Hoy la vida pasa dura por las venas

Kaloian Santos Cabrera • La Habana, Cuba

“La vida es motivo reiterativo en tus canciones…”, le comenté hace unos años a Santiago Feliú en una entrevista y me contestó: “Debe ser por la muerte”. 

Entonces estaba por cumplir su medio siglo de existencia y lo celebraba de la mejor manera posible: componiendo, de concierto en concierto, como nunca antes se le vio.

Imagen: La Jiribilla

Aunque no era su amigo sino uno de sus seguidores yo no puedo escribir con objetividad sobre Santiago Feliú, ese genio irreverente de nuestra música al que en la madrugada de este miércoles 12 de febrero, luego de estar sentado al piano (quizás para mitigar el dolor en su pecho), un infarto masivo lo emboscó. Su corazón, tantas veces citado y cuestionado de manera propia en sus canciones, no aguantó. Y ahora, muchos como yo, en distintas partes del mundo, no solo lamentamos su muerte sino que tenemos una bronca con la parca, con los dioses y hasta con la vida misma que le “retraquetea”, para no decirlo en otras palabras impublicables. Es más, ni siquiera da para ese consuelo, muchas veces lugar común, de que “murió pero vivirá eternamente en su obra”.

Da bronca porque el Santy, “cincuentonamente”, estaba en una de sus mejores épocas. Y seguía siendo coherente con el camino que escogió transitar siempre, sin hacer concesiones, con amores y desamores, sin dejar de ser esa “porfía en razón”; “la trova del rock and roll”; gago, zurdo y vago (como se definió en su canción “Sin tanta soledad”).

Imagen: La Jiribilla

No podía ser menos para aquel “loco” que dejó la escuela en 8vo grado. Tenía 16 años. Solo quería tocar la guitarra, escribir y cantar. No había otra pues desde los cinco años jugaba con la guitarra en las descargas de su hermano Vicente con Silvio y Noel en casa de su abuela o en la de su padre.

Con los años se presentó en una audición para entrar al Movimiento de la Nueva Trova. Corría 1978 y tenía entonces solo 15 años. Santiago Feliú disparó “Batalla sobre mí” y “Dime”, dos temas de su autoría. Entre los miembros del jurado estaba Pablo Milanés y cuentan que el ya consagrado bardo exclamó: “Ojalá alguna vez yo hiciera dos canciones como esas”.

Fueron los años 80 esenciales para su vida. En la entrevista antes mencionada me decía:

“Realmente esos años dan para un libro. En esa década conocí a Donato Poveda, que también andaba callejeando, en una evaluación para la Nueva Trova. Fue un hechizo mutuo de guitarra y poesía. Hicimos un dúo bastante ingenioso —guitarrísticamente hablando— y con un interés radical de hacer algo novedoso armónica y poéticamente. Luego conozco a Frank Delgado, Carlitos Varela y a Gerardo Alfonso para compartir los años luminosos del Movimiento de la Nueva Trova.

“En el año 85 Silvio me invita a su gira con AfroCuba por España y Suramérica para darme a conocer. Recuerdo que cantábamos “Historia de la silla” y “Para Bárbara”. Luego me dejaba en el escenario, yo hacía dos temas con AfroCuba y un par más solo. ¡Era increíble! El intensivo aprendizaje con semejante trovador junto a semejante “bandón” fue intensamente bello. Precisamente en Argentina aprendo que existe un rock en castellano y, además, buenísimo. Trabajo con Fito Páez, León Gieco y Juan Carlos Baglietto, entre otros. Esa etapa fue esencial para exaltar mi beta rockera.

“En el 89 me quedo un tiempo en Colombia de donde soy expulsado por mis andanzas con el Movimiento guerrillero M-19. Es el propio Silvio quien me rescata en Santiago de Chile y me devuelve a La Habana. Llegué con mis Náuseas de fin de siglo a comenzar los 90”.

Imagen: La Jiribilla

Fue precisamente en Buenos Aires, en 1986, donde Santi grabó su disco Trovadores (en vivo). En la aventura lo acompañaron grandes músicos argentinos como Fito Páez, Juan Carlos Baglietto y León Gieco.

Con León grabó “Para Bárbara”: Si de mi voz florece la canción, / motivo de tu dar; / si de tus ojos nace la bondad/ de abrirme en el verso un palpitar: no me dejes ir. Un “temón” que en 1980, durante el concurso Adolfo Guzmán, fue interpretado por Silvio Rodríguez con orquestación del maestro Frank Fernández.

Y fue en Argentina donde, a mediados del 2013, lo vi y fotografié por última vez cuando asistí a dos de sus conciertos como parte de su gira anual por ese país austral donde es una leyenda. (Hoy el pesar por su deceso lo reflejan muchos medios de comunicación y personalidades del mundo de la música).

Las canciones no hacen la vida pero, imprescindiblemente, la acompañan. Y gran parte de la banda sonora de la mía está compuesta con los versos y acordes de Santiago Feliú.

Por eso hoy, con su muerte, siento que la vida pasa dura por las venas, como alguna vez cantó. Se siente dolor y mucha bronca, reitero, con la parca, con los dioses. Aunque el mismo Santiago tenía fe en que “la vida será más larga/ hasta donde podamos hacer la historia”.

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