Perdida entre dos mundos

Domingo Sánchez Perdomo • La Habana, Cuba
“…Giró la llave en la cerradura
                                                                                                             y Emma fue directamente al tercer estante,
                                                                                                               hasta tal punto la guiaba bien su recuerdo,
                                                                                                                    tomó el bote azul, le arrancó la tapa,
                                                                                                                                metió en él la mano ...”
                                                                       Madame Bovary
                                                                     Gustave Flaubert

 

Aquella noche calurosa de septiembre, cerca de las ocho, Fernando llegó al centro nocturno para tomarse una cerveza y mitigar la sed. Inamovible, como las viejas fortalezas de la ciudad, el establecimiento continuaba tratando de perdurar en el tiempo. No encontró en la puerta a las otrora vendedoras de olorosas mariposas. En su defecto, algunas jineteras muy jóvenes merodeaban en sus inmediaciones ante la mirada tolerante o cómplice de los agentes de ronda. Se movían a la caza de turistas o de alguien que le pagara el cover de tres CUC para tratar de hacer la noche. Al entrar la penumbra del lugar a penas permitía ver con detalles el rostro de los parroquianos, dispersos en mesas para cuatro personas ocupadas por lo general por solamente dos. La pista de baile del Club La Red, tal era el nombre de aquel sitio, estaba desierta. La decoración original de ambiente marinero del local había cambiado con los años, lo que unido a la falta de las floristas y la presencia de las putas, le inspiraba cierta nostalgia por los tiempos idos.

“Arcadio, toca Cuando los años pasan” —le dijo al pianista dándole una palmada en el hombro antes de encaminarse hacia la barra. Aquella canción, tema de Casablanca, era una de sus preferidas y Arcadio la tocaba como nadie. El músico, un negro fornido con tipo de luchador, era un viejo amigo de una época mejor. Con una amplia sonrisa comenzó a ejecutar la pieza y las notas, como un lamento, inundaron el salón en penumbras. Por un momento pensó que los días de pianista acompañante de Arcadio estaban contados, ante la invasión de los reguetoneros y raperos con sus canciones de letras ordinarias y la conversión del local en una Discoteca.

“Han estado preguntando por ti” —expresó por lo bajo su amigo mientras acariciaba las teclas con sus manos de gladiador romano.

“¿Hombre o mujer?” —inquirió poniéndose en alerta.

“Es un hombre” —precisó—. El tipo está al final de la barra. Fernando dirigió su mirada hacia el sitio que le indicaba su amigo.

“Parece que no te conoce” —añadió a continuación el pianista como en un susurro. Con los ojos ya acostumbrados a la oscuridad, pudo observar al individuo en el sitio que Arcadio le indicaba. Con calma llegó hasta muy cerca del sujeto.

“Rafa lo de siempre, bien fría” —le dijo al barman en tono familiar, y se apoyó en el mostrador sin perder de vista al desconocido. El dependiente del bar puso ante él una copa de cuello alto sobre un portavasos de cartón y le sirvió una Bucanero Fuerte.

“¿Para qué me busca, hay algún problema?” —le soltó al individuo en forma neutra y firme. El hombre dio muestras de estar sorprendido y él no dejó de seguir cada uno de sus movimientos.

“Es…, es usted Fernando” —respondió con un tartamudeo asustadizo. Era un mulato claro de unos cincuenta años, vistiendo un saco que le quedaba grande, baja estatura y complexión física frágil. Se adivinaba al típico empleado de oficina pública de mala muerte, incapaz de matar una mosca, pero si de asesinar en el caso de estar acorralado y contar con los medios para hacerlo. La cara no le era conocida y se mantuvo preparado para cualquier contingencia.

“No…, no hay ningún problema con usted” —continuó con voz atiplada el hombre, tratando de entablar una conversación amigable.

“¿Quién le dijo donde encontrarme?” —inquirió sin dejar de estar en guardia.

“Archer me indicó que viniera a verle de su parte” —respondió—. Me explicó que lo podía hallar casi siempre en el Club La Red sobre esta hora. Lo llamó varias veces pero usted no estaba en su casa, mi nombre es Frank, concluyó el sujeto. Era cierto, hacía un par de semanas que no iba por su apartamento en Nuevo Vedado, debido a unos asuntos que estaba resolviendo en la ciudad de Matanzas.

“Archer carajo” —se dijo así mismo—. Si su amigo le había enviado al empleaducho, debía ser de su confianza y con algún problema difícil de resolver.

“Dígame de qué se trata todo esto” —conminó a su interlocutor.

“Mi hija ha desaparecido, se llama Magda” —expresó por lo bajo el interpelado—. Hace dos días que no tengo noticias suyas y se fue sin avisarme. A continuación, sin pedírselo, comenzó a enumerar sin concierto los hábitos de la chica.

“Ella es un poco alocada, me resulta difícil controlarla” —continuó dando detalles—. Dejó el Preuniversitario, le gustan las fiestas, a veces anda con extranjeros, tiene la Yuma en la cabeza, concluyó como si se confesara. Fernando lo escuchaba con paciencia, era una historia que se había hecho frecuente entre algunas jóvenes, debido a la crisis económica y de valores de la sociedad actual.

