestra memoria, de nuestro espíritu solidario, para someternos. De ahí que cantara la diferencia de esa canción insustancial, de efectismo hueco, descerebrada y descerebrante.     

Mi siempre bien amada Violeta Parra:
supe por una nube tu dirección.
Te escribe una guitarra
que te recuerda con devoción,
sólo para cantarte, sí,
cómo va la cuestión.

En su canción “Carta a Violeta ParraSilvio Rodríguez le escribe a la cantora desde la mayor admiración, definiendo implícitamente la esencia del verdadero cantor, alguien que traduce las esencias de su tiempo, alguien que combate por aliviar el dolor de la gente, por traducir el amor esparcido en el tiempo para armonizar el coro humano en busca de un sueño. 

Imagen: La Jiribilla

Violeta del Carmen Parra Sandoval nació el 4 de octubre de 1917 en San Carlos, Chile. Su hogar en extremo humilde. 

Las hileras de casuchas
frente a frente ¡sí, señor!
las hileras de mujeres
frente al único pilón
cada una con su balde
y su cara de aflicción.
y arriba quemando el sol.

Con su hermano Lalo, Violeta cantaba a dúo desde pequeña, les gustaba montar pequeñas representaciones teatrales para buscarse unos centavos. Empezó a tocar la guitarra a los 9 años, y ya a los 12 compuso sus primeras canciones.

Paso por un pueblo muerto
se me nubla el corazón
aunque donde habita gente
la muerte es mucho peor.
Enterraron la justicia,
enterraron la razón.

A los 15 años se fue a vivir a Santiago de Chile compulsada por su hermano, el poeta Nicanor Parra, quien le insistió para que se dedicara al arte en serio. Con su hermana Hilda, formó un dúo de música folclórica, Las Hermanas Parra y se presentaban en bares, fiestas, pequeñas salitas, hasta en prostíbulos llegó a cantar. Se casó con Luis Cereceda en 1938 y tuvo sus hijos Ángel e Isabel, importantes exponentes de la canción chilena.   

Estudiosa profunda del folclore de su tierra, recorrió Chile, registrando testimonios, extrayendo de los más apartados rincones los cantos más antiguos que quedaban en la mente de los pobladores transmitidos oralmente de generación en generación. Esta labor de recopilación dejó como fruto más de tres mil canciones, reunidas en un libro (Cantos folclóricos chilenos) y sus primeros discos en solitario, editados por EMI Odeón. Dejó también en su espíritu la honda huella de los pobres de la tierra. Vivió las miserias, las enfermedades, el analfabetismo de su pueblo, y levantó su canto, su arte, contra la injusticia social.

Cuando vide los mineros
dentro de su habitación,
me dije mejor habita
en su concha el caracol
o a la sombra de las leyes
el refinado ladrón
y arriba quemando el sol.

Imagen: La Jiribilla

A inicios de los 60 vivió varios años en París donde logró gran reconocimiento, grabó discos, hizo conciertos, expuso su obra como artista plástica. Creadora amplia, sencilla, abismal en su espíritu, fue importante pintora, escultora, bordadora y ceramista. En 1964, Violeta Parra se convirtió en la primera latinoamericana en exponer individualmente en el famoso museo del Louvre. Escribió también un libro Poesía Popular de Los Andes y la televisión de Suiza filmó un documental sobre su trabajo (Violeta Parra, bordadora chilena) que es una de las pocas imágenes fílmicas que quedaron de ella.

Su gran amor, apasionado y tormentoso, lo vivió con el musicólogo y antropólogo suizo Gilbert Favré, a quien le hizo algunas de sus más importantes composiciones "Corazón maldito", "El gavilán, gavilán", "Run Run se fue pa'l Norte", "Qué he sacado con quererte", “La jardinera”, entre muchas otras.

Para olvidarme de ti,
voy a cultivar la tierra
en ella espero encontrar
remedio para mis penas.

Aquí plantaré el rosal
de las espinas más gruesas
tendré lista la corona
para cuando en mi te mueras.

