De alguna forma todo vuelve a empezar

A Iris

Desperté con el primer impacto. Fue un golpe seco que me cortó de un tajo el sueño.  Ella aún dormía. Sus pechos se agitaban levemente al ritmo de la respiración. Aparentaba estar tranquila, estar en paz.

Durante unos minutos clavé los ojos al cielo raso, al decorado blanco y negro de los arabescos orientales; casi siempre suelo mirar al cielo raso antes de salir de la cama, a veces me ofrece una sensación parecida a la calma.

Me he pasado la vida buscando la tranquilidad en los objetos inanimados, la tranquilidad que ella posee, o parece que posee, cuando duerme.

El segundo impacto fue mayor, trajo consigo el ruido de un derrumbe cercano, un edificio, quizás, o alguno de esos almacenes deshabitados que se alinean junto a la avenida y funcionan como trampas para las naves.

De nuestra defensa es quizás lo único que funciona. Todo lo demás fue un fiasco. De nada valieron las semