A propósito del 140 aniversario de la caída de Carlos Manuel de Céspedes:

Un combatiente para todos los tiempos

Fernando Luis Rojas • La Habana, Cuba

I.

Durante el panel “Cubanos hablan de Martí” convocado el pasado mes de enero por el Movimiento Juvenil Martiano y la librería Alma Mater, abordé algunos aportes de carácter metodológico presentes en la obra martiana que constituyen claves para encarar la contemporaneidad. La presión del tiempo impidió profundizar en este sentido. Por ello, y por la cercanía del aniversario 119 del inicio de la contienda del 95 vuelvo sobre el tema.

Es un hecho bastante aceptado, que durante la labor preparatoria de la Revolución del 95 José Martí estuvo animado por la presencia de una dialéctica entre continuidad y ruptura. En la escuela cubana actual se presenta este elemento a través de diferentes aspectos: la propia denominación de “Tregua fecunda” o “Reposo turbulento” al período comprendido entre 1878 y 1895, la superación desde la herencia recibida por el fundador del Partido Revolucionario Cubano y el contexto en que desarrolló su labor de los objetivos fundamentales de la Guerra de los Diez Años, su preocupación de reunir a los patriotas de la anterior gesta y los jóvenes que irrumpían en el escenario liberador cubano en la década del 90, las permanentes alusiones y análisis realizados sobre la Guerra grande” en artículos y discursos como los pronunciados en las conmemoraciones del 10 de octubre y la recordación de episodios y figuras excelsas del período 1868-1878.

Entre estos últimos, ocupa un lugar primordial el iniciador de la contienda: Carlos Manuel de Céspedes. Un hombre que en medio de la guerra y la mirada posterior en el siglo XIX generó posiciones diversas.

Los esfuerzos de José Martí por aquilatar la figura de quien fuera llamado el “nazareno cubano” constituyen un acto de justicia histórica, pero sobre todo, expresan esa relación entre continuidad y ruptura que marca la preparación de la Guerra Necesaria desde el análisis de las experiencias libertarias anteriores. No constituye un hecho casual que el Apóstol estimulara la publicación de las nueve conferencias que Fernando Figueredo elaborara entre 1882 y 1885 donde recoge su visión sobre pasajes de la Guerra de los Diez Años. En carta fechada en Nueva York el 25 de febrero de 1894, escribe Martí a Figueredo: “Me prometo publicarla en dos tomos y hacer una edición dedicada a la Revolución que propagamos: quiero formar el alma del nuevo Ejército al calor de las enseñanzas del viejo (…) me esforzaré porque cada soldado lleve consigo esta obra (…) Que aprenda tanta lección patriótica como los buenos nos han legado y sepa apartarse del camino que, con sus errores, sembraron los que, en mal hora, abandonaron la senda de la felicidad de Cuba”[1].

¿Cómo comienza el libro de Fernando Figueredo? La primera conferencia relata la deposición de Céspedes como Presidente de la República en Armas en octubre de 1873, expresión de las contradicciones internas que marcaron la trayectoria insurreccional. De esos errores, pretende apartarse Martí en medio de su febril actividad política. La obra no se publicó hasta 1902, con ocho años de retraso respecto a su deseo, cuando ya había culminado la Guerra del 95 y se frustrara el ideal de independencia y República martiano. Como señala Salvador Morales: “Esto es importante, pues nadie puede negar que en el curso de la guerra que se inició en 1895, retoñaron pugnas y ambiciones semejantes a las surgidas durante la guerra del 68”[2].

II.

La evocación de Céspedes por José Martí durante su actividad proselitista en la emigración, se expresa con fuerza en diferentes artículos y discursos; varios de ellos anteriores a la creación del Partido Revolucionario Cubano en 1892. En este sentido cuentan los discursos conmemorativos del 10 de octubre pronunciados en Masonic Temple (Nueva York, 1887 y 1888) y Hardman Hall (Nueva York, 1889, 1890 y 1891).

Resulta curioso —aunque no sorprende— que en el primero de estos discursos José Martí no menciona directamente a Céspedes. No sorprende cuando se atiende a la esencia del texto: un llamado por articular las fuerzas revolucionarias que permanecen en Cuba y las de la emigración; un análisis profundo de la necesidad de preparar la nueva contienda[3], eludiendo el asalto de las pasiones que lanzarían a los cubanos a una guerra que si bien podría conducir a la independencia, estableciera en Cuba “una República incompleta, parcial en sus propósitos o métodos, encogida o injusta en su espíritu”[4]. Con el recuerdo vivo de las contradicciones generadas al calor del llamado Plan Gómez-Maceo y las críticas a su actividad[5], Martí apuesta —presumiblemente— por alejarse nominativamente de las figuras en el tempestuoso camino de construir el consenso. Sin embargo, aunque alude a la generación del 10 de octubre de 1868 como bloque, se respira el lugar que otorga al iniciador Carlos Manuel de Céspedes: “Los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de la Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de su fortuna, salieron a pelear (…) cuando los dueños de hombres, al ir naciendo el día, dijeron a sus esclavos: ‘¡Ya sois libres!’”[6].

