El Instituto Cubano del Libro

Rolando Rodríguez • La Habana, Cuba

Cuba es un país de hombres que han escrito hermosos y muy importantes libros y, sin embargo, hasta más allá de mediados del siglo XX era un país sin libros. El siglo pasado, Cecilia Valdés se imprimía en Nueva Orleáns y la poesía de Heredia en México. Desde luego, una censura implacable no permitiría que las obras de martí se editaran en Cuba. Mas, si durante la colonia muchas de las obras emblemáticas de nuestra cultura no se imprimían en la Isla no se debía a que la imprenta hubiese llegado tarde, su desarrollo fuese escaso o la censura actuase, sino en cierta medida por razones sociales: la cultura, factor esencial en el surgimiento de nuestra nacionalidad, estaba arrinconada por la mediocridad de la sociedad colonial y, por ejemplo, José Antonio Saco tenía que asegurar por suscripción o mecenazgo la venta de sus obras para que el editor aceptara el reto de su edición. Con la república la situación no varió demasiado. Reconstrucciones de las estadísticas apuntan que, hacia la década del 50 de este siglo, en Cuba se editaba mucho menos que un millón de ejemplares. Si se busca el informe al I Congreso del Partido puede observarse que los libros editados al año por habitante, antes del triunfo revolucionario, se calculaban en 0,2, lo cual incluía libros de texto. Desde luego, también había obras importadas, pero, con todo, sobraban las librerías del país. Soy de santa Clara, y allí había dos librerías pequeñitas y los libreros literalmente se morían de hambre, porque el problema del libro consistía fundamentalmente en que no había lectores. Por qué lo iba a haber si no había un clima cultural, social, que impulsara la lectura, que creara un hábito de leer. El libro podía ser barato, pero no por eso se adquiría o leía. Esto explica también que las obras de Alejo Carpentier se publicaran siempre en el exterior, y también muchas de Nicolás Guillén. Una primera edición de Motivos de Son, que se imprimió en Cuba se debió a un premio de la lotería que tocó en suerte a Guillén. Eso me lo contó él. Por su parte, Alejo tenía que editar en Argentina o México. En Cuba apenas había editoriales y las que había, como Cultural, Lex o Minerva, editaban sobre todo libros de texto, pero la literatura, las ciencias, entre ellas las sociales, no encontraban de hecho un mercado que justificase la edición. Como el mercado prácticamente todo lo determina en una sociedad capitalista, podía resultar que se escribiese en Cuba un nuevo Quijote, pero aquí no cabalgaría.

En marzo de 1960 se originó el conflicto de los periódicos Excelsior y El País, cuyos dueños los abandonaron. En ese instante, el comandante Fidel Castro decidió convertir su taller en el primero de la Imprenta Nacional de Cuba, u ente editorial que cuajaba en su mente. El primer libro que salió de las prensas de esa Imprenta fue el Quijote. La selección la hizo el propio Fidel durante una visita a los talleres, y se editó en cuatro volúmenes y papel gaceta, a 25 centavos cada uno. Después, otras imprentas se agregaron a la inicial y se ampliaron las ediciones. Realmente aquel aparato era demasiado rudimentario y a poco se decidió crear la Editorial nacional de Cuba. Entonces, las imprentas pasaron al Ministerio de la Industria y las librerías se agruparon en una empresa del Ministerio de Comercio interior. También se fundaron otras editoriales, cuya cabeza rectora fue la Editorial Nacional. De esa forma, aparecieron las editoriales del Consejo Nacional de Cultura, la Pedagógica, la Universitaria, la Política, etc.

Sin dudas, el trabajo de la Editorial nacional fue muy importante, porque no hay que olvidar que su director fue nada menos que Alejo Carpentier, y realmente empezaron a aparecer obras sorprendentes, porque pensar que en Cuba podía editarse Retrato de un artista adolescente, de Proust, era como para que a cualquiera la cabeza le diera vueltas.

En 1965 yo dirigía el departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, y el compañero Fidel trabó relaciones con ese por ciertos temas que a él le interesaba estudiáramos. Por entonces, iba a celebrarse la Conferencia Tricontinental, y se esperaban determinados debates sobre la situación internacional y las luchas revolucionarias.

Por otra parte, en esos momentos ingresaban cada vez más alumnos en el sistema educacional cubano y, en especial, en la enseñanza media se originaba una explosión de matrícula. También, la marejada iba alcanzando a las universidades, y todo esto demandaba libros.