“Acláreme algo amigo” —acotó—. Su hija a qué se dedica, a jinetear por casualidad. Ante tal pregunta el hombrecillo se turbó.

“Así como jinetear, jinetear no” —respondió—. Lo que se dice jinetear creo que no, concluyó.

“¿Qué quiere usted de mí?” –le interrogó.

“Archer me dijo que usted la podía encontrar” —respondió esperanzado el individuo.

“Por qué no denuncia la desaparición” —le sugirió—. El padre de la chica bajo los ojos.

“Y si está de rumba con un extranjero y la acusan de prostitución”, — dijo de forma justificativa—. Me la pueden meter en un Reformatorio, o peor en Manto Negro. Tiene solamente 16 años, ayúdeme a encontrarla, suplicó. Aquel hombre era digno de lastima, pensó, además de su poco carácter era un ingenuo en grado sumo.

“¿Qué relación tiene usted con Archer?” —le preguntó.

“Es mi primo” —respondió.

“Acabáramos” —expresó alargando la palabra—. Vamos a tomarnos una cerveza y veremos como puedo ayudarlo en este asunto y se sentó en la banqueta junto al hombre.

“Rafa, pon dos más” —le dijo al barman en el tono familiar de la primera vez.

*****

En horas de la mañana del día siguiente fue despertado por el timbre de la puerta de su apartamento. Pensó que podía ser Rosita que acudía a limpiar la casa. Antes de ir a la sala para abrir, movió con suavidad a la chica que, completamente desnuda y con el pelo revuelto, dormitaba junto a él.

“Despierta amor” —le dijo—. Recoge tus cosas que hoy tengo que resolver temprano algunos asuntos que no pueden esperar. La joven se desperezó y esbozando una sonrisa se levantó del lecho y se encaminó, descalza, en dirección al baño con un sexual movimiento de caderas al andar. No era una mujer de medidas perfectas, como las modelos que posan para las revistas que te dan vértigo al pasar junto a ti, pero olía a limpio, sus carnes eran firmes y la cabellera hermosa. Una hembra como muchas, como las que cada día toman el ómnibus para ir al trabajo, las que sonríen cuando te miran y hacen el amor con desenfreno sin pedir nada a cambio. Fernando se puso un short y fue a abrir la puerta. Efectivamente era la empleada que dos veces por semana hacía la limpieza y lavaba su ropa.

“Mi amor no encuentro mi vestido” —dijo a sus espaldas la joven que, como la cosa mas natural del mundo, mostraba su cuerpo desnudo a la entrada de la cocina.

“¡Pero si lo dejé en el sofá!” —-exclamó, y a continuación como Friné mostrándose ante sus jueces en el aerópago, caminó de puntillas, lo recogió junto con sus bragas y comenzó a vestirse sin prisa en medio de la sala. La anciana Rosita hacía como que no veía todo aquello. Para terminar la escena, antes de marcharse, la joven dio un largo y apasionado beso a Fernando.

“Llámame, no seas malo” —dijo la muchacha con una sonrisa cómplice, pretendiendo eternizar el momento de la despedida. Al fin Rosita pudo comenzar la faena de ese día.

“Disculpe, se le hizo tarde” —dijo Fernando tratando de justificar todo aquello.

“No se preocupe” —respondió la anciana sin perturbación—, ahora el mundo es otro y me estoy acostumbrando a sus amistades.

Después de todo esto, llamó por teléfono a su amigo Archer. Necesitaba obtener más información de una fuente, digamos imparcial, relativa al asunto de la chica desaparecida en el que ya estaba involucrado.

“Mi hermano, explícame un poco más sobre Magda y su padre” —dijo, al escuchar la voz de su amigo del otro lado de la línea. Me lo enviaste ayer pero su historia es confusa.

A través de Archer conoció que la madre de la desaparecida, un año atrás, con el amante de turno abandonó la isla en una lancha hacia La Florida. Se trataba de una puta alocada de cuerpo voluptuoso y sin empleo alguno. Aquella mujer, según su amigo, se había acostado con medio barrio antes dejar al padre y a la hija. Previamente a la partida prometió a Magda que después la reclamaría, pero el tiempo pasaba y lo ofrecido no se cumplía. Solamente le mandaba con cierta regularidad algún dinero, ropa y zapatos con las mulas que venían de Miami.

Por su parte Frank era el clásico cornudo. Un tipo débil de carácter que cuidaba incluso a la hija pequeña durante días, para que la madre visitara un familiar que residía en otra provincia. Viajes que se repetían con cierta frecuencia y de los que regresaba como salida de un campo de batalla. En no pocas ocasiones mostrando moretones en varias partes del cuerpo, resultado esto de las bacanales en que participaba y que ella decía al marido eran debido a pequeños accidentes en circunstancias poco creíbles.