Lo mismo ocurre en sus discursos de Hardman Hall en 1889 y 1891. El primero constituye una joya en materia de lucha política y con interesantes alusiones a cuestiones clasistas. Animado por la labor del Partido Autonomista se despeña en la argumentación de sus nefastos efectos para la causa de la Revolución y la inevitabilidad de la misma. Si dos años antes, la perentoria necesidad de retener las pasiones en aras de la preparación efectiva de la contienda constituyen uno de los ejes de su discurso; ahora, sin renunciar a la esencia organizada, rápida y completa de la guerra, agita los espíritus ante el peligro de la desmovilización: “Lo único que ha logrado el partido autonomista de veras, porque es lo único que con tesón procuró, ha sido el trastorno de los elementos que a haber estado unidos, como debieran, pudiesen precipitarlos, como fin natural de su política, a la guerra a que sólo tienen derecho a resistirse mientras presenten prueba plena de su capacidad para evitarla”[7]. Nuevamente, el ejemplo de los hombres del 10 de octubre de 1868 actúa como brújula, y en franca articulación con el carácter —más beligerante— de esta pieza oratoria señala el camino de la lucha por la libertad: “(…) aquellos tiempos eran maravillosos. Ahora les tiran piedras los pedantes, y los enanos vestidos de papel se suben sobre los cadáveres de los héroes, para excomulgar a los que están continuando su obra”[8]. Este reconocimiento de Martí, como continuador de la gesta del 68 y el profundo análisis que realizó en estos años de los errores y desventuras de la Guerra Grande expresan esa dialéctica que mencionamos al principio entre continuidad y ruptura.

Precisamente en 1891 profundiza —con mayor intención— en las faltas del 68 y lo más importante, desbroza metodológicamente esta apropiación, fruto de estudio y sacrificio, de una visión compleja, de tomar y superar de la práctica cubana precedente: “Y este culto a la Revolución, que sería insensato si no lo purgase el conocimiento de sus errores…”[9]; pero también de la experiencia liberadora de las naciones al sur del Río Bravo: “(…) ni tememos a esos peligros de América tan decantados: porque venimos después de ellos, —y ni la América ni nosotros hemos vivido en vano…”[10]. Fiel a su línea discursiva, no apologiza a los hombres de La Demajagua, los muestra en la dimensión humana que eleva su entrega y la ubica en condición inspiradora para continuar el combate anticolonial —que ahora, gracias a la experiencia y el nuevo contexto— puede proponerse un alcance mayor: “Amamos, con todos sus pecados posibles, a los que, en la hora de arriesgarse o de temer, se fueron tras el honor, yarey al aire”[11].

III.

El trabajo de José Martí que aborda con mayor especificidad la figura del “Padre de la Patria” es su artículo “Céspedes y Agramonte”, publicado en El Avisador Cubano el 10 de octubre de 1888. Afortunadamente, este excelente escrito se incluyó en la selección de textos martianos para la enseñanza secundaria en Cuba; aunque por esos vicios de nuestra contemporánea práctica pedagógica se utilice para memorizar frases del Apóstol y endilgar calificativos al hombre de La Demajagua y al líder camagüeyano. Otros fragmentos, ricos para estimular la discusión y provocar lecturas hacia la contemporaneidad permanecen en un descanso impuesto.

En este sentido, la remembranza de Céspedes cuenta con un interesante hilo basado en la relación entre el individuo y el poder. En primer lugar destaca la forma en que lo ejerce tras la toma de Bayamo, convertida en la primera ciudad liberada durante la contienda del 68. Congratula la incorporación de varios españoles como miembros del Municipio, antecedente de esa concepción incluyente que Martí identificaba con su ideal de República y destaca las formas cespedianas en esa hora fundacional: “Pone en paz a los celosos; con los indiferentes es magnánimo; confirma su mando por serenidad con que lo ejerce. Es humano y conciliador. Es firme y suave”[12].

