En el bicentenario de la Avellaneda

Literatura para niños y mujer: discurso desde el ostracismo contra la desigualdad

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba
“El tema del poder está ligado con la experiencia vívida de la desigualdad”.
Jacques Goimard

 

Desde el comienzo de los tiempos, la mujer ha pugnado —tal vez como la infancia desoída— por ocupar su lugar dentro de la sociedad, la cultura y por ende, la literatura para niños. Como dueña del hogar, soporte familiar, ¿no fue de labios de las abuelas y madres que los pequeños escucharon, al amor de la lumbre, los cuentos de antaño, una y otra vez, en infinidad de ocasiones, hasta que casi perdieron su sello original y se fueron transmutando en versiones diferentes por completo?

Relegada por el hombre poderoso, prepotente, a un segundo plano dentro de la sociedad —o a un plano bien lejano de cualquier tipo de protagonismo— la mujer, sin embargo, supo esperar, tal vez al acecho desde las sombras, sabedora de que alguna vez tendría recursos para brillar con luz propia y hechizar a todos, con una voz que, justo es decirlo, siempre tuvo su acento muy particular.

Pese a ser marginada de la vida social, salvo como objeto de belleza o placer, pese a serle negado en oportunidades el estudio, la instrucción y la cultura literaria, la mujer enseguida descubrió las infinitas posibilidades expresivas que para ella tendría un arte tan reservado a los hombres como el de escribir historias.

En la literatura para niños, la presencia de la mujer como voz protagónica es realmente asombrosa, telúrica y trascendente. Ya desde los tiempos de la literatura moralizante y de tono académico, ortodoxo en demasía, la mujer se ocupó de arramblar con todos los escaños posibles y reivindicar así su derecho de ser escuchada, en primera instancia por los niños, mas también por la sociedad.

Imagen: La Jiribilla

De aquella pléyade de institutrices y mujercitas con ínfulas moralizadoras sólo pudo escapar una, Madame Leprince de Beaumont, con una pieza paradigmática dentro de la narrativa amorosa universal: La bella y la bestia. Con esa fábula moral, tan llena de alegorías y de vigencia hasta nuestros días por sus postulados éticos y humanos, la insatisfecha condesa —quien quizás en su aburrimiento secular soñara ser raptada alguna vez por cierta bestia providencial— inmortalizó un mito dentro de la literatura. Aunque sus personajes, son algo arquetípicos, acorde a las concepciones esquemáticas de aquel tiempo, el relato —en su estilo, argumento y discurso— mantiene una belleza y maestría tales, que lo hacen clasificar como una pieza maestra.

Después de la Madame, fueron pocas en realidad las que escaparon a un anonimato de centurias. Si la literatura infantil no era aceptada como género —salvo en la escuela o los catecismos, cada quien con su prédica— ¿cómo iría a establecerse la mujer en unas letras que eran patrimonio exclusivo de la aristocracia o luego de una burguesía naciente?

El hombre sí supo adueñarse de la imagen femenina bien pronto, cuando constató que “no sólo de hombres se escriben libros”. Las heroínas fueron apareciendo y desapareciendo con el paso del tiempo y relevándose en la preferencia popular.

No será hasta nuestro siglo, cuando en todas partes se vaya consolidando una estética en la escritura para niños y adolescentes, que la mujer —siempre a la sombra, siempre esperando— ocupe un lugar de vanguardia y a veces haya constituido la dominante.

Selma Lagerloff, con su Premio Nobel en l909, será una de las que arroje luz sobre sí misma. Maestra, pero a la vez inquieta, amante de las tradiciones y de la infancia y con esa savia propia de los elegidos, supo legar con su Maravilloso viaje de Nils Horgerson con los gansos salvajes un sorprendente texto escolar de geografía.

En el decursar del siglo son muchas las que se van sumando a una nómina que al principio fue incipiente: Johanna Spyri, regala con las dos partes de Heidi, la historia de una niña que debe vivir con su abuelo en la campiña alpina y así vencer sus miedos y complejos.

