Todo lo aproxima la Feria del Libro

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

En noviembre de 1949 se celebró la IX Feria del Libro, auspiciada por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. Tenía como sede el Parque Central habanero. Si hoy recordamos ese evento, más bien magro, se debe a que José Lezama Lima le dedicó dos textos en su sección “La Habana”, en la página tres del Diario de la Marina. El autor de Enemigo rumor no disimulaba el menguado alcance del evento: “Las casetas de libros agrupadas circularmente; los libreros de viejo con libertad para situarse y ofrecer sus sorpresas y todos los que tengan colecciones y series, años de periódicos y revistas, podrán llegar hasta allí, para atraer su público”.

En el segundo de ellos, no oculta, sin embargo, su entusiasmo por el alcance cultural que adivina en tal encuentro:

Otra vez se desbordará la gran democracia del reino del espíritu, que acerca en mezcla hirviente los textos más dispares; se ha visto en una carretilla de venerables libros viejos, besarse las carátulas de un Platón y de un Vargas Vila; la barba navegable de Bakunin le ha hecho cosquillas a un Juan Jacobo; todo lo aproxima la Feria del Libro.

Han transcurrido 65 años desde entonces y las circunstancias de Cuba y de su Feria del Libro son muy distintas. Una iniciativa local y parca que reunía a unos centenares de habaneros se ha convertido en un espacio internacional, extendido por toda la Isla, que moviliza a muchos miles de cubanos. Un proceso revolucionario, una campaña de alfabetización, el crecimiento en la enseñanza general y especializada, han marcado la diferencia.

Para el poeta era muy importante hace más de medio siglo que los volúmenes salieran de las librerías, que eran por entonces un sitio para enterados, casi fraternidades secretas, y se mostraran en el espacio público para capturar a potenciales lectores. Que alguien pudiera acercarse a un ejemplar, aunque fuera muy usado, del Banquete platónico o de Las Confesiones de Rousseau, significaba la probable ganancia de otro cómplice para el mundo de la cultura, alguien que quizá pudiera mañana tener el oído atento para los latidos de Orígenes o saludar el advenimiento de esa novela que por entonces comenzaba y que tardaría muchísimo en ver la luz bajo el nombre de Paradiso.

Por entonces había en Cuba pequeños impresores, no editoriales y los autores tenían que buscar mecenazgos o contar céntimos para pagar una mínima tirada de sus obras de las que no siempre las librerías existentes querían recibir ejemplares a consignación. Sin embargo, promover en el espacio público la venta de libros de uso y exhibir ejemplares por largo tiempo carenados en los estantes, era ya todo un acontecimiento para la vida espiritual de la polis.

Imagen: La Jiribilla

Para los escritores cubanos de hoy el panorama es diferente. Entramos jubilosos en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña o en el Pabellón Cuba y no es difícil cerciorarse de que el mundo editorial cubano ha avanzado muchísimo desde aquella histórica edición del Quijote por la Imprenta Nacional en 1960. Es cierto que hay limitaciones materiales, problemas con la distribución de los libros, manquedades de la crítica, torpezas en la promoción de los autores, pero el quehacer de más de medio siglo está allí para ser juzgado.

Otras son las preocupaciones que vienen a atenazarnos. La primera de ellas tiene que ver con la lectura. No basta con saber que la población cubana tiene altas cifras de escolarización, siempre resulta incierta la posible magnitud de quienes leen al menos un libro al año. No ayudan mucho en ello las estadísticas de ventas, es probable que unos miles de ciudadanos adquieran y consuman un amplio número de títulos, pero ¿y el resto? Más allá de que los libros en Cuba sigan siendo los más baratos del mundo – lo que permite aún la posibilidad de que alguien compre volúmenes por razones de curiosidad o hasta de prestigio y luego los destine, en el mejor de los casos, a un estante de su sala. Los misteriosos mecanismos de aproximación y desarrollo de la lectura siguen convocando a teóricos cada vez más especializados. Lo que resulta cierto es que los escritores no podemos conformarnos con que nuestras obras queden apenas confinadas al llamado “mundillo intelectual”, porque, en sentido general, escribimos pensando en un público potencialmente mucho mayor, que casi nunca llegamos a conocer pero que suponemos allí, siguiendo nuestras obras como jueces invisibles.

