El cuerpo de letras de Aleyda Quevedo

Rafael A. González • La Habana, Cuba

Esta conversación con Aleyda Quevedo, pactada hace semanas gracia a las redes sociales, en rigor debía versar sobre la obra poética de la autora quiteña. Pero al adentrarnos en la Feria empecé a descubrir el nombre de Aleyda lo mismo de presentadora de una novela, que en las palabras de agradecimiento de un escritor, que en una lectura de poesía. Así que cuando nos encontramos finalmente, antes de llegar a sus textos, comenzamos hablando un poco sobre su intensa actividad de promoción cultural:

“De profesión soy comunicadora y gestora de proyectos culturales. Siempre había estado promocionando a diversos colegas, porque creo que Ecuador es una nacióncon grandes escritores —hay una gran tradición poética y de destacados escritores dentro de la narrativa—. Lo que hace falta, me parece, es una política de difusión de la literatura ecuatoriana ya que no hemos tenido grandes editoriales.

“No hemos podido difundir a los grandes nombres como Jorge Carrera Andrade o Pablo Palacio, y tampoco a los jóvenes. Me he empeñado mucho en curar antologías que permitan poner a la literatura ecuatoriana en comunicación con el continente. Cuba me ha permitido desplazarme en un escenario de afectos y conexiones, de juntar a los escritores que disfruto y que me gusta acercar al público por ese empeño de comunicadora.

“El periodismo cultural tiene necesariamente que hacer ese trabajo de conectar a los autores con sus lectores y viceversa; de lo contrario vamos a perder el público de la poesía. Siempre estoy imaginando formas creativas de cómo hacer que a la gente le resulte interesante, porque creo que la poesía tiene muchas respuestas que dar. A veces es agotador; eso me obliga alejarme de mi propia promoción. Me toca separarme y desdoblarme en esa parte de gestora cultural que es tan necesaria para nuestros países, y luego ocuparme un poco más de lo mío”.

Hablando de lo tuyo; en tu obra se destaca la presencia constante de la sensualidad. Incluso en poemas que no tienen necesariamente un tema erótico se desliza. ¿Qué hay en esa insistencia en la búsqueda de la belleza?

Para mí la poesía es una forma de conocimiento, de mirar el mundo. Cuando empecé a escribir a los 13 años, llegué de manera natural al erotismo y la sensualidad. Me parece que en este mundo globalizado y de contradicciones infinitas nombrar el cuerpo sigue siendo necesario porque la gente no está reconciliada con su propio cuerpo.

En mis últimos libros está el goce, el placer, pero también está ese cuerpo que se enferma, que es afectado por el dolor y la soledad. Trato de poner ese cuerpo no necesariamente femenino, porque pienso como Virginia Wolf que un escritor tiene que ser un poco andrógino, porque al final es un ser humano contando algo. Por supuesto, hay una visión femenina, pero también trabajo desde algunas voces que son más andróginas —que no masculinas—, y lo que he tratado es construir un proyecto literario a partir de esos ejes: el cuerpo, el erotismo, la sexualidad, el amor, el no-amor, la soledad; tratar de ir encadenando una serie de discursos, de apropiarme de una serie de canales que me permitan comunicar todo eso. He intentado no repetirme pero mantener un hilo constante: escribir del cuerpo y cómo nombrarlo.

Mi último libro, Jardín de dagas, que se presentará próximamente en México, es un escenario en el que la poesía es un jardín, y donde empleo varios recursos donde las dagas se convierten en palabras. Es una propuesta más conceptual, pero no me alejo del goce que permite el idioma. A mí me parece que las palabras son lo más sensual que existe, el escenario ideal para conectar.

¿Cómo llega Aleyda Quevedo a la literatura cubana y qué importancia tiene en su formación como escritora y ser humano?

Empecé a leer poesía a los 11 años, cuando mi papá me obligó a leer a César Vallejo y a otros poetas peruanos. A los 15 entré a un taller de literatura, y uno de los autores que más leímos fue Lezama Lima, que es muy complejo leerlo a esa edad —y sigue siendo un reto—. Siempre estuve alimentada por otros cubanos como Dulce María Loynaz y Virgilio Piñera.

Una escritora que admiraba mucho, incluso había comprado libros suyos en Buenos Aires y España, era Reina María Rodríguez, y a la que las primeras veces que vine a Cuba no pude conocer. La admiraba muchísimo no solo por su poesía sino por lo que las personas me contaban de ella. Me hablaban de una mujer de una sensibilidad súperespecial, de su terraza en la que se suscitaban encuentros, de los libros cosidos, de la Torre de Letras; era como ir armando un mito. Hace dos años nos conocimos y me conmovió un afecto que parece venido de vidas pasadas, y me sentí muy halagada por eso. Cuando ella presentó una antología de mis poemas aquí fue un gran honor.

El hecho de que tenga amigos escritores en la Isla como Reina María Rodríguez y Leonardo Padura, con los que puedo tomarme un trago de ron o una taza de té, me pone en una relación muy estrecha con esta tierra. Relacionarme con autores jóvenes me alucina; estoy viendo registros súperinteresantes como es el de Jamila Medina, por poner un ejemplo.

A cada rato descubro nuevos autores, y eso me lleva a pensar que Cuba no es solo una potencia musical, o un símbolo del socialismo que pervive, sino que sigue siendo una isla que escribe, con unos referentes potentes que nos lleva a estar en contacto permanente con ella. Por suerte, los lazos con Ecuador se han ido consolidando; esta misma ventana que es la Feria del Libro me parece una oportunidad excelente para que nos leamos los unos a otros.

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