Tempranamente se preocupó pues la mujer de abordar en sus obras “el lado oculto del corazón”. Si bien el hombre estuvo más encaminado hacia el relato épico, de aventuras o especulación científica —a lo Verne, Salgari, London y tantos más— la mujer captó que su tono era volcarse hacia adentro del alma humana donde, seguramente, habría más sentimientos invisibles por descubrir, desentrañar.

A la manera de Charles Dickens, desde su época un abanderado de los temas difíciles, las narradoras de peso en la literatura para niños se han preocupado sobremanera de los problemas de los niños, sin que quizás esto haya constituido una praxis premeditada, pero sí establecida por obras que dejaron huella indeleble en el tiempo. En sentido general, la mujer se preocupó más por hurgar en lo esencial del alma humana, que en detenerse en los fenómenos externos, lo aparencial.

Ya a fines del siglo pasado la norteamericana Louise May Alcott, desde su renovadora pedagogía que se inspiraba en los idearios reformistas de su padre, rompió lanzas contra la tradición en una serie de historias —quizás Mujercitas sea la más emblemática y representativa— donde ponía a las hembras en el rol principal abordando todas las penas y furias de su entorno sentimental principalmente. La Alcott, con Hombrecitos, Los primitos, La biblioteca de Lulú, Bajo las lilas y tantos más, trazó el fresco de una época y, a la vez, un cuadro hogareño de los March, alter ego de su propia familia.

Imagen: La Jiribilla

Aunque un poco alejada en el tiempo, Jane Webster será otra de las que trascienda por sus libros Mi querido enemigo y Papaito piernaslargas, en los cuales ya la literatura se aleja del entorno hogareño para ir a abordar la realidad infantil de orfelinatos, internados, marco que por demás ha sido sobreutilizado décadas después.

Este desarrollo no se produce en todas partes al mismo nivel. Europa y Norteamérica van a la cabeza en muchos sentidos al propugnar entre las mujeres movimientos de ideas renovadoras de tal envergadura. En el Viejo Mundo serán las inglesas, suecas, alemanas, francesas quienes marchen a la vanguardia con historias cada vez más atrevidas y que otrora hubieran parecido espeluznantes a sus antecesoras, las institutrices moralistas y pacatas. Muy nutrida de la savia de las nursery rhymes, la inglesa Eleanor Farjeon aporta una serie de obras de corte humano y sensorial y ya en 1956 gana el premio Hans Christian Andersen, junto a otra gran mujer de la literatura infantil universal, Jella Lepman, quien trascendió sobre todo por sus acciones en este campo más que por su obra.

Será Astrid Lindgren con su hija literaria, la archiconocida y tremenda Pippa Mediaslargas quien acapare durante décadas un protagonismo que ni aún en los años o la vejez y la muerte logran arrebatarle y que la mantiene en el cenit de las historias infantiles en cualquier parte. Con esa maestría de que sólo hacen gala los grandes para jugar a capricho con sus propios personajes, reveló pronto que el niño es todo un universo, tan respetable como cualquier otro y que por ende, con el debido respeto se le debe tratar. Es muy difícil que otro personaje suyo haya encontrado la trascendencia y el arraigo de Pippa, tan carismática e irrepetible como los auténticos milagros, pero no quedan atrás Ronja o Madita, protagonistas de conocidas obras suyas.

Posteriormente, surgirán mujeres capaces de ver la realidad para los niños con ojos bien diferentes a la estereotipada imagen que se tenía antes. En la Alemania de postguerra Úrsula Wölfell es quien primero se preocupa de aquellos costados feos y duros de la vida que tanto sugiriera abordar en Cuba la ensayista Mirta Aguirre. En Historia de Pimmi trata la marginación de los gitanos y en Campos grises. Campos verdes, toda una serie de lacras lacerantes para el niño.

Tal vez nadie como Christine Nöstlinger —por su gran popularidad y la profusión de su obra— para trascender al imponer un estilo que en ella casi ha devenido fórmula eficaz, mediante la cual se entreteje una historia para niños con cierta dosis de humor, denuncia social, sátira y algo de suspenso.

