Publicar, ¿para quién?

Marilyn Bobes • La Habana, Cuba

Todavía me asombra la paradoja de ese escritor que afirma ejercer su labor para sí mismo y que, sin embargo, espera con ansiedad la respuesta de una editorial para ver su obra publicada.

Y es que, por más que algunos insistan en negarlo, la literatura no es –no puede serlo- un simple ejercicio de onanismo espiritual sino un acto de comunicación con ese receptor que espera de un libro satisfacer una íntima necesidad de conocimiento, reflexión y disfrute aun cuando se trate de una obra  de aquellas que se han dado en llamar experimentales.

Imagen: La Jiribilla

Los lectores presentes y futuros son la única razón de ser de los volúmenes que se amontonan en las librerías. Y si bien concepciones mercantilistas pueden entorpecer la misión cultural de cualquier objeto artístico, la falta de preocupación por las necesidades del lector son también un talón de Aquiles para las instituciones encargadas de jerarquizar la producción literaria, bien sea  nacional, regional o universal.

Acepto que se torna dificultoso para el editor cubano determinar qué tipo de literatura debe publicar. En las sociedades donde el libro se ha transformado en una mercancía más, resulta fácil pues sólo el consumidor cuenta, y el acto de complacer con textos fáciles y a veces carentes de todo tipo de valor cultural las exigencias del hipotético receptor, crean un círculo vicioso en el que las editoriales ofrecen lo que se vende y el lector recibe lo que se le presenta como lo mejor.

De esta manera, los autores se reciclan con producciones que casi siempre le obligan a entregar un libro cada año y las editoriales santifican con premios muchas veces  previamente tramitados nombres que más deben a la publicidad y el trapicheo mediático que al rigor que debe presidir el acto creador, vinculado al conocimiento y al humanismo, valores que en el mundo de hoy son sustituidos con frecuencia por el morbo y la banalidad.

En una sociedad como la cubana que experimenta transformaciones económicas en las que debe primar la racionalidad, el peligro del mercantilismo y de soluciones economicistas se vuelve casi inevitable.

Sin embargo, es necesario encontrar un término medio. Pues mucho me temo que en el pasado más reciente, las editoriales han ignorado las necesidades del lector para complacer de manera paternalista las exigencias del escritor.

El sistema de promoción, por otra parte, ha sido muchas veces arbitrario y no ha tomado en cuenta la incidencia de lo que se publica en los receptores que, de este modo, también suelen convertirse en víctimas de la mala literatura, no por razones económicas sino por un nefasto sentido igualitario y  la ausencia de una crítica incisiva y liberada de secuelas extraliterarias.

A esto se añade la falta de jerarquización en las tímidas acciones promocionales que realizan las editoriales y los medios masivos de difusión.

Un libro no encuentra sus lectores en el anonimato de los anaqueles. Necesita de todo un aparato que parta desde la misma publicación hasta la manera en que es presentado para ser vendido y, de esta manera, consumido por las personas interesadas. Pero ese interés necesita una orientación.

Quizá sea la poesía el género más desventajoso en las relaciones con el público. Ello se debe, entre otros factores, a la preparación que requiere por parte de un lector que debe ser activo y previamente entrenado para la decodificación de un lenguaje que se ha ido volviendo cada día más complejo en términos comunicacionales.

Pero también ocurre, en mi opinión, que la masiva inclinación de los autores por la lírica ha provocado una verdadera hemorragia de poetas y la falta de discriminación de las editoriales para seleccionar lo que verdaderamente vale.

A veces tengo la impresión de que casi existen más autores que lectores o que, en todo caso, son los primeros los más importantes consumidores de un género para el que, dicho sea de paso, proliferan también los concursos donde no siempre los premios garantizan la calidad.

No quiere esto decir que semejante situación no ocurra también en el ámbito de la narrativa o de la prosa en general. Únicamente que es mucho más fácil hacer la criba en expresiones cuya claridad comunicativa y familiaridad con el lenguaje oral no permiten que se nos pase gato por liebre y, si así ocurre, el lector puede juzgarlo con mayor facilidad.

Soy de la opinión de que el estado debe seguir subvencionando en la medida de lo posible la literatura. En primer lugar por lo que significa para el desarrollo espiritual de la sociedad. Mas también sostengo de que en los momentos que estamos viviendo es importante que sea la buena literatura la que presida la labor editorial.

Solo así se ampliará el círculo de lectores y publicar será un hecho trascendente para la cultura cubana.

Aspiramos a un lector culto, liberado de la dictadura de un mercado que marque las pautas de su posible estupidización. Pero nuestro afán por promover lo mejor no debe hacernos olvidar que es para el lector para quien trabajamos.

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