Cinco en Conducta

Frank Padrón • La Habana, Cuba

El primer hecho a resaltar en Conducta (Mincult, Icaic, RTV Comercial, Famca) es su recepción: mucho tiempo hacía que un título de nuestra cinematografía no acarreaba tal resonancia en el público, al punto de que colmó prácticamente todas nuestras salas con tandas extras e impactantes colas.

Imagen: La Jiribilla

Lo verdaderamente significativo del más reciente filme cubano es que se trata de una obra artísticamente redonda, y aquí sí conecta con la positiva reacción de los espectadores, en la más amplia y variada acepción del término: el que un texto cinematográfico logre tal empatía con quienes descodifican sus mensajes –incluidos los más especializados de esos receptores- es un mérito que no se alcanza todos los días.

Escrita y dirigida por Ernesto Daranas (Los dioses rotos), lo primero que se percibe es un evidente salto cualitativo respecto a su obra anterior: aun cuando aquella versión contextualizada del mito Yarini resultó por más de un motivo sugestiva y hasta impactante, el nuevo título exhibe a todas luces un amarre mucho más sólido de sus elementos compositivos y morfológicos.

La relación cálida y estrecha entre una veterana maestra de primaria y un adolescente conflictivo, pero noble y rescatable dentro del ambiente disfuncional donde se mueve, conforma esta indagación en temas y problemas de nuestra realidad aquí y ahora, en momentos donde la educación formal de niños y jóvenes no atraviesa, como sabemos, su mejor momento. Pero desde ya hay que decirlo: estamos ante una obra que trasciende el realismo chato, el (a veces) oportunista reflejo de penurias socioeconómicas para ofrecer un sondeo profundo en lo ontológico; también aparecen aquellas, por supuesto, mas desde una perspectiva que privilegia la cuestión humana.

En tal sentido, el director logra, ante todo, un admirable diseño de personajes, no solo los protagónicos, incluso los más negativos distan del absoluto “blanco y negro”: mucha autenticidad los conforma, lo cual revela gran experiencia vital detrás de ellos.

Y aunque Conducta no deja de ser una incuestionable bildungsroman (“obra de aprendizaje”)  los conflictos trascienden el plano educacional que los enmarcan; temas como la inmigración interna —desde el Oriente del país— y su tratamiento errado, la religiosidad popular con sus íconos nacionales que siembra temidos conflictos con las autoridades; el  abordaje respetuoso de quienes piensan diferente, y el duro contexto que envía a seres frágiles a buscar la comida de “otras” maneras en vez de dedicarse a estudiar o a trabajar normalmente , son algunos de ellos, como también el dogmatismo o la intolerancia que incide en la escuela donde Carmela trabaja, extensible a contextos mucho más amplios.

El filme sortea enfoques sensibleros y/o efectistas en que pudo cómodamente aterrizar; admira el hecho de que la historia transcurra con la sensibilidad que ella misma siembra, pero de forma natural, sin afeites. Para ello se apoya en un admirable montaje (Pedro Suárez) que salvo algún pequeño descuido[1] logra empalmar con mucha habilidad y hasta virtuosismo los diversos y encrespados accidentes dramáticos que llenan la narración; esta se siente limpia, ajena a escollos, o lo que sería peor: a trucos para atrapar la atención. No los necesita, pues la bien conformada diégesis lo consigue desde el principio, impulsa los propios motivos que se encadenan hasta ese desenlace sin happy end ni más apertura que la propia vida, que la fe apreciada sobre todo en esa maestra tenazmente amorosa, segura de sus métodos, de su brújula.

Carmela es aquel “evangelio vivo” que pedía José de la Luz y Caballero en quienes ejercen el sagrado magisterio, y Daranas nos hace testigos y cómplices de su evolución, junto a la de Chala, ese muchachito descarriado pero con suficiente luz para crecer y madurar.

Un decisivo rubro es la música (Magda R.Galván/Juan A. Leyva) quienes han acomodado expresivas cuerdas (en delicados solos de piano o bloques sonoros) según ascienda o descienda la temperatura dramática, inserta dentro de una banda sonora (Osmani Olivare) que ha cuidado cada detalle auditivo, particularmente dentro de las no pocas escenas de violencia —de distinto tipo— en un filme que explo(r)ta esta como elemento primario.