Confirmó que la chica no estudiaba y jineteaba de manera ocasional. Esperando abandonar el país dejó el Preuniversitario. Vivía en un mundo irreal, alimentado por el modo de actuar de su madre, las fantasías que ahora le narraba y por el ambiente de valores en crisis y de pseudocultura en que se desenvolvía. En fin, caminando por el filo de una navaja al borde de la prostitución y las drogas, perdida entre dos mundos.

“Coño Fernando” —añadió por último Archer—. Esto te lo pido no por el tarrúo de mi primo que es un tronco de comemierda, sino por Magda que es prácticamente una niña y por el hermano de mi padre que es su abuelo. El viejo está en las últimas y esa es su única nieta.

“No hay problemas” –dijo,- voy a encontrar a esa loca.

“Si te hace falta ayuda avísame”, —acotó Archer.

“Cuento contigo” —le respondió.

Después de esta conversación se trazó un plan apresurado. Necesitaba visitar la casa de Frank y tratar de encontrar algunas pistas sobre Magda e interrogar al padre a tenor de lo que hallara. Esperaba que la inspección le facilitara tener información sobre la vida reciente de la joven y su círculo de amistades. Faltando poco para las doce del día lo llamó al lugar donde trabajaba, una oficina de Control de Viviendas en la Habana Vieja, en la que hacía una labor insignificante por un salario miserable.

“Frank, es Fernando” —dijo al escuchar la voz del individuo—. Tiene que pedir la tarde libre, necesito visitar su casa para comenzar a localizar a su hija. Después de algunos titubeos, el padre de la chica aceptó que lo recogiera en media hora.

El domicilio del primo de Archer se encontraba en la barriada de Luyanó, en una calle apartada que por la hora y el día de la semana estaba desierta. El sol castigaba con fuerza algunos solares yermos y los parterres sin hierbas. Estos últimos dejaban a la vista un polvo calizo de color blanco que reflejaba el sol como la nieve en el Ártico. Aquella zona daba la impresión de un viejo pueblo abandonado del Oeste norteamericano. Con sus casas antiguas y grises, como casi todas las de la ciudad detenida en el tiempo, y perros callejeros pululando entre la basura sin recoger de una semana. La vivienda estaba al final de un corto pasillo, flanqueado por un viejo edificio de dos plantas por la izquierda y una casa de color amarillo sucio por la derecha.

“Buenas tardes Frank” —dijo una vecina indiscreta al verlos pasar, haciéndole saber que lo había visto a una hora desacostumbrada, debido a la desaparición de Magda.

La vivienda cuya construcción databa de los años 30 del pasado siglo, formó parte en su tiempo de la casa de la derecha, en la que residía la vecina entrometida. Dividida por su antiguo arrendador hacía mucho para cobrar dos alquileres, eran moradas independientes. Constituida por una salita, dos pequeños cuartos, un comedor diminuto, una cocina aún más reducida con una ventanita alta por donde apenas entraba la luz y al fondo, el baño. Todo con una disposición caprichosa, en virtud de los arreglos para convertirla en algo que pudiera llamarse casa. El mobiliario deteriorado y la pequeña morada, era reflejo de las vidas maltrechas y sin esperanzas de sus inquilinos.

El cuarto de Magda, sin pintar desde hacía mucho tiempo, mostraba signos de humedad en una de sus paredes. Adornado sin concierto aquí y allá con muñecos de peluche, afiches de artistas extranjeros y un sinnúmero de baratijas. Parecía más un bazar junto a las murallas de Harar que la habitación de una adolescente. Algunas fotos suyas en marcos de fantasía de pésimo gusto, de los que se venden en las tiendas en divisas, la mostraban en diferentes poses. Era una mulata casi blanca de cuerpo voluptuoso quizás heredado de la madre, labios gruesos, grandes nalgas, más bien alta y con senos de regular tamaño. A pesar de su juventud ya tenía una expresión de puta en la cara y no se podía decir que era bella.

Registró las gavetas de su pequeña cómoda en la que encontró, revueltas, bragas del tipo hilo dental o calenticos como muchos le decían. No faltaban ajustadores de encaje en varios colores y de moderna factura. Unos cuantos pulóver de procedencia extranjera y perfumes, en fin un pequeño pero surtido ropero para una chica de 16 años. Completaban su guardarropa varios pares de zapato relucientes, de plataforma o tacón alto, alineados en el piso junto a viejos números deteriorados de revistas del corazón de procedencia extranjera.

“Quién le compró todo esto a su hija” —indagó con cierta ironía.

“Algunas cosas se las manda su mamá” —dijo Frank con temblor en la voz—. Otras las consigue ella no sé de donde, regalos y cosas así. Demasiados obsequios, se dijo Fernando para sus adentros. En ese momento fijó su vista en una pequeña mini laptop marca SIRAGON ML 1010 de fabricación venezolana. Equipo de moderado costo diseñado para el nicho de mercado estudiantil.

“¿Esta computadora es de Magda?” —preguntó.

“Sí, hace poco que se la regalaron” —respondió el padre de la chica con una expresión estúpida en el rostro.

“Tiene suerte su hija” —añadió, con un tono que lo decía todo.

