Impreso vs. digital: ¿Dónde queda el derecho
de autor?

Thais Gárciga • La Habana, Cuba

A finales del decenio de los 90 del pasado siglo, el entonces director del Departamento de Cultura y Comunicación de la Universidad de Nueva York, en EE.UU.,  Neil Postman, dictó una conferencia magistral y visionaria en el Congreso Internacional sobre Nuevas Tecnologías y Persona Humana: “Comunicando la fe en el Nuevo Milenio”. El título de dicha alocución era “Five Things We Need to Know About Technological Change”, traducida al español como: “Cinco cosas que necesitamos saber acerca del cambio tecnológico”.

Su orador, uno de los investigadores más notables en las últimas décadas sobre el campo de la Comunicación y la Tecnología, específicamente en el área de estudios de la Ecología de Medios, aseveraba en la cuarta tesis de esta exposición que “el cambio tecnológico no es aditivo, sino ecológico”. Postman ilustraba lo anterior  apoyándose en el surgimiento de la imprenta en el siglo XV. Luego del fabuloso invento de Gutenberg, el viejo continente no resultó ser una mera suma de “Europa + la imprenta”, sino que se transformó en una Europa diferente.

A poco más de una década de su discurso las nociones del teórico norteamericano parecen ser a todas luces, la cuerda por donde las tecnologías digitales irrumpen en el mundo editorial. “Los mundos se complementan: lo digital no sustituye al impreso, ni el impreso tapa a lo digital”, afirmó ayer Rafael de la Osa, director del Centro de Desarrollo Informático para la Cultura, CUBARTE. Esta organización publica diariamente un periódico digital de título homónimo en inglés, francés y español,  y es al unísono el portal de la cultura cubana en la web.

El directivo participó junto a otros panelistas cubanos y extranjeros en el encuentro entre traductores y editores que se celebró durante los días habaneros de la 23 Feria Internacional del Libro. El tema versó sobre el e-book y el derecho de autor en el entorno digital.

En el año 2013 el centro CUBARTE presentó su primer libro electrónico, materializado a partir de cincuenta instantáneas recogidas en los archivos fotográficos del Ministerio de Cultura (MINCULT). La mayoría de ellas eran inéditas, y fueron tomadas por reconocidos fotógrafos cubanos que en su época trabajaron como reporteros.

Explicó  De la Osa, que se decidieron por  un libro de fotografía porque uno de los retos consistía en el tratamiento de la imagen en el nuevo formato. En este sentido el contenido se piensa en función del soporte, para que se reajuste según el dispositivo donde se lee.

“Este año presentamos cuatro nuevos títulos, uno de ellos a partir de una multimedia sobre la orquesta Van Van, de quienes no había nada recopilado. Vimos que era muy fácil rediseñarlo como libro digital y convertirlo en otra forma de acceder a  la información. Vamos a generar diez títulos más a partir de multimedias que tenemos sobre Wifredo Lam, Félix Varela, Alicia Alonso, Ernesto Lecuona, entre otros”.

Dentro de la plataforma, el propio periódico ofrece material a partir de sus columnistas. Citó el ejemplo del crítico de artes visuales, Nelson Herrera Ysla, quien prácticamente no tiene libros publicados. “Los textos de crítica de arte casi siempre son costosos por la impresión de las ilustraciones. Hicimos una selección de artículos de Nelson para llevarlo a un libro digital, y como él tenemos más de ochenta columnistas también interesados. Para ellos representa incluso un ingreso por algo que nunca pensaron que se iba a convertir en libro”.

De la Osa también se refirió a la digitalización para conservar y promocionar partituras de música cubana, sobre todo de género tradicional. “Hay una escasez enorme de partituras cubanas en la red, ya sea gratis o cobradas, pero no existen prácticamente”, dijo.

Desde la visión de las editoriales, Juan Carlos Santana, director de Nuevo Milenio perteneciente al Instituto Cubano del Libro (ICL), reconoció que padecen de “resistencia al cambio” por parte de la generación analógica, los migrantes digitales y los directivos de las propias editoriales; además de las dificultades materiales y organizativas que entraña la realización de un libro electrónico.

Todavía no disponen de un sistema estructurado para contratar personal calificado que pudiera llevara a cabo la tarea de diseñar en digital el libro de formato impreso. En septiembre del año 2013 se presentó al MINCULT un proyecto solicitando presupuestos independientes para que las editoriales emprendieran este tipo de proyectos. De igual manera, se sometió a la aprobación del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, un sistema de tarifas de pago para comercializar libros electrónicos dentro del plan productivo de las editoriales cubanas.

Comercializar libros electrónicos supone un desafío para el ICL si bien se considera una inversión de riesgo en términos financieros, al no tener ninguna seguridad de cuándo se retribuirá por concepto de comercialización el importe del resultado de las ventas.

A propósito de cómo se aprecia la situación actual del libro electrónico en la isla, y sus retos inmediatos, Enrique García Marín, de Ruth Casa Editorial describió una minuciosa pero abarcadora radiografía del comportamiento editorial en este ámbito:

En el área productiva hay poca disponibilidad de títulos online, porque todavía se construye la experiencia necesaria respecto a los procesos editoriales de conversión a los formatos estándar. Los altos costos de dicha gestión en el mercado actual se deben a que tienen que competir en contenido, precio, calidad e innovación. Estos dos últimos conllevan un trabajo editorial concienzudo y no conversiones automáticas, como se acostumbra, de ahí la necesidad de la correcta selección de los títulos que se van a trabajar, estudios de factibilidad y retorno de inversión a mediano plazo.

En cuanto al rol autoral, “se observa poca aceptación para con este modelo de distribución, causada en buena medida por la escasa divulgación enfocada a los creadores literarios, la desconfianza a la gestión de los distribuidores, y el poco incentivo a partir de los porcentajes de derecho de autor y por concepto de comercialización”.

Los especialistas cubanos carecen del necesario conocimiento acerca de la industria global, sumado al pobre posicionamiento online de los e-books como productos comerciales. La necesidad de colaboración entre productores y distribuidores no está suficientemente interiorizada entre ellos. Tampoco suele involucrarse a los autores en la tarea divulgativa, cuando son los mejores promotores de su creación. La política de precios es rígida y la piratería, obviamente, también es una dificultad.

Despejando la niebla

Ante este panorama la dicotomía impreso vs. digital va cediendo terreno para reflexionar y alejar incertidumbres. Aunque muchos escépticos todavía se pregunten entre inquietudes y resquemores: ¿Qué sucede con el derecho de autor en estos tiempos de consumos táctiles y ubicuos? ¿Qué consecuencias supone la entrada de la tecnología digital al circuito literario, o más bien, cómo se concibe ahora el statu quo del mercado del libro, la gestión editorial y la ganancia de este último en la cadena comercial?

El uruguayo Carlos Fernández Ballesteros expone que los títulos “cayeron en el universo digital de una manera estrepitosa y brutal, y tomaron desprevenidos a escritores y editores. Ellos se toparon de pronto con un nuevo fenómeno que actuaba con muchísima más rapidez que todas las tecnologías que antes ayudaron a evolucionar el libro”.

Los dilemas alrededor del tema poco a poco van discurriendo para darle paso a algunas certezas. La asesora de la Cámara Argentina de Publicaciones, Mónica Boretto, disertó sobre las acciones que los estados nacionales, las editoriales y sus agentes a escala mundial pueden tomar para proteger el trabajo de sus intelectuales.

La resolución protectora como parte del sistema editorial del libro electrónico, puede recaer en medidas tecnológicas contra la reproducción no autorizada, dígase  encriptamiento o códigos de seguridad sobre el documento, lo cual impide la fotocopia ilícita. Asimismo, las legislaciones jurídicas pueden actuar en el aspecto contractual del producto, cuya violación puede acarrear sanciones.

Valoró de “realmente extraordinario el nivel de la producción de contenido y la calidad editorial cubana”. Esto debería motivarlos a pensar sobre el momento de amparar a los que ejercen el oficio de la escritura, porque tienen mucho para proteger tanto en el ámbito literario, artístico y científico, apuntó.

