Ta Makuende Yaya y el tejido sociocultural cubano

Reynaldo González • La Habana, Cuba

He contraído una deuda de gratitud con Natalia Bolívar y, junto conmigo, todos los que en sus múltiples expresiones amamos la llamada “cultura negra” de Cuba, o afrocubana, como parte de nuestro panteón básico. Lo mío fue un vínculo amistoso desde que le edité y prologué la joya de su corona, Los orishas en Cuba. Luego vinieron otros libros donde se aunó mi trabajo con el suyo. Entre ellos este Ta Makuende Yaya y las relaciones de Palo Monte que hoy, enriquecido, se entrega de nuevo a los lectores. Recuerdo cuando monseñor Carlos Manuel de Céspedes y yo presentamos su primea edición, que ya  llevaba un prólogo mío. Una tarde húmeda y calurosa, frente a un auditorio que desbordó la sala Martínez Villena, donde mal funcionaban los aires acondicionados. Batir de abanicos y pencas multicolores, una transpiración que la tensión del público aumentaba por el temor de no alcanzar los ejemplares deseados, ya sabemos que la Bolívar siempre se mueve en olor de multitud. Se me ocurrió empezar con una frase que supuse eficaz: “Solamente Natalia Bolívar puede unir a Dios y al Diablo en la tierra del sol”. Rápido como una saeta terció Carlos Manuel: “Reynaldo, ni tú eres tan pecador ni yo tan santo”. Comprendí la condición herética de los cultos allí estudiados, si los mirábamos desde la religión católica, y a una mirada de conjunto en las circunstancias históricas de Cuba, la que del vicario habanero, hombre realmente ecuménico y de acendrada cultura. El cariñoso llamado de atención llegaba en una atmósfera inclusiva y respetuosa.

Imagen: La Jiribilla

A la fundamental columna levantada por Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Teodoro Díaz Fabelo, Rómulo Lachatañeré y otros grandes, le estaban naciendo retoños enérgicos y saludables, gracias al trabajo continuado de esta investigadora, que por igual sirven a la historia, la indagación sociológica, al trabajo teatral y pictórico y, de manera irrefutable, a una sociabilidad inteligente que no descarta ni mira por encima del hombro los diversos ingredientes de un cuerpo ya indivisible. Ella había alternado estudios de la africanía cubana en innumerables tareas, asumidas con honestidad y pasión. En las últimas décadas, como corolario de una dedicación permanente, el nombre y el trabajo de Natalia Bolívar es inseparable de estos asuntos y se refleja en incontables caminos. Natalia y yo nos conocimos un día imprecisable, afanados en el rigor de las expresiones cubanas que definen el arte y el pensamiento, en las a veces subterráneas batallas por defender la dignidad de nuestra cultura frente a quienes decían representarla pero se mostraban como usurpadores de un bien común, que sabemos sagrado. La sabiduría expresada en Los orishas en Cuba se declaraba modesta y constante, como la gota que al fin penetra la piedra. De tal materia está hecha esta mujer y la transmite con una reciedumbre que cada día se posesiona de nuevos terrenos, crecidos en la aceptación de sus lectores.

Poco después conocí a Carmen González Díaz de Villegas, investigadora que venía de otros predios. Su afán de conocimiento y su pasión por las raíces de la mezcla de culturas y razas de la cubanidad, la hizo coincidir con Natalia en uno de los libros más aromáticos y suculentos de nuestro librero: Mitos y leyendas de la comida afrocubana. Exploraron la tentadora manera en que también en los calderos se reflejó la transculturación dicha por Ortiz: una convivencia de siglos, reflejada en los paladares de los dominadores como una colonización a la inversa. En la cocina se libró una batalla vindicadora de los dominados, hasta unir a amos y esclavos en el goce de una culinaria diferente. Como muchos, me he servido de sus páginas para enriquecer mi mesa, aventura con ritmo de tambores, los del grupo Los Nanis, que acompañaba sus conferencias. Natalia y Carmen buscaron en las sartenes lo que otros ejemplificamos con el tabaco, el café y el ron, esta cultura de sobremesa —todo para después— que no desperdicia condimento ni lugar para tejer la historia entendida como crónica de costumbres y la paulatina evolución humana. A la mesa cubana llegaron en aluvión sabidurías africanas y españolas, francesas y chinas, cumpliendo una ruta que nació humilde y se elevó a salones aristocráticos, con la misma simpatía doméstica que operaba en las zonas portuarias, las calles y plazas de la Habana Vieja, los pregones callejeros que engendraron espléndidas melodías que mucho debieron a los anafres de negras esclavas del servicio doméstico, o libres, y que ellas no perdieron de vista. Una tradición deleitosa, sazonada en la práctica, en la improvisación de la cotidianidad. En aquel libro corporizaron, por las virtudes de la letra, una trayectoria de siglos.

