4to Encuentro de Jóvenes Escritores Latinoamericanos

Horno de letras: editoriales independientes, cartoneras y territoriales

Quedará inscrito dentro de la 23 Feria Internacional del Libro de La Habana, como parte de su acápite más fresco, el diario del 18 de febrero de 2014. Acaso por constituirse el punto medio en el conjunto de días que sirvieron de marco al 4to Encuentro de Jóvenes Escritores Latinoamericanos dirimido institucionalmente entre el Centro Dulce María Loynaz y el Pabellón Cuba, Sede Nacional de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Con la presencia de Yanelis Encinosa, anfitriona actuante, y por intermedio de Jamila Medina Ríos, poeta y ensayista, juntó sus voces una docena de jóvenes panelistas del ámbito de las editoriales independientes, manufactureras y cartoneras de Iberoamérica.

A suerte de escaleta, la dirección de las intervenciones estuvo marcada por un patrón historiográfico que documentó los contextos de producción de las casas editoras allí reunidas, a saber: partidas de nacimiento, número de títulos, colecciones, capacidad de inserción en circuitos feriales, modos de presencia virtual, entre otros derroteros. Todo el tiempo se estuvo jugando por los panelistas y comparecientes el futuro de las cartoneras que, al parecer, está cada vez más ligado a sus posiciones alternativas frente a la cultura hegemónica, y alejado —dicotómicamente— de las trampas de la oficialidad.

Quizá la nación más representada haya obedecido a aquella donde más se pone en tensión lo que se dio en llamar “bloqueo a la inversa” que responde, precisamente, a la presión que hacen las empresas trasnacionales del libro a librerías y bibliotecas de la mansedumbre cultural latinoamericana. Por esta vía se evapora mucha y buena parte de la producción invisible, aquella que también pudiéramos llamar “urticante”, por el prurito y la incomodidad que genera al status quo de las sintomáticas naciones donde se callan e invisibilizan autores y agendas con voces propias, pero sin ecos literarios.

Puerto Rico se convirtió así en el terreno más infecto en cuanto no solo a la penetración cultural que dimana de su estatuto como nación, sino en una de las principales plazas de replicadores del ya descrito “bloqueo a la inversa” y por ende, de curas y revulsivos, jóvenes asistentes mediante. Erizo Editorial, invocada en el encuentro por su fundador, el escritor Ángel Antonio Ruiz, fue la primera en “levantar sus púas” frente a una realidad que diluye al autor de la diferencia, o al menos, el de vocación emancipadora en la acepción más libertaria que puede engendrar la literatura.

Con el pretexto de La autogestión editorial como alternativa para la promoción de la joven literatura, el encuentro brindó también por los avances experimentados, por los que repetían y se habían despegado evolutivamente de la edición anterior con algún producto en la mano, como una nueva cartonera, o quizá un nueva colección dentro de un sello ramificado, o autores de las letras internacionales que transitaban en su confianza hacia las publicaciones independientes, como expresión de confianza y estabilización para las alternativas editoriales.

Atarraya Cartonera, a través de su representante, Xavier Varcárcel, se refirió además a que el triunfo de su emprendimiento era resultado directo no solo de saberse dentro de una “alternatividad literaria”, sino de implementar estrategias de promoción y circulación del libro asimismo alternativas. Este posicionamiento le fue válido para darle toda la circularidad que un término tan polemizado requería, para su validación y vindicación prácticas. Atarraya fue además la chispa que prendió en las Antillas para consolidarse —después de haber sido la única cartonera en la región— en las orillas de Costanera editorial, proyecto cartonero con la firma de Yanelis Encinosa y de los parvos que aparecen de su tipo en la cartografía cubana.

Estos autores-editores-directores de guerrillas literarias se dieron cuenta, en adición, que era necesario trascender lo literario para ser leales al carácter más integrador de las artes y amalgamaron y sintetizaron artes colectivos en sus propuestas de libro. Así aparecen desde el ornato de tapa —únicas e irrepetibles—, hasta los estudios tipográficos y las ilustraciones de cubierta e interior, puro hilván de una costura semiológica, polisémica. Y dinámicas como las publicaciones cruzadas entre cartoneras se sistematizó en calidad de buenas prácticas porque daba el “retweet” necesario para duplicar la notoriedad digital de las casas que cruzan sus producciones.

Entre los modos de presencia virtual los que más repetían entre los manifiestos de los participantes eran los blogs y las redes sociales, y ante preguntas en los mismos de cuándo se iban a convertir en una editorial de verdad, las respuestas fluyentes convergían adverbialmente: “nunca”. No les interesa convertirse en eso porque es pactar con una suerte de oficialidad antitética.

Matías Reck, editor de Milena Caserola, de Argentina, anunciaba que las memorias del encuentro quedarían condensadas en cuatros subdivisiones correspondientes también a cuatro géneros literarios, en una especie de libro “mixturizado” que se moverá entre la manufactura, lo cartonero e independiente. Este proyecto es un hecho consciente de la urgencia de los panelistas en no solo alertar por la supervivencia de estas formas editoriales, sino de los resultados de alto calado que en el corto tiempo pueden conseguir.

Comparecieron también tres de las cinco editoriales territoriales de la AHS que en funcionamiento homologan con muchas de las vicisitudes de las hermanas latinoamericanas. Las miradas cómplices de Ediciones Áncora (Isla de la Juventud), La Luz (Holguín) y Sed de Belleza (Villa Clara) confluían en estrategias legitimadoras de sus arcos de acción, ninguno supeditado o limitado por criterio alguno de territorialidad. La defensa de concursos como vía de acceso a los planes editoriales, la sensibilización de actores socio-políticos en apoyo a las etapas fabriles y no del libro, y las colecciones de plaquettes para nunca renunciar a un poema o cuento sin escrutar en la letra impresa, subrayaban los caminos para aumentar la visibilidad de las casas editoriales.

Jorge Luis Rodríguez Reyes, director de Sed de Belleza, endosaba otros buenos senderos para la salud de esta casa editora, pero también para las que acepten su irradiación como práctica sensible. Rodríguez señalaba la importancia de aumentar las bandas lingüísticas de las publicaciones y la confección de los e-books en virtud de atrapar a un sector de lectores digitales que está quedando fuera de los nichos de la veinteañera editorial del centro de Cuba.

Cemento fresco formando parte de las letras de una revista por cuenta propia y libro de artista, P-350, artes de tapa preciándose de ser tan interesantes como los contenidos que resguardan y un puñado de jóvenes indómitos con los morrales cargados de sueños y a veces zurcidos por los terrones en el camino, resultaron abonados de la ambrosía de atentos copartícipes, entre ellos, el que escribe. Con los pies en tierra me fueron convenciendo los hablantes de que esas piedras también eran parte de una cuarta pared, la de un horno que conduce las letras a su fragua final.

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