Tomó el equipo y lo puso a funcionar apoyado sobre la cómoda. Después de revisar cierto número de archivos y carpetas, se percató que casi todos habían sido creados hacía no más de una semana. Abrió una nombrada PELICULAS y comprobó que contenía un buen número de videos pornográficos de los que ahora proliferan y ven hasta las chicas de secundaria. En Mis Imágenes existían fotografías de probables amigos y amigas, en una denominada YO las fotos eran de Magda. La mostraban modelando, sexualmente, parte de la lencería de su ropero en lo que parecía ser una habitación de arriendo. En algunas se veía totalmente desnuda, adoptando topemente poses de modelo de Play Boy con un juguete sexual, en forma de un pequeño pene, entre sus manos.

Las fechas en que fueron tomadas las fotografías de aquel especial desfile de modas, reiteraban que databan de hacía una semana. Le llamó la atención una de las imágenes en la que la joven aparecía de pie, desnuda, con las piernas abiertas, calzando un par de zapatos de los que ahora se encontraban junto a la cómoda. Posaba de frente en actitud desafiante y se apreciaban rosas tatuadas en la pelvis completamente rasurada. Lucía una amplia cartera, color gris brillante, colgando de su hombro izquierdo. Esa prenda se encontraba, enganchada junto con otras, en un perchero de madera en forma de arbolito, una especie de Valet, en una esquina del cuarto. Fernando se levantó y la descolgó.

“Esto también se lo regalaron hace poco” —dijo de forma afirmativa, dirigiéndose a Frank con la cartera en la mano.

“¿Usted ha visto todo lo que tiene esta computadora?” —añadió en tono firme forzando un poco más la cuerda.

”Yo no se manejar esas cosas” —arguyó por lo bajo el padre de Magda—. La cartera la trajo la semana pasada, estaba encantada con ella —explicó evitando la respuesta como si aquello no tuviera importancia alguna.

La prenda relucía en las manos de Fernando. La comenzó a examinar, conservaba aún la etiqueta de la marca. La volteó y pudo ver una pegatina con el nombre de la tienda y el precio, cuarenta y cinco CUC. El establecimiento formaba parte del complejo comercial aledaño al Hotel Comodoro. Abrió la cartera y encontró una bolsa de nylon en la que, al parecer, envolvieron el artículo después de su venta, así como el comprobante de caja. En este documento estaba estampada, entre otros datos, la fecha de la venta ocho días atrás y el resultado de la transacción comercial. Observó que el comprador había recibido de vuelta cincuenta y cinco CUC, debido a que había pagado con un billete de cien.

“Tengo que llevarme esto” —le dijo al padre de Magda. Este asintió de manera dócil. Metió la cartera en la misma bolsa de nylon y guardo con cuidado el comprobante de venta. Fue hasta su auto y tomó rumbo al reparto Miramar.

Al llegar al Hotel Comodoro estacionó su viejo Lada en el parqueo del Centro Comercial. Recordó cuando visitó por primera vez aquella instalación, otrora Club Comodoro. Fue gracias a una rubia de apellido Brandler, hija de un químico suizo que trabajaba para la marca Crusellas S.A., socio con cuenta abierta que aquella chica usaba sin miramientos. De eso hacía mucho tiempo, pero el perfume y la suavidad de su piel, así como las locuras que ella fue capaz aún hoy resultaban inolvidables. Dejando de lado los gratos pensamientos, localizó la boutique en el segundo piso del edificio principal del área comercial y pidió ver al administrador. Una mujer de unos 30 años y cuerpo escultural, con una amplia sonrisa se presentó como la gerente del piso.

“Necesito su ayuda” —dijo de manera afable, y extrajo de la bolsa de nylon que llevaba en la mano la cartera de Magda. Esto fue olvidado en el asiento de atrás de mi carro, por una muchacha que me pidió un aventón y quiero devolvérsela, argumentó.

“¿Pero qué puedo hacer yo por usted?” —soltó con aspereza la gerente de cuerpo escultural, disponiéndose a liquidar el asunto como, por lo general, hacen los empleados de establecimientos comerciales estatales.

“Si puede” —terció, sin dejar de ser afable. A continuación extrajo el comprobante de caja y se lo mostró a la mujer. Como puede ver esta cartera se compró aquí en esta fecha y hora, fue pagada con un billete de cien CUC, le argumentó. Usted sabe que cuando un cliente paga con billetes de esa denominación, se le toma el nombre completo y se anota el número del pasaporte o del Carnet de Identidad, asociándolo al talón de caja. Con esos datos puedo localizar a esa persona y devolverle esta bella cartera. La gerente, que no alcanzaba a comprender tanta honradez, hizo un gesto de disgusto, buscó el listado en cuestión, anotó los datos y se los entregó a regañadientes.

Ahora conocía que el comprador era un hombre y además cubano, tenía el nombre y el número de su Carnet de Identidad. Por este número supo que su edad era 19 años y eso no dejó de llamarle la atención. Cerca de las cuatro de la tarde de ese día telefoneó a un viejo conocido. Habían servido juntos y ahora se desempeñaba como Oficial de Policía en la Unidad de la calle Zapata en el Vedado.

