Cantores...

Habáname

Fidel Díaz Castro • La Habana, Cuba

Mirando un álbum de fotos
de la vieja capital,
desde los tiempos remotos
de La Habana colonial.

Mi padre dejó su tierra
y cuando al Morro llegó,
La Habana le abrió sus piernas
y por eso nací yo.

“Habáname” es, sin dudas, una de las más desgarradas y hermosas canciones hechas a nuestra ciudad; lo cual no es poco decir entre varias de Gerardo Alfonso, especialmente “Sábanas Blancas”, “Andar La Habana” de Ireno García, “Hoy mi Habana” de José Antonio Quesada, “Mi Habana sabe a mar” de Ihosvany Bernal, o “Esto no es una elegía” de Silvio Rodríguez, por mencionar algunas entre cientos de ellas. 

Imagen: La Jiribilla

Habana, Habana
si bastara una canción
para devolverte todo
lo que el tiempo te quitó.
Habana, mi Habana
si supieras el dolor
que siento cuando te canto
y no entiendes que es amor.

Pero esta reseña no va únicamente por la canción, sino por un libro que acaba de presentarse sobre la obra de Carlos Varela y que lleva por título “Habáname”. El suceso ocurrió este martes 18 de febrero en el teatro del Museo Nacional de Bellas Artes, con un concierto bien cálido de Varela con su grupo, donde Santiaguito Feliú, fue como el fantasma travieso omnipresente. 

“Semana muy dura esta donde mi generación ha perdido un punto cardinal. Con permiso de ustedes, todo lo que voy a cantar se lo dedico a Santi Feliú, dondequiera que estés”, dijo Carlitos y comenzó a cantar:

Las iglesias hablan de la salvación
y la gente reza y pide cosas en silencio
como los peces,
y en la cara de Jesús hay una lágrima rodando
lágrimas negras.

Pero minutos antes del concierto fue vendido y presentado el libro “Habáname” editado por el Centro Pablo de la Torriente. El libro recoge varios ensayos sobre la obra de Carlos Varela y sus contextos, así como una selección de letras de sus canciones. La compilación la hicieron Karen Dubinsky, profesora de los Departamentos de Estadios de Desarrollo Global y de Historia en la Universidad de Queen (Canadá); María Caridad Cumaná, Máster en Historia del Arte, por la Universidad de La Habana, y Xenia Reloba, periodista y actual editora-redactora de la revista Casa de las Américas. Este libro tendrá su versión en inglés y será vendido en Canadá y los EE.UU.  

Y así tengo enemigos que me quieren descarrilar
haciéndome la guerra porque me puse a cantar.
Pero pongo la historia por encima de su razón
y sé con qué canciones quiero hacer Revolución
aunque me quede sin voz,

aunque no me vengan a escuchar,
aunque me dejen solo como a Jalisco Park.

Carlos Varela es uno de los más destacados trovadores de la segunda generación de la Nueva Trova, conocida como la de los topos, que irrumpió entrando los 80 encabezada por Santiago Feliú, Gerardo Alfonso, Frank Delgado y el propio Carlos; por supuesto que hay otros muchos nombres que surgen en esos años como Donato Poveda, Marta Campos, Pepe Ordás, por mencionar algunos; sin embargo, estos cuatro han trazado una suerte de camino común desde algunos conciertos iniciales que dieron juntos y que los convierten en los puntos más visibles de esa generación.

Imagen: La Jiribilla

En la introducción de un libro con la obra de este cuarteto Trovadores de la herejía, que hicimos con la casa editora Abril escribí: “Cada cual con su poética: Frank, jodedor, con ese humor desbordante, agudo, en ocasiones tierno y golpeado, con sabor criollo a son y guaracha, a veces cierto toque de blues, interactuando con el público hasta en los discos. Gerardo, inagotable, sereno, sacando lo mismo del son que de ritmos afrocubanos, o hasta bordando el blues o el rock, narrando historias, lírico o guerrero, siempre poético. Varela, teatral, se entrega en escena algo distante, como si nos cantara de reojo, para hacernos cómplices de alguna noble maldad; con historias alusivas, personajes desgarrados reales o mitológicos, y una sonoridad entre el rock y country. Santiago filosofando, con su intenso y peculiar guitarreo, entre flamenco y rock argentino, explotando en escena, como extratosférico, a veces algo existencialista, impaciente, como eléctrico. La obra de ellos cuatro, muy seguidas por varias generaciones, resultan imprescindibles para calibrar los últimos 30 años cubanos, basta nombrar algunas canciones al azar y pensar en ellas para que se nos presente Cuba, del pueblo al individuo, en dimensiones diversas: “Sábanas Blancas”, “Vida”, “Guillermo Tell”, “Cuando se vaya la luz mi negra”, “Jalisco Park”, “Son los sueños todavía”, “Veterano”,  “Trovatur”, “Odisea perpetua”, “Habáname”, “Monedas al aire”, “Dicen que”, “Con la adarga al brazo”.           

Trovadores de la herejía, porque los cuatro han sido fieles a la tradición trovadoresca, han cantado lo que han visto, lo sufrido y lo soñado, han sido voces de la gente, de la nuestra y del ser humano universal. Mal mirados por algunos, también han tenido sus malcriadeces que para eso son humanos, pero sobre todas las cosas han sido auténticos trovadores, consecuentes, que han dicho lo que piensan, que han reflejado nuestro tiempo, desde la poesía de sus guitarras, criticando, amando, desafiantes, sin pelos en la lengua. La honestidad es la mejor manera de estar comprometidos con su tierra, por ello son trovadores, herejes, y a la vez hijos que dan testimonio de esa gran herejía que es la Cuba que hacemos para el bien de todos”.    

Ahora nos llega el libro Habáname adentrándose ya en la obra de uno de ellos, Carlos Varela. Textos de ocho autores, cubanos, canadienses, norteamericanos, que ofrecen un abanico de aristas, abarcador, enriquecedor, por tejer en un halo común visiones diversas. Joaquín Borges-Triana, Jackson Browne, Rubin Moore, Robert Nasatir, Susan Thomas, se suman a Karen, María Caridad y Xenia, para entregarnos esta obra que quiero ver como una de las tantas que vendrán para encontrar esencias no solo de nuestra cultura, de nuestra espiritualidad, sino para entender mejor la vida y la historia del pueblo cubano, y más, el panorama latinoamericano y universal en el tiempo en que están talladas estas obras; pues un trovador no solo canta a lo que lleva dentro y su más cercano contexto, es también un testigo crítico y enamorado de su época. 

En los agradecimientos del libro puede leerse: “Este proyecto empezó en La Habana en 2004, cuando María Caridad Cumaná, una experta en cine cubano, aconsejó a Karen Dubinsky, investigadora canadiense: —si quieres entender cualquier cosa acerca de la historia reciente de este país, tienes que comenzar por la música de Carlos Varela”.

Un día, jugando, no supe por qué,
en el 67 mataron al Che,
y así giró su historia, como el carrusel
y la soñada idea de ser como él.

Después el pelo largo, la moda y la confusión,
llegaban al 70 con el sueño del millón
y así surgió aquel loco que primero nadie entendió
diciendo cosas raras como en aquella canción:
“La era está pariendo un corazón
no puede más se muere de dolor...”

Como en “Jalisco Park”, la historia está rodando en las canciones de esta generación, seguidora de aquella que a mediados de los 60 fue llamada la Nueva Trova, encabezada por Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú, a la que se suman, con diferencia acaso de un par de años, Pedro Luis Ferrer, Augusto Blanca, Lázaro García... en fin, un proceso que viene perfilándose y creciendo desde mediados del siglo XIX y en el que cada época le da su toque, su visión, su poética, su sonoridad.

Un gran regalo de esta Feria Internacional del Libro, La Habana 2014, es este título que buenas almas de EE.UU., Canadá y Cuba, llevan adelante, y que puede traer otras muchas miradas a lo más hondo de la espiritualidad y la historia cubanas; es también el mejor sendero de la solidaridad humana, y qué mejor manera de sintetizarse que en el título Habáname que es algo así como ámame desde la Habana.

