Salvar la esperanza

Yohana Lezcano • La Habana, Cuba

“Todos los años tengo un Chala en el aula. Ninguno pudo más que yo, porque en el fondo todos son muchachos. Hay cuatro cosas que hacen a un niño: la casa, la escuela, el rigor y el afecto. Pero cuando cruzan esa puerta está la calle y un maestro necesita saber lo que les espera allá afuera. Antes para mí la vida era más clara y yo sabía para lo que preparaba a un alumno, pero ahora, lo único que tengo claro es para lo que no debo prepararlo”.

Imagen: La Jiribilla

Luego de más de medio siglo como maestra, esos son los aprendizajes que moldean a Carmela, la coprotagonista de Conducta, una película cubana estremecedora y urgente, dura y tierna al mismo tiempo, en la que nada sobra, sino que invita al espectador a preocuparse, y a aportar como ciudadano lo que a su sociedad le falta.

A un grupo de estudiantes y egresados de las carreras de Periodismo, Comunicación Social y Psicología también nos inquieta cómo transformar ese mundo que no es ajeno, sino cada vez más nuestro. Transitar hacia un horizonte emancipador es nuestra apuesta, condensada en la práctica de Escaramujo, un proyecto que desde la realización de talleres basados en la concepción y metodología de la Educación y la Comunicación  Popular —una propuesta dialógica, inclusiva, participativa— intenta mostrar a muchachos como Chala un camino diferente. 

Lo que “le espera allá afuera” a ese alumno de sexto grado sobre el que versa la película, se condensa en un contexto poco visibilizado —pero muy real— de una Habana —de una Cuba— que también son nuestras: peligrosas apuestas en peleas de perros clandestinas; niños que juegan a la chapita y aguajean por la calle, gritando palabras obscenas para adaptarse al ambiente; muchachos violentos que aprenden a retarse para darse a respetar, que aparentan no tener miedo para ser aceptados y poder sobrevivir en un ambiente marginal, que intentan ser hombres cuando no pueden dejar de ser niños.

Pero, ¿cuántos Chala hay en Cuba? Escenas bastante similares recrearon otros adolescentes en uno de los audiovisuales construidos colectivamente en los talleres de Escaramujo, no de ficción como el de Daranas, sino documental, como sus vidas mismas:

Cuatro hombres juegan dominó. Dos de ellos discuten y un tercero advierte: “No calienten esto que voy a repartir puñalá pa’ to’ el mundo aquí”. De la casa que está detrás sale una mujer que vocifera: “Arriba, arriba, vayan bajando que el niño está durmiendo y no quiero bulla en mi puerta”. En la escena siguiente Jessica ignora las súplicas de su abuela. La anciana le recuerda que su mamá está presa por no oír consejos, pero la nieta sigue saliendo con extranjeros. En la última secuencia Ale arrebata una cadena de oro y al llegar a la esquina es detenido por unos policías. Omar se entretiene en “meterle galletas a los viejos en el parque” y Dixán cuenta cómo “le picó la cara con una chaveta a uno que intentó hacerse el duro en un bonche”… ¡Corten! Termina la dramatización de historias propias y empieza la reflexión.

Cada uno de estos muchachos, todos entre 12 y 16 años viven historias parecidas y peores —en la mayoría de los casos— a la de Chala. Ellos están, o han pasado, por Escuelas de Formación Integral (EFI). Van allí y no a la de conducta —como a la que asiste el protagonista de la obra cinematográfica— porque han cometido acciones asociadas a hechos delictivos o su comportamiento está extremadamente agravado. Es ese el escenario donde más hemos actuado los escaramujos.

¿Niños en el banquillo?

Aunque la mayoría de los cubanos no las conocen, existen estrategias legales y educativas a nivel nacional para la formación especializada de esos adolescentes, que le permitan identificar otro futuro. Para ello fue creado el Sistema de Atención a Menores, un grupo de instituciones y organizaciones regido por los Ministerios de Educación y del Interior.

No solo abundan las escuela de conducta que recrea el más reciente filme cubano y con las que muchos maestros de la enseñanza regular amenazan a sus alumnos, o los envían allí para no tener “elementos antisociales en las clases y quitárselos de encima”.

Hay diferentes tipologías de estos centros de acuerdo con la gravedad en el comportamiento de los niños y adolescentes. El decreto-Ley 64/82 agrupa tres categorías: La primera de ellas “comprende a los que presenten indisciplinas graves o trastornos permanentes de la conducta que dificulten su aprendizaje en las escuelas del Sistema Nacional de Educación”. La segunda abarca a quienes tengan “conductas disociales o hechos antisociales que no muestren gran peligrosidad, tales como determinados daños intencionales o por imprudencia, algunas apropiaciones de objetos, maltratos de obra o lesiones que no tengan mayor entidad, y escándalo público”. Para ambas el tratamiento lo asume directamente el Ministerio de Educación (MINED) y son del tipo a la que fue Chala.

Cuando se trata de la tercera categoría, atendida por el MININT, se habla de menores —no vistos explícitamente en la película y con los que sí trabaja el proyecto Escaramujo— que “incurren en actos antisociales de elevada peligrosidad o en hechos tipificados como delitos”. Además, incluye a los “reincidentes en esas manifestaciones y a los que presenten conductas desajustadas durante su atención en las escuelas especiales regidas por el MINED”.  

Sin importar la categoría, en Cuba los niños y adolescentes que no han cumplido o tienen aún 16 años no son juzgados por tribunales ordinarios ante cualquier hecho asociado a un delito, sino por los Consejos de Atención a Menores, conformados por psicólogos, psiquiatras y pedagogos que los evalúan —más parecidos a la directora de la escuela que a Raquel, la especialista del municipio— y determinan cuál será la institución a la que deben asistir.

Educar sin rejas

Chala y Carmela entran a un Almendrón luego de que la maestra se hiciera totalmente responsable de sacar al muchacho de la escuela de conducta. Ante las demandas de Carmela y los reclamos de Chala el chofer interrumpe: “Muchacho, ¡hazle caso a tu abuela!” A lo que Chala contesta:Ella no es mi abuela… pero ojalá lo fuera”.

Vale volver a repetir la pregunta: ¿Cuántas Carmela hay en Cuba? ¿Cuántas Carmela hay en las EFI?

Xiomara, Ileana, Uliser, Tolón, Isabel, Mandy, Aylén… también podrían llamarse Carmela. Y aunque nos duele que no sea así con otros tantos, estos bien merecen el reconocimiento. Son oficiales, psicólogos, educadores de las EFI que han sido abuelos, hermanos, padres, amigos de esos muchachos tan necesitados de cariño.

He visto a más de uno de ellos llevarse a un niño a su casa para entretenerlo y que comparta con sus propios hijos a ver si olvida que su madre otra vez no lo fue a visitar a la escuela. Los he visto también alquilar el vestido más bonito para las quinceañeras y sacar las fotos que nunca los padres se habrían interesado en pagar. Los he visto correr con los chiquillos cuando se han caído o cuando tienen fiebre, o preocupados porque no tienen hambre o porque el uniforme está sucio. He visto cómo se vuelven “gallos finos” ante cualquiera que les lance un dedo acusador a sus muchachos. Los he visto orgullosos de los aportes y logros de cada adolescente en las asignaturas que recibe en la escuela. Pero sobre todo, los he visto riendo juntos, abrazando a cada uno de esos niños, queriéndolos, reconociéndolos, confiando.

La sociedad margina a los jóvenes que van a parar a escuelas como esas y a quienes se empeñan en educarlos. Pero, ¿cuán responsables somos de que esa realidad exista? Es cierto que el régimen pudiera ser menos autoritario y más participativo, pero contrario a lo que muchos creen, en esos centros educativos no hay rejas, ni ensañamientos, ni atropellos. En las EFI se le garantiza a cada alumno una ubicación a su egreso, ya sea como trabajador o como estudiante. Se les forma en un oficio útil y se imparten las mismas asignaturas que en el sistema nacional de enseñanza.

¿Y la culpa no la tiene nadie?

“Asere, dime la verdad, ¿por fin tú eres mi papá?”, le pregunta Chala a Ignacio, lo más parecido a un padre que ha encontrado, pues le “da lo que tiene”: dinero a cambio de que le cuide los perros para que ayude a su mamá, pague la corriente y ponga los frijoles en la mesa. Sonia, la madre, es drogadicta, prostituta, en ocasiones agrede a Chala, pero al menos da muestra de que lo quiere.

La mayoría de los muchachos que están en las EFI viven experiencias mucho peores: la ropa de Orli estuvo siempre sin lavar, tirada en una cerca; Rachel deambuló por las calles huyendo de su padrastro que la “tocaba” y de su madre que defendía al marido en el juicio; Mayde dormía abrazada a su mochila para que su hermano alcohólico no vendiera los zapatos de ir a la escuela; Antony nunca vio a su padre fuera de la cárcel; Ricki asaltaba a la gente a cambio de que los primos le dieran “money pacomprarme una pizza”; Eli aprendió de su tía, con solo 11 años, a cómo satisfacer los caprichos de un extranjero; y El Mawa ha hecho cualquier cosa para que su mamá lo atienda, lo último fue un intento de suicidio. 

Pero quizás lo más impresionante sea que cada vez que se les pregunta a esos mismos niños a quien es la persona que más quieren y más extrañan, responden: a mi mamá, a mi papá, a mis hermanos.

¿Cómo pedirles que sean mejores, si ellos no escogieron ser así?

Recuperar sus vivencias para proponerse un rumbo más feliz es el objetivo de los talleres que realiza Escaramujo. La definición de futuro de estos adolescentes no va mucho más allá de su egreso de las EFI, pues consciente o inconscientemente, saben que luego de que salgan de la burbuja que les proporciona la escuela, muchos volverán al mismo medio, a la misma familia.

 Pero no hacer nada nunca será la solución. Quienes integramos el proyecto no solo nos creemos que debemos, sino también que podemos. Y para ello utilizamos el audiovisual como medio de expresión, de reflexión y de proyección de cambios, como lenguaje apara soñar la vida que no han tenido y que no deben renunciar a tener.

Como parte del proceso educomunicativo que propicia Escaramujo, los adolescentes hacen el guión, actúan, filman, y en ocasiones ayudan a editar sus propios materiales. Más que formar capacidades o enseñar herramientas de trabajo con el audiovisual, el proyecto busca propiciar espacios de reflexión consciente a nivel individual y grupal para intentar la reconfiguración de prácticas sociales.

Cada experiencia busca crear un escenario de respeto al otro, de escucha atenta, de recuperación de la confianza, en el que se disfrute de jugar sin temor a parecer ridículos, en el que se tenga la posibilidad de volver a ser niños.

La intención primera es (re)conocernos como grupo, saber cómo entendemos a nuestras familias, escuelas, barrios, amigos, cómo nos vemos en cada uno de esos ámbitos y qué hacemos en ellos. Y para eso se propone reconocer y recuperar el error como aprendizaje. Compartir afectos, apostar por sentidos comunes, por metas realizables, pasa también por enseñar a perder el miedo a decir, a pensar, a ser. Ese es nuestro aporte, ¿cuántos otros pueden existir y no se hacen efectivos?

Escaramujo, como Conducta, tiene la voluntad de demostrar que salvar la felicidad, salvar la esperanza, son las esencias que dan vida a los sueños. Sueños realizables, que se reviven cuando se siente en la piel el grito final de Chala hacia Carmela, a pesar de que su novia Yeni, la palestina, tuvo que regresar a Oriente con su papá; a pesar de que la madre probablemente nunca deje de tomar y de que Chala continúe vendiendo palomas para comer; a pesar de que su vida entera sea un aprendizaje de cómo sobrevivir “allá afuera”.

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