Luego, penetra en el proceso operado en el Padre de la Patria y a no dudarlo — sin desconocer la colectividad que rodea el 10 de octubre de 1868— lo ubica como la figura excelsa de la clarinada anticolonial. Le llama “el primero en obrar”, “el árbol más alto del monte”; y lo más importante, lo salva de cualquier acusación de aventurerismo o ligereza política cuando dice: “Asistió en lo interior de su mente al misterio divino del nacimiento de un pueblo en la voluntad de un hombre…”[13]. Esa visión, ese protagonismo, tiene sus riesgos cuando se traduce en gobernar espíritus indomables, generaciones diferentes de hombres que ponen su vida al servicio de la libertad; en conjugar las experiencias diversas sobre los procesos libertarios precedentes. Martí se adentra en este terreno escabroso y en los fragmentos dedicados a Céspedes su prosa es canción, adelanto quizás, de esa escrita por Silvio Rodríguez en 1977: “Ese hombre que por hechos o por dichos es respetado tanto. Ese hombre que por dichos o por hechos es festejado tanto. Debiera olvidar que casi iba solo cuando desnudó aquella emoción que ahora es de todos”.

En rigor, fue el hombre de La Demajagua el mejor ejemplo de radicalización en los primeros cinco años de la guerra, la expresión cimera de la disciplina y la subordinación a la causa mayor de la independencia, la voluntad más férrea contra la que se estrellaron sus presumibles captores —y en la práctica verdugos— aquel 27 de febrero de 1874: “Baja de la presidencia cuando se lo manda el país, y muere disparando sus últimas balas contra el enemigo, con la mano que acaba de escribir sobre una mesa rústica versos de tema sublime”[14].

IV.

Para José Martí el 10 de octubre de 1868 es escuela, fragua y fuerza movilizadora para la causa que marca su aliento y sufrimiento: la libertad de su patria. Criticado, pero también buscado y llamado, su labor epistolar es prueba de ello. En la mencionada carta a José Antonio Lucena, respondiendo a una invitación de la emigración de Filadelfia para conmemorar el 10 de octubre, alude a la universalidad del conflicto iniciado 17 años antes cuando dice que: “(…) escribieron una epopeya en tiempos en que ya no parece el mundo capaz de escribirlas ni de entenderlas”[15]. Declina la invitación, pero siente la necesidad imperiosa de destacar su compromiso con los combatientes del 68 y la condición de continuador de su obra, con el propósito firme de llevarla a buen término. La guerra es inevitable, pero debe construirse para garantizar la victoria y asegurar la independencia de extraños y propios.

Con esa voluntad y compromiso, los que con el Apóstol llamamos a la Revolución de Yara “sagrada madre nuestra, no podemos hacer menos que recordar al iniciador Carlos Manuel de Céspedes cuando se cumplen 140 años de su caída en combate. Pero también necesitamos convertir al hombre de La Demajagua —como hizo José Martí en 1895— en protagonista de las luchas que nos quedan en este país imperfecto y en este mundo hostil.


[1] Martí, José. Carta a Fernando Figueredo. En La Revolución de Yara 1868-1878.Instituto del libro, La Habana, 1968. p. 7.
[2] Morales, Salvador. Introducción. En La Revolución de Yara 1868-1878.Instituto del libro, La Habana, 1968. p. XIII.
[3] Una excelente exposición sobre el tema puede encontrarse en la “Carta a Juan Ruz” del 20 de octubre de 1887 y en la “Carta al General Máximo Gómez del 16 de diciembre del mismo año en Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. pp. 239-244, 248-254.
[4] Martí, José. Discurso en conmemoración del 10 de octubre. En Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. p. 236.
[5] A propósito pueden consultarse las cartas de José Martí “A los cubanos de Nueva York” del 23 de junio de 1885 y “A José Antonio Lucena” del 9 de octubre de 1885 en Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. pp. 13, 78-82.
[6] Martí, José. Discurso en conmemoración del 10 de octubre. En Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. p. 227.
[7] Martí, José. Discurso en conmemoración del 10 de octubre. En Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. p. 444.
[8] IBIDEM. p. 440 (subrayado de FLR).
[9] Martí, José. Discurso en conmemoración del 10 de octubre. En Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. p. 557.
[10] IBIDEM. pp. 561-562.
[11] IBIDEM. p. 561 (subrayado de FLR).
[12] Martí, José. Céspedes y Agramonte. En Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. p. 321 (subrayado de FLR).
[13] Martí, José. Céspedes y Agramonte. En Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. p. 321.
[14] IBIDEM. p. 321.
[15] Martí, José. Carta a José Antonio Lucena. En Obras escogidas en tres tomos, tomo II. Editora Política, La Habana, 1979. p. 78.

 

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