Nersys Felipe y la Historia como protagonista

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

La publicación de Pepe y la Chata, el libro más reciente de Nersys Felipe, por la editorial Gente Nueva, nos confirma de nuevo la pasión que la historia patria siempre ha ejercido en la autora, que a lo largo de su creación ha ido cultivando esta tendencia, a veces de manera tímida y otras, como es el caso, de una forma absolutamente abierta, en un relato que explora las razones y sinrazones de una niñez en su medio natal.

Imagen: La Jiribilla

Novela sobre la infancia de José Martí y el modo en que se forma su exquisita personalidad y sus dotes de gran pensador y humanista. Libro conmovedor sobre las relaciones entre hermanos, el desarrollo de una familia cubana en la colonia y su lucha contra las penurias que impone la pobreza, deviene una obra bien escrita, original, valiente y desprejuiciada que nos cuenta como el niño Pepe vive tratando de ser mejor, de entender el mundo que lo rodea y de ayudar a su padre, que es un poco hosco por todas sus preocupaciones, y también a su sufrida madre que deviene su paño de lágrimas ante cada circunstancia vital.

La autora, con su sortilegio habitual de ternura y humanidad a la hora de escribir, nos traza pinceladas locales de los siete meses de vida en que transcurren las páginas de este libro original, en el cual una hermana, la Chata, bulliciosa, altanera y llena de preguntas y portadora incluso de sus propias respuestas, deviene un catalizador del niño Pepe con su mundo circundante.

Esta hermana de vivo genio que lo agita todo a su paso por la vida y en el hogar, es para Martí uno de los asideros más importantes de su mundo de infancia y es notable como, desde la cotidianidad de los niños, la autora consigue trazarnos un indeleble fresco de una sociedad, con sus contradicciones, tormentos, inseguridades y anhelos de un mundo mejor.

Su magistral trazado permite al lector entender por qué el niño Pepe se convertirá algún día futuro en el José Martí que fue, un hombre ecuménico, abierto, tolerante, lleno de valores y amante de la diferencia y del prójimo, un hombre capaz de decir y ejercitar el principio de que “nada humano me resulta ajeno”, como don consagratorio de su infinita humanidad y modo de abrirse al mundo.

Precisamente por esta razón, siendo una obra tan novedosa, Pepe y la Chata no renuncia a las mismas claves ya vistas en la obra precedente de Nersys Felipe, sobre todo las que tienden a mostrarnos que la infancia es ese período de grandes cambios y transformaciones que forman una personalidad futura y precisamente por ello será un período tan fundamental.

Otro de los libros más célebres de Nersys Felipe, Román Elé, que también constituye un acercamiento a una infancia desvalida y llena de contradicciones de toda índole —sobre todo las que impone una sociedad desigual y denigrante—, nos muestra asimismo como un niño ve trunca su niñez por serle casi arrebatada en virtud de su origen humilde y el color oscuro de su piel.

Imagen: La Jiribilla

Al descendiente de esclavos no se le permite amar (siquiera ser amigo) de la niña blanca, que tanto le quiere; ni tampoco mejorar su vida en medio de un mundo que le niega toda posibilidad de desarrollo como humano. Su dolor es grande y también su rebeldía, que al fin le conducirán a acercarse, de la mejor manera posible, a la única puerta que podría permitirle escapar a un mundo mejor. Esa puerta es adquirir cultura, idea de su clase, organizarse con sus iguales y luchar por un mundo mejor.

Por eso, cuando muerto su abuelo, el niño decide abandonar el que hasta ahora ha sido todo su universo, sin proponérselo, con ese simple gesto de partir y renunciar a cuanto conoció y ama, está reivindicando a toda una clase y esto será lo que a su vez lo reivindique. La fábrica de tabacos deviene el umbral de una nueva vida, en la cual, de la mano de letras y números podrá hacerse un hombre de bien que luche por sus ideas y su futuro.

En Cuentos de Nato, otro de sus libros entrañables, Nersys nos dice:

“Pero un día mi maestra escribió en la pizarra: MAYOR GENERAL IGNACIO AGRAMONTE LOYNAZ.

Luego explicó el tema. Y acabó diciendo, y lo dijo señalándome, que uno de sus alumnos llevaba el nombre del Mayor.

¡Qué orgulloso me sentí!

¡¡El aula entera aplaudió!!

Y cuando volví de la escuela, le conté a mi abuelo que Ignacio era abogado, camagüeyano y que vivía con su esposa, la linda Amalia, en una casa riquísima:

Los muebles caros.

Los adornos finos.

Vitrales y mamparas.

Volanta y cochero de ir a pasear.

Y hasta un piano de cola para que la linda Amalia tocara y cantara.

