El espíritu Santi

Ariel Díaz • La Habana, Cuba

Qué mañana tan extraña en esta no-ciudad de este casi-país que defendías tan rabiosamente. Es como si el mundo de repente pusiera sus cuerdas al revés. Mi corazón es un iceberg y mi barba empieza a desdentarse apenas en un día muy largo en que todos tratamos de procesar, sin éxito, que no te veremos más. Ese que dormía no eras tú, estaba demasiado quieto, sin aquella electricidad que nos pasabas como un electroshock contra nuestra pereza endémica. Una amiga dijo: “como vamos a extrañar que se equivoque y empiece de nuevo las canciones” y es cierto, nos acostumbraste al ser humano desnudo, no a la pose, ni a la foto preparada. Eres el mago de la vida toda, qué más nos pudieras tú decir de ella.

Ahora recuerdo una vez que te vi en la más tierna escena posible, corrías por el patio de aquella casa en Ginebra detrás de tu hijo, muy pequeño entonces, cucharita en mano y muy paciente tratando de que se comiera un yogurt. Yo te miraba haciendo la alegoría inevitable: este hombre se ha pasado la vida persiguiéndonos tratando de alimentarnos por la fuerza pero con paciencia. Y de esta forma tragamos tu papilla a veces dulce, otras veces amarga y aprendimos, para vivir.

Hoy hemos sufrido algo que parece ser tu muerte a la que le quedaba sólo un tiro, pero no hay oscuridad al ver a tantos amigos reunidos, a tantos cantores que son tus padres, tus hijos y tus nietos. Esa es la verdadera luz, no la de los fatuos mercenarios del arte, la de los mesías adormecedores que usurpan el espacio de este canto guerrillero y pobre, como el verdadero hombre. “Mucha tienda, poca alma”, dijo Martí el certero.

Es categóricamente imposible que esta sea una despedida, de ti no se despide nadie y no porque acostumbres a volver siempre sino, porque no te acabas de ir nunca. Sé que me susurrarás nuevas canciones como siempre, que mis dedos tratarán de aprender, de seguir los tuyos en vano, que mi voz tendrá como siempre tuvo, de tu grito irrepetible. Mi verso está hecho de tanto verso tuyo que llovía sobre el suelo en tus conciertos, sin escampar.

Anoche nos reunimos, te cantamos. A lo mejor ni nos escuchaste distraído en otra cosa o sordo de esa falsa vanidad que te precedía. A pesar de ser tan rojo como tú, me gusta imaginar la fiesta que te vas a mandar junto a Noel, Jorge, el Plátano y Teresita, por favor tengan piedad y brinden por los que nos quedamos aquí encerrados en la vida.

Librar esta batalla sobre nosotros sin ti va a ser muy duro, pero estamos poseídos por esa especie de fuerza invisible que nos lega tu canto. Seguiremos adelante en nombre del hijo, del padre…y del espíritu Santi. ¡Amén!

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