Conversación con Alberto Sarraín

No me gustan los monólogos

Sonia Teresa Almaguer • La Habana, Cuba

Entre los avatares organizativos de este II Festival del Monólogo Latinoamericano y ante la necesidad de convocar un jurado competente para la evaluación y premiación  de las obras, el nombre del cubano Alberto Sarraín saltó casi desde el primer momento. A su experiencia como director y su irrefrenable pasión por el teatro cubano se unían, para reforzar su candidatura, los trabajos fundacionales del Colectivo Teatral La Má Teodora, la revista del mismo nombre y el Festival del Monólogo Cubano de Miami, que fundó y dirigió, y que propició la presentación en aquella ciudad de numerosos espectáculos producidos en Cuba. Luego fue la invitación vía email y la inmediata aceptación de Alberto, lo que nos permitió disfrutar de su acostumbrada lucidez y sostener esta breve pero provechosa plática sobre las virtudes y potencialidades de la cita teatral cienfueguera.

Imagen: La Jiribilla

Con frecuencia se vincula el nacimiento del Festival del Monólogo Cubano de Cienfuegos, convertido hoy en Festival del Monólogo Latinoamericano, con un evento similar que fundaste y dirigiste en Miami hasta el año 2001. ¿Qué relación existió entre ambos eventos y de qué manera este Festival, que agrupa una significativa muestra de espectáculos cubanos, se conecta o no con las intenciones de aquellos primeros intentos?

No lo creerás, pero a mí no me gustan los monólogos. Al menos para trabajarlos yo. De los casi 50 espectáculos que he dirigido sólo uno es un monólogo: Santa Cecilia, de Abilio Estévez. El auge del monólogo está emparentado con las dificultades económicas que perennemente viven los movimientos teatrales. Es algo que he llamado estética de la crisis o de la miseria y de aquí precisamente surge el Festival del Monólogo de Miami. Lillian Manzor y yo queríamos hacer un evento en Miami que acercara a los movimientos teatrales de aquí y de allá y hacer un festival de teatro era prácticamente imposible, no teníamos espacio propio, no teníamos un centavo, pero teníamos como te dije muchas ganas de hacerlo. Nuestro patrón de referencia era el Festival del Monólogo de La Habana de los años ’80, que después desapareció. Fue algo que funcionó muy bien, a los actores, escritores y directores les gustaba la competencia y surgió un movimiento bonito. Yo hablé con varios amigos. Abelardo Estorino, Adria Santana y Omar Valiño fueron las piedras angulares. Trabajamos básicamente con espacios universitarios y cabarets. Tuvimos, sin un centavo, cinco sedes espléndidas y trajimos 35 artistas cubanos, algo verdaderamente inusual para aquellos momentos. El Nuevo Herald lo llamó el festival de los abrazos, porque una vez terminada la función el público aplaudía de pie y se lanzaba al escenario a abrazar a los artistas. Como verás, desde el punto de vista de nuestro objetivo, el Festival del Monólogo de Cienfuegos no se parece en nada a aquella experiencia nuestra. De hecho, en esta edición no hubo un solo monólogo de la diáspora.

Desde el punto de vista organizativo y del papel que puede jugar un evento así en el contexto cubano y latinoamericano, ¿qué opinión te merece esta segunda edición del Festival del Monólogo Latinoamericano?

Cualquier cosa que pueda decir al respecto se queda chica con relación a la respuesta masiva que el pueblo de Cienfuegos dio al festival. Los teatros llenos hablaron por sí solos. El Festival fue un éxito total. La organización fue buena, apenas unos problemas de transporte con los participantes, más bien circunstanciales. Creo que el Festival se excedió en la programación, obligando a jornadas maratónicas que impedían el contacto entre artistas de diferentes lugares, lo cual debe ser un objetivo del evento porque de esos contactos deben salir futuros festivales, intercambios y relaciones que gesten nuevas reuniones.

¿Cómo valoras el nivel de los espectáculos en concurso en general y los que representaban a Cuba en particular?

Con una programación tan grande se vio de todo. Espectáculos excelentes y espectáculos apabulladoramente malos. Creo que la premiación da cuenta del lugar de Cuba en el Festival con cuatro de los 8 premios entregados. Hubo espectáculos muy buenos. También hubo espectáculos muy largos que se pasaron del tiempo marcado por la organización.

Desde tu experiencia como director teatral y gestor cultural, ¿en qué aspectos podría crecer y perfeccionarse el evento, con vistas a su tercera edición?

Creo que el Festival debería cambiar la estrategia de selección. Hubo trabajos que no debieron pasar al concurso. Hubiera sido mucho mejor haber apostado por la calidad que por la cantidad. Sería interesante cambiar la comisión de selección por un criterio de curaduría, que pudiera seleccionar trabajos con un criterio estético, o a partir de un  tema, de manera que los espectáculos tuvieran una significación en su totalidad y un rigor estético en su particularidad. Dos de los apartados de los premios sintieron duramente esta falta de criterio selectivo. Me refiero a los textos representados y a la dirección. Infinidad de espectáculos eran escritos, dirigidos y actuados por la misma persona y eso sólo en muy pocos casos funciona. Debe haber autores y directores que ofrezcan un abanico estético diferente y eleven el espectáculo de la descarga personal al arte teatral.

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