Disección

Mónica Baró Sánchez • La Habana, Cuba

Fue con tres cuentos atróficos —bien queridos como si fueran Faulkners— que conseguí, hace cuatro o cinco años, un puesto en el taller del Centro Onelio, colar mi nombre expandido con sus letras todas en una lista nacional de escribidores, hacerme de un libraco intransportable sobre técnicas narrativas que queda estupendo en los libreros. No creía a esos cuentos capaces de tanto. Aquello fue una proeza inaudita. Más suerte que mérito. Las historias estaban sujetas con alfileres y la prosa era puro colorete. Mi escritura se encontraba anémica, engarrotada, temblorosa. Ante la menor corrección o crítica se cerraba como una ostra. Todo cuanto producía mostraba la fragilidad de una burbuja, aunque no así su hermosura. Se me había olvidado la manera en que se usa la libertad para escribir y la manera en que las palabras se usan para jugar.

Imagen: La Jiribilla

Ilusión, Receta para ser cineasta y Cuestión de inspiración, son los títulos que conforman la tríada con que me aventuré a la convocatoria. Los escribí especialmente para la ocasión: no tenía otros. Llevaba una barbaridad de tiempo sin producir un cuento. Lo único que conservaba de mis episodios creativos databa de la adolescencia. Era nada más y nada menos que una novela —y digo novela por convención genérica—. Una novela inacabada, como debe ser cualquier novela primeriza que se respete, con nombres anglosajones, sitios irreales, corazones rotos y mucha tragedia. Una novela signada por la asunción de los best-sellers de Danielle Steel y Barbara Wood como paradigmas literarios. (Que lance la primera piedra quien no haya pecado). No es raro entonces que decidiera intentar algo nuevo, que si no mejor, al menos fuera más castellano.

Y la verdad es que, no obstante el evidente raquitismo, los alfileres y el colorete, no puedo quejarme de esos cuentos. Al final cumplieron su misión en este mundo al insertarme en el taller. Excepto Ilusión, que es una mezcla bochornosa de Once minutos de Paulo Coelho con La dama de las camelias de Alejandro Dumas, los otros hasta me gustan. Receta para ser cineasta es una especie de sátira del denominado arte conceptual que tiene el mérito de entretener. Y Cuestión de inspiración, que perdió el Cuestión de a medio taller durante una sesión de lectura, siempre me ha parecido una historia fenomenal. Sin embargo, ahora no podría precisar si ese parecer se debe al afecto incondicional que profesamos por cada cosa creada, al hecho de que es una narración bastante breve y eso casi nunca me pasa, o a su privilegiada ubicación en mi memoria, justo en la estantería de los romances significativos.  

La cuestión es que con el tiempo, quizás para compensar los ascendentes niveles de exigencia, me he vuelto un poco compasiva. Continúo borrando más de lo que escribo, pero respeto toda página sacrificada. Entiendo que esto de escribir es una masacre perpetua. Mientras más pulcro aparece un texto, más sangre oculta. Por cada cien palabras sobrevivientes hay un promedio de trescientas exterminadas. Ninguna es azarosa. Todas son dolorosamente premeditadas. Se busca sentir una melodía interna, que una hale a otra, a la correcta —no a la perfecta— entre cuantas se te insinúan. Incluso la imperfección se premedita. Dice Alejo Carpentier en El secreto profesional que las prosas en apariencia más fluidas y espontáneas son “fruto de un prolongado trabajo de ajuste y refundición”, al contrario de la pluma fácil, que suele ser “difusa y obscura”. Sabio Carpentier. Por eso luego cuesta tanto aceptar modificaciones. La resistencia a la edición es emocionalmente instintiva, aunque cuando editar no es editar sino un simulacro de reescritura, la resistencia se torna racionalmente defensiva. Por supuesto, hay quienes editan sin mutilar, que editan, y eso se agradece, pero igual siempre se sufre cualquier intervención externa. Es como si te hurgaran en el alma misma. 

