Resonante consenso en torno a un testimonio

Joel del Río • La Habana, Cuba

Similar estado de congratulación provoca Conducta, el más reciente estreno del cine cubano, en los espectadores y los críticos. Reiterados se han vuelto los aplausos y exclamaciones masivas en las salas de exhibición ante la historia de Carmela, decidida a cumplir con su deber y rescatar a Chala de la marginación y el descarrilamiento. Sin embargo, a pesar de que el filme propulsa una reflexión de suma vigencia sobre las virtudes y la generosidad inherentes al buen magisterio, a partir de un paradigma positivo e inspirador, también se habla en la película sobre los límites de la enseñanza en la escuela, del papel de la familia, la calle, el barrio y las costumbres, porque a la salida de cualquier aula, la realidad está esperando.

Imagen: La Jiribilla

Por otra parte, el filme introduce una discusión respecto al ensanchamiento de la espiritualidad y la tolerancia a partir de la colocación, o no, de una estampa de la Virgen de la Caridad en el mural de los símbolos patrios, al lado del tocororo y de una frase de Martí sobre la utilidad de la escuela. Varios críticos han denotado estos y otros elementos sociológicos en una película que propone y sugiere mucho más de lo que anuncia su bien contada anécdota. Conducta reclama miles de espectadores en las salas, y se ha convertido en el “gran acontecimiento audiovisual del año” gracias a la suerte de catarsis colectiva que provoca dondequiera que se exhibe. Catarsis motivada tanto por la elocuencia del retrato social como por las ostensibles virtudes de realización y puesta en escena.  Repasemos a continuación algunos de los análisis más inclinados a resaltar los aspectos sociológicos de la película. Mi punto de vista quedó expresado en Juventud Rebelde, OnCuba y Cuba Contemporánea. Quise resumir para el lector otros criterios de colegas igual de entusiasmados.

En el periódico Granma, Rolando Pérez Betancourt fue de los primeros en aludir al contexto, a través de la caracterización de los personajes y de las claves genéricas que pulsa el director: “Si antes de ver el filme se hiciera un frío balance de los componentes sentimentales que se conjugan en Conducta, el resultado sería una lista apabullante que bien pudiera remitir a los tiempos del Chaplin de Vida de perros, o El chicuelo: madre alcohólica y ligera en amores, niño sentimental, buscavida y de mala cabeza, que además de no conocer a su padre se la ‘tiene que buscar’ en la calle, maestra buena y achacosa que sufre un infarto en plena vía pública, inspectores intolerantes, policía en acecho, otro niño muy querido en la escuela que muere en un hospital, retrato de una parte extrema y no menos real de la sociedad, Habana profunda que en sus afanes de vida y subsistencia duele y, como hacían los antiguos griegos en sus melodramas, la música ganando protagonismo altisonante en cada situación tensa. (…) El mérito de Daranas radica en buena medida en hacer un filme duro, sentimental y ‘agarra pescuezo’ sin que el espectador, inmerso como está en la historia, se detenga a analizar (¿a quién se le ocurre?) la manera con que el director, conjugando fórmulas, reanima el género y al mismo tiempo, lo seduce”.

Tanto impresionó el filme a Enrique Colina, decano de la crítica y el análisis cinematográfico en Cuba, que retornó al oficio de escribiente y en un trabajo publicado en el sitio web Progreso semanal,  asegura que esta obra “convida a reflexionar sobre ese soporte ético fundamental en el que la Revolución Cubana construyó su proyecto social: la honestidad del hombre y, en consecuencia, una solidaridad humana basada en la integridad de sus principios y el respeto a su dignidad. (…) El niño es el objeto debatido, la metáfora de un futuro incierto sólo hipotéticamente rescatable gracias a la consecuencia y al compromiso ético de una educadora dispuesta a enfrentar el acoso de una estructura marcada por el mecanicismo burocrático, hipócrita e insensible. (…) Conflicto de rescate en un entorno presente de naufragios y fracasos, aquí referido al ámbito educacional y por tanto a la proyección futura de una sociedad donde se dirime la preservación de un hombre dispuesto a decir lo que piensa, a defender sus criterios y a afrontar las consecuencias de sus actos”.

