A mis amigos de la locura

Fernando León Jacomino • La Habana, Cuba

Siempre que asistimos al teatro o a cualquier otra actividad social que no nos satisface, terminamos imaginando qué hubiésemos hecho con nuestro tiempo en otro contexto. Pero si además sucede que hemos sido convocados con el sano propósito de disfrutar hechos artísticos, entonces la permanencia ante espectáculos que no cumplen las más elementales normas de la representación teatral se vuelve eterna. En estas cosas pensaba cuando me enfrentaba a alguno de los unipersonales que concursaron en el Segundo Festival del Monólogo Latinoamericano de Cienfuegos, celebrado entre el 12 y el 16 de febrero de 2014. No mencionaré aquí títulos concretos ya que su inclusión en la cartelera del evento trasciende con mucho su responsabilidad, la cual recae completamente sobre el Comité Organizador, que deberá prestar mayor atención a los trabajos de preproducción y, particularmente, a la selección de la muestra en concurso.  Probablemente se necesiten dos jurados: uno previo y más numeroso, con predominio de especialistas locales, que asuma la difícil tarea de seleccionar (y disponga de más tiempo para ello, naturalmente) y otro que se ocupe, ya como parte del evento, de jerarquizar entre lo seleccionado y conceder los premios. 

Imagen: La Jiribilla

El actor argentino Lautaro Lamas protagoniza la obra En el viento aire puro

Ayudaría también, teniendo en cuenta la frecuencia bienal del Festival, emprender una labor de rastreo previo, que identifique posibles participantes y propicie la gestión proactiva del Comité Organizador. Para esto podría ser muy útil tanto el internet como la consulta a especialistas de instituciones nacionales que habitualmente participan en eventos de otros países, así como la incorporación de algunos procedimientos ya explorados por el Departamento de Teatro de la Casa de las Américas, en función del Mayo Teatral.

La solución de este problema es decisiva para completar la agenda de un evento que destaca por su organización y por el tipo de relación que propone con el público local, devenido anfitrión de los más de veinte espectáculos que visitaron la ciudad.  Destaca también el hecho de que las condiciones logísticas generales fueron muy cercanas a lo óptimo y las de trabajo fueron las mejores posibles, en salas que muchas veces no disponen para su trabajo cotidiano de los recursos tecnológicos que movilizó el evento, a instancias del Consejo Nacional de Artes Escénicas, su principal auspiciador. Hay que agradecer el sentido de la responsabilidad y el buen carácter de todos los organizadores y prestatarios de servicios, y de todos los colegas que recibieron y atendieron participantes. A los jóvenes que poblaron las calles con sus espectáculos y divertimentos. A los periodistas que divulgaron y reseñaron cada presentación. A los trabajadores de los diferentes hoteles y casas de visita que alojaron a los participantes y, muy especialmente, al equipo de trabajo del Teatro Tomás Terry y a sus cómplices del Consejo Provincial de Artes Escénicas y la Dirección Provincial de Cultura. Más importante que los recursos que se le destinan, que no son pocos, resulta el espaldarazo que las instituciones cubanas le han dado a este emprendimiento, integrado ya, por derecho propio, al cronograma de eventos fundamentales del país.

Claro que hay aspectos a perfeccionar como la selección y cantidad de obras en concurso, la carencia de espacios para el intercambio profesional entre los participantes y la efectividad de las segundas funciones en todos los espacios pequeños; pero no será hoy que me detenga en tales asuntos, nimios en comparación con la fiesta de reunir a teatristas de nueve países latinoamericanos, con suficiente madurez como para someterse al concurso sin comprometer por un segundo la confraternidad y el buen talante. Eso, por suerte, pertenece ya al ámbito de lo conseguido, resultante en buena medida del modo eficiente en que se organizaron y ejecutaron cada una de las tareas organizativas y sus pequeños detalles. 

Algunos invitados devienen anfitriones

Un acierto del festival fue la articulación de una programación colateral, integrada por performances y espectáculos diseñados para espacios no convencionales. Estas acciones descansaron sobre todo en los grupos Tecma, de Pinar del Río y El carro de Thespis, de Cienfuegos, dos agrupaciones muy jóvenes que han apostado por la escena callejera.