Más allá, está la cuestión universal de la llamada “crisis del libro”. Es indudable que el progreso de la técnica ha desarrollado una serie de incitaciones que captan con fuerza la atención del público y restan la posibilidad de ese momento privilegiado de permanecer a solas con un texto. Puedo dar fe de que crecí en medio de una familia de lectores que me facilitaron el acceso a Julio Verne y a Emilio Salgari y que no me fue difícil dejarlos muy pronto atrás a favor de Homero, Eurípides, Cervantes, pero es cierto que en mi infancia y adolescencia el mayor peligro para la lectura era la televisión, una televisión que tenía solo dos canales, trasmitía en blanco y negro y donde la programación de interés para los de mi edad no rebasaba, con mucho, las dos horas. Estaba el cine, pero a él se asistía una o, si acaso, dos veces a la semana y tener proyecciones privadas en el hogar era cosa impensable. Hoy, gracias a los ordenadores personales, los lectores de discos de video y hasta las tablets, un buen número de niños y jóvenes se sumergen más fácilmente en una serie audiovisual o se consagran a los siempre renovados videojuegos, con más facilidad de lo que pueden concentrarse un libro.

Es cierto que ha nacido un heredero del volumen de papel, el libro electrónico. En un sencillo dispositivo caben miles de ejemplares, de manera que una persona puede viajar en un ómnibus llevando consigo toda una biblioteca como no pudieron hacer en sus viajes un Voltaire, un Martí y o un Carpentier. ¿Pero qué se produce hoy para rellenar esos equipos? Por cada buena novela, ensayo o afortunado libro de poesía, clásico o contemporáneo, que accede a ese mecanismo, se multiplican los libros de autoayuda que a muy poco ayudan, los materiales de mística ajenos a las grandes tradiciones de la espiritualidad y más enajenantes que vitalizadores y la seudoliteratura de ciertos bestsellers pretende invisibilizar la escritura auténticamente artística.

Pero no todo es oscuro en el panorama. A pesar de pronósticos pesimistas el libro de papel no ha desaparecido al surgir el electrónico, así como el teatro no murió al nacer el cine, ni este colapsó íntegramente al aparecer el video. Ambos formatos parece que convivirán por mucho tiempo. Si ciertos emporios editoriales entran en crisis o se dedican a la baja industria del texto enlatado, surge en la red de redes una multiplicidad de pequeños proyectos editoriales, que ofrecen muchísimas alternativas a los lectores pertinaces. La producción de buena literatura fuera de los grandes circuitos está apoyada ahora por estos proyectos que ofrecen la descarga de libros electrónicos muy económicos y hasta la impresión de ejemplares según demanda, para los lectores tradicionales.

Aunque Cuba está lejos aún de disponer de una economía tal como para que la mayoría de su población disponga de un lector de libros electrónico o un tablet, ya en esta Feria podrán apreciarse los esfuerzos de diversas instituciones: Cubaliteraria, Citmatel, Ruth Casa Editorial y otras, que presentarán textos en ese novedoso formato, desde una selección de versos de la bicentenaria poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda hasta una biografía de la joven bailarina Viengsay Valdés. Sin lugar a dudas la transición del papiro al pergamino, de la vitela al volumen en papel impreso de Gutenberg, trajo ciertos traumas, pero en todos los casos, el cambio de soporte o de procedimiento propició una ampliación en el número de destinatarios. Algo así debe suceder también entre nosotros.

Creo que puedo suscribir, con mínimos detalles de diferencia, aquella jubilosa exclamación de Lezama:

Por esto tiene tanto sentido que se ofrezca al habanero la Feria en medio del Parque Central, que si todo el año es una especie de ágora hirsuta, donde se discute hasta las horas albeantes sobre todo lo humano y lo divino, es en esta época, en estos días de la Feria un ágora pulida que se estremece a cada instante con la evocación de los nombres luminosos: Platón, San Agustín, Spinoza, Plutarco, Dante, Goethe, Dostoievski…

Sólo que yo, con motivo de esta XXIII Feria Internacional del Libro, dedicada a la hermana República de Ecuador y a los dos siglos del nacimiento de una de las mayores figuras de nuestro romanticismo literario: Gertrudis Gómez de Avellaneda,  no hablaría de habaneros sino de todos los habitantes de la Isla y agregaría a la lista de escritores a Martí y a Carpentier, a Lezama y a Cintio Vitier y un larguísimo etcétera en el que estaríamos implicados los autores de la hora actual. Pero la emoción es la misma.

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