El libro Ta Makuende Yaya y las reglas de Palo Monte. Mayombe, Brillunba, Kimbisa y Chamalongo —que así de pluralista es el título— alcanzó un escalón más intrincado. Natalia y Carmen se entroncaron con la gran maestra del conocimiento cubano, Lydia Cabrera, cuando investigó sobre la Sociedad Secreta Abakuá y sus firmas de misterios prodigiosos, recogidos en Anaforuana. Continuaron una herencia que se devuelve al pueblo de su origen. Curioso que haya tantas mujeres empeñadas en escrutar las variantes de nuestra cultura en zonas predominantemente masculinas, como respondiendo al reto de no perder un terreno enhebrado en nuestra riqueza cultural. Curioso que de tantos estudios sobre el aporte africano, iniciados pero inconclusos, o perdidos en las gavetas de la indiferencia, afloren los de estas señoras blancas, de raigambre aristocrática e insoslayable cubanía. A la tercera firma de esta edición, Natalia del Río Bolívar, Natacha para quienes tenemos el privilegio de su cercanía, la conocí en las olas y los estremecimientos del trabajo editorial y, más recientemente, en las labores de la revista que dirijo, La Siempreviva. Es la compañera constante de su madre, participante en las búsquedas y en la concreción de los conocimientos que pueblan sus libros. Por ellas, y por mí, han pasado benévolos años que confirman la amistad y el respeto.

Desde los estudios de Lydia Cabrera en los predios del afrocubanismo ha ocurrido un viraje radical en las reglas del juego social, sin que podamos afirmar que arribamos a un paraíso inexistente. Si apreciamos la continuidad, las búsquedas, la apropiación de nuevos espacios confluyentes, notamos un conocimiento abarcador, porque no se trata de una disciplina rígida y repetitiva, sino del descubrimiento de nosotros mismos. No hago mías las afirmaciones triunfalistas pero irresolutas que desbordan la prensa en su fatua reiteración de eslóganes que en el plano social incorporan más desconciertos que certezas; observo que la exploración de la riqueza material y espiritual ha ganado en avances donde se suman los de estas mujeres sabichosas y tenaces. Lo demuestra este libro, impensable unas décadas antes. Estoy convencido de que no habrá retroceso en la aceptación de las esencias verdaderas de nuestra cultura, siempre que se conozcan y asuman con equidad, manejos que por valorar lo uno soslayan lo otro. Si antes torcieron y despreciaron la herencia africana en nuestra cultura, hoy estamos ante la búsqueda de un equilibrio en las valoraciones. Como alertó Fernando Ortiz, se impone un conocimiento maduro, sereno, acompañado de un fiel de la balanza. Lo dejó dicho en La africanía de la música folklórica de Cuba: le preocuparon las tendencias pintoresquistas, populistas, el exceso, la reiteración, el aprovechamiento comercial y publicitario desde tendencias que se implican más en el negocio que en la indagación de una riqueza cultural, para ponerla en servicio de ambiciones personales e intereses espurios. En este sentido me expreso desde mi propia obra, pues a quien escribió Contradanzas y latigazos y La fiesta de los tiburones difícilmente podrá tildársele de tendencioso. Con libros como el que han escrito Natalia y Carmen, más la colaboración de Natacha, no habrá retroceso en el reconocimiento de raíces y razones culturales. Debemos estar alertas, no confundir el uso con el abuso que puede toparse con efectos contrarios a los imprescindibles y provocar el hartazgo, la insensibilidad.

Las autoras de Ta Makuende Yaya y las reglas de Palo Monte, con documentación y cuidadoso abordamiento de la materia estudiada, nos proponen el recorrido por los intrincados trillos de una historia que nació lejana y se hizo parte de la nuestra, pues la forjó, en una corriente donde confluyeron ríos de sangres diversas. Hablo de una herencia negra para una cultura mestizada. En esa parte de nuestra consustancialidad humana tienen enorme importancia los elementos que sintetizan en las reglas de Palo Monte, cercanas del esfuerzo físico, el trabajo, la organización social, una valoración de la hombradía, el respeto, la fidelidad, el carácter, la energía, una dignidad que fue el blasón de los que no ostentaban blasones. Cuando nos acercamos a estos temas debemos hacerlo sin visiones apriorísticas, con el aviso de quien toca una de las almendras puras de nuestro acervo, significativa entre las que movilizaron con fuerza irradiante la vida familiar y sus conceptos genitores, las estructuras del pensamiento social más profundo, qué importa si no alcanzaba los sitiales doctos, los curules magnificadores. Fueron y son reglas de comportamiento que las agresiones desde los estratos dominantes obstruyeron pero no debilitaron porque aprendieron artes de supervivencia y le aportaron algo más que los reclamos de la inmediatez y la puerilidad de lo contingente.