Imagen: La Jiribilla

Alma de Tierra, del grupo Tecma fue seleccionado por los organizadores para la antesala del acto inaugural y ubicado frente a la fachada del teatro. Esto ayudó mucho a la convocatoria del público, sobre todo de espectadores que no asisten habitualmente al teatro y que, o bien motivados por la omnipresente promoción, o simplemente atrapados por la colorida y dinámica propuesta callejera, acompañaron los diferentes momentos de la apertura. Tocante al espectáculo, los jóvenes pinareños hicieron gala de su voluntad comunicacional y exhibieron una artesanía teatral cuidadosamente elaborada y adecuada al espacio exterior; virtudes necesarias  para el tipo de comunicación que se proponen establecer, pero insuficientes por sí solas para mantener por mucho tiempo el interés del espectador. Después de un pórtico extenso y mal iluminado, que acentuó las limitaciones en la manipulación del títere metálico y creó, en términos de contenido, una expectativa que luego no se desarrolló; sobrevino un desfile de bailarinas y zanqueros, desconectado de la escena inicial pero de mucha vitalidad y respaldado por las soluciones coreográficas, muy adecuadas para el espacio elegido. La artesanía teatral alcanza su punto más alto en el vestuario y los zanqueros y, muy especialmente, en la figura del gran pájaro, integrado a uno de estos. Si hay un punto lleno de potencialidades en la propuesta, es justamente la visualidad del gran pájaro, que ojalá pudiera clonarse, requerida quizás de una iluminación interior menos ingenua y de una manipulación más elocuente, capaz de enajenar al espectador de la dificultad que supone el manejo de los zancos y los inconvenientes del traslado en su relación con el resto de las figuras que ocupan el espacio escénico. La banda sonora es otro aspecto a reconsiderar, sobre todo teniendo en cuenta que la ejecución en vivo resulta muy pobre con respecto a la música grabada, la cual a su vez funciona más como acompañamiento gratuito que como elemento de lenguaje integrado a la acción teatral. Otra cosa que ayudaría es acogerse a una fábula sencilla, cuya progresión dramática pueda resolverse con mayor facilidad, tomando en cuenta las limitaciones del discurso elegido y aprovechando al máximo las posibilidades de lo que ya se ha logrado en términos de visualidad y dinámica. Dicho en otras palabras: la fuerza y el colorido de Alma de tierra alcanzarían para mucho más y sus artífices estarían en condiciones de aportar un resultado muy significativo a nuestra escena teatral callejera. Lograda la magia, no debe renunciarse a conquistar la dramaturgia espectacular. Algo bien difícil, pero no imposible.

Otra sorpresa para visitantes y transeúntes fueron las esculturas vivientes que nos regaló El carro de Thespis, agrupación local dirigida por Liván Rodríguez. Es una aproximación a las llamadas escultural vivientes, localizables en cualquier contexto urbano de Latinoamérica y Europa y cada vez más visibles en Cuba desde que, en el año 1999 y por invitación de la Casa de las Américas, nos visitara el Teatro Tecal, de Colombia, con su espectáculo El Álbum: instantáneas a color. Quince años después y sin que pueda verificarse contacto directo entre ambas experiencias, resulta curioso cómo las figuras cienfuegueras se emparenten con aquellos personajes del Tecal, ya que sus caracterizaciones no se reducen a la apariencia exterior de cada personaje y su estudiada quietud, sino que de repente estallan en pequeñas escenas de graciosa interacción con el espectador asombrado.  Concebidos como complemento y devolución artística de los anfitriones, las entregas de Tecma y El carro de Thespis, entre muchas otras, confirieron una especial cualidad al paisaje del evento y aliviaron, de algún modo, la densidad de su programación. 

