Escribir historias: cultivar bonsáis

Lisandra de la Paz • La Habana, Cuba
Viernes, 21 de Febrero y 2014 (1:30 pm)

No era esta la primera vez que intercambiaban razones, gustos y experiencias literarias. Aunque cuando se habla de literatura el pasado, los contextos y la personalidad delatan infaliblemente, ya desde antes se sabían el chileno Alejandro Zambra y la cubana Wendy Guerra; se eligieron el uno al otro en la famosa antología de cuentos latinoamericanos Bogotá 39 aunque había 38 personas de por medio, comentó la autora de Todos se van (Premio Bruguera 2005).

Al leer la obra de Zambra Formas de volver a casa, ella se percató de que ambos pertenecían a un “universo de sociedades muy cerradas, sociedades en las que juzgar desde fuera es muy difícil. Los dos teníamos un discurso paralelo”. Por su parte, después de la noticia de que serían publicados en Cuba por vez primera —Zambra con Bonsái y La vida privada de los árboles, editado por la Asociación Hermanos Saíz (AHS); Guerra con Posar desnuda en La Habana de Letras Cubanas—, él se sintió completamente feliz, y “si me preguntaran qué se siente ser publicado por primera vez en Cuba, es maravilloso, pero ojalá todos pudieran ser publicados en Cuba”.  

Así se presentaron los escritores invitados al espacio Conversando con el otro que se desarrolla en la Universidad de La Habana como parte de esta 23 Feria Internacional del Libro. Los diálogos se extenderían no solo a la presentación de los libros anunciados, sino a las influencias literarias de ambos escritores y a la literatura cubana, chilena, latinoamericana en fin.

“Las novelas Bonsái (Premio de la Crítica de Chile 2007) y Posar desnuda en La Habana surgen como una reacción —según el moderador del encuentro Carlos Aníbal Alonso—. La de Wendy como una reacción a los diarios de la escritora francesa de padres cubanos Anaïs Nin, reacción que termina siendo una escritura apócrifa de los diarios, donde Wendy trata de solapar o confundir su estilo con el de Nin; experimento que es grato en más de un sentido. En el caso de Alejandro, mucho de lo que pasa en la novela surge de la reacción a una lectura de los personajes principales Julio y Emilia. De manera general me resulta muy llamativo que el motor impulsor de las novelas sea la reacción a una lectura”.

Cuenta Alejandro Zambra que estuvo escribiendo por mucho tiempo esta novela, que es muy corta, que es un bonsái de novela, como la imaginó desde un principio. Concibió este proyecto “más bien como un resumen de una novela muy larga, una novela luminosa en la que puse una disposición creativa que creo estaba buscando, y es la historia de dos estudiantes de literatura”.

El escritor chileno confiesa que en aquellos tiempos en los que él estudiaba literatura hispánica en la Universidad de Chile, existía una “negación de nuestra participación en la historia”, pues no podían opinar sobre los sucesos que afligían el pasado del país andino. Por las tantas cosas impuestas, incluyendo la literatura, “nosotros los estudiantes de literatura poco a poco nos fuimos convirtiendo en grandes simuladores, y para validarnos ante de nuestros profesores, cuando nos tocaba hablar, lo hacíamos impostando mucho la voz para sonar creíbles, porque no habíamos leído nada de lo que nos habían mandado a leer”.

Y si le preguntaran ¿por qué Bonsái?, respondería: “Por un lado me parecía que tenía que ver con la creación, y también con toda esta creencia de intentar ser más altos que los árboles. Por otro lado, guardaba relación con mi generación en más de un sentido, por el hecho de ser obligados a crecer de cierta forma”. En la contraportada de la edición cubana de este libro puede leerse algo que alguna vez declaró Zambra sobre Bonsái: “no es una novela, ni nouvelle, ni cuento, sino una deformación de todos esos formatos, tal como los bonsáis son árboles mutilados y distorsionados que buscan convertir lo convencional en algo único”.     

Más allá de que a estas novelas las impulse la reacción a una lectura, para Wendy Guerra el uso del apócrifo en los dos libros está en el hecho de cortar las raíces para manipular algo, para reinterpretar algo. “Posar desnuda en La Habana es un diario apócrifo de pocas páginas donde yo, que no soy nada humilde, me propuse bajar mi voz y subir la de Anaïs Nin, y  reinventar la historia a mi modo”. Tras doce años de investigación, se construye un libro en el que no existen fronteras entra fantasía y realidad, pues “yo no sé dónde está la fantasía y la realidad de Anaïs Nin”, afirma Wendy. Sin hacer cambios en la ortografía de los diarios originales, porque de lo contrario “se cambiaría el aliento” de esta escritora, la obra intenta mantener intacta La Habana de los años 20 de Anaïs Nin. “Esta no es literatura pura y dura —aclara Guerra—, pero es el homenaje a una mujer hija de Cuba, hija de cubanos y que cambió el rumbo literario de la mujer”.

Posar desnuda en La Habana impresionó a Alejandro Zambra porque “creo que se trata sobre todo de una cultura nacional, desde un punto de vista que nunca renuncia a la complejidad. Narra el interior de lo que parece liso y llano, de lo que quiere engañarnos, y esto está muy bien hecho en el libro. Es un libro que está intentando estar acá en Cuba, es un texto de cómo esta hablante actualiza sus diarios de infancia y empieza a reconstruir el hecho de estar acá, el hecho de interrogar y plantearse frente a lo nacional”.

Bonsái impresionó a Wendy Guerra porque “la diversidad literaria única es incuestionable. Para mí es muy importante que en mi país hayan invitado a Alejandro Zambra; creo que los lectores cubanos están preparados para entender esta obra. Alejandro viene de una dinastía latinoamericana como Osvaldo Soriano, por ejemplo, que conecta mucho con el sentimiento y la poética de la cotidianidad. Alejandro no se parece a nadie, y es muy difícil no parecerse a Bolaño en esta generación de escritores”.

Es curioso, sin embargo, cómo Roberto Bolaño se hizo presente en el encuentro, casi tan vigente como en la vida personal de estos dos autores. Para Zambra, Bolaño es “un caso particular de escritor, que tenía mucho que ver con la poesía chilena”, y por eso su relación con él se hizo más fuerte dado que sus primeros pasos como escritor fueron en la poesía. Wendy Guerra llegó a conocerlo personalmente, en su agencia, y lo conoció antes de leer su obra; su relación con Bolaño, dijo, “es muy íntima, casi perfecta”, y no quiso hablar más.

Hubiera quedado celosa la literatura cubana si solo la chilena, con uno de sus escritores más notables, hubiera sido abordada. Y es que, al igual que la chilena, “la literatura cubana es canónica de la latinoamericana, ya está confirmando una expectativa respecto a lo latinoamericano —sentenció Alejandro Zambra—. Hay una sensación de polisemia, hay una relación conflictiva que la hace grande. En Cuba se escribe como se habla, a diferencia de Chile que todo se vuelve más formal, porque es mucho lo que decimos pero no escribimos; y la experiencia del lenguaje liberado puede liberar”.

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