“Oscar, habla Fernando” —le dijo por todo saludo, y a continuación le suministró los datos para que le facilitara la dirección del individuo y alguna otra información si la hubiera. El Oficial le dijo que lo llamaría en una media hora para tener tiempo de consultar el Sistema del Carnet de Identidad. Trascurrido ese período el celular de Fernando dejó escuchar su timbre, era Oscar.

“Dime mi hermano” —respondió.

“Anota el nombre completo y la dirección del tipo” —dijo el oficial, y se la dictó. Es blanco con el pelo teñido de rubio de 1.65 metros de estatura y 120 libras de peso —agregó. Pero tengo algo más, este ciudadano ha sido advertido en varias oportunidades por sospecha de prostitución y esta registrado como homosexual pasivo. Es maricón mi hermano, alias Fifí. Te cambiaste de bando, —le dijo de manera afirmativa y se rió.

“No seas jodedor Oscar y gracias” —le respondió y tomó rumbo a su apartamento.

Cuando comenzaba a caer la tarde, después de darse un baño, decidió echarle un vistazo a la casa del controvertido individuo y se dirigió a la dirección que le había dado Oscar para chequearla. Estacionó su auto cerca del lugar en que residía Fifí, en una calle poco concurrida del reparto Sevillano. Al rato, despedido por una anciana que parecía suplicarle que regresara temprano, lo vio abandonar su domicilio. Se trataba efectivamente de un hombre de baja estatura, delgado, con una vestimenta y un modo de caminar que demostraban, sin lugar a dudas, sus preferencias sexuales. Jorge, que era su verdadero nombre, se balanceaba al andar mientras colgaba de su hombro derecho una bolsa tejida, del tipo que usan las chicas de Preuniversitario, con un girasol incrustado.

Conduciendo su auto sobrepasó a Fifí y unos metros antes de llegar a la esquina, estaciono junto a la acera izquierda por donde se acercaba el individuo. En el momento en que estaba a punto de llegar, abrió de golpe la puerta del chofer y se bajo del auto cortándole el paso.

“Ay que susto” —exclamó Jorge, cuando casi se da de bruces con Fernando.

“Disculpa, estoy medio perdido” —le dijo—. Me podrías decir como puedo llegar a la Avenida de Santa Catalina.

“Perdido no, perdidísimo” —respondió risueño el joven, mientras lo detallaba con ojos libidinosos. A continuación pasó a explicarle, con pelos y señales, la manera de llegar a la avenida. Mientras tanto, Fernando pudo observar su rostro andrógino, sus cejas y manos arregladas y olfatear el aroma del perfume de mujer Le Chat Noir, con que Fifí se había acicalado profusamente. Toda esta escena constituía un pretexto para entablar contacto con aquel individuo.

“Para dónde vas” —inquirió con toda intención después de recibir la explicación.

“Ahora para el Payret” —soltó con una risita nerviosa Fifí—. Me vas a dar botella, añadió de manera provocativa. Sentía una atracción irresistible por aquel hombre alto con pantalón vaquero negro y camisa de igual color. Comenzó a imaginar escenas de sexo y a creer que el destino lo había puesto en su camino.

“Te pusiste de suerte, voy para el Parque Central, sube” —le dijo.

“¡Yo me muero, me muero!” —exclamó ante la respuesta, como una virgen al experimentar su primera declaración de amor. Dando saltitos y apretando el bolso tejido contra su pecho, dio la vuelta al auto y se sentó en el asiento junto al chofer.

“Tienes que ajustarte el cinturón de seguridad” —dijo Fernando, y sin darle tiempo, encimándose sobre el joven lo ajustó. Fifí se estremeció de pies a cabeza al experimentar el leve contacto de aquel hombre y el olor de su colonia.

“Vamos entonces para el Payret” —precisó a continuación, y puso el auto en marcha.

“Para donde tú quieras” —dejó escapar con voz nerviosa el homosexual, en pleno plan de conquista.

Siguiendo las indicaciones que recibiera antes, Fernando condujo el auto hasta la Avenida de Santa Catalina y enrumbó hacia Boyeros. En la Ciudad Deportiva circunvaló la inmensa fuente, pero en vez de seguir por Boyeros tomó la Avenida 26 rumbo al Zoológico.

“¡Por aquí no se va para el Payret!” —apuntó sorprendido Fifí.

“Tú no me dijiste que para donde yo quisiera” —dijo Fernando—. Ante aquella respuesta al joven le dio un salto el corazón y sonrió, pensando que aquella tarde iba a ser de excesos y locuras.

“Si la cosa es de querer, podemos hacer también lo que tú quieras” —añadió Fifí con una entonación que lo decía todo—, y soltando un suspiro se reclinó en el asiento cerrando los ojos. Experimentaba un ligero estado de ansiedad, como una mujer cuando su amante demora en llegar a la cita.

Al llegar al Zoológico, haciendo un giro alrededor de los Venados de Rita Longa, Fernando tomó la empinada avenida rumbo a la zona boscosa del Parque Almendares. Bajó la elevación, estacionó en un lugar apartado de la Avenida del Río y apagó el motor. Estaba a punto de anochecer.

