Escalas de la noche

Hay un rasguño para cada hombre
para cada estruendo un silencio.
César López
 

Abre la puerta con sutileza, con esa misma parsimonia la cierra para no ser sorprendido, lo menos que desearía ahora es un altercado con su mujer, es súper celosa y ese olor a cantina y a perfume femenino no le va a parecer gracioso.

La mano astuta desliza el llavero sobre la mesa con flores, la detiene en una nota; al parecer, escrita a prisa:

“Secuestré a tu mujer”.

                       El Tigre.

“Es un chiste, un  juego sucio”. Rompe la nota y lanza los desperdicios al latón de basura. Repara en los muebles, va a la cocina y  toma agua;  luego se dirige al  dormitorio y finalmente al área de baño.  Se preocupa. ¿Dónde estará Elena? Busca la cartera de sus paseos nocturnos en el porta bolsos. No está, tampoco la bufanda azul, ni los zapatos de tacones blancos. Todo está en orden. “¿Por qué Elena escribiría una cosa así?”. “No; no puede ser, algo tiene que haber pasado”.

Se inclina, abre la persiana a medias, la calle ajena y tranquila lo inquieta irremediablemente. Sale  cauteloso, con la mirada puesta en los sitios más oscuros de la noche. Intenta descubrir en cada esquina o vericueto las cosas violentas que acechan al noctámbulo. La noche es un peligro y no sabe con qué clase de calañas va a lidiar. En los temblores y escalofríos de su cuerpo descubre que en la ciudad dormida se esconde  el pánico.

La mayoría de las viviendas están aletargadas bajo la tenue luz de los pocos farolillos del vecindario. “Si algo le sucede a Elena es mi responsabilidad”. Reflexiona mientras procura en vano tranquilizarse. Un murciélago revolotea a su alrededor, rememora las películas de vampiros y siente el sabor de la sangre en la boca. Toma del camino una piedra que exprime como si  fuera una naranja. “Le voy a aplastar el cráneo al imbécil”, dijo en voz baja, mientras decide sobre cual sería  el camino más corto.

Casi corre senda abajo aturdido por la ansiedad. En El Café, único lugar abierto al público, interroga al gastronómico de turno, por cierto con cara de pocos amigos. Le da santo y seña sobre su esposa.

- Hace mucho que por acá no pasa nadie.

- Ella es una mujer…

- Ya me dijo cómo es, yo no puedo estar fijándome en  cómo es la gente que pasa por aquí, imaginase por acá pasa todo el pueblo.

- Pero no se fijó si alguna de la que pasó tenía el pelo rubio.

- ¡Compadre! Las dos últimas mujeres que pasaron por aquí traían cascos  de    motocicletas puestos.

Detrás de las negativas se marcha, no confía mucho en lo que le dijo, pero se estimula recordando el refrán: “que el que busca siempre encuentra”.

Afuera vislumbra la silueta de una mujer doblar la esquina. – Elena -Vocea como si liberara un peso de encima. Va tras ella sin miedo al peligro. Al acercarse se da cuenta  de los espejismos de la noche. Piensa en los Impresionistas, tal vez un día pueda utilizar esa corriente para pintar a una mujer en la noche. Estar beodo da la posibilidad de  captar la realidad a través de impresiones. Jamás pintaría a su amada en una noche como ésta.

Debió tomar un café; se lamenta por los malos servicios de las cafeterías nocturnas, casi nadie quiere trabajar, siente la boca reseca, quizás había caminado en exceso. En el silencio corazón es una campana llamando a la misa. Es como si una fuerza oculta le impregnara más ritmo. No había en la calle ningún trasnochado con quien conversar y desahogar la angustia. La solución sería denunciar el caso en la policía, quizás estaba a tiempo de evitar una desgracia; pero a esa hora podía ser un sospechoso potencial, por esa mala teoría de que los esposos son en la mayoría de los casos los culpables de los homicidios de sus mujeres. En verdad no estaba preparado para un interrogatorio que involucrase su vida privada  a las andanzas con putas  domingueras.  Mañana con la mente limpia  hallaría la solución, ya era demasiado tarde y había bebido  lo suficiente como para calentarse demasiado la cabeza.

Mientras la ciudad duerme regresa a casa extenuado, después de un día de farándula que terminaba en una horripilante pesadilla.

“Mi vecina quizás sepa algo”. Analiza la situación. Está indeciso, maldice la costumbre de los habitantes del lugar, “siempre se acuestan con las gallinas”. Despertar a alguien mientras duerme le resulta desagradable, pero para eso están los vecinos, para molestarse cuando hace falta, al final todos necesitamos de todos. “¿Y el perro?”  “Ese perro es una fiera y mi presencia a esta hora debe alterarlo, mejor, no”. Se  deja caer en la cama. En vano procura descanso, siempre reaparece la imagen de la bufanda azul apretando el cuello de Elena. Una paranoia que le aturde.

