Añoranza

Elvia Rodríguez Carballo • La Habana, Cuba

Detenidos hilos de lluvia babeaban desde hacia rato sobre el paisaje, un silencio profundo ¡Oh,  treinta años atrás! Caramba… ¡Que triste todo!

La quietud se había apoderado del lugar donde antes todo era movimiento y el ruido atronador.

Años  atrás allí  el aire embriagaba por su dulzura; hoy los grillos hacían alarde de sus dote laudistas sintiéndose dueños del desvastado lugar.

A mi izquierda, los restos del que fuera uno de los más poderosos y quizás también, el que más dulce vomitaba por sus conductos bramantes, desprovisto de los fuertes paneles que formaban sus paredes, las enormes planchas de hierro que cubrían sus techos desaparecidas, solo algún hierro oxidado y sujeto por tornillos que la fuerza destructora no había podido vencer en su terquedad de quedar allí.

Una palma solitaria, con su cabellera encrespada por la lluvia parecía por su quietud hacer guardia junto al gigante, o mejor dicho al lado de sus restos.

En el espacio una nube desvaneciente huía cobarde, quizás cansada de esperar que como en otros tiempos  el humo perfumado de aquella chimenea engrosara su figura. Recordé cómo aquellos lamentables despojos un día fueron orgullo del territorio, abrigo y sostén de cientos de hombres y mujeres, de familias que vivían bajo su protección. Recosté la cabeza a la adaptada ventanilla del ómnibus en el cual regresaría a mi casa después de haber hecho mi pretendida labor de investigadora.

El ómnibus esperaba su hora de salida, me adormecí, oí un ruido fuerte, veía muchos hombres moviéndose de un lado a otro como hormigas laboriosas, una muchacha con una bata verde cruzó apresurada, llevaba en sus manos una caja con varios tubos de cristal. Una fila de camiones esperaba en la explanada cerca de la estera, todos repletos de la dulce gramínea que las enormes fauces del coloso devorarían y convertirían en oro dulce, sentía un fuerte olor que me resecaba la boca, de pronto un señor vestido con un overol oscuro se me acercó, traía en su mano derecha un jarro del que salía un rebosante copo de espuma, me lo ofreció; me quedé extasiada. Al acercarlo a mis labios una fuerte sacudida me espabiló, el ómnibus ponía en marcha su motor, era la hora de salida. Una señora se me sentó al lado, - Oiga que se derramó algo en la bolsa. Miré, era la raspadura que había comprado al camión que las traía desde el lejano poblado de Jatibonico, se había derretido con el calor y expandía su olor por todo el ómnibus que lentamente se alejaba del que fuera El Gigante del dulce.

 

FICHA
Elvia Rodríguez Carballo: Profesora, poetisa y narradora cubana. Reside actualmente en la provincia Sancti Spíritus. Ha publicado en la revista La Jiribilla, y el sitio web “Ala décima”.

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