“Aquí estará bien” —dijo, e hizo un breve silencio para ver la reacción de Fifí, al tiempo que se quitaba el cinturón de seguridad.

“Vamos a pasar para el asiento de atrás” —sugirió con cierta desesperación el joven—, estaremos más cómodos. Era evidente que no era la primera vez que afrontaba una situación como aquella y tomaba la iniciativa intentando, además, deslizar su mano izquierda para tocar el muslo de Fernando.

“No es necesario” —le soltó lacónico y le retiró la mano.

“Trajiste preservativos” —dijo el homosexual con osadía y voz quebrada volviendo a la carga—. Si no tienes yo tengo, añadió. Comenzando a buscar con desesperación dentro de la bolsa tejida de colegiala.

“No es necesario” —volvió a decirle en el mismo tono.

“¡Sin protección, tú eres un loco!” —exclamó con nerviosismo Fifí— y juntó sus piernas llevándose las manos a la pelvis, como una mujer tratando de evitar una penetración. En ese momento Fernando, tomándolo fuertemente por la camisa, lo zarandeó.

“Ahora tú me vas a explicar porqué le regalaste esta cartera a Magda”, —le dijo de forma amenazadora—, restregándole en la cara la prenda que había tomado con un repentino movimiento del asiento trasero.

“Ay, pero quién tú eres” —exclamó aterrorizado el joven—, tratando inútilmente de librarse del agarre. Era imposible, no solamente por la fortaleza de Fernando, sino también por el cinturón de seguridad.

“Aquí las preguntas las hago yo” —le dijo con aspereza.

“Habla cojones y no grites” —le conminó de nuevo—. Dímelo todo y rápido, porque ni tú madre te va a conocer de la paliza que te voy a dar.

“Adrián me dijo que la consiguiera” —respondió totalmente aterrorizado—. El fue quién se la regaló, yo nada más que la compré, añadió.

“¿Quién es ese tipo y que tiene que ver con Magda?” —le interrogó sin soltarlo.

“Es un cubano americano que está de vacaciones en Cuba” —dijo sin tomar aliento temblando como una hoja—. Ella lo conoció la semana pasada, está saliendo con él. Le regaló otras cosas, hasta una computadora chiquita.

“Tú sabes donde está ahora Magda” —indagó de nuevo.

“Esta con él en la playa de Jaimanitas” —respondió sin vacilar—. Adrián tiene alquilada una habitación junto a la costa y hace dos días que ella está allí.

“¿Cual es tu relación con el tal Adrián?” —lo interrogó nuevamente.

“También lo hace con los gay” —respondió—. Hago videos pornos con él y sus amigos, me pagan por lo que me gusta. Fernando no pudo aguantarse y le propinó un golpe en la cara con la palma de la mano. Fifi empezó a llorar sin resistirse como una mujer maltratada por su marido.

“¿Magda también se dedica a filmar?” —preguntó.

“Eso es lo que Adrián quiere” —dijo gimiendo.

“No tienes que pegarme, te diré lo que quieras saber” —suplicó a continuación.

“Suelta todo y en detalles” —le dijo y lo volvió a zarandear.

“Ella jinetea pero no deja que la firmen o la fotografíen haciéndolo” —continuó diciendo Fifí—. El le prometió que si lo complace la va sacar en una lancha mañana por la noche. Magda quiere irse para la Yuma, pero se resiste a realizar las películas. Hace de todo, hasta con dos a la vez, pero sin filmaciones. Adrián le dijo que no puede salir del cuarto por medidas de seguridad, es lo que exige el lanchero y no se quién más. Pero eso es mentira, él no la va a sacar, lo que quiere es joderla.

“Explícate más” —le dijo Fernando con rudeza.

“Mañana por la tarde se va para Miami en avión, ella no sabe eso” —respondió Fifí sin vacilar—. Comentó con el que toma los videos, que no iba a pagar lo que costaba montarla en la Cigarreta. Las películas las vende en Miami y a mi no me importa, total soy famoso, hay tipos que vienen a buscarme. Para hoy su socio, el camarógrafo, quedó en que conseguiría un poco de polvo, cocaína, para volverla loca y hacer las filmaciones. Este tipo se busca lo suyo y quiere hacer un video echándose a Magda. Es un poco violento, le gusta el sexo duro, se vuelve como loco, me maltrata cuando lo hacemos y eso no me gusta. La última vez acabó conmigo y él no es mi marido para estarme dando, concluyó. Después de esta confesión Fernando comprendió que no había tiempo que perder.

“Tu me vas a llevar esta noche a esa casa de Jaimanitas” —le dijo mientras lo zarandeaba—. A continuación extrajo unas esposas y lo sujetó al tirador de la puerta derecha del carro.

“¿Ay tú, para qué es esto?” —preguntó lloroso Fifí.

“Para que no intentes escapar” —le respondió—. Tomó la bolsa de colegiala y la revisó minuciosamente, era un muestrario de lo inimaginable. Encontró preservativos, crema lubricante, un tubo de lidocaína, toallitas de papel sanitario y hasta unas bragas de encaje. Halló también en su interior una afilada cuchilla en una improvisada funda de cartón.