Claro que cuando entré al Onelio no era tan compasiva. Recién comenzaba a recuperar la fe y el coraje indispensables para afrontar la creación. Aquellos cuentos atróficos me habían recordado que escribir debe ser más diversión que martirio, que no puedo renunciar a complacerme para complacer a otras personas, que la búsqueda constante de aprobación tiende a desviar de lo importante, que lo importante es ser feliz en el proceso y alcanzar esa sensación de plenitud que te abarca al concluir un trabajo. Al taller yo iba entonces como renacida, anhelando reencontrarme conmigo, descubrir pistas que me indicaran cómo regresar a mí. Era en lo que más pensaba en esa época. Por tanto, la historia de mi paso por el centro literario, no es más que una parte de la historia de la rehabilitación de mi escritura. Habrá seguro quienes puedan aportar escenas reveladoras de ese espacio, relatar algo simpático o desconcertante, enunciar lecciones. Mas yo no. Ese año no se guardó en mí de manera cronológica u ordenada.

Ahora que reviso mis recuerdos, encuentro que ahí no tengo muchas luces. Sé que no iba con la expectativa de aprender a escribir —ya han pasado miles de águilas por el mar desde que comprendimos que se aprende a escribir escribiendo—. Tampoco me interesaba averiguar si lo hacía bien o mal. Esa duda, dichosamente, tortura por siempre. Además, cuando las palabras se convierten en necesidad, nadie logra disuadirte de encomendarles tu vida. Una vez que las amas, que les permites habitar en ti, le eres leal hasta la muerte. Incluso si no escribes, tu mente no deja de captar la realidad en función de ese vínculo. Así que bueno, nada de lo que en el taller experimentara alteraría mi determinación a escribir (no a ser escritora, porque decirme escritora me asusta, considero que despista de lo escrito, como si la literatura fuera la persona y no su obra). Lo que sí pretendía era recolectar esas pistas que necesitaba en el contacto directo con las personas que hallara.

De toda vivencia se obtiene algo para trabajar. Y el ser humano es inagotable en su mortalidad. Cuando el corazón se compromete con la literatura, vivir termina siendo un ejercicio de recolección de piezas, elementos, recursos; es decir, de imágenes, expresiones, tonos, diálogos, emociones, términos, sitios, miradas, colores, conflictos, sonidos, olores, sensaciones. Porque todo sirve en algún momento, aunque cuando guardes algo no sepas para qué lo utilizarás, ni cómo, ni cuándo, ni dónde. Se anda como un imán atrayendo, como una esponja absorbiendo, lo que mejor se avenga con la sensibilidad, lo que la alegre, lo que la hiera, lo que la espante. Sin discriminación. El espacio depositario de tus colectas es flexible y ligero. Luego a la hora del trabajo, los elementos salen casi naturalmente para ayudarte a componer ideas, sentimientos, o igual la intuición te orienta selva adentro si no te convencen los que surjan. Eduardo Heras León, no sé si citando a alguien, decía que los escritores son como aves de rapiña porque se alimentan de carroña humana. Y sí, de eso y más. De lo vivo y lo muerto, lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello, sin realizar delimitaciones estrictas, sino difuminando los márgenes, como ocurre en la realidad.

Imagen: La Jiribilla

Se me ha representado ahora la cara de Heras León diciendo lo de las aves de rapiña con una gravedad tremenda. Escucho su voz de narrador —nunca salía de la piel de narrador—. A mí me encantaba escucharlo cuando leía un cuento. Nos pedía a veces que con la vista siguiéramos la lectura en el libraco, aunque, por lo general, procuraba desobedecer. Sentía que el cuento que leía callada no era el mismo que él contaba. Y quería escuchar el cuento que él contaba. Heras alcanzaba el ritmo exacto de las historias, el tono de los personajes, la espiritualidad del texto. “Pero un hombre tiene que desesperarse por otro”. Y Heras lo decía desesperadamente. Y navegaba en el Eumelia. Y creía en la existencia del caballo de coral, al tiempo que desconfiaba de la existencia del caballo de coral. Y era el langostero que no entendía la locura de un hombre, y era el hombre que explicaba su locura a un langostero. Y veía el caballo de coral pasar delante de sus ojos como si el libro fuera mar. Y cualquiera quedaba convencido de que por el litoral cubano se pasea un caballo de coral. Y hasta se observa después distinto cada fondo de mar.  

Descubrí ahí que leer es interpretar. Que hay que comunicarse con el autor en una dimensión imaginaria, desde donde es posible observar la esencia de un cuento y transmitirla a quienes permanecen en la realidad. Todavía yo no sé cómo se logra. La literatura tiene demasiado de misterio. De vez en cuando en casa leo en voz alta poemas y fragmentos de novelas, porque así mutan y se viven de otra manera, pero me he grabado y sinceramente no se oye tan bien como quisiera. Me falta gracia. Aún no consigo que mi lectura engrandezca los textos, o que al menos exprese su tamaño verdadero. En ocasiones, hasta los achico. Por eso prefiero no leer en voz alta. Ni siquiera lo que yo escribo. No sé leerme ni un poco.

En el taller, sin embargo, tuve que leer dos cuentos delante del grupo. Todos tuvimos que leer nuestras cosas —a excepción de un muchacho al que salvaron sus nervios con un tartamudeo irrebatible—. Aquel acto ostentaba un apelativo tenebroso. No lo recuerdo pero era algo cercano a patíbulo. Porque en un sitio de esa categoría nos parecía estar cuando tocaba sentarse a leer algo propio frente a los demás. No tanto porque como grupo reaccionáramos con criterios hostiles, como por falta de costumbre a exponernos. En mis turnos, yo creía que cada línea me desnudaba, y que una vez desnuda, la gente me decía que mis senos eran muy pequeños, o que tal lunar me lucía bien, o que mi ombligo estaba mal cortado. La sensación de vulnerabilidad era grandísima. Te concedían unos minutos para declarar, pero no bastaban para cubrirte. Al final todos quedamos desnudos delante de todos. No sé si hubo alguien que le cogiera el gusto al patíbulo, pero lo que soy yo considero improbable acostumbrarme a semejante desnudez. Preferiría quitarme la ropa en público, antes que leer mis cosas en público. 

Y como contaba, las reacciones de la gente a las lecturas no clasificaban como hostiles. El grupo era bastante chévere. No era ni un poquito condescendiente y la franqueza se daba fácil, pero en las discusiones prevalecía el respeto a la soberanía individual para escribir como antojara. Cada cuento suscitaba interpretaciones diversas y a veces antagónicas. Las historias se asimilaban como verídicas. Más que los recursos narrativos, se discutía la verosimilitud. Ese era un precepto en el que se insistía bastante. Los textos debían ser creíbles, construir una realidad coherente en sí —fuera fantástica o caótica— y definir el sentido de su lógica. Creo que era eso lo que más ocupaba en los análisis colectivos. El resto eran correcciones, sugerencias, que cada quien  aceptaba o declinaba. Había personas que comentaban mucho, otras que comentaban poco. Yo era del primer tipo. En la mayoría de las sesiones metía la cuchareta y daba mis impresiones. No porque creyera que me tomaban en cuenta sino porque consideraba que peor que desnudarse y escuchar las opiniones de los otros, era desnudarse y escuchar el mutismo en un momento hecho para hablar. No me gustaba ese rito, pero como ya estaba ahí, intenté cumplir las reglas como pude. De lo contrario, me hubiera marchado.   

Aclaro que no soy de quienes creen en los talleres literarios. La creación la concibo como un proceso rigurosamente solitario. A mi juicio, nada de lo que te digan otros impacta en tu escritura si tu escritura se encuentra en movimiento, si cuenta con vida propia, autonomía. Ni para bien, ni para mal. Cuando la creación se convierte en un proceso libre, cualquiera puede venir a fustigar o elogiar sus resultados, que ninguna de sus palabras alterará el curso de ese proceso. Vivir, leer y escribir es la divina trinidad de este universo. La escritura se desarrolla en la escritura. No es falta de humildad. Ojala y con ir a talleres y participar en lecturas grupales se resolvieran los problemas que se enfrentan para escribir. Pero no. Un taller solo ayuda como experiencia vital y porque tiene personas y de las personas siempre se obtiene mucha materia prima.

