“Esos paisajes son reales, como reales son mis recuerdos”

Celia Medina • La Habana, Cuba

Las páginas de José y Consuelo… toman forma desde la memoria, desde los recuerdos de una niña asturiana que vive la guerra. Pero Áurea Matilde Fernández Muñiz, en tanto profesora de Historia de España en la Universidad de La Habana, sabe de los juegos, de las trampas de la memoria, y no desdeña fuentes diversas para hilvanar esta narración que cuenta de cómo cambian los conflictos bélicos la existencia de una familia, de cómo la gran historia trastoca para siempre el devenir de un grupo humano. Evocaciones de la madre, anécdotas y epistolarios familiares, documentación cercana, entrevistas y materiales proporcionados por investigadores asturianos luego de una primera edición del texto en 2007, complementan esta desgarradora entrega, que, sin embargo, no deja de ser un entrañable relato de amor, como puede leerse en las palabras del prólogo a cargo de María del Carmen Barcia, como puede leerse en esta entrevista a una Áurea Matilde que, sin detenerse a inventariar tristezas o destinos posibles, acaso haciéndolo —y por eso sorprende y maravilla su gesto—, apuesta siempre por la familia, por el magisterio, por la vida.

Imagen: La Jiribilla

“La primera fuente utilizada fue la memoria, una memoria que se remonta a los recuerdos de una niña pequeña en su pueblo de nacimiento y a aquellos que se graban como garfios en la mente de una menor que vive una guerra. También están los recuerdos de las historias relatadas por mi madre a sus hijos, sobre todo aquellos que trataron de mantener entre nosotros la presencia del padre ausente. Las anécdotas familiares, simpáticas o dolorosas, estuvieron presentes entre los hermanos que compartíamos los avatares de la pérdida del padre y la ausencia de nuestro entorno familiar, al tener que vivir en un país en el que éramos extranjeros.

“Por otra parte, mi madre conservó alguna documentación de mi padre, referida a problemas en el desempeño de su labor educativa, así como las cartas (más bien trocitos de papel escrito) que desde la cárcel pudo enviarle su esposo incomunicado. Luego, en mi primer regreso a España (había salido de mi tierra con 8 años y regresaba con 53), tuve la oportunidad de entrevistarme con un anciano maestro que se dedicaba a localizar el paradero de los maestros asturianos represaliados por el franquismo. A través de él, dos años después de nuestra entrevista en Oviedo, capital de Asturias, recibí la información del lugar donde había sido asesinado mi padre junto a otros 80 hombres. Los habían tirado al mar en la Concha de Artedo, una zona de la costa cantábrica, en pleno mes de diciembre.

“En Cuba, en la pequeña oficina del Taller de Construcciones Metálicas del abuelo, encontramos y guardamos la correspondencia enviada por mis padres a Cuba, en la cual se reflejan hechos relevantes de sus vidas y otros menores de la vida cotidiana en tierras asturianas. Fueron de mucha importancia por la información que contenían dichas cartas.

“La ubicación histórica de los hechos que narran mis memorias las tenía claras por mi formación profesional en Cuba, pues he sido profesora de Historia de España en la Universidad de La Habana por espacio de más de cuarenta años.

“La primera edición de este libro apareció en Asturias en el año 2007. Ese mismo año el Centro Pablo publicó una versión con formato diferente. Algunos historiadores asturianos han estado investigando acerca de los maestros republicanos de su región y se han comunicado conmigo después de leer mis memorias. Uno de ellos ha confirmado, a través de las memorias de un sobreviviente de la cárcel de Oviedo, que compartió celda con mi padre, la fecha en que los sacaron diciendo que iban para cárceles de la retaguardia, y corrobora que fueron atados y tirados al mar en la Concha de Artedo.

“Me han enviado documentos referidos a mis padres, como el nombramiento de ambos como maestros en propiedad (en fechas diferentes), o el documento que aprueba la donación de una máquina de coser para la escuela de niñas de Villavaler, firmada por mi madre como maestra de dicha escuela. Recibí el alegato acusatorio de Manuel Álvarez Prada contra mi padre, cuando lo estaba persiguiendo por tener ideas republicanas avanzadas. Yo tenía en mi poder el alegato de su defensa que mi madre había conservado. También recibí un escrito de mi padre a los maestros cuando fue nombrado Inspector Jefe de Asturias. Como ves, el haber escrito este libro me ha proporcionado nuevos documentos que conservo con todo amor”.

¿Cómo trasformó la Guerra Civil Española la vida de una nación, los paisajes de su infancia?

Esta es una pregunta muy difícil de responder en unas pocas líneas. Toda la vida de España cambió radicalmente a partir de la derrota republicana en 1939: la sociedad se vio inmersa en una ola de terror que duró muchos años. La escasez, la miseria, el dolor, las persecuciones a los vencidos, las ejecuciones en masa, fueron parte integral de la vida de esa sociedad, especialmente cruel para los niños hijos de los republicanos. Esos primeros años son conocidos como los Años del Miedo. A partir de los 60 del siglo XX comenzó un resurgir económico que aliviaba las penurias de los primeros años, con lo que la sociedad cambiaba su aspecto, pero permanecía la represión y las cárceles seguían llenándose de jóvenes que no habían conocido de la Guerra Civil. Hasta la muerte de Francisco Franco no comenzó a cambiar la sociedad, aunque para ello se hicieron tantas concesiones a los vencedores por parte de las llamadas izquierdas de esa época que todavía se sienten en la sociedad actual.

Imagen: La Jiribilla

Los paisajes de mi infancia los volví a ver, tanto en la ciudad de Oviedo como en el pueblo donde había nacido, muchos años después. Ya había muerto Franco y, en esos mismos días (octubre de 1982), habían ganado las elecciones los socialistas (Partido Socialista Obrero Español)… había una sensación de cambio entre diversos sectores de la sociedad. Pero las gentes sencillas del pueblo aun no se sentían seguras para hablar de lo que había ocurrido con mis padres. Tenían miedo hasta de pronunciar la palabra “república”. El miedo se sentía en las personas mayores, como si no hubiesen pasado casi cincuenta años de la Guerra Civil.

Sin embargo, las tierras de una gama infinita de verdes, las casitas de techos a dos aguas color rojo, los caminos para llegar a la escuela donde viví siete años con mis padres felices, estaban ante mis ojos como si aun fuese la niña que corrió por aquellos prados. Esos paisajes son reales, como reales son mis recuerdos.

Una vez en Cuba, tierra en la que su familia no pensó en un principio establecerse, según queda dicho en el libro, ¿de qué modos fue el proceso de incorporación de usted y su familia a la nueva realidad?

Mi familia cercana (padre y madre, hermanos) conocíamos a Cuba por referencias frecuentes, pues el abuelo materno vivía aquí desde que mi madre era una adolescente. Había correspondencia entre nosotros y la familia cubana. Cuando mi madre se vio obligada a venir a Cuba con sus hijos, nunca pensó que sería para siempre. Era un lugar de paso para el regreso a España y esta idea se mantuvo hasta que terminó la Segunda Guerra Mundial en 1945, cuando las potencias aliadas respaldaron la permanencia del franquismo en España. Se hacía imposible el regreso a la patria querida. Quedaba la idea del traslado a México, país que acogió a la mayoría de los intelectuales republicanos, muchos de ellos amigos de mis padres. Pero la enfermedad de mi madre impidió todo plan de buscar otro lugar para establecernos y fue entonces que nos habló de permanecer en este país y tratar de encaminarnos en él. Que estudiásemos era lo esencial para ella y así fuimos terminando nuestros estudios preuniversitarios y adaptándonos a la vida cubana, sobre todo en el exterior, pues en la casa seguíamos con las costumbres españolas.

Imagen: La Jiribilla

La incorporación a la nueva realidad, como tú bien señalas, fue un proceso, algunas veces duro y otras veces fácil. Al casarme, mi vida en una familia muy cubana, especialmente por la fuerte cubanía de mi suegro, me hizo adaptarme poco a poco a las costumbres del país, incluso al habla: al nacer mis hijos me obligué a suprimir los fonemas de la zeta que todavía conservaba para no alterar su lenguaje nativo. Luego, mi incorporación al magisterio (era graduada de bachillerato) en una escuela a la que asistían mis hijos mayores fue facilitando mi comportamiento como cubana, la tierra de mi esposo y de mis hijos. Con el proceso revolucionario de 1959 la incorporación a la vida cubana fue total. En 1962 el entonces canciller Raúl Roa me entregó la ciudadanía cubana, que había solicitado previamente.

Usted se ha referido a la importancia de las pequeñas historias en la conformación de la Historia con mayúsculas. ¿Qué aportan el testimonio como género y las historias de los individuos a los grandes relatos que hablan del devenir de un país?

Como bien recuerdas, la Historia es algo más que los relatos de reyes, dirigentes de naciones, batallas importantes, desarrollo económico y muchas otras cosas de la evolución de las sociedades. La Historia es también la de las gentes sin historia: esos que viven y trabajan en una sociedad y que transitan por calles y pueblos, con sus pequeñas y grandes vidas; aquellos que conforman la cultura popular de una región y que le dan sus características propias, enraizadas entre sí con todos los elementos que componen un conglomerado humano. Las pequeñas memorias forman parte de la Memoria grande, que es la Historia.

El testimonio puede ser más verídico o no que un documento, pero es parte del pensar de una persona o grupo de personas en un momento dado y en un lugar preciso. Confrontando testimonios de diferentes personas acerca de un mismo hecho o proceso, el historiador podrá acercarse a la comprensión de esa época o hecho histórico concreto. Es por ello que el testimonio que se recoge con toda honradez puede convertirse en un documento histórico a valorar por la historiografía de un país o de una época dada.

José y Consuelo deviene homenaje al magisterio, profesión que tiene una extendida tradición en su familia. Posicionándonos en este bagaje, ¿cuál considera es el mayor reto que enfrenta un maestro?

Lo primero que tiene que hacer un maestro es amar su profesión. Es cierto que en mi familia ha habido muchos maestros, empezando por mis padres. Sus cuatro hijos hemos seguido sus pasos, aunque en materias diferentes. Mi hermana mayor fue profesora en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de Linguística. Mi hermano fue profesor de Matemáticas en la Universidad de La Habana. La hermana menor fue profesora de Psicología en la Universidad Autónoma de México (UAM) y yo he sido maestra de primaria, secundaria básica, preuniversitaria y, por último, profesora de Historia en la Universidad de La Habana. Dos de mis cinco hijos son actualmente profesores en la Universidad de La Habana y seis de mis doce nietos han sido maestros de diversas especialidades.

El reto de un buen maestro es ganarse el respeto y la confianza de los alumnos. Esto solamente se logra preparándose para entrar al aula (conocimiento de la materia, preparación didáctica, amenidad). Ha habido una gran polémica acerca de qué es lo más importante en un maestro, si saber bien la materia o si saber cómo enseñarla. Es una polémica sin sentido pues hay que dominar ambas partes del aprendizaje para formarse como maestro. Esto es válido para todos los niveles de enseñanza. Y a toda esta preparación hay que agregar el amor a lo que estás haciendo. Tus alumnos te querrán y recordarán siempre más por tu calidad profesional y tu condición humana que por el facilismo que les proporciones para que aprueben la materia. Por difíciles que sean los problemas, un maestro que ama su profesión siempre saldrá adelante con sus alumnos.

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