“¿Y esto? —dijo mostrándole el arma.

“La calle está mala” —respondió Fifí—. Además, como soy gay muchos hombres quieren abusar, cogerte de gratis o a la fuerza. Una vez me violaron el chofer de un almendrón y el tipo que lo acompañaba, después me dejaron botáo medio en cuero en la Vía Blanca. Yo lo hago con el que me paga o con el que me gusta, concluyó. Fernando arrojó la cuchilla por la ventanilla del auto, sacó su teléfono celular y marcó un número.

“Archer, es Fernando, necesito tú ayuda” —dijo—. Después de darle algunos detalles del asunto y ponerse de acuerdo con su amigo para recogerlo, arrancó su auto y abandonaron el lugar. Había caído la noche.

“¿Quién es ese Archer?” —preguntó Fifï—. Es un negro que presentarás como tu marido esta noche si llega el caso, le precisó.

“¡Un negro, ay mi madre!” —exclamó.

“No te preocupes que no te va a hacer nada” -le dijo con ironía.- Al igual que a mí, sólo le gustan las mujeres. En la esquina que forman las calles 23 y J en el Vedado, recogieron a Archer. Fernando lo puso al corriente de todo lo ocurrido hasta ese momento y sus propósitos de sacar a Magda, a como diera lugar, de la casa en Jaimanitas esa misma noche.

Siguió por la calle 23, cruzó el puente sobre el río Almendares y tomó por la Avenida Finlay. Atravesó la calle 41 y continuó por la calle 42, casi sin interrupción, hasta llegar a la 5ta Avenida en el Reparto Miramar doblando a su izquierda rumbo a la playa de Jaimanitas. Durante el trayecto explicó a su amigo el plan que había concebido. Era sencillo y violento en el grado que fuera necesario de acuerdo a las circunstancias.

Cerca de las nueve y media de la noche llegaron a Jaimanitas. Según las indicaciones que dio Fifi tomaron por una calle mal pavimentada, como muchas por aquella zona, en dirección a la costa. Media cuadra antes del sitio al que se dirigían detuvo el auto, apagó las luces, escudriñó los alrededores, acto seguido le quitó las esposas al joven. Archer a su vez, desde el asiento trasero, le pasó su brazo izquierdo agarrándolo por el cuello. Tranquilo y sin chistar, le dijo.

“¿Traes algún arma?” —le preguntó a su amigo—. Archer respondió negando con la cabeza.- Fernando puso en marcha el auto y continuaron con las luces apagadas hasta llegar junto a la playa, estacionado de manera que la retirada de aquel sitio fuera rápida y fácil.

El cuarto de renta efectivamente se ubicaba a escasa distancia del mar y separado de la vivienda principal. Esto daba independencia a los clientes, sobre todo con el asunto de las jineteras y los gay. Se veía luz a través de las cortinas de unas ventanas metálicas con cristales nevados. Como en sordina se escuchaba música disco. Descendieron del auto y Archer pasó su brazo izquierdo sobre los hombros de Fifí, como si fuera su amante. En la penumbra de la noche los tres se acercaron por un sendero pavimentado hasta la puerta del cuarto de arriendo. Mientras, el sonido suave de las olas servía de fondo y no dejaba escuchar sus pasos. Archer tocó suave con los nudillos en la puerta de madera de moderna factura, al tiempo, apretaba firmemente a Fifí. Fernando se agazapó en la pared junto a la entrada.

“¿Quién llama?” —inquirió una voz masculina en perfecto español desde el interior de la habitación.

“Adrián, soy yo, Jorgito” —respondió el joven con voz quebrada temblando de miedo—. Pasado un breve tiempo la puerta se entreabrió y un hombre blanco de unos 30 años, pelo negro, mediana estatura y complexión física regular, asomó el torso, evidentemente estaba desnudo.

“¿Qué tú quieres a esta hora y quién carajo viene contigo?” —dijo— y no tuvo tiempo para más. Fernando, que estaba oculto junto a la pared de la entrada, propinó un fuerte empujón a la puerta y el individuo rodó por el suelo. Inmediatamente Archer, con Fifí agarrado por el cuello, lo siguió y la cerró.

Lo que encontraron en la habitación confirmaba, sin lugar a dudas, todo lo que el joven había confesado. Se observaba equipamiento de filmación en varios lugares y una veintena de casetes sobre una pequeña mesita. Una cámara de video montada en un trípode, tomaba en automático a un hombre que penetraba con cierta violencia y contra natura a Magda, ambos también estaban desnudos. La chica, en la posición a tergo, profería algunos gritos apagados y se apoyaba en una banqueta baja para secundar la escena y no caer.

Archer se abalanzó sobre el individuo y le propinó un fuerte derechazo en el mentón, derribándolo en el acto. Adrián, repuesto del empujón, reaccionó tomando una lámpara de pie a modo de mandoble para contraatacar. El sonido metálico de la pistola Remintong calibre 45 de Fernando, al ser acerrojada para disparar, lo paró en seco.

