Entrevista con Alejandro Pérez

Un chama detrás de las cámaras

Aline Marie Rodríguez • La Habana, Cuba

Conducta es, sin lugar a dudas, una película conmovedora. La atmósfera de una Habana profunda, sitiada por trenes y sumergida en peleas de perros y vuelos de paloma, es la imagen de la ciudad donde conviven Chala, Carmela y un grupo de alumnos de primaria.  

Detrás de esos primeros planos de los protagonistas y de las vistas desde azoteas, de una urbe próxima a cumplir su medio milenio de existencia, se encuentra la pericia de Alejandro Pérez como director de fotografía, quien confiesa, en esta entrevista, su corta experiencia como docente. 

“Fue una película que me hizo sentir mucho porque fui maestro y muchas veces quise romper con cosas que estaban preestablecidas y no parecían muy lógicas. Fui castigado y regañado por querer hacer cosas que no estaban dentro de un programa y creí que pedagógicamente eran muy importantes para el alumno”.

Pero, esta faceta suya es completamente desconocida. Su nombre resulta familiar no en el gremio de los docentes, sino en el del audiovisual. Director de fotografía, realizador y camarógrafo, Alejandro lleva casi tres décadas relacionado con el fascinante mundo de las imágenes en movimiento.

Imagen: La Jiribilla

El juego con la luz constituye un elemento esencial para la dirección de fotografía, ¿cómo encontró la gama de tonalidades de la película?

Eso es un proceso que no se descubre nunca en un día, ni en dos, ni en una semana. A partir de que Ernesto Daranas me entrega el guión, lo leo y empiezo el análisis para hacerle después una propuesta. Luego conversamos muchas ideas y caminamos por la Habana Vieja para ver por dónde encaminar la película.

Es una historia contemporánea y desde aquel momento me di cuenta del gran guión que estábamos enfrentando. Era tan fuerte, tan interesante, tan dura que le propuse no diluirnos en grandes planos generales, ni en ningún tipo de virtuosismo, sino concentrarnos en los planos medios y en los primeros planos de los actores. Trabajar la película, a nivel visual, con muchos telefotos.

Quería que los fondos tuvieran una presencia, pero no se convirtieran en los protagonistas, sino que fueran los actores y la historia contada. A esta película le iba muy bien este tipo de fotografía. Es muy naturalista, con una luz muy realista. Ahora, viéndola, fue la mejor decisión que pudimos tomar a la hora de enfrentar la parte visual. 

¿Cómo hallaron las locaciones ideales para la historia?

Se realizó un trabajo muy interesante con los muchachos de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA). A partir de intereses muy específicos ellos salieron a buscar azoteas, lugares, tiraron fotos, hicieron una prefilmación, lo cual nos ayudó mucho a agilizar y definir cuáles eran las locaciones.

Es una película donde se registra la realidad de la Habana Vieja, todo ese ambiente. Esa ciudad destruida, que también tiene un papel protagónico a nivel visual, aunque muchas veces los fondos están desenfocados.

Queríamos que el espectador sintiera la destrucción y la belleza a la vez. Esta es una película de la Habana Vieja. Las escuelas, las calles, las azoteas, las locaciones, todo su contexto ocurre allí. Eso me dio mucho placer. Estaba loco por hacer un material en el que se registrara esa parte de la capital.

¿Cuán difícil fue rodar en esos lugares?

La experiencia fue muy buena, hice mucho ejercicio subiendo y bajando escaleras. Por ejemplo, las secuencias de la peleas de perros eran en una azotea, en un séptimo piso y sin elevador. Teníamos que subir todos los equipos, bajar a la hora de almuerzo y volver después. Lo cogíamos con buen humor, pero no es menos cierto que fue agotador.

Muchas veces no filmábamos en una sola azotea, sino que, desde distintos ángulos, había cámaras en otras. Con walkie-talkies sincronizábamos todo para tomar la misma escena de una sola vez. Cuando trabajas con niños hay que ser cuidadoso y no repetir mucho.

Todas las habitaciones, las locaciones son reales. Allí vive gente y está la música puesta. Fue una cosa cotidiana todos los días de filmación, pero a la vez resultó muy lindo porque había participación de la gente. Dondequiera que llegáramos siempre nos recibían muy bien. Eso es parte de la cultura del cubano.