Los acechadores están por todas partes, se ocultan con sus camuflajes y sólo se revelan en el asalto. No logra conciliar el sueño. “Resiste Elena, resiste”, “sí; ya sé, si estuviera en casa no habría pasado”, “¿pero qué quieres que haga, si tú apenas hablas conmigo” “no se que tienes que en los últimos tiempos te noto tan distante”, “ni siquiera quieres salir conmigo a pasear. “¿Qué te ha hecho cambiar tanto”. Dialoga consigo, mientras las sombras mueven sus fibras de esposo protector.

Mentalmente hace una lista de sospechosos: Manga Mocha, Pirindingo, Lomoemulo y Loreto. De ellos ninguno es cirquero, ni le dicen “El Tigre”. La debilidad de Manga Mocha, a pesar de su mote, sigue siendo mirar huecos. Pirindingo ahora está de amores con una fulana. Los más preocupantes son Loreto y Lomoemulo, pero el problema no es preocuparse; sino ocuparse. Traza su estrategia. Ajusta el cinto, y con el cuchillo relampagueante en la cintura sale decidido a enfrentar la noche y sus acechanzas.

Eran     las    dos de la madrugada,    Loreto debía    estar en un banco de la

Terminal de trenes o violando a su victima.

Los pasos como aldabas contra el asfalto, calle abajo, eran indetenibles. En las noches salían los demonios, ahora él era también otro demonio. La pesadilla es real, camina consigo a todas partes. Siente que el stress le aprisiona la glotis hasta dejarlo sin aliento, cree que va a colapsar y frenético aprieta el arma blanca equidistante de los trenes, trabajadores ferroviarios de turnos y algunos transeúntes soñolientos, trasnochados y ebrios que dejan la resaca en la mezcla de polvo y orine que los aparta de su tiempo.

Avanza lentamente, busca en cada sombra, por fin allí, en el tercer andén, con el sombrero raído sobre el rostro, ronca contaminando el aire, Loreto. Se desencadena el miedo y al mismo tiempo la esperanza.

- Vamos, despierta.

- ¿Qué pasa?

- ¿Dónde has metido a Elena?

- ¿Elena, Elena?- repite como si tratara de recordarla.  -¡La carísima! ¿Te has vuelto loco, yo no tengo para tanto?

- ¿De qué coño hablas? Despierta que el sueño a veces se nos puede volver presadilla.

Le da un empujón, y Loreto rueda por el piso, repitiendo  como un mal agüero:

- ¿Loco? ¿Loco? ¡Loco!.  Locas, esas. Esas nunca vuelven.

Se da cuenta que Loreto no deja de ser un viejo desquiciado y apestoso, con su migaja de barba, sus piojos y su churre ensuciando la ciudad; que debía ser más vigilado por las autoridades comunitarias y recibir los servicios de los trabajadores sociales tan en boga en estos tiempos de penurias y necesidades humanas de todo tipo.

Continúa la búsqueda sin apenas percatarse del tiempo transcurrido. Un tiempo en el cual los ómnibus urbanos pasan esporádicamente. La ansiedad lo empuja como un carro al que la fuerza del amor le ha inculcado

una inusual energía “Me falta Lomoemulo”. Ir por la carretera le cobraría  una hora. El tiempo no perdona. Decide la línea de ferrocarril hacia el norte para llegar más rápido.

Caminar saltando polines en las condiciones en que se encuentra lo agota e impacienta. Se descubre en medio de la nada, como un desvalido. Piensa en Loreto, en sus insinuaciones; pero insiste. Disfruta mentalmente a su esposa para hacer mas corto el camino, su belleza, sus hombros níveos y redondos,  el aire seductor de sus caderas. Se encanta en la melodía de su voz transparente y dulzona como ella misma.

A lo lejos ve algo que se acerca. Se  pone alerta, confuso por la niebla que arruina la nitidez del alumbrado ferroviario, no puede distinguir de quienes se trata.

- Madre mía por ahí vienen, la está maltratando. -Dice mientras libera toda la energía que lo ha incitado a continuar la búsqueda.

Un temblor repentino le recorre el cuerpo, no habían muros, ni postes; nada donde ocultarse. Por fin se embosca entre los carriles con el cuchillo listo y el cuerpo pegado a la gravilla de la línea ferroviaria, no había escapatoria. Escucha atento. Las palabras y gritos van siendo cada vez más claros.