“Si te mueves, mañana te entierran” —le dijo al cubano americano—. El individuo soltó la luminaria como si le quemara las manos.

“No tire, no tire, soy ciudadano americano” —decía aterrorizado—, encogiéndose sobre si mismo, como si esta acción y la frase lo protegiera contra todo riesgo. Fernando se le acercó y le propinó un fuerte gancho de izquierda en el hígado. El hombre que no previno el golpe, soltó un quejido sordo y se dobló cayendo al piso.

Mientras estas acciones se sucedían, protegiéndose el rostro con las dos manos, Fifí lloriqueaba acurrucado en una esquina de la habitación. Por su parte Magda, con el pelo revuelto, se había sentado sobre la banqueta pasándose constantemente, como un tic nervioso, el dorso de la mano por la nariz. Experimentaba un estado de euforia que se manifestaba a través de una sonrisa estúpida. Estos síntomas y las pupilas dilatadas, la sudoración de su cuerpo a pesar del aire acondicionado y la tranquilidad que mostraba, totalmente desnuda en medio de todo aquello, eran signo evidente que estaba bajo los efectos de las drogas.

“Pégale duro a ese hijo de puta, menos en la cara para que no le queden marcas” —le dijo a su amigo—. A continuación, a su vez, comenzó a propinarle una paliza a Adrián empleando la misma técnica. Cuando ambos terminaron, los dos individuos estaban semiinconscientes en el piso.

Fifí, levántate y ponle la ropa a Magda” —ordenó de manera autoritaria—. El joven obedeció al oírse llamar de esa manera, la más cercana a su naturaleza y comenzó, no sin trabajos, a vestir a la muchacha con lo que encontró. Esta al parecer pensando continuar la orgía, bajos los efectos de las drogas se le ofrecía impúdicamente con un lenguaje obsceno. .

“Vamos a recoger todo el material de video que hay aquí” —dijo—. Detuvo la cámara y le sacó el casete con la filmación de la película porno y parte de lo que acababa de ocurrir. Tomó un maletín de viaje y vació sin miramientos su contenido sobre el piso. Comenzó a llenarlo con los casetes, memorias, discos compactos y todo lo que fuera capaz de contener alguna evidencia gráfica en la que pudiera estar Magda.

Fifí, quién es este” —preguntó—, señalando al hombre que momentos antes participaba en la filmación junto con la muchacha.

“Ese es el camarógrafo” —dijo sin vacilaciones—, haciendo un gesto amanerado, y apoyó sus manos desmayadas en su cintura quebrada. Sobre una silla estaba la ropa del individuo. La registró con rapidez, tomó algunos documentos de identidad que portaba y los guardó dentro del maletín. Durante esa inspección, encontró dos papelillos cuidadosamente envueltos que contenían un polvo blanco. Uno estaba medio vacío, el otro sin emplear. Probó con la punta de la lengua la sustancia del que estaba a medio usar. Percibió un sabor amargo y un ligero adormecimiento de la lengua.

“Es cocaína” —afirmó mirando a su amigo—. Estos hijos de puta la drogaron para lograr sus propósitos. Acto seguido, propinó con fuerza varias patadas en el cuerpo de Adrián que trataba de incorporarse. Tomó entonces la cocaína y la esparció sobre los dos hombres que yacían desnudos en el suelo. Indicó a su amigo que cogiera el maletín de viaje que contenía las evidencias y la documentación del camarógrafo. A continuación cargó a Magda que, con torpeza, intentaba en ese momento quitarse la ropa que a duras pena Fifí le había puesto.

En la oscuridad, desandando el sendero pavimentado en dirección a su auto, emprendieron la retirada de aquel lugar. Pensamientos encontrados acudían a la mente de Fernando. Se preguntaba cómo era posible que una chiquilla como Magda, fuera arrastrada por el torbellino de la vida actual, convirtiéndose en una Justine contemporánea afrontando los infortunios de la virtud. En la playa cercana continuaba el sonido eterno del mar. El cielo se empezó a encapotar presagiando lluvia, la noche se tornó más oscura como si quisiera golpearles el corazón. Mientras, la chica bajo los efectos de la droga, le susurraba proposiciones obscenas y lo besaba en el cuello.

“Coño Fernando, la pudimos rescatar” —dijo Archer en señal de triunfo.

“Te equivocas” —le contradijo—. Su amigó hizo un gesto de incomprensión.

“Rescatamos un cuerpo, pero no una vida” —precisó—. Magda, quizás para siempre, está perdida entre dos mundos.

 

Domingo Sánchez Perdomo: Investigador, periodista y editor. Máster en Bibliotecología y Ciencias de la Información con dos Diplomados en Información y Servicios de Información. Trabajó como periodista en la Agencia Prensa Latina. Creador y editor hasta el 2001 de la revista Seguridad y Defensa. Artículos suyos han sido publicados en el periódico Bastión y en las revistas Verde Olivo, Cuba Socialista, Seguridad y Defensa, Socialismo o Barbarie, entre otras.

Comentarios

Me gustan estas narraciones, reflejan la vida de hoy.
Me gusta la forma de enfocar del autor.

Chao
Yaili

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