En la enseñanza media tecnológica se necesitaban manuales de carpintería, mecánica, etc. Sucedía que la editorial española de los manuales que se decidieron emplear para esta enseñanza, producía de ellos 5 mil o 6 mil ejemplares en total, pero Cuba demandaba 50 mil o 60 mil. En ese caso no resultaba lógico comprarlos, sino pedirle a la casa editora la cesión de la licencia, mediante una suma, para reimprimirlos aquí. Cuba se dirigió al editor para solicitar los derechos, pero este respondió con una negativa, porque como estos libros eran originalmente estadounidenses temía que si entraba en acuerdos con nuestro país terminarían retirándole los derechos para la edición española. Por entonces, la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana se convertía en escenario de un torneo de demandas, donde los estudiantes se quejaban a Fidel –visita frecuente del lugar– de que carecían de este o el otro texto, y Fidel se volvía al comandante René vallejo, que solía acompañarlo, y le pedía que tomara nota para importar después esas obras. En realidad eso tenía sus límites, porque también la escala de la demanda iba mucho más allá de lo que admitían las posibilidades de divisas del país. En esos términos, la noche del 7 de diciembre de 1965 el compañero Fidel apareció a Filosofía y me llamaron a mi casa. Pensé por el camino que íbamos a hablar del tema que hasta ese momento veníamos tratando, pero, al llegar, él me entregó un libro, Primavera silenciosa, de Rachel Carlson, y me preguntó: “¿Dónde está editado?” Lo abrí y le eché un vistazo (la pregunta se volvía un poco obvia y, desde luego, valoré que habría algún gato encerrado). Le respondí que en España. Ordenó entonces a quien era jefe de su escolta: “Chicho, trae el otro”. Me lo entregó, y, de nuevo, preguntó: “¿Dónde está editado?” era el mismo título, y aunque extrañado por la obviedad contesté lo mismo. “Pues, te equivocas”, me señaló en ese instante y me aclaró que el segundo era una reproducción idéntica del primero, pero estaba hecho en Cuba. Después me indicó: “Vete a ver al rector Vilaseca, que tiene una lista de libros que se necesitan. Después a Joel Domenech, ministro de Industrias –de su ministerio dependía la Empresa de Artes Gráficas–, y empieza a reproducirlos de acuerdo a la matricula de tres cursos”.

Al día siguiente fui a ver al rector Salvador Vilaseca. La lista de textos contenía unos 200 títulos. Dos profesores viajaron de inmediato al exterior para tratar de adquirir los originales para su reproducción, pero, en realidad, la casi totalidad los allegamos en las bibliotecas cubanas. Simultáneamente, varios profesores nos dedicamos a hacer los cómputos de tiradas y a visitar otros centros de enseñanza que podían demandar los libros del listado. Por mi parte, coordiné el asunto con el compañera Joel Domenech y, con auxilio de algunos compañeros, empecé a llevar en la ruta 27 las cajas con las obras a la Empresa de Artes Gráficas.

Entretanto, se habían precisado algunas cuestiones de interés. Una noche, en los primeros momentos, cuando todavía ajustábamos el plan de impresiones, se valoró con el compañero Fidel el problema de las eventuales protestas que traería la reproducción de las obras. Era indiscutible que la labor que estábamos iniciando se conocería, más temprano o más tarde. Es verdad, dijo Fidel, pero también es cierto que los ofendidos somos nosotros. En qué cabeza cabe que no solo nos quieran matar de hambre con el bloqueo, sino que también nos quieran matar de ignorancia, porque no nos dan los derechos para reproducir las obras que necesita nuestra educación. Constituye una vergüenza para el mundo que se bloquee un país en su cultura, en su educación, en la formación de su inteligencia. Por tanto, vamos a declarar al mundo lo que vamos a hacer y, a partir de este momento, puede proclamarse que cada una de estas ediciones será una edición revolucionaria, y no pagaremos los derechos de autor. Como compensación, Cuba no cobrará los derechos de sus obras. Sobre todo de su música, tan apreciada en el mundo.

Aquella definición sobre las reproducciones constituye la razón de que el logotipo de tales libros fuere una R e, inscrita dentro de ella, una e pequeña. Resultaba en símbolo de ediciones Revolucionarias. Fidel definió también que estas obras no podían ser objeto de lucro alguno. Por tanto, se les entregaría gratuitamente a los alumnos. También, orientó ponerle una nota a cada libro que explicara las razones de aquella decisión. A partir de entonces, tuve que dedicarme cada día menos a la filosofía y más a las ediciones. Aunque es cierto que de hecho, mediante aquellas ediciones hacia filosofía e incluso poesía.

