Por las venas del recuerdo

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba
Un día de estos
viene la muerte…

Noel Nicola
 
Para Ito.
Para el Tinto.

Hace quizás unos veinte años, cuando este escriba atravesaba sus años de estudiante universitario, mi grupo de condiscípulos planeaba hacer una revista. La Facultad de Comunicación Social de la Universidad de la Habana, curioso detalle, no contaba con una publicación propia. Uno de los soñados números que proyectábamos, incluía una entrevista con Santiago Feliú. Como dispuesto por los dioses, una tarde de esos días, justo en la entrada de la casona de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), me tropecé al Santi. En breve diálogo le conté de nuestras intenciones periodísticas, propuesta que aceptó encantadísimo, y le pedí su teléfono. Ante su sempiterna tartamudez, tomó mi agenda, y en la letra S del prontuario, anotó de puño y letra su nombre y su número telefónico.

Ahora mismo, mientras escucho dos o tres versos de las canciones del Ay, la vida, que se me antojan hoy casi ridículos y dolorosamente premonitorios, rememoro un poco. Mezclo recuerdos sonoros con imágenes reales. Busco alguna respuesta irracional, hasta poética, que pueda derrotar al menos por un rato a esa gigante insobornable y terrible y racional que es la muerte. Más cuando llega por sorpresa. Cuando se ceba en quien debía aún dejar nacer más vidas, muchas más criaturas sonoras y resplandecientes desde sus versos y sus cuerdas.

Imagen: La Jiribilla

Como periodista, enumero el par de preguntas que siempre quise hacerle al menor de los Feliú trovadores, en esa entrevista que nunca llegó a ser. Pienso en los trabajos que escribí en diversos momentos sobre sus presentaciones o sus discos. En lo absurdo de estas líneas, imposibles de planear, inesperadas, torpes, todavía sobrecogidas. En que, por ejemplo, ya no podré preguntarle, como siempre olvidé en las pocas ocasiones en que coincidimos por motivos profesionales, si alguna vez cantó o grabó esa “Plegaria al labrador”, de Víctor Jara. Un tema que recuerdo de mi niñez. Que suena entre mis recuerdos más lejanos de un modo tan claro, tan sonora y estremecedoramente tocada y cantada a lo Santi desde la radio, que es casi seguro que lo haya inventado mi imaginación.

Recuerdo de nuevo, mientras vuelven a destellar luces y aplausos, aquellos hoy míticos y restallantes conciertos de los años noventa, acompañado del grupo Estado de Ánimo. Subrayo aquella manera única y suya de adueñarse de los temas de otros, y de cantarlos casi mejor que los mismos autores, o hasta que algunas de sus propias canciones. O el perpetuo desorden y la ingente caza de su escurridiza discografía. O sus frases en la escena, su carisma. Su zurda vibrante sobre las cuerdas, en ramilletes de pura energía. Su manera de comunicarse sin maquillajes ni poses. Sus buenas canciones.

Como escucha, con ese egoísmo insaciable de los que degustamos el genio que otros prodigan, sólo puedo imaginar las obsesiones y cantos que el trovador se lleva consigo y que ya jamás conoceremos. Como un fanático más desde las gradas del ruedo, pienso en lo solas que pueden quedarse ahora sus canciones. Esas que, en descargas, son sólo privilegio posible de lograr para manos y cuerdas de unos cuantos elegidos. Pienso en los amigos, capaces de tocar esos temas “como son”. Hace falta que haya por ahí otros piquetes que tengan su Joyce, su Mata, su Jorgito, su Samuel. Si así ocurre, habrá bastantes pechos y manos y gargantas dispuestos a recoger, a consolar por un rato a esas canciones, que deben andar ahora mismo un poco inquietas, medio asustadas ante tanto inusual movimiento.

Imagen: La Jiribilla

Pienso, incluida la que pronto revisará por sobre mi hombro estas líneas, en las dos o tres mujeres, muchas dimensionalmente distintas, hoy dispersas, por ahí. Esas que mojaron mis besos. Que hasta rodaron alguna vez entre mis piernas en noches no tan solitarias, mientras la voz y las inconfundibles notas de Santiago Feliú, velaban de música (o hasta de silencio) presente. Como preludio, como regalo, como indeleble memoria venidera.  

Me preocupa cuánto durará esta muerte. Tal vez, debiera buscar en aquella agenda estudiantil y pulsar ese viejo teléfono, hoy inexistente. Puede que logre comunicar con ese sitio, donde se encuentra el pasado con la nada, por el que ahora andará el trovador.

Sin embargo, si lo pensamos bien, puede que esta muerte no dure mucho. Lo más probable, como pasaba en sus conciertos, es que el Santi se ha equivocado un poco. Ha pulsado algún acorde indebido. Puede que, distraído, yendo amoroso detrás de alguna canción que se le escurre, ha traspasado sin darse cuenta alguna puerta lejana. Quizás se le ha derramado de la guitarra un poco de silencio y se le ha desafinado algún latido.

Vamos a aplaudir un rato. De seguro, ahora mismo estará de vuelta, y con los acordes correctos, con latidos bien tocados, comenzará de nuevo y lo hará mejor. Que alguien le diga que no demore. Que sepa, que lo estamos esperando.

 

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