Pero que todo lo dejó y se fue a luchar por Cuba. Que Amalia lo siguió. Que él y sus soldados guerreaban tan bien, y con tal valentía, que los españoles nada podían contra sus cargas al machete. Y que tanto le temían al Mayor Ignacio, que el día que lo mataron peleando en Jimaguayú, muerto se lo llevaron, así muerto lo ofendieron, lo golpearon, y para que sus soldados no pudieran encontrarlo, le prendieron fuego, lo volvieron cenizas y echaron sus cenizas a volar al viento”.

Se puede apreciar cómo su prosa, que en ningún momento deja de envolverse en un halo poético, apenas con unas breves pinceladas, nos lleva a la figura del Mayor, pero visto como un ser humano amante de su esposa y lleno de detalles hermosos, que le hacen un hombre más creíble. La autora ya no se acerca solo a un momento determinado, sino que indaga en las claves de una personalidad histórica de tan admirada ejecutoria como la de Ignacio Agramonte.

Esta línea creativa la vuelve a retomar en numerosos poemas, de los que se recogen en su antología Con tanto fa sol la si, por ejemplo, “Nené Traviesa” (Martí), “La bandera” (Décima) y “Prenda” (Mariana Grajales), “27 de febrero” (Carlos Manuel de Céspedes), también se remite a niños vinculados con la historia en textos poéticos como “Viento indio”, “Niño y Palma”, “El niño y su isla” y “Zambilé”, este último una de sus entregas más recientes. En todos y cada uno de ellos refrenda el hecho de que, quiéralo o no, el niño vive y sufre a su tiempo y eso es algo que le marca la existencia.

Imagen: La Jiribilla

Uno de sus libros más entrañables, Maisa, nos remite a la infancia de Sorcita, la original monja, que es como una niña traviesa que vive haciendo anécdotas y refresca con sus historias las tardes de ocio de las niñas que allí estudian. Todo un carácter, Sorcita deviene personaje emblemático, pues el culto no la ha atrapado en sus redes, sino que para ella funciona como una manera de hacer el bien. Pero Sorcita es también para las niñas un rico anecdotario según podremos ver en relatos como este, que afianzan su adhesión a una singular figura histórica:

“También le cuenta que antes de ser monja, cuando era muchacha, pasó por Zezontle el mexicano más guapo de todo México peleando contra los malos del gobierno que no querían darles sus tierritas a los campesinos; que pasó con ni se sabe cuántos campesinos atrás, todos a caballo; pero que el suyo era el más grande y trotador, porque aquel mexicano llevaba unas pistolotas, un sombrerote, un bigotazo y tantas balas al cinto, que solo un caballo así podía cargarlo. Aquel mexicano se llamaba Emiliano Zapata. Y al hablar de su bravura, a Sorcita le brillaban los ojos igual que cuando las niñas le regalaban bombones. Por eso Maísa no sabía qué cosa le gustaba más, si comer chocolate so acordarse de Emiliano Zapata”.

En Corazón de libélula (y otros duendes y duendas) Nersys Felipe nos remite a otras figuras y pasajes de la historia cubana.

Primero alude al paso del general Antonio Maceo por Mantua, Pinar del Río, desde el testimonio de la niña Nieves María, quien asomada a un balcón ve el desfile con que su pueblo recibe al noble mambí, cuya presencia de inmediato la cautiva.

Emocionada, llena de aliento patriótico, la niña anhela entregarle al valiente Maceo una bufanda con los colores de la patria, sin embargo, sus padres no le permiten ir al baile esa noche, donde ella pretende hacerle el obsequio mientras sueña con que él la estreche en sus brazos mientras bailan. Pero sus padres blancos no pueden ver con buenos ojos que ella vuele entre los brazos del mulato, por más héroe y valiente que sea.

Por eso, en el corazón de Inés María, solo quedará para siempre indeleble este pasaje que Nersys retrata con singular poder de síntesis y lirismo:

“Con Timbeque en el hombro y el corazón desbocado, volvió al portal y se paró frente a la calle, aferradas las manos a la baranda, encendida la cara, entrecortada la respiración; la gente abarrotaba aceras y portales, y su alboroto, magnífico, porque era el de un pueblo entero, se enredaba en la pluma de los pájaros y en las voces jubilosas de las campanas. Pero la niña solo oía las notas del clarín, el golpear de los cascos acercándose. Timbeque vio su sonrojo y la abanicó con las pencas de sus pestañas. Todavía la abanicaba cuando el que todos esperaban apareció: altivo y firme sobre el caballo y seguido por sus hombres, ¡miles de hombres!, adelantándoseles. Y fue tan intensa la luz en los ojos de la niña, que él contuvo el paso de su cabalgadura y se volteó. Y al descubrirla en aquel portal de Mantua, zafándose el lazo de la trenza y saludándolo, el rayo electrizante de su mirada se suavizó. Tremolaba radiante la miel de la cinta, la niña se iba casi baranda afuera, y mientras el pelo castaño se le desparramaba, él la oía gritar altísimo: –¡¡LE TEJI UNA BUFANDA AZUL ROJA Y BLANCA Y SE LA VOY A DAR!!”.

Vale decir que el cuento comienza con esta cita tomada de un poema de Emilio Ballagas y que de alguna manera hace un círculo, como serpiente mordiéndose la cola, con el final de la historia: “Descansó y siguió su viaje. (...) Se fue mientras yo dormía”. Y es que al despertar al otro día a Inés María, su duende Timbeque –especie de entidad que la asiste en sus desvelos y todo el tiempo se convierte en un ave diferente– le cuenta que en la noche el guerrero ha partido y ya no tendrá oportunidad de darle la bufanda. Entonces, en un último intento, ella le pide que se transforme en lo que fuere, pero que vuele hasta Maceo.

El pasaje final es de una gran belleza y emotividad y a la vez deviene uno de los momentos más sublimes de la obra, sobre todo cuando Nersys describe:

Y Timbeque se volvió palomo, un palomo castaño de ojos color miel, que salió por la ventana que Nieves María abrió y voló pueblo afuera llevando una bufanda. La asía con las patas, cuidándola del viento que pretendía arrebatársela; del viento y de una escuadra de golondrinas locas, encaprichadas en acompañarlo. La asía fuerte, acordándose de la niña que se la había confiado. Y cuando al fin avistó el ejército, a vuelo tendido alcanzó la retaguardia, el grueso de la tropa, la vanguardia y al que adelantándose la encabezaba. Bajó entonces despacio y se la dejó en las bridas. Y cuando él vio sus colores, los mismos de la bandera que los acompañaba, volvió a ver a una niña en un portal de Mantua, saludándolo con una cinta y gritándole altísimo, mientras el pelo se le desparramaba: –¡¡LE TEJÍ UNA BUFANDA AZUL ROJA Y BLANCA Y SE LA VOY A DAR!! Y al conjuro de aquel recuerdo, se suavizó su mirada, y sonrió.

Sobre su caballo, volaba todavía el palomo. Y no lo vio irse, hasta que guardó la bufanda en su mochila. Entonces hincó espuelas. Y cuando la tropa apuró la marcha, volvió a encenderse el rayo de su mirada. El General Antonio seguía adelante. Había aún mucho que hacer por la libertad de Cuba.

Deseo concluir este apurado panorama sobre los acercamientos de Nersys a la historia patria refiriéndome a “Noche en Nueva York”, hermoso cuento en el cual autora nos remite a la figura de José Martí, quien desde el destierro no deja de evocar el clima de su patria, los aromas y esencias de su infancia, que le llegan ahora desde un caballito de porcelana, a quien secretamente anima el espíritu de un duende. La virtud de este, como de todos los cuentos que integran el libro Corazón de libélula (y otros duendes y duendas), es sobre todo el modo armonioso en que con cautela y mesura la autora logra hilvanar realidad y fantasía, sin que en momento alguno se vean fisuras o se rompa la dinámica del relato.

La sala se había enfriado mucho. Y en tanto la dejaba y caminaba hacia el cuarto, el padre se decía:

“Todo se hiela aquí. Todo se hiela. Todo, menos mi corazón”

Y ya junto a la cuna de su hijo:

“Tú me lo entibias y mi patria me lo enciende. Nunca se me helará”.

Cubrió entonces con su mano los pies del niño, apretándoselos quizás más de la cuenta, como si temiera perderlo. Y luego de abrigarlo, subiéndole hasta la misma naricita la colcha corrida, quiso abrigarlo también con sus palabras:

–Qué importa el frío de aquí, mi pequeñuelo. Qué importa si mañana el sol no sale. Nada importa si te tengo, mi caballero, mi príncipe enano, mi despensero.

Sobre el escritorio, a pesar de la penumbra, relucía el corcel de porcelana; dispuesto a transformarse, a la primera caricia, a la primera palabra dictada por el amor, en un duende-caballito tibio y travieso.

El diálogo entre el poeta y el adorno animado, que a su paso por el escritorio derrama tinta manchando los papeles, así como el diálogo final con su hijo dormido —su esperanza de redención en un mundo, como tantas veces dijo a lo largo de su obra y de su vida—, deviene uno de esos momentos imborrables entre las páginas de un libro, un pasaje que nos confirma a Nersys como la narradora de honda fibra humana que siempre ha sido y que a su obra (y no por la mera referencia al apóstol) le confiere un aire martiano que a pocas le conocemos en el panorama de la LIJ cubana y deja en el lector la suave fragancia de haberse acercado, de manera tan mágica como misteriosa, a la maravilla, lo intangible y sobre todo, lo eterno.

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