“Acabo de ver el filme Conducta, de Ernesto Daranas —dice Emir García Meralla, en el sitio web Cubarte— lo he visto dos veces en menos de una semana y lo seguiría viendo del mismo modo ininterrumpido en que lo hacen mi hijo mayor y sus amiguitos de escuela, o como lo están haciendo muchos compatriotas. La he visto una vez en el cine y la otra desde la comodidad del hogar por obra y gracia de la sacrosanta ‘piratería’. (…) Conducta, me ha devuelto al pasado de mi vida —lo mismo hará con quienes hoy cruzan o se acercan a los cincuenta—, a esa etapa gloriosa en que todos éramos iguales ante las aulas y el sentido de nuestras vidas era sacar las mejores notas para exhibirlas ante nuestros familiares y amigos. Pero también me ha traído a la memoria a todas mis maestras. (…) Todas esas cosas son difíciles de olvidar. Daranas tiene esos mismos recuerdos presentes y nos la ha traído hoy de vuelta, solo que matizados por los desencanto de nuestra vida hoy, mostrada desde su barrio ―Jesús María— al que guarda una fidelidad absoluta (él, lo mismo que Padura con Mantilla, no renuncia a las calles en que nació y creció, esa es su patria y en ella va a morir), desde sus vivencias y desde las carencias y virtudes de cada uno de sus personajes, que puede ser la vida de cada uno de nosotros. (…) Venga pues el maestro a nuestros sueños y volvamos, desde la oscuridad de la memoria a sentirnos Chala y a recomenzar la vida, aunque para este entonces solo canas y memorias alimenten nuestros sueños…”

Gustavo Arcos Fernández Britto, en el blog cinecubanolapupilainsomne alude a las salas de cine abarrotadas y a las largas filas para adquirir una entrada, para luego aclarar que el ciclo de exhibición de la película pudiera ser más extenso y de mayor impacto si el país no tuviera más del 85 porciento de sus salas clausuradas o destruidas. Arcos asegura que el hecho de mover a tantos millones de cubanos hacia un espacio tan degradado en el país, es ya un evento de trascendencia cultural y social, y luego comienza su evaluación de Conducta: “Aunque utilice recursos artísticos próximos al melodrama, su historia es tan fuerte, sus personajes tan cercanos y su discurso tan honesto que el espectador se olvida que está frente a una dramatización o puesta en escena. Los avatares de un niño y su maestra de escuela que deben hacerle frente a su propio destino, resultan tan reales que el filme, a ratos, parece un documental. Con gran habilidad, su director logra sumergirnos en ese complejísimo tejido que conforma buena parte de la sociedad cubana actual. No por gusto la cámara vuela sobre edificios, solares, calles y ruinas de una ciudad en ebullición donde las fronteras entre el bien y el mal, la ética o la moral deben reconfigurarse a cada instante. (…) En la película confluyen dos mundos, el de las apariencias: superficial, artificial, oportunista y el de la cruda realidad. Lo interesante es que los sujetos de esta historia flotan entre ambos, moviéndose indistintamente según los dictados de su conciencia o los imperativos de su existencia”.

Paquita Armas Fonseca, en Cubadebate empieza asegurando que el filme de Ernesto Daranas hará época: “Aunque ya me habían dicho que era un filme duro pero muy conmovedor,  me descubrí sollozando como uno que otro asistente a la presentación, de la última cinta del laureado director  de Los dioses rotos (su ópera prima),  Los últimos gaiteros de La Habana, y el telefilme ¿La vida en rosa?, por señalar tres de sus obras más premiadas. Apuesto desde ya que esta pieza, no por ser la última realizada, hará que Ernesto Daranas como guionista y director aparezca no sólo en los medios de prensa, sino que ese nombre caminará de boca en boca, fundamentalmente entre los maestros, porque su primer gran mérito es, sin dudas, reivindicar  a ese profesional que marca la historia de todos los seres humanos que asisten a  una escuela. (…) Pero Conducta con una excelente dirección de actores va más allá: desnuda los avatares de personas con serios conflictos como Sonia, la drogadicta dibujada por Yuliet Cruz;  Pablo, encarnado por Héctor Noa, un ‘palestino’ blanco, casi de ojos arios, para romper el esquema, y el peleador de perros Ignacio, un joven bueno a pesar de lo brutal de su oficio,  a quien le da vida Armando Miguel Gómez”.

María Antonia Rodríguez del Castillo, en patriajoven.bloguea.cu, también establece una comparación inicial con Suite Habana, y con el filme brasileño Estación Central de Brasil, para luego afirmar que “sus puntos de contacto con Conducta están en la excelencia de un guion que ha huido de discursos y panfletos, que se ha olvidado de decir lo mismo de infinitas maneras, que ha dejado de reírse y chotear algunas de nuestras realidades, para centrarse en el hecho humano de una niñez vapuleada en sus esencias por un contexto social y familiar que casi no deja margen al disfrute de una edad crucial en la vida de mujeres y hombres. Conducta pone el dedo en la llaga y deja que afloren las voces de quienes viven al margen en una sociedad que ha apostado, de eso no caben dudas, por la dignidad plena del hombre. Y deja a la vista las distancias entre el ideal a que se aspira y las fisuras que nos separan de tal aspiración. No basta con querer que todos seamos iguales, parece decirnos su director y guionista Ernesto Daranas, quien ha confesado en reciente entrevista: ‘Son los lugares de mi infancia, las calles y azoteas en las que aún vivo. Sacar filo a las chapitas en las líneas del tren o el intento fallido por cruzar la bahía, por ejemplo, son vivencias personales…’ (…) Conducta no pretende hablar del sistema de enseñanza cubano. La mirada se centra mucho más en esos riesgos a los que la niñez está expuesta, incluido el modo en que las condiciones sociales y económicas afectan a la familia y a la escuela. En estos y otros temas abundan discursos y consignas que son emplazados por lo que vivimos a diario. La maestra Carmela pone a un lado esta retórica en su afán de hacer de su aula un espacio diferente”.