En la presentación del libro hubo enamoradas palabras de Karen Dubinsky, Xenia Reloba y Robert Nasatir, en todas estuvo presente la alegría de compartir el abrazo, y el más hondo dolor por la partida de Santiaguito Feliú. Luego Carlos Varela con su grupo hizo un sentido concierto de 13 piezas, en las cuales resaltaron algunas de su primer disco poco tocadas por él en los últimos años.

De resaltar es el “Blues del boxeador”, dedicada al campeón Douglas Ponce, donde el piano de Aldo López Gavilán, estremeció desbordado de sutilezas, al punto de que su solo provocó una ovación que dejó en pausa la mitad de la canción, y prosiguió luego hasta el silbido callejero de Carlitos. Así mismo, estremecedor el momento en que cantó “Árboles raros”, una canción que compuso en sus inicios, dedicada a Gunila, aquella sueca, novia de Santiaguito, amada por todos aquellos trovadores errantes, con lo cual como que llamaba con su canto a ese hermano recientemente perdido:

Pasó seis años y otro poco
viviendo igual, pero soñando,
y hasta cantó con esos locos
que el tiempo ya nos va cansando.

Otras piezas cantadas fueron: “Como los peces”, “Muros y puertas”, “El árbol de los pájaros dormidos”, “Telón de fondo” (con otro momento de alto vuelo pianístico de Aldo), “Habáname”, “Nubes”, y “Siete”. Interpretó también “Colgando del cielo” e invitó a escena a un niñito, de unos cuatro o cinco años, Juan Alberto, que cantó con él, vestido también de negro, con sombrero y guitarra, arrancando ovaciones por su gracia y la manera en que imitaba a Carlos.

El concierto fue cobrando temperatura hacia su antológica “Memorias”, que cantó con Gerardo Alfonso y Frank Delgado, y que hizo pensar en la pata de esa mesa que faltaba, el Santi. Seguidamente, como clímax de la noche se sumaron Adrián Berazaín con su armónica y dijo Varela:

“En esta semana dura hay que cantar para Santiago, y vamos a hacer una de las canciones mas hermosas que se ha escrito de habla hispana, “Para Bárbara”.

Imagen: La Jiribilla

El público cantó estremecido ese himno de amor de Santiaguito. Y en el cierre iluminaron con luces el lunetario, cuando Carlos Varela se despedía con la pieza “Como un ángel”.  

Celebremos entonces este nuevo acontecimiento de la Feria del Libro, este regalo del Centro Pablo, este nuevo abrazo a la trova y las esencias espirituales de Cuba, con el texto de esta canción que Carlos Varela compuso inspirado en ese maestro del cine cubano, Tomás Gutiérrez Alea, y que constituye una de sus obras emblemáticas, “Memorias”.

Memorias

Estoy sentado en el contén del barrio
como hace un siglo atrás
a veces me pasan en la radio,
a veces nada más.
y "Memorias del Subdesarrollo"
sigue gustando aún
es extraño que a los 20 años
no se apagó su luz.
No tengo Supermán, tengo a Elpidio Valdés
y mi televisor fue ruso.
No tengo mucho más de lo que puedo hacer
y a pesar de todo lucho.
No tuve Santa Claus, ni Árbol de Navidad
pero nada me hizo extraño
y así pude vivir teniendo que inventar
los juguetes una vez al año.

Y cuando los discos de los Beatles
no se podían tener
los chicos descubrieron que sus padres
lo escuchaban también.
Cambiamos mercenarios por compotas
cuando Playa Girón
y a las fiestas íbamos con botas
cantando una canción de Lennon.

No tengo Supermán, tengo a Elpidio Valdés
y mi televisor fue ruso.
No tengo mucho más de lo que puedo hacer
y a pesar de todo lucho.
No tuve Santa Claus, ni Árbol de Navidad
pero nada me hizo extraño
y así pude vivir teniendo que inventar
los juguetes una vez al año.

Estoy sentado en el contén del barrio
como hace un siglo atrás
a veces me pasan en la radio
a veces no,
a veces nada más, a veces.

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