Los extranjeros

Entre los foráneos, ganador del Premio a la Mejor Actuación Masculina, el unipersonal En el viento aire puro, de grupo Chakarunas, de Argentina asombra por la homogeneidad de su discurso escénico, respaldado por una puesta en escena minimalista en lo formal y corrosiva en sus presupuestos ideotemáticos. La pauta de enunciación es abigarrada y compleja, sin comprometer por ello la comunicación con un espectador que desconoce el contexto base. Manejado como territorio de múltiples confluencias, el texto conmueve, informa y a la vez desgrana fragmentos de una realidad convulsa y laberíntica, completamente fuera de control para el personaje. La caracterización física y la reducida pauta de movimientos y articulaciones, refuerzan la sensación de asfixia material que impone la dramaturgia. El adecuado diseño de las escenas y su rítmica consecución producen una acumulación sensorial intensa, aun cuando la densidad gestual se desinfle un poco hacia la segunda mitad de la representación.

Comentario especial merece el montaje Tal vez seja amor, otra de las menciones del jurado en el apartado de actuación femenina. Uso intencionalmente la palabra montaje porque nunca fue tan exacta como para designar la puesta del brasileño Colectivo Dúo. A caballo entre el performance y lo que entendemos por teatro, la actriz Mayara Darna y su equipo combinan técnicas de teatro espontaneo e interacción creativa con el público con una sucesión de escenas sueltas para cuestionarse, con humor y aparente ligereza, la interdependencia sicológica y física que suele generar la relación de pareja. Toma del performance la apropiación de procedimientos de representación estrictamente teatrales, acomodados a las peculiaridades físicas de la actriz. Cada escena concentra un tipo de sensación o describe alguna de las actitudes que se derivan de la dicotomía amor-odio en que suele devenir la relación con el otro. También del performance, o del teatro en la más amplia y desusada acepción del término, toman estos jóvenes la capacidad para producir en el espectador una sensación de espontaneidad que parte de la ubicación intencionada de los diferentes cuadros de acción teatral, así como del uso múltiple del objeto naranja, sus fluidos y aromas. El mismo jugo que en un momento denota  sometimiento, al siguiente refuerza la sensualidad de una escena para luego diluirse entre lágrimas o sugerir sangre. Ayuda mucho la capacidad histriónica de la actriz, su intención lúdica y la efectiva interacción de su contraparte, el director Fabiano Lana; responsable también del sonido, la iluminación y las proyecciones audiovisuales preconcebidas e interactivas. 

Imagen: La Jiribilla

La actriz argentina Nadia Grandón en La noche devora a sus hijos

La gran ganadora del certamen fue Nadia Grandón, actriz y directora, quien optó por representar un monumental texto de su paisano Daniel Veronese. Tanto el texto como la puesta se alzaron con el Premio Principal en sus respectivas categorías, pero lo que más me cautivó fue la increíble precisión y conmovedora verosimilitud que logra Nadia con su partitura física y su correspondiente modo de enunciación del texto. No hay un solo ademán fuera de lugar, ni alcanzo a imaginar mejores soluciones para los diseños de banda sonora, vestuario y luces. La caracterización del personaje es impecable y el embrujo que produce la palabra representada me transportó de golpe a la penumbra densa del cafetín donde comienza y termina el relato.

Otras dos agradables sorpresas fueron las de Papo Impala está quitao´ y A mis amigos de la locura, del puertorriqueño Teófilo Torres, donde prima la concentración de la energía y la coherencia absoluta con los modelos de representación elegidos, incómodos para el actor y, por eso mismo, en extremo inquietantes para los espectadores.  Concebidos ambos espectáculos para prácticamente cualquier tipo de espacio, pero muy dependientes de una relación cercana con el público, Papo Impala…  tuvo que llenar el escenario principal del Terry, demasiado amplio y distante de una platea extensa y muy abierta, lo cual afectó el ritmo, sobre todo de la primera parte, coincidentemente la más densa. 