“Hay que buscar mecanismos de protección adecuados y para eso está el derecho de autor”. Tanto en Cuba como en su país y otros de Latinoamérica, este tipo de leyes no están actualizadas a la luz de los cambios tecnológicos.

“La historia ha demostrado que es imposible dar marcha atrás en lo que atañe a las ventajas tecnológicas y los cambios que desencadena”, asegura. “En lugar de oponer resistencia tenemos que aceptar la inevitabilidad del cambio”. Abogó por la adaptabilidad a las circunstancias actuales, “pues bien se evoluciona o se desaparece”.

Sin embargo, la adaptación no puede ser pasiva ante el fenómeno de la digitalización de contenidos, apunta Boretto, requiere de un activismo, no se puede dejar a la normativa en el escenario digital sometida a las opiniones tecnológicas ni a los intereses comerciales, “necesitamos lograr un equilibrio de intervención estatal, de políticas culturales adecuadas en este contexto”.

Incluso las políticas estatales no alcanzan a regular de manera efectiva el proceso de emisión y recepción de  productos editoriales en las redes virtuales. En opinión de la asesora argentina, se necesitaría un mecanismo global que permita la elaboración de licencias multiterritoriales con carácter internacional, puesto que el derecho de autor está basado en un modelo de negocios de distribución de copias territoriales.

Este tipo de licencias es incompatible con la plataforma de Internet donde se acceden a millones de e-books por su naturaleza virtual e inmaterial, interactiva e instantánea.  Las copias electrónicas no son tangibles, por lo que se transportan de un lugar a otro sin restricciones de índole aduanal o fronteriza.

La necesidad de una infraestructura eficiente es otra arista que afecta profundamente la organización editorial  de e-books. La llamada “brecha digital” fractura a toda la región latinoamericana, en ocasiones este punto es más importante y decisivo que las regulaciones normativas, “las plataformas influyen tanto o más sobre el consumo como el tema de legislación” precisó.

Por último sugirió posibles soluciones a los agentes involucrados en el ámbito literario editorial, con vistas a alistarse para una época donde el verbo de la escritura va acompañado de otros no menos importantes: producir y consumir.

Boretto sugirió que el escritor debe ser flexible, y autorizar al editor a que distribuya en todas las plataformas posibles sus frutos intelectuales.

El derecho de autor como ley tiene que ser mucho más simple, al punto de seducir al usuario e instarlo a abandonar la piratería. Para los cibernautas —en el caso de Cuba no sucede por el momento en el ámbito literario— tiene que resultar más conveniente “bajar” la copia legal que la ilegal. “Hay que trabajar para facilitar el acceso a la copia permitida, los precios de los productos en Internet son generalmente bajos, no podemos imponer entonces precios que el consumidor no pueda pagar”.

A pesar de que las condiciones infraestructurales y administrativas del país carecen todavía de los requerimientos mínimos para la comercialización de este tipo de productos en la Red, tal vez los consejos de Mónica Boretto hoy suenen lejanos para algunos por lo prospectivo; sin embargo, no por ello debemos avanzar a la zaga tecnológica. Significa por tanto que cuando llegue el momento debemos estar preparados, y saber cómo salvaguardar a nuestros literatos y su (nuestra) herencia.

Si el libro impreso o las fotocopias están condenados a desaparecer, lo ignoramos aún. Lo que sí deben concientizar escritores, editores y público lector es que la cuestión de formatos utilizados para el consumo, es menos relevante si hablamos del respeto y la merecida retribución a un autor y su obra.

La ley como instrumento para garantizar y preservar la memoria escrita de un pueblo ha de quedar plasmada así sea en papel con tinta, en bits, o en el dispositivo que todavía está por aparecer. Será entonces cuando su puesta en práctica motive otro trabajo, pues como bien expresara Fernández Ballesteros: a los autores, o se les protege debidamente o emigran, y con ellos emigra la cultura nacional.

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