De acuerdo con Rodolfo Romero Reyes, en un texto publicado en letrajoven.wordpress.com, la película muestra un mundo que muchos desconocen, triste, pero verdadero: “Desde las primeras malas palabras, la indisciplina en el aula, la apuesta por el trompo, el silbido provocado por las curvas de la nueva maestra y los juegos de manos violentos entre amiguitos de la misma escuela, supe que esta película iba en serio. Entonces me metí en un drama del que solo ahora puedo salir, escupiendo estas palabras que espero alguien les encuentre razón o sentido. (…) La historia en la escuela refleja una triste realidad que conozco: escuelas que ‘salen del problema’ enviando a niños y niñas problemáticos a escuelas de conducta. Ese es solo el primer paso. Una vez allí, algunos profesores —bien distintos al profe de la película— a veces prefieren solucionar el tema trasladándolo a una Escuela de Formación Integral (EFI) donde el régimen disciplinario es más fuerte porque interviene el Ministerio del Interior. Y si en las EFI tampoco se logra el propósito educativo, esa niña o ese niño, cuando cumpla los 16 años y cometa algún hecho tipificado como delito o siga manifestándose agresivamente, irá a la cárcel. ¿Y de quién fue la culpa? Del padre, de la madre, del barrio y también de aquel maestro que se rindió u optó fácilmente por “salir del problema’”.

Carlos Luis Sotolongo Puig en islanuestradecadadia.wordpress.com, luego de hablar en contra de los críticos que desarticulan, desmantelan y hacen añicos, para dárselas de sabihondos o ‘anotarse puntos’, escribe que “Conducta vino a completar un paisaje que iniciara con Suite Habana, del cineasta Fernando Pérez, por el impacto, el choque, el puñetazo de ver una Cuba distinta, muy distinta a la difundida  por los medios. Con Suite Habana aprendí lo que más tarde Buena Fe sintetizó en la banda sonora de Habanastation, de Ian Padrón: ‘Mucha Cuba en una Cuba/Una Cuba, muchas Cubas’. Con Conducta he visto la marginalidad descarnada, no ajena, pero sí distante de mi contexto; una marginalidad con historias que de no verlas así, al desnudo, parecerían ficción; un escenario de familias incompletas, donde la infancia transcurre en azoteas, entre palomas y peleas ilícitas de perros. A veces cuesta creer cuán poco conocemos los matices de esta Isla por la enraizada costumbre de ver la vida en blanco o negro, a veces el choque con esa realidad tan cruda te deja el corazón en un puño. Por suerte esta no es una película de putas, jineteras, de extranjeros detrás de las mulatas, del dilema de la emigración, de santería o rituales folclóricos u otro de los esquematismos que han sumido a la filmografía cubana en los últimos años en casi un estereotipo, sino una especie de espejo de las vigas en nuestro ojo: los conflictos generacionales en escenarios laborales, la educación cívica, cada vez más débil, los maestros de antes, casi en extinción, y los profes de ahora, el panorama de quienes van a la capital a ‘lucharla duro’ para salir adelante así como la delicada y tensa cuerda de las relaciones Estado-Iglesia en un país laico más por fuerza que por decisión popular. La verdad duele, pero a veces necesitamos tenerla en nuestras narices para reaccionar y enrumbar los caminos torcidos”.

Y Andrés Mari en kaosenlared.net coloca un párrafo final a su crónica, que puede ser también el colofón de esta antología mínima: “Es sabido que el arte verdadero provoca, interpela a toda la comunidad y usa el simbolismo popular para que fijemos los puntos inexplicables que debemos entender y solucionar. Del silencio contenido en esta película es de lo que más nos beneficiaría tratar. Por eso todos hablamos de Conducta y muchos queremos imaginar, con esa gran dosis de honda nobleza que tiene nuestro pueblo, con esos insistentes valores humanos de un país casi imposible y con una sutil sonrisa campesina, lo bueno que sería que esta película la viera el mundo entero y que todos entendieran las vueltas que le damos los cubanos a una imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre”.

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