De ahí que nos pareciera pobre, a nivel de puesta en escena, una pauta cifrada en el recogimiento y la síntesis, cuya principal riqueza consiste, justamente, en todo lo contrario de lo que se esperaba del lugar y horario elegidos.  Por eso no deberíamos leer pobreza donde realmente hay intencionalidad e indebida asignación de espacio. Una vez identificado con el trazado hiperrealista del personaje, que baila y se rasca sin parar, uno hasta se contagia con la picazón y se conecta con la historia, que ya para entonces transita los vericuetos del celestinaje y la enajenación, gracias a la interpretación truculenta de clásicos literarios como La Celestina, de Fernando de Rojas y La Metamorfosis, de Franz Kafka; puestos en boca de un amigo del personaje. Y es en este punto donde un espectáculo se conecta con el otro, el túnel por donde penetramos a la selva interior de Umpierre, el personaje de A mis amigos de la locura, un veterano de la guerra de Viet Nam que nos transmite desequilibrio a través de su hiperactividad, siempre orgánica, mientras desgrana con total coherencia uno de los discursos más cuerdos y responsables que he escuchado jamás sobre la guerra y sus implicaciones. 

El caso Teófilo Torres debió haber generado una situación difícil para el jurado y los organizadores. Se trata de un actor de mucha experiencia y gran talento interpretando personajes que ha sabido mantener con vida durante treinta y siete años, al punto de que cada uno de los espectáculos anda cerca de las mil funciones. Además, y como si lo anterior fuera poco, entró al ruedo con dos propuestas, mientras que los demás concursantes presentan solo una. Teófilo, en tales circunstancias, es lo más parecido que he visto a un invitado especial, fuera de competencia. Ha de ser por todo esto que el jurado decidió concederle un Premio Especial, una especie de Gran Premio Tomás Terry que tal vez debería mantenerse como opción para casos excepcionales como el que ahora nos ocupa.  

Las cubanas y los cubanos

Ganadora de la mitad de los premios y menciones del jurado y del Premio Especial de la Asociación Hermanos Saíz, la presencia cubana resultó la más contundente de la participación por países. En el apartado de Mejor Actuación Femenina, Milva Benítez compartió mención por su desempeño en Medea sueña Corinto, de Abelardo Estorino, mientras que Monse Duany se alzó con el Premio por su trabajo en Las lágrimas no hacen ruido al caer, con dirección de Miguel Abreu sobre el texto homónimo del Alberto Pedro Torriente.

Nadie podría negar la potencia histriónica y la vis cómica de Monse, ni su capacidad para forcejear y hasta para someter,  por momentos, a la tradición musical cubana en toda la dimensión de su teatralidad.  Sin embargo, el torrente de su interpretación sufre de tal saturación sonora y rítmica que a veces nos deja sin aire, escamoteándonos la complejidad sicológica del personaje y sometiéndonos a una gestualidad demasiado ilustrativa y excesivamente enfática. Ello no impide, no obstante, que el espectáculo sea una gran fiesta para los sentidos, la batalla exitosa de una gran actriz con un texto inconcluso, fragmentario y anclado en el ritual afrocubano.  Pero la efectividad de la puesta en escena sería mucho mayor si la sensualidad y el desparpajo de Osiris pudiese verificarse por contraste, si la intensidad del discurso musical (demasiado pródigo en canciones), se alternase con pequeñas islas de una enunciación más sosegada y con cadenas de acciones físicas menos  grandilocuentes y reiterativas; de efectividad similar a aquella en la que Osiris devora una pera mientras desgrana un parlamento vital para desentrañar la evolución de su carácter. En este sentido, la pauta gestual inicial, diseñada como caricatura del texto y la canción, vislumbra un valioso camino que luego se abandona, cediendo paso a los clisés personales de la actriz.

