La literatura cubana en los EE.UU.

De traducción y otros demonios

Ana Niria Albo Díaz • La Habana, Cuba

La Habana está de fiesta literaria y del arte del libro se dialoga. Entre gente andariega y andarina que husmea cada rincón de la Cabaña, también están aquellos para los cuales este no es un suceso de diversión y entretenimiento sino el momento ideal de discursar sobre las enigmáticas labores de elaboración del libro, su mercado y gestión.

En un escenario sociopolítico que no escapa a esta era globalizada y globalizante, la traducción literaria se vuelve un ejercicio cada vez más necesario y arduo. Muchos podrían pensar que tal oficio es simplemente un modo de llevar de un idioma a otro las palabras. Nada más alejado de lo que la práctica esboza. De este y otros demonios  se dialogó en la Sala Nicolás Guillén del recinto ferial. El provocador de la conversación fue un experto en la materia, Dick Cluster, quien a su lista de ejercicio de traducción, suma el de la palabra escrita.

La conferencia “Traducción y edición de la literatura cubana en los EE.UU.”  inició con un merecido homenaje a Pete Seeger como gestor del encuentro de Cluster con las letras martianas por el lejano 1965. Al ejercicio que el propio Seeger hiciera de traducción de algunos Versos Sencillos del Apóstol, le siguió la apertura del interés del ponente en cuestión por la literatura de un país tan cercano, pero para ese entonces ya parecía demonizado política y culturalmente en los EE.UU. Cluster se vio identificado con el poder de la literatura y decidió que podía transformarse en vehículo de comunicación a través de la traducción. Más que un deseo, tal acción se convertiría en una necesidad. Requería traducir la lengua y la cultura de un país que “el público lector del país del Norte necesitaba conocer a sabiendas de que lo supiera o no”.

¿Palabra a palabra o la cultura como eje central?

Para este hombre traductor de buena parte de la Antología de 1998 CUBANA: Contemporary Fiction by Cuban Women, la tarea de traducir literatura cubana para el público estadounidense se convierte en un juego en el cual los significados e imaginarios entran en una suerte de entendimiento cultural que es difícil y complejo. La historia de las relaciones entre los dos países en cuestión moviliza no solo desde la política el arsenal al que debe recurrir.

Desmontar los estereotipos que construye el desconocimiento es una de las tareas que ha tomado. ¿Cómo traducir desde otra cultura? He ahí la cuestión. Romper los esquemas que ven solo una Cuba comunista, de baile y fiesta o el extremo nostálgico armado desde los propios EE.UU., es una tarea que inicia cuando traduce una historia como la de Mylene Fernández, La esquina del mundo, en la cual la idea de la vianda no es traducible de otro modo que no sea desde un ejercicio de creación en el que las palabras juegan.

Los límites de la traducción en este caso están derivados de su propio objetivo: la traslación de ideas de un lenguaje al otro no puede romper el monólogo interior del autor, pero a su vez el traductor es quien hace posible el entendimiento entre las culturas.

De la voz de su experiencia se infiere el peso que en su profesión le otorga a la comprensión y atención que se le debe dar a las peculiaridades culturales. Y eso quedó bien claro en su conferencia. No se puede traducir a un cubano de hoy si usted no sabe que se va a la terminal de ómnibus no solo a tomar una guagua para otra provincia sino a situarse en puntos estratégicos de transportación dentro de la propia Habana a través de los almendrones, que no son inmensas almendras, ni máquinas

—como también se les llama— sino los viejos carros, fundamentalmente americanos, comercializados en la primera mitad del siglo pasado, y que han asombrado al mundo por seguir andando por estas calles.

Mercado e industria editorial: Cuba en los EE.UU.

La prosa es representativa de un imaginario social determinado y si lo que dice no está en las representaciones de las realidades editoriales, entonces, ¿por qué editarla? Es esta la hipótesis central de Dick Cluster acerca de la reticencia a publicar no solo cubanos sino todos los diferentes,  de las editoriales estadounidenses. Hay un fuerte prejuicio sobre la literatura traducida, “solo el 3% de lo editado anualmente en los EE.UU. es literatura traducida”, decía el conferencista y mi cabeza solo me permitía recordar una conferencia de Antonio Gaztambide, el historiador puertorriqueño en el que se hablaba de miedo y temor al otro diferente culturalmente.

Sin embargo, el panorama con las letras cubanas parece avanzar un poco. A esta suerte se debe a los intereses diversos y en niveles diferentes de las editoriales universitarias, que ya desde la década de los 90 parecían descubrir o redescubrir a Cuba  para los EE.UU. con la realización de alrededor de siete antologías de la cuentística cubana.  Otras muchas les han sucedido, e incluso libros de un solo autor que alguna editorial independiente asume como un riesgo que puede mantenerla en el apartado outcast mainstream.

En este mapa se introducen las grandes cadenas de venta de libros como Amazon con libros cubanos como los de Wendy Guerra y El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura. Textos que pueden ser leídos desde el marco tradicional de los EE.UU.  pues sus pautas culturales no se corresponden con especificidades nacionales y además les antecede el éxito logrado en el contexto europeo.

Entonces, en este contexto la utopía de que la literatura sea un puente de comunicación y entendimiento pasa por la labor de gestión de comunicador y artista de la palabra que de desde la lengua de partida y la de llegada ejerce el traductor. Y a partir de la conexión entre texturas y sentimientos esta Habana que venera el traductor norteamericano, le escuchó y entendió que traducir forma parte también del arte de hacer un libro.

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