Muchas personas participaron en la película inconscientemente, porque como trabajamos todo con telefoto no teníamos las cámaras encima de los actores. Además, como estaban ambientadas en la calle, había escenas que se improvisaban para buscar la naturalidad de los movimientos de la gente que, a veces no eran extras, eran reales. Era parte del concepto visual de la película. Ellos no sabían que estaban siendo filmados. Eso le da nivel de credibilidad a la obra.

Ha trabajado en varias películas, como Viva Cuba y Habanastation, cuyo elenco principal ha estado integrado por niños, también ha dirigido videos clip protagonizados por ellos. A partir de esa experiencia, ¿cómo se desarrolló su relación con los pequeños en Conducta?

Fue muy simpática porque a nivel personal soy un niño. Me gusta jugar con ellos. Es un problema de alma: soy así, toda la vida he sido así y tendré 70 años y seguiré siendo igual. Como me considero uno más la relación siempre, en todas las películas en que he participado, ha sido muy especial.

A pesar de ser el director de fotografía, me relaciono con ellos como un chama más. Eso también ayuda y es importante a la hora de filmar. Como estrategia es muy bueno para ellos tener con el director de fotografía, con el que tiene la cámara delante, una comunicación, como un amigo más. Eso les permite estar más relajados en el momento de la escena e incluso muchas veces me preguntan cómo los vi y les enseño cómo salieron en la cámara, les doy mi opinión.

Existe una complicidad de amiguitos y eso les hace sentirse más desinhibidos. Son niños que nunca en su vida han actuado, que por primera vez se enfrentan a una cámara y hay que pararse delante de una para sentir, verdaderamente, ese temor.

En esta ocasión también se desempeña como actor, ¿considera que es más difícil estar delante o detrás de las cámaras?

Aquí interpreto a un taxista. Fue una actuación inolvidable. Daranas me dijo que más nunca me contrataba como actor porque no soy muy bueno. Tuvo que repetir varias veces la toma, pero fue muy simpático. Ahí te das cuenta, cuando tienes una cámara arriba, la presión que se siente.

¿Cómo funcionó el trabajo con Daranas?

Es la primera experiencia con Daranas. Él es una persona muy seria y pone todas las neuronas en función de los actores y de la puesta en escena. Siempre me ha gustado trabajar y estar como una esponja en el momento del rodaje y, en ese sentido, él es igual.

Recuerdo que le fui a hacer una propuesta y él vino con la misma sugerencia: no hacer guión técnico en la película. Solo se hizo para escenas muy complejas, para tener claro cómo las íbamos a filmar. En el resto de la película dejamos esa responsabilidad a la espontaneidad del momento y eso me gustó mucho. Es muy rico poder trabajar así, ofrece mucha libertad a la hora de iluminar, de colocar la cámara. Posibilita hacer lo que sientes en ese momento y cuando se trabaja con niños es una buena fórmula.

¿Esperaban la acogida que ha recibido el largometraje entre los espectadores?

He visto la película más que nadie en el mundo porque estuvimos prefilmándola, filmándola, después en proceso de postproducción, de corrección de color. Durante meses la vi completa sin sonido y, desde ese momento, le comenté a Daranas que iba a funcionar, porque mientras la veía sin música, sin textos ya sentía y me motivaba viéndola.

La realidad superó todas las expectativas. Además, no creo que sea comercial, sino que se convirtió en un fenómeno comercial, en el sentido de que el público la ha visto y ha repletado los cines. El guión, la filmación, los niños, las actuaciones, la edición, todo tuvo esa magia.

Es una película cubana, pero a la vez es internacional. No sospecho, para nada, que también va a tener éxito fuera de la Isla. A pesar de que el tema es cubano, es también universal. Son los valores lo que más resalta en esta película. El valor del ser humano es la tesis de esta película.

A nivel personal, ¿cómo valora la historia contada en Conducta?

Las personas cambian y después de Conducta me siento un poco más grande. La película me enseñó que existen valores que no se pueden vender por nada. Existen también muchas Carmelas, pero están ocultas o las han ocultado. Yo tuve más de una y el mismo Daranas también. Es un personaje real y todos han tenido, alguna vez, a una Carmela. Creo que es una enseñanza para todos, para Alejandro Pérez también. Me ha hecho crecer como ser humano.

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