Por su parte, la fotografía de Alejandro Pérez alterna entre claroscuros de los ambientes más duros (las peleas caninas, la humilde casa de Chala) con espacios luminosos (el aula, las calles, la iglesia) donde la acción enrumba por sendas de esperanza. Muy vinculada con la precisión en la dirección de arte de ese exquisito llamado Erich Grass.

Destacable es también la planimetría, particularmente ciertos encuadres —grúas, picados…— no solo por la fuerza que implican en sí mismos, sino porque refuerzan la pluralidad de puntos de vista, la auténtica “batalla de ideas” y cosmovisiones que pugnan en la trama.       

Ajeno a torceduras y complicaciones narrativas, el relato, explayado desde un sencillo clasicismo aristotélico, no desecha sin embargo, una simbología altamente sugerente: los trenes como imagen de la propia vida, con su velocidad y su ruido —también su peligro, puesto de manifiesto en aquella escena donde los niños juegan a aplanar las chapas—; el contraste entre palomas y perros, animales que enmarcan el mundo del protagonista…

Es cierto que algunos personajes secundarios —algunos casi referidos— y ciertas subtramas pudieron haber tenido un mayor desarrollo, pero la mayoría, y todos estrechamente vinculados, alcanzan un original y sólido tratamiento;  más de uno, pudiera decirse, son absolutamente inéditos en nuestra pantalla. 

Algún colega afirmó que Conducta era una película de actuaciones y yo suscribo absolutamente el criterio: no solo en desempeños individuales sino en el trabajo de equipo, en el parejo nivel que se consigue entre profesionales y no, entre mayores y niños.

Empezando con la gran revelación: Armando Valdés Freire, quien con apenas 12 años emprende lecciones de hondura interior, de estudiado histrionismo; y empleo ese último adjetivo porque no creo que estemos ante uno de esos casos donde la excelencia se deba a la improvisación y la fluidez, aunque lo parezca: su Chala es fruto de una rotunda introspección, de un consciente análisis de las facetas de su personaje, que se traducen en la limpieza de su labor.

Alina Rodríguez entendió a la perfección que Carmela no podía ser entregada al acaramelamiento ni la sensiblería; por el contrario, se regodea en los matices, en la amplitud de una tesitura alta y sostenida.

Yuliet Cruz sigue su buen rumbo cinematográfico en la piel de esa madre destrozada por la adicción, mientras el “tipo duro” que no lo es tanto, de Armando Miguel Gómez (ambos coincidieron en Melaza, de Carlos Lechuga) exhibe ya una considerable y temprana madurez tras aquel, su prometedor debut.

Silvia Aguila (Los dioses rotos) reaparece espléndida en su conocida fuerza, en su sapiencia escénica, secundada por notorios desempeños de Miriel Cejas (Lisanka), Héctor Noas (Verde Verde), Tomás Cao (Penumbras) y la actriz teatral Idalmis García.

Conducta es más que una extraordinaria, necesaria (desde ya imprescindible) película; sienta un precedente, es todo un paradigma: nació con tal si(g)no.
 



[1]  En un momento a principio, Carmela se refiere al alumnado diciendo algo así como: “cuando yo comencé posiblemente la mayoría de Uds. no había nacido”. Tal obviedad, al referirse a niños, es un gazapo que se escapó a la script girl, y debió eliminar el editor en el empalme final.

Comentarios

Me ha encantado leer este artículo pues concuerdo con lo expresado; sólo una cosa en relación a la nota del final, en la película cuando Carmela dice “cuando yo comencé posiblemente la mayoría de Uds. no había nacido” no lo decía dirigiéndose al alumnado sino que esta frase forma parte del alegato que ella presenta en la reunión donde la pretenden jubilar(el cual lo van mostrando en fragmemtos durante toda la película), o sea, se esta dirigiendo a los profesores presentes en esa reunión por lo tando no contituye una “obviedad” que se le escapó a la “script girl”(un chico en este caso), y debía eliminar el editor en el empalme final.

irremediablemente excelente, felicidades a todos. Tengo una carmela en mi casa, mi madre, que afronta estos mismos conflictos y otros no usualmente vistos que de una manera o de otra influyen en el desarrollo de un niño que no tiene una linea que seguir; maestra desde los 15 años y gracias a ella muchos niños han seguido por el camino correcto, con sensatez. Saludos a todos, otra maestra que siguió los caminos de su mamá.

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