Es posible memorizar todas las técnicas narrativas, que si no las referencias en lecturas y en la cotidianidad, no servirá de nada conocerlas. La teoría literaria no precede a la literatura, como mismo la literatura no precede a la vida. Que se entrecrucen y una y otra medien la óptica con que se percibe el mundo, que la teoría literaria medie la percepción de la literatura y la literatura la percepción de la vida, no significa que literatura y vida sean lo percibido a través de esa óptica mediada por percepciones anteriores. Idealmente, deberían potenciar la comprensión del mundo, pero si no se asumen con cierta rebeldía, en la realidad lo que hacen es reducir la comprensión del mundo.

¿Cómo lograr que nuestra percepción sea más que un conjunto de percepciones ajenas aprendidas? Honestamente, no conozco una respuesta exacta. Siento que lo más importante sería admitir que nuestra ignorancia es infinita. Hace algún tiempo escribí en alguna parte que creer solo en lo que conocemos implica limitar el mundo en donde comienza nuestra ignorancia. Hay demasiada realidad pasando desapercibida en lo ordinario. Y para mí la literatura no es más que un intento de encontrarla. Sin dudas, la racionalización de la escritura —porque la facilita— es útil, pero se debe también escuchar a la vida que se busca transformar en palabras. La vida y los personajes te hablan si les prestas atención. Son quienes deciden el camino, utilizando las herramientas gramaticales y narrativas que posees, así como las recolecciones realizadas.

De cualquier forma, cada quien afronta la creación como sabe, quiere y puede. Un taller también te enseña eso, que no existe “el” método paradigmático; por consiguiente, no existen parámetros de evaluación para saber si vas andando derecho o jorobado, lento o rápido. Lo único transversal en las personas que tratan de escribir —aparte de la adopción de manías, supersticiones, obsesiones y majaderías— es el respeto a una serie de valores elementales, como el esfuerzo, la perseverancia, la disciplina, el rigor. Lo otro es circunstancial. Tampoco existe, obviamente, “la” obra paradigmática. Comparar literaturas es un disparate. Una obra solo se puede medir en sí misma. Estoy segura de que si a una sesión de lectura llevaba La sala número seis de Antón Chéjov —suponiendo que hubiera gente sin leer ese cuento—, igual alguien le hubiera hecho cuestionamientos. Porque las personas cuestionamos con un paradigma metido en la cabeza. Sin embargo, para darse cuenta de eso hay que pasar por un taller, o por varios.

A mí con el taller del Centro Onelio me alcanzó. Y no pienso volver a insertarme en un espacio similar. Demasiado taller puede devenir en farándula. No digo que esté mal la farándula, porque hay a quienes les funciona, pero en mi caso opto por el aislamiento, y por compartir lo que escribo con pocos amigos, sin llegar a someter mis textos a discusiones grupales. Si un día decido frecuentar otro taller, será porque en él descubra una combinación humano-espacial-literaria que merezca el tiempo, o que necesite si volviera a paralizarse mi escritura.

Entonces, ya he dicho porqué fui al Onelio, aunque no por qué me quedé durante un año. Pues es muy simple: tras salir de aquellas clases sabatinas, con la sensación de quien sale de una celebración religiosa donde se invoca a la literatura, sentía unas ganas incontrolables de escribir. ¿Qué más podría ser?

Comentarios

Muy fluida tu publicación Mónica, al parecer te ha ido muy bien la carrera de periodismo, me alegro por ti. Salu2s

Me siento tan identificada con las palabras de la escritora. También he experimentado temores y autocensuras con lo que escribo. Parece ser un curso al que se le puede sacar provecho. Me gustaría insertarme solo para aprender y aprehender alguna que otra habilidad para plasmar lo que mi menguada imaginación me dicta. muy intimista el comentario, me gustó mucho

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