En este estudio apreciamos la coherencia de una cultura que el desprecio quiso presentar torpe y en algunas ocasiones “regresiva”, como un ponderado analista calificó la poesía de Nicolás Guillén porque apelaba a cantones culturales diferentes a los caminos trillados del clasicismo. En estas páginas se palpa la estructura de una filosofía elaborada desde sus orígenes, reflejada en estamentos ajenos a las imposiciones de castas que se apropiaron de la conducción social. Llegaron de los nueve sagrados reinos del dominio del Manikongo a los nueve primeros nkisi o prendas, secretos y fundamentos diseminados para engendrar una cosmovisión trascendental. Como si observáramos un paisaje que ante nuestros ojos gana transparencia, seguimos las líneas de los condenados a la tierra, ancestros extraviados entre barracones y plantaciones cañeras, en la gran tragedia de la esclavitud.

Observamos esa evolución en la distancia del tiempo, auxiliados por la investigación, la ingrata labor de compulsar datos, fechas y hasta los significados que las palabras clave de una cosmovisión. Esto se han propuesto las autoras pensando en un lector neófito, que se acercan a estos temas por curiosidad o por justicia. Uno de los capítulos más apasionantes, verdadero relato de la transculturación cubana, corresponde a un San Antonio negro de nombre Ta Makuende Yaya, su veneración constituyó un misterio que sorprendió a Fernando Ortiz, seguido de un rosario de historias ciertas o apócrifas, enriquecimientos de la fabulación popular, la manera que los fieles tienen para exaltar cuanto aman y respetan. Otras páginas que valen un potosí son las dedicadas a palenques, cabildos y cofradías que contribuyeron a salvaguardar y extender la cultura de los africanos cautivos y de sus descendientes criollos, herencia para pardos y morenos que aprendieron a fusionarla con aspectos de la cultura dominante. El interés colonial de mantener separadas y controladas las etnias de sus siervos congos, ngolas, mondongos, luangos, gangás, mandingas y otras, generó formas de subterfugio que resultaron benéficas para la extensión de elementos culturales y costumbres de gran valor en lo que corresponde a las reglas de Palo Monte. La historia de la sociabilidad cubana es rica en detalles sobre el significado ulterior de esas instituciones, su influencia en la vida civil, el respeto que inspiraron y su égida en las reglas de comportamiento social y familiar. Se había vivido el tránsito de los apalencados, cimarrones, el no poseerla enseñó a amar la libertad, a las asociaciones de socorro y ayuda mutua, acciones que iban desde el auxilio a los necesitados hasta gestiones por la manumisión, siempre perseguida y obstaculizada esperanza de quienes padecían la esclavitud. Ni qué decir cuánto aportaron a la salvaguarda de las religiones de origen africano que han tamizado el mosaico de la credulidad popular. Y una parte particularmente esclarecedora es la dedicada a prohibiciones y posibilidades de las mujeres dentro de las reglas de Palo Monte, en buena dosis similares a las que tienen otras religiones, incluida la católica, pese a distendidas reclamaciones y polémicas. Pormenores que enriquecen el libro son las informaciones sobre ritos, bailes, castigos, comidas, invocaciones, rezos, cantos, números y firmas, las nominaciones de las deidades en Palo Monte, el santoral católico y la Regla de Ocha, y un glosario que seguramente constituirá atracción particular para quienes se inician en el estudio de estas materias.

De todo eso, que nos llega por tradición oral o recogido en libretas que constituyen libros sagrados de nuestra cultura, donde la imaginación se funde a elementos de la realidad, esta investigación nos habla; de las reglas Mayombe, Brillumba, Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje y Shamalongo, sus sistemas adivinatorios, rotundos panteones que junto a la santería, la Sociedad Secreta Abakuá y otras creencias que integraron la baraja fundacional de una religiosidad que las autoras denominan criolla, es decir, nacida del maridaje de culturas que, traídas de tierras lejanas, sembraron una vida diferente al tiempo que gestaron un ente humano perfectamente diferenciado. Valioso aporte el de este libro que a muchos cubanos, creyentes o no, junto a otros esfuerzos y disciplinas actuantes en nuestra realidad, acercarán a una vida que no cesa de palpitar porque no es objeto museable, sino parte del vecinaje rico y múltiple de Cuba y de otros países de nuestro hemisferio donde la raíz africana germinó y continúa su influencia.

 

Texto leído en la presentación de Ta Makuende Yaya y las reglas de Palo Monte. Mayombe, Brillunba, Kimbisa y Chamalongo, de Natalia Bolívar, Carmen González y Natalia del Río Bolívar, Ed. José Martí, La Habana, 2013.

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