Más adelante, una noche de 1966, el compañero Fidel me comentó la necesidad de replantearse todo el sistema del libro para que se potenciaran sus posibilidades. Podía crearse, expresó, un Instituto del Libro. Puedo confesar que me gustaba la tarea editorial. Siempre soñé con que los cubanos leyeran. Nunca he podido olvidar un día –todavía adolescente– en que, al pasar por el parque de santa Clara y escuchar hablar a dos campesinos, me apenó su incultura: “El día que lean, Cuba será diferente”, me dije con bastante idealismo, pues era todo lo contrario: para que leyeran, Cuba tenía que ser diferente. Paradójicamente, con una revolución en marcha, Fidel puso en mis manos la posibilidad de cumplir aquel sueño. Por eso, siempre he dicho que era yo quien debía pagar por hacer la tarea editorial y no que me pagaran por ella.

Empecé a estudiar los diferentes factores que le darían paso al Instituto y llegué a la conclusión de que había que integrarlos: tomar las riendas directas del sistema editorial y reencausarlo, las imprentas dedicadas a hacer libros y revistas y el comercio del libro; es decir, las librerías y a importación y exportación de obras. Con todos esos elementos se constituyó el Instituto, que, para ejemplo del mundo, en Cuba llegó a tener rango de organismo de la administración central del Estado.

En esos términos, fundidos todos los mecanismos y entidades del libro en un solo mando, se aprobó en mayo de 1967 la ley que creaba la institución. En la misma fecha se me designó su dirección general. Fidel había pedido que en el primer lugar de su política estuviera la edición de libros de texto, tanto para las universidades como para la enseñanza general, pero había que pensar cuales eran los demás factores que debían conformar su política editorial. Pudiera definirlos en los siguientes: la promoción del lector, libros para la formación de un pensamiento y una cultura, libros accesibles en precios y tiradas monumentales, puerta ancha para la edición de las obras de los escritores cubanos y una política descolonizadora en la literatura; en otras palabras, publicar no solo las obras del occidente desarrollado, sino también las del Tercer Mundo.

Se hizo necesario recomponer la organización editorial de acuerdo a un orden temático. Inicialmente se hizo mediante lo que llamamos series temáticas. De inmediato, quedaron algunas muy bien definidas: arte y literatura, ciencias sociales, libros para la enseñanza general y técnica profesional, libros infantiles y juveniles y libros de divulgación general. También, se crearon otras que más adelante se absorberían dentro de editoriales que, al fin, en 1971, tomarían más o menos su forma actual y adoptarían la estructura que con alguna que otra diferencia tienen hoy. A lo largo del proceso se creó una editorial en Santiago de Cuba que atendiera la producción de los autores de la antigua provincia de Oriente y, más tarde se desarrolló independientemente una editorial especializada en la literatura y el arte cubanos. Desde luego, había que ayudar al desarrollo del importante trabajo que había hecho Casa de las Américas. También las ediciones de la Unión de Escritores y Artistas.

El desarrollo de la pluralidad de posibilidades en la edición de libros cubanos, sobre todo de literatura, fue totalmente consciente. En el arte, y el pensamiento en general, el monopolio engendra parálisis. Alguien, en cierta ocasión, dio a entender a la prensa que el Instituto Cubano del Libro editó obras que no lo merecían, pero el drama más grande que puede afrontar un editor es que le reprochen no haber editado obras que debió editar. Resulta preferible el error por publicar algo de más, que no dejar que un libro valioso quede sin ver la luz. Cuántas obras de relevancia habrán sido ágape de polillas, sin que por cuenta de un criterio erróneo jamás hayan sido publicadas. Un editor elige, selecciona conforme a su opinión si una obra vale o no la pena de que se gasten los recursos en ella. Por tanto, su juicio es apreciativo y puede equivocarse. Con la opción de editores distintos, la posibilidad de error no se elimina pero se reduce. Por otra parte, también hay en el peligro de juzgar solo por lo que dice el mercado. Sin embargo, hay libros que por mucho que por mucho que se vendan, nunca serán buenos. La política editorial debe estar al tanto de todo esto.

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