Ay, la vida

Humberto Manduley • La Habana, Cuba

Una de las muchas  —o pocas— suertes de La Habana se materializa aquí esta tarde. Convocar a Santiago Feliú en este patio de todas las trovas, es un regalo de la amistad y el compromiso, de la música y los buenos deseos.

Imagen: La Jiribilla

Por más de tres décadas las canciones de Santi nos han hablado de lo que somos, pero también de lo que no queremos ser, del sitio al que pertenecemos y del que huimos, de los momentos que son y de los que ya no, del amor latente o desamorado, de los sueños inconclusos, de rabias, besos, fantasmas, angustias y abrazos, de cierta sana toxicidad que se nos escabulle en la memoria, del pedazo breve de eternidad que todos —sin distinción—  llevamos dentro. ¡Ay, la vida, en su desnuda sencillez! No es casual que la palabra Vida esté en los títulos de su primer disco y en el más reciente. La Vida vista como paso del tiempo y sumatoria de experiencias: causa y efecto, grito y suspiro, principio y final.

No conozco muchos músicos que, tras dejar una huella incontrovertible en la cultura, asuman un punto de auto-exigencia que los lleve a reinventarse, escapando —incluso— de las sombras de sus propios clichés. Por fortuna, Santi es uno de ellos. Donde otros se han detenido a echarse fresco, dejando que su hoy viva de su ayer, él se lanzó a experimentar con las afinaciones de la guitarra, y sumó el piano a su legendaria armónica, enriqueciendo el entramado armónico de sus composiciones. Igualmente forzó los límites del diccionario, reformulando palabras y significados, en una búsqueda textual que, como sucedió desde sus inicios, sigue sin parecerse a la de nadie.

Trova del rocanrol, tango, bolero y folk, hippie despreocupado, padre orgulloso, a veces feliz, a veces atormentado, noctámbulo empedernido y musiquero, consecuente con su ideario personal, y ahora cincuentón atemperado, Santi está de vuelta. Catorce años después que sus canciones inauguraran, a guitarra limpia, este patio de yagrumas en la vieja Habana, regresa con otras musas e inquietudes, pero siempre con el fervor de quien se desgarra al cantar.

“Resumiendo: fue tan cerca llegar a este momento” que ahora solo queda recibir al trovador y su música en el mismo escenario por donde tantas veces ha pasado, invitado de invitados, cantando lo suyo y lo ajeno que también le pertenece. Seguro hoy estarán los mismos guiños cómplices de aquellos años, sumados a los nuevos con los que enriquece su arte, y, de paso, nos enriquece también. Con Santiago —y esa es otra suerte— siempre hay espacio para la sorpresa.

En una época de confusas certezas, de despistes y confrontación, de extravíos y definiciones, la canción de Santiago Feliú sigue siendo un antídoto necesario. 
 

Diciembre de 2012

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