      - ¿Cómo puedes hacerme esto? Tú misma te has labrado tu condena, me vas a  arruinar la vida, desgraciada; no juegues conmigo porque lo juro que te mato.

- No me pegues, yo no he hecho nada malo. No había transporte para regresar. Por eso me quedé en su casa, solo eso. ¿Entiendes?

- Es que yo no tengo que entender nada, dale camina. -La empuja, ella cae sobre los raíles, gime. Parece que se ha golpeado la cabeza.

- Hoy es el transporte, ayer el ensayo de la comparsa, ¿hasta cuando chica, quién te piensas tú, que soy yo?

- Yo no…

Ella se levanta y  trata de huir. Él la toma del brazo con furia.

- Si piensas que vas a escapar de mí estás muy equivocada, únicamente muerta. Si quieres dile a esos que andan contigo y te dan sus miserias que vengan a buscarte; que ellos también van a coger su mojito.

No se pierde un detalle de la discusión, trata de coger pistas. El temor lo deja sin fuerza tirado entre los rieles, rígido como un muerto. Tiembla de miedo, de infelicidad. Siente los golpes y gritos cada vez más cerca, no puede hacer nada. “Soy un cobarde”. “¿Que va a decir Elena?”

- ¡Salación!.

Dice el hombre cuando tropieza con su cuerpo condenado a los polines fríos de la madrugada.

- ¿Vas a dejarlo ahí tirado? -Pregunta ella.

- Está borracho.

Contesta él a secas, solamente le importaba cuidar del empeño de la víctima por escapar.

- ¿Y si viene el tren? Hasta los asesinos a veces tienen sentimiento.

        Se conmovió y se inclina sobre él. Las respiraciones aceleradas se entrecruzaron en el aire hostil de las circunstancias. Siente las manos del desconocido como garfios hundiéndosele en las axilas, la fuerza al levantarlo  y tirarlo hacia la orilla como si fuera un saco de papas.

- Ya está fuera de peligro. ¿Lo defiendes mantis religiosa, para que mañana sea uno más de tus victimas?

Ella calla, no quiere seguir provocando su ira.

Con los ojos semicerrados para no ser descubierto, él los observa desde la orilla. No puede reconocerlos, parecen fantasma a la luz de la luna y los faroles opacos. De lo que si está completamente seguro es que ella no era Elena, su Elena; y siente un tenue alivio sobre su musculatura deficiente.

La pareja se pierde entre las sombras de la noche, mientras en él se perpetúa el miedo que lo espanta hasta llevarlo al área más iluminada del entorno, un parquecito de rutinas, con bancos de madera donde disipar el susto. Los minutos le parecen horas, las horas siglos. Comienza a sentir el aplomo del cuerpo,  los olores a café y pan  tostado; así  como  los ruidos  que  anuncian el amanecer. Quería terminar con aquella agonía, irse a dar un buen baño y no despertar hasta bien tarde del nuevo día.

Por su mente atraviesan como cuadros cinematográficos las historias más espeluznantes de asesinos en serie que en los últimos días había visto en los programas de televisión. Presta oídos al ambiente. Siente un rumor de voces que viene de la acera de enfrente. Yergue la mirada escudriñadora y para su asombro, ante sus ojos turbios por el alcohol y la mala noche, se erige un cartel lumínico rotulado:

TALLER DE  CORTE Y COSTURA

“El tigre”

“¿El tigre”?, no puede ser casualidad”. “Imposible, ahí solo laboran mujeres”. Vuelve a leer: “El tigre”. Se queda quieto, reflexiona sobre la actitud insospechada de los criminales. Se acerca cauteloso. El local está cerrado, agudiza el oído y oye voces femeninas, indudablemente venían de allí. Se acerca un poco más; escucha grititos cortos interrumpidos y una risa estridente que reconoce enseguida. “Se está volviendo loca”.

Vuelve, arranca de golpe una tabla del banco del parque y regresa furioso, dispuesto a todo. Derriba la puerta de una patada. Para su sorpresa. ¡Que tigre…! No tiene ojos fieros, ni los  colmillos afilados, ni la piel peluda, ni el rostro rudo como los demás tigres; sino todo lo contrario,  y está sobre ella. “¿Un tigre?” El se queda perplejo en el quicio de la puerta, desencajado como un muerto, mientras lo observan y ríen dejando una sensación extraña en el ambiente.


María Rosa Oria Moreno: Poeta y narradora. Nació en Yaguajay, Sancti Spíritus, 1964. Es licenciada en Español y Literatura. Premiada en festivales, eventos y concursos nacionales y extranjeros. Ha publicado en la revista La Pedrada, y el sitio web “Ala décima”.

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