Lienzo de mujer que espera, del pinareño Teatro Rumbo, cuyo éxito descansa en las posibilidades actorales de su protagonista y en su capacidad para producir hilaridad a partir del tratamiento farsesco de lo real, recibió mención en el apartado de Mejor Actuación Masculina y Premio de la Popularidad, pese a que fue programado en la sede más alejada del circuito principal. La imagen travestida de Perancita que nos regala Jorge Lugo (condición de la que no se abusa, lo cual es de mucho agradecer), evoca al personaje de barrio, la mujer cincuentona venida a menos que lo mismo se eleva sobre su penuria material para vivir del recuerdo que se solaza en subrayar el costado ridículo de su cotidianeidad. Esta condición distanciada le permite ir de la risa al llanto y examinar con agudeza una gama de temas que va del contenido de su pitanza a la unión consensual con Felipe y probablemente con Félix, primo de aquel, que finalmente la acompaña cuando Felipe emigra. El diseño de banda sonora exhibe una coherencia admirable, ya que la decadencia del personaje y su contexto se han transferido con acierto a la textura misma de los fragmentos musicales seleccionados, los cuales además consiguen armonizar adecuadamente con las escenas que recrean. Tal vez la mayor debilidad del espectáculo sea su dramaturgia, el tratamiento demasiado raso de determinados pasajes cotidianos que no alcanzan el grado de elaboración promedio del texto. Queda también espacio para crecer en el campo de la dirección, buscando una mayor fluidez del tránsito entre las escenas y un uso más creativo del área de representación, que contribuya a descargar la excesiva presencia del actor en proscenio. La escena final, que se nos presenta como coda o epílogo, merece una mayor integración al bloque principal, ya que constituye un final de lujo, probablemente el momento más conmovedor de  la puesta en escena.

Imagen: La Jiribilla

Botella, de Buendía-Alba, nos reveló a un Rubén Araujo con amplio dominio de la escena, buena proyección de la voz y destreza en el manejo de múltiples elementos, todo lo cual le valió para obtener otra de las menciones de actuación concedidas por el jurado. Genera demasiada inquietud, no obstante, la enorme extensión del texto y la monotonía de una puesta en escena lastrada por la reiteración no incrementativa de una misma secuencia de movimientos. Llega un punto en que la traslación de las botellas de foro a proscenio simula un enorme reloj de arena o conteo regresivo del tiempo que le va quedando a la representación, lo cual conspira contra la asimilación del texto. Sin embargo y para bien, este hecho contrasta con la cuidada selección del objeto botella y su integración al discurso escénico.

En las antípodas de todo reinó Giornado Bruno, con puesta en escena y actuación de Marcel Méndez para Teatro de la Luna y ganador justísimo del Premio Especial de la Asociación Hermanos Saíz. Es la suya una estrategia cerebral, que usa el libreto como base para un experimento estructural, una deconstrucción del hecho teatral y sus implicaciones éticas; reproduciendo así, en el plano formal, las mismas contradicciones que resume el texto. Giordano Bruno es aquí un monigote de trapo, quemado de antemano, y su descarnada historia es un pretexto para examinar la importancia y los riesgos de ese primer acto de libertad, probablemente el único, el de pensar con cabeza propia y (lo que es mucho peor) actuar luego en consecuencia con lo pensado.  Hay también aquí una cínica manipulación del espectador. De un actor patas arriba, de musculosa pero discreta complexión, que te hace pensar en cualquier cosa menos en el entretenimiento, pasamos a la tonta interpretación colectiva de un texto grave, presuntamente apócrifo. Claro que esa operación malvada descolocó por completo mi percepción y me puso a pensar en la impertinencia de aquel prólogo, generándome  gran incertidumbre con respecto a la acción venidera.  Y entonces vino el relato, expuesto con total organicidad y con salidas de tono que denunciaban la burla. Y confieso que me alegró mucho lidiar con un espectáculo así, irreverente en profundidad, con un actor alzando su voz de condenado a muerte frente al asfixiante cerco de la fórmula y el buen decir teatral y por encima de tanta opinión especializada.

Ahora solo faltaría emprender un nuevo camino promocional que destaque y ponga en circulación, a mayor escala y cada uno de acuerdo con su naturaleza, los seis unipersonales que tan dignamente nos representaron en esta segunda edición del Festival del Monólogo Latinoamericano en Cienfuegos y emprender, desde ya y entre todos, los trabajos organizativos para la tercera edición de un evento que, al parecer, llegó para quedarse.

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