Un escritor de escritores

Yoss • La Habana, Cuba

Perdón si el comentario parece algo misógino y a la vez irreverente, pero creo que la mejor manera de abordar los asuntos más serios y solemnes es con la risa.

Por eso tengo que decir que es una suerte que el Centro de Formación Literaria lleve el nombre de Onelio Jorge Cardoso; tal vez si hubiera sido bautizado en honor a una narradora como Mirta Aguirre, ahora Ivonne y El Chino Heras andarían, como tantos padres, locos consiguiendo el cake, las fotos, los vestidos y toda la parafernalia conmemorativa pequeñoburguesa que suelen llevar los 15 para tantas jovencitas cubanas.

Imagen: La Jiribilla

Parece que fue ayer, y sin embargo los orígenes de todo esto se remontan a los ya lejanos días del año 1989, cuando Heras logró involucrar a Sacha y a Senel en aquel taller que sesionaba en la Casa de Cultura de Playa, “para jóvenes escritores”, al que asistimos Raúl Aguiar, Ronaldo Menéndez, Ricardo Arrieta, Ena Lucía Portela y yo, entre otros que luego sonaríamos algo en la narrativa nacional.

Mucha agua (y otros líquidos no tan limpios) ha corrido bajo el puente del río Almendares desde entonces; por ejemplo, ahora en 5ta y 62, Miramar ya no está la Casa de Cultura, sino la embajada de la federación malaya.

Pero lo realmente importante es que, a despecho de sus muchos detractores,  aquella “idea loca” del Chino, aunque bastante tiempo después, por culpa de los 90 y su terrible Período Especial, arrancó en el 98… y aún no se detiene.

Dicen que los aniversarios son momentos serios e importantes, en los que uno mira atrás, hace un recuento de todo lo hecho, de todas las dificultades vencidas, y se llena de fuerzas para enfrentarse a lo que aún falta por hacer, y a superar nuevos obstáculos. Y pese a que yo no quiero gastar todos los minutos de uso de la palabra que me tocan en esta mañana de fiesta rememorando, porque ya otros de los que se han parado tras este micrófono lo han hecho mucho mejor que yo, ¡cómo no recordar!

Jamás olvidaré aquellas primeras sesiones sabatinas de octubre del 98 en la Casa de Cultura de Plaza de Calzada y 8, y pocos meses después en la Sala Nicolás Guillén de la menor de las dos casas que son sede de la UNEAC, en 17 y H. El sueño que teníamos tantos de los que asistíamos ¡a las 9 am! tras las tremendas parrandas del viernes por la noche. Las imponentes conferencias del Chino, de Sacha, de Senel. Las lecturas de cuentos con batallas críticas después… y especialmente el clima increíble de camaradería y complicidad que pronto se estableció entre todos nosotros; tanto los que ya teníamos libros publicados, y premios (como Ana Lydia Vega Serova y Angel Santiesteban) como los novatos que se adentraban en los vericuetos de la literatura.

Recuerdo algunos detractores, amigos también (y no diré sus nombres porque muchos saben quiénes fueron) que decían no sin cierta altanería que ya estaban muy viejos para talleres literarios, ¿para qué? si ya ellos sabían escribir. Y otros que porfiaban en que a hacer literatura no se enseña en ninguna “escuelita china” como muy pronto apodaron despectivamente al Centro Onelio.

Tengo tantas anécdotas de aquel año… de Ivonne, siempre maternal con todos, corriendo con el “grupo nacional” así bautizado seguramente para no avergonzarlos llamándoles “los provincianos”, lo mismo con sus pasajes que con su alojamiento en Miramar. De cómo poco antes de que terminara aquel primer curso, en junio, tuve que viajar a España y me perdí la graduación, aunque desde Barcelona envié unas palabras de felicitación que son de algún modo antecesoras de estas… y  El puente rojo, un cuento para el concurso César Galeano, que ese primer año ganó muy justamente con La puerca Angelito Santiesteban, que no está aquí ahora todos sabemos y lamentamos por qué. 

Y del año siguiente, cuando Raúl y yo —tan encantados de la primera vuelta que seguimos acudiendo para repetir la experiencia— fuimos muy educadamente ahuyentados del aula por Ivonne, porque con nuestras contundentes críticas no dejábamos desarrollarse a “los nuevos”. Bueno, ya ven que el Onelio crea hábito: yo no he vuelto más que a alguna conferencia aislada desde entonces… pero Raúl Aguiar acabó trabajando en el Centro, lo mismo que otros graduados, como Ernesto Pérez Castillo, Jorge Enrique Lage, Ahmel Echevarría, Erick Mota, Evelyn Peña y un largo etc. de los que hoy veo muchos en esta sala. Que me disculpen todos los que han pasado y cuyos nombres no hay aquí tiempo ni espacio para mencionar, como mismo todos disculpamos a los que no vinieron porque no podían.

Luego, mientras yo vivía más en Italia que en Cuba, fui testigo distante y ocasional, pero siempre aprobador, de cómo el Onelio llegaba a la TV, a la Universidad para todos, y aquellas hojas impresas que nos entregaban cada sábado se convertían, primero en un apresurado “periolibro”, y luego en el invaluable y grueso tomo negroamarillo de Los desafíos de la ficción, verdadera Biblia de técnicas narrativas para aspirantes a escritores. Luego, de la inauguración en 5ta Avenida y 20 en Miramar de la actual sede del Centro, que ha sido para dos generaciones de amantes del cuento casi una segunda casa. Y más y más, siempre más, y sostenido, sin renunciar a ninguno de los logros anteriores: la creación de la revista El cuentero, de la editorial Caja China, del concurso de minicuentos El Dinosaurio, la celebración del Festival Internacional de Jóvenes Narradores en el 2008, por el X Aniversario del Centro… y tantas y tantas otras iniciativas.

Quince años se dice fácil, pero los números no mienten; unos 800 jóvenes han pasado ya por las aulas del Centro. Por supuesto, está claro hasta para los más optimistas que no todos ellos se han convertido en escritores… algo que, por cierto, sería una auténtica pesadilla para el sistema editorial cubano, supongo.

Imagen: La Jiribilla

Y sin embargo, casi todo lo que vale y brilla en la narrativa de esta última década y media tiene una deuda con el Chino y su labor en el Onelio, que están detrás de casi cada premio David, Calendario y/o Pinos Nuevos de estos tiempos.

Así que, parafraseando el célebre refrán, del Centro se puede decir con toda propiedad que no son escritores todos los que lo han pasado… pero sí lo han pasado casi todos los que lo son.

Y, ¿acaso se desperdician recursos con esa indiscutible mayoría de egresados que nunca publicará un libro ni ganará un premio nacional de narrativa? No, ni mucho menos; porque el Centro los ha convertido, no sólo en mejores lectores, sino sobre todo, en mejores personas.

Estas aulas son responsables de que, aunque vivan en provincias tan distantes como Pinar del Río y Guantánamo, buena parte de los jóvenes narradores de la Isla nos conozcamos personalmente, y más aún, seamos buenos amigos. Así como también de no pocos noviazgos y matrimonios… por qué negarlo, que no sólo de literatura vive el hombre, aunque sea escritor.

A estas alturas ya hay que reconocer que los detractores del Chino tenían razón… y a la vez se equivocaban.

Tenían razón porque nadie, ni contando con el mejor manual de técnicas narrativas del mundo, puede convertir en escritor a alguien carente de eso que unos llaman “talento”, otros “chispa divina”, otros “haber sido llamados”. Porque un escritor se hace a sí mismo, en sus lecturas y experimentos, en sus aciertos y fracasos que lo van enseñando y refinando poco a poco.

Pero también se equivocaban, porque aunque en el Onelio no hay esotéricos alquimistas capaces de trasmutar el plomo en oro por medios místicos y secretos, sus diversos profesores sí que han hecho, hacen y harán una labor importantísima: acortar ese duro proceso de autoenseñanaza, ese largo periplo de aprendizaje. Facilitarles a esos que podrían ser escritores de todos modos, no aburrirse, no perder el impulso, no cejar… para convertirse en auténticos autores.

Hace años que Heras amenaza con retirarse. Su salud ya no es la que era, porque los años no perdonan ni siquiera a los chinos, que mucha gente dice que son eternos… pero sus amigos siempre le decimos que no, que no puede. Y es que aunque no haya hombres irremplazables, sí que hay entusiasmos insustituibles, y el suyo es uno de esos.

De hecho, hay quien bromea que no le acaban de conceder el Premio Nacional de Literatura para que no se retire y deje a otro al frente del Centro Onelio. Porque es sabido que, desde hace algunos años, cada vez que se barajan nombres para el codiciado galardón, el del Chino Heras es Pi constante en la “lista corta” de los candidatos.

Creen sin embargo otros que no es un aspirante muy sólido, dado que no escribió novelas verdaderas, sino apenas un puñado de libros de cuentos. Memorables en su momento de la narrativa de la violencia, sin duda, que los méritos históricos de La guerra tuvo seis nombres y sobre todo de Los pasos sobre la hierba, mención Casa de las Américas 1970, el año que Luis Britto ganó el premio con su monumental Rajatabla, nadie los discute… ¡pero hace tanto tiempo! ¿y qué ha hecho desde entonces? ¿no se habrá vuelto obsoleto? ¿lo conocerán las nuevas generaciones?

Pero, si como opinamos otros, el máximo honor de las letras cubanas debe ser el premio a la labor de una vida, entonces confío en que Eduardo Heras León seguirá siendo candidato… hasta que al fin lo gane, o se lo otorguen, como prefiera decirse. Porque aunque haya quien le critique todo lo que dejó de escribir para dedicarse a “dar clasecitas a esos muchachos”… ¿no es en rigor cada libro de los egresados del Centro Onelio también, y ante todo, un libro suyo? ¿no están sus enseñanzas en cada una de nuestras páginas, su sudor en cada premio de nuestras carreras?

¡Vaya si lo conoce la joven generación, que a veces se llama con toda propiedad “del Centro Onelio”! Porque el Chino Heras, más que renunciar a una obra, la ha multiplicado en su vocación pedagógica. Y de simple narrador, se ha convertido en mucho más: en un escritor de escritores. Muchos de los que, por cierto, no tenemos un estilo ni remotamente parecido a él, ni muy de acorde con su estética… pero aprendimos de él, y muy bien, esas mismas leyes que ahora violamos a propósito y con todo conocimiento de causa casi en cada párrafo.

Entonces, ahora que ya son 15, sólo nos queda pedirle a Sacha que ponga fin a tanta palabrería con su discurso… que no puede sino terminar con esas gozosas palabras suyas de invitación al brindis que ya se han convertido en clásicas “un ágape, un ambigú, un piscolabis”.

Prometer, de paso, que estaremos aquí de nuevo, trabajadores y egresados, amigos y alumnos del Onelio ¡muchos más!, lo mismo para la fiesta de los 20 que para la de los 25.

¿Y de ahí en adelante…? Pues ya veremos.

 

Palabras por el XV Aniversario del Centro Onelio Jorge Cardoso. 6 de febrero de 2014

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato