Quince años no son nada

Senel Paz • La Habana, Cuba

El Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso ha completado una trayectoria de quince años. No todos entendieron al principio su pertinencia. Algunos sospecharon el peligro de que  intentara sentar cánones o certificar talentos y otros cuestionaron la propia pretensión de enseñar a escribir literatura. Son aprensiones naturales que despierta una escuela de escritura en cualquier parte del mundo, y tal vez el Onelio quiso dejar claro desde el principio que no iba por esos rumbos al reafirmar en su nombre el concepto de centro de formación y no el de escuela literaria. En rigor, su labor ha seguido el curso que indica su  nombre, aunque, eso sí, con destino a jóvenes con manifiesta vocación literaria o, al menos, con un enamoramiento intenso con la literatura, y probablemente más que los programas o los métodos de enseñanza haya sido el alumnado lo que despertó las suspicacias. ¿Es bueno para un joven o una joven con vocación literaria pasar una escuela donde le enseñen a escribir y le digan qué es la literatura?, ¿no se expone a que lo conduzcan hacia determinados principios estéticos o maneras de entender el arte? Son riesgos a los que todo joven escritor se ve sometido de alguna manera, esté inscrito en escuelas o no, y vencerlos depende de su talento y de su fuerza personal porque para conjurarlos no hay vacunas. Recordar que algunos conceptos literarios y estéticos han llegado a ser hasta política de estado y que no por ello han logrado someter a los artistas, al menos entre nosotros, o al menos a la mayoría, o a la minoría más importante que en el arte pesa más que el conjunto. Un escritor nace con el talento para serlo, eso lo tenemos todos claro, pero esa persona se forma, en escuelas o por sí mismo, con programas o conducido por el azar, y cabe preguntar si no se puede y debe favorecer esa formación, y de hacerlo qué materias impartir y de qué manera, qué prácticas establecer, que bibliografía indicar. No hay respuestas firmes para estas preguntas, o  hay tantas como escritores existen, y en este sentido el Centro Onelio emprendió una búsqueda, una aventura con más interrogantes que certezas pero con los objetivos claros: contribuir a la formación de jóvenes con talento literario a través de una ayuda profesional como concepto y método.

Imagen: La Jiribilla

Se puede afirmar que aquellos temores de que los jóvenes fueran metidos en camisas de fuerzas y empezaran a salir cortados todos por las mismas tijeras no se confirmaron. La mayoría de los escritores surgidos en los últimos años, validados con publicaciones y premios, pero sobre todo con textos que podemos leer en libros y revistas o en la red, han pasado por el Centro y por ningún lado se aprecia en el panorama literario nacional una escuela o estilo colectivo determinados sino  más bien una gran variedad de voces al tiempo que  una escritura sólida que no es fruto exclusivo de la inspiración y el talento sino resultado también de un oficio y entrenamiento tempranamente adquiridos. El alcance de los destellos de cada obra, como en toda generación o promoción literaria, cae ya en lo impredecible.

Si la base del aprendizaje literario está, como con frecuencia escuchamos decir, en la escritura y la lectura, el Centro se ha apoyado en este principio básico y ha intentado incentivar y preparar a sus alumnos para que estas transcurran en términos profesionales y sean lo más abarcadoras e inteligente posibles. Eso solo puede ser bueno para un interesado en la literatura porque una experiencia tan específica no se puede encontrar de modo especializado en las carreras universitarias. En este punto entran las sesiones de taller y quizás con ellas de nuevo las aprensiones porque los talleres literarios han terminado por perder prestigio,  pero los culpables son los malos talleres, no los buenos, que también han existido siempre y han hecho historia. En el concepto de taller del Centro Onelio el análisis del texto  -su teoría y práctica-, así como la experiencia misma de la escritura como vivencia humana e intelectual es más importante que el  texto en sí, que devienen pretextos. El Centro no pretende formar escritores pero sí está consciente de que en sus grupos hay escritores aún sin crédito, y en consecuencia los programas están concebidos como una preparación teórica y práctica útil para autores en formación o noveles.  Se acerca también a los alumnos a una bibliografía extensa e indiscriminada, tanto de teoría y técnica de la creación como del análisis literario, y se les ha facilitado, poniéndoselos en la mano, un conjunto mínimo pero contundente de ella. El Centro pone énfasis en el cuento y la narrativa en general, pero se ha extendido a la escritura dramática tanto para el teatro como para el cine. Su cuerpo de profesores es ajustado, pero con maestros que son a la vez escritores y que no coinciden, no digamos ya, en sus líneas autorales sino en sus enfoques de temas o los métodos de enseñanza, al tiempo que se invita a autores nacionales y foráneos a compartir con el alumnado. El panorama se completa con modestos proyectos de edición, biblioteca, intercambios con el extranjero y concursos.

Cuando se enumera lo anterior se comprende que el Onelio ha intentado abarcar tanto como le ha sido posible y que ha estirado la mano bastante lejos.  Pero tan importante o más que lo dicho resulta el encuentro que allí se produce entre los jóvenes con inquietudes literarias de toda la ciudad y todo el país. Como ocurre en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, donde el cine es el foco del que parte y se organiza todo  lo demás, la motivación y el objetivo común de quienes acuden al Centro es la literatura, esta es el tema hegemónico e inagotable, el vínculo principal de relación, y de este modo ha devenido un foco cultural que facilita, como hoy en día ninguna otra instancia, sea organización, institución o personalidad, que los escritores de una misma generación coincidan en tiempo y espacio en un ambiente profesional y artístico. Sean buenas o malas, se manifiesten en coincidencias y acuerdos o en rechazos, las relaciones que se establecen entre autores de una misma promoción son importantes. Ya se sabe que no hay nada definitivo, que estos focos emigran y que siempre habrá excepciones para confirmar las reglas. Siempre habrá imprevistos. Un ejemplo reciente en nuestra literatura no lo aporta un joven sino un señor ya mayor, Pedro Juan Gutiérrez, que cayó en el patio de la literatura descolgándose del techo, sin noticia ni aviso previo, sin carné ni recomendaciones, pero tan firme que a nadie se le ocurrió preguntarle, ¿pero usted es de la UNEAC?, ¿paso por la Asociación Hermanos Saíz?, ¿de qué taller literario procede?, ¿ha sido alumno de Heras o de Salvador Redonet? O Emerio Medina que, en vez de quedarse estudiando ruso en Uzbekistán, con lo bonito que es Uzbekistán, volvió a Holguín, se contagió con su coterráneo Leuris Pupo y empezó a disparar y a dar en el blanco. Según cuenta Emerio, su formación literaria transcurrió fundamentalmente en un platanal.

El Centro Onelio no es ni nunca será la única puerta de entrada a la literatura en Cuba, el salón exclusivo para presentarse en la sociedad literaria. No lo ha pretendido. Pero es resultado lógico de sus esfuerzos y trayectoria que cuando escuchas las premiaciones de los certámenes literarios la mayoría de los galardonados han pasado por él y sus triunfos se celebran allí como individuales y colectivos. No faltan en esos anuncios nombres hasta entonces desconocidos, alguien que se subió al tren de la literatura por cuenta propia, no se sabe dónde ni cuando, de mano de su talento y esfuerzo. Será siempre así.

Al cerrar su temporada número quince, precisamente en el año del centenario del nacimiento del autor que le da nombre, el Centro puede meditar en su trayectoria y determinar si la serie continúa o si es hora de cerrar y dar paso a otra novedad, a otra iniciativa, a otros gestores que a lo mejor se encuentran en su propio seno. Orgulloso de su ciclo puede estar. Se encuentra en un punto en que el cierre sería, como en los buenos cuentos clásicos, un final convincente y por todo lo alto.

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