Igualmente compuso algunos de sus clásicos de denuncia social que marcaron su tiempo y el nuestro: "Qué dirá el Santo Padre", "Arauco tiene una pena", "Mazúrquica modérnica" con lo que creaba las bases de la llamada Nueva Canción Chilena. 

Miren como nos hablan
de libertad
cuando de ella nos privan
en realidad.
Miren cómo pregonan
tranquilidad
cuando nos atormenta
la autoridad.

¿Qué dirá el Santo Padre,
que vive en Roma,
que le están degollando
a sus palomas?

Visitó Polonia, la Unión Soviética. En 1965 Violeta regresó a Chile y armó su gran carpa, como las de circo, en la comuna La Reina, con la que pretendía lograr un gran centro de cultura folclórica, junto con sus hijos Ángel e Isabel, y los folcloristas Patricio Manns, Rolando Alarcón y Víctor Jara, entre otros. A pesar de la fama que ya traía su sueño se tronchó, el público no respondió como ella esperaba. Ese desencanto, más la partida de Gilbert, su gran amor, desencadenaron una gran depresión.  

Su disco de despedida llevó por título Las últimas composiciones, grabado junto a sus hijos y el músico Alberto Zapicán; en este disco nos dejó varias de las piezas que la inmortalizan como ese himno de todos los amores que es "Gracias a la Vida" y “Volver a los 17"donde reza:

El amor es torbellino
de pureza original,
hasta el feroz animal
susurra su dulce trino,
detiene a los peregrinos,
libera a los prisioneros,
el amor con sus esmeros
al viejo lo vuelve niño
y al malo solo el cariño
lo vuelve puro y sincero.       

Se va enredando, enredando,
como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando,
como el musguito en la piedra.
Como el musguito en la piedra
ay, sí, sí, sí.

El 5 de febrero de 1967, a los 49 años de edad, Violeta Parra se dio un disparo mortal en su carpa de La Reina, para quedar eternamente en la cultura latinoamericana. 

El escritor Eduardo Galeano creó su testimonio:

Febrero 5 

Habían crecido juntas, la guitarra y Violeta Parra. Cuando una llamaba, la otra venía. La guitarra y ella se reían, se lloraban, se preguntaban, se creían. La guitarra tenía un agujero en el pecho. Ella, también. En el día de hoy de 1967, la guitarra llamó y Violeta no vino. Nunca más vino.

Violeta ha sido interpretada por múltiples artistas como Mercedes Sosa, Charly García, Fito Páez, Elis Regina, Milton Nascimento, Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Susana Baca, Joan Baez, Inti Illimani, Quilapayún, y miles de cantores en todos los confines de la tierra. Así mismo muchos trovadores como Silvio Rodríguez y Joaquín Sabina han compuesto canciones inspirados en su vida y obra.   

Sin dudas “Gracias a la vida” es uno de los más grandes tesoros musicales en nuestra lengua. Un amigo, Patricio Maturana, me envió el facsímil de puño y letra de Violeta cuando escribió la canción; en él se observan versos que después fue depurando. En estos días en que La Habana ha sido cede de la CELAC, o sea del encuentro de la América Nuestra buscando un destino común, la integración de los pueblos por la justicia y la felicidad humana, qué mejor abrazo que el de esta creadora que nos estrecha con su poética manera de dar gracias a la vida. Gracias Violeta, por ese canto tuyo, que es de todos, nuestro propio canto.

Imagen: La Jiribilla

Gracias a la vida

Autora: Violeta Parra

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros, que cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco,
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes al hombre que yo amo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que, en todo su ancho,
graba noche y día grillos y canarios;
martillos, turbinas, ladridos, chubascos
y la voz tan tierna de mi bien amado.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro:
madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
con ellos anduve ciudades y charcos,
playas y desiertos, montañas y llanos,
y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
cuando miro el fruto del cerebro humano,
cuando miro al bueno tan lejos del malo,
cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
así yo distingo dicha de quebranto,
los dos materiales que forman mi canto,
y el canto de ustedes que es el mismo canto,
y el canto de todos que es mi propio canto.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.

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