María Gripe, con una formación humanística bien particular, será otra de las que imponga su sello a lo largo de varias décadas. Más alejada que la Nöstlinger del mundo citadino y cotidiano, en la poética de su discurso sí hay una intromisión deliberada en la psiquis de los personajes, seres que se inventan un mundo mejor para escapar de su entorno agobiante y que, por encima de todo, buscan una afirmación en sí mismos. Elvis, la Julia de El papá de noche y muchos más, entronizan sin saberlo un canto a la autodeterminación.

El calar con hondura sicológica y espiritual en los abismos del ser humano en práctica que las escritoras han establecido en la narrativa para niños a lo largo y ancho del siglo, y en diversas áreas lingüísticas.

En América, por ejemplo, en l982, Lygia Bojunga Nunes (Brasil) asombraba a todos por su premio Andersen, concedido por lo trascendente —y no lo masivo— de una bibliografía que entonces llegaba a los diez títulos. Bojunga Nunes, con un estilo bastante similar al de María Gripe, ha sido más audaz a la hora de calar en la dinámica social de su tierra y en los dramas humanos, con esa magia natural que fluye en América desde cada piedra o cada árbol.

Otra autora que se ha destacado es la norteamericana Katherine Patterson, galardonada con el Premio Andersen, quien con obras como La gran Gilly Hopkins, Amé a Jacob, Un puente hasta Terabithia, En búsqueda de Park, Liddie, Sal a cantar Jimmi Jo, entre otros, demuestra cómo se puede hacer una literatura que aborde los problemas de la mujer desde que es niña.

En Cuba, ya en el año l947 se alzaba una voz como la de Hilda Perera con sus Cuentos de Apolo, que presentaba una visión del niño mestizo de entonces, nada complaciente o cómplice hacia la época. Con posterioridad, esta autora que hoy día reside en Miami, se ha vuelto cada vez más incisiva en libros como Kike, Mai, La jaula del unicornio, donde aborda el tema del desarraigo de quienes emigran a una tierra extraña. Posteriormente, otras como Iliana Prieto con Querido diario (Premio Pinos Nuevos, Premio Ismaelillo y Premio La Rosa Blanca) y La princesa del retrato y el dragón rey (finalista del Premio Norma–Fundalectura) o Teresa Cárdenas Angulo con sus obras Cartas al cielo (Premio David) y Tatanene cimarrón (finalista del premio Ismaelillo), se abisman a sitios donde antes las autoras no osaban aventurarse.

Serían muchas las mujeres por mencionar pero, de alguna manera, se les ha hecho justicia, aunque quizás sin hacer énfasis en la particularidad de su encanto a la hora de dirigirse al público infantil. Por su cercanía al niño —¡y esta idea no debe asimilarse esquemáticamente como un axioma!— como nadie la mujer cuenta con recursos suficientes para abordar cualquier realidad dolorosa y entretejer otras de modo admirable, sensitivo y veraz. Ejemplos sobran a lo largo de esa ya vasta historia literaria interminable que conforman las obras infantiles.

Tal vez pocos personajes concebidos por mujeres hayan alcanzado aún la trascendencia y el carácter paradigmático de un Robinsón, un Pinocho, un Mowgly y tantos otros que ahora se escapan entre páginas y páginas. Sin embargo, si quedara alguna duda de que las mujeres como autoras sí han sido capaces de establecerse —y hoy día de manera creciente y a veces dominante en las letras para niños— ahí está la Pippa Mediaslargas, siempre con su adarga al brazo, y por supuesto, allá lejos y perdidas en el tiempo, mas no por ello menos trascendentes y cercanas a nosotros, permanecen indelebles las imágenes relucientes y siempre arrobadoras de una Cenicienta probándose el zapatico de cristal, Blancanieves comiendo de la manzana, Caperucita Roja tomando decidida el camino más largo por el bosque donde bien sabe que hallará al lobo y la Bella Durmiente del Bosque anhelando el momento de despertar, quizás en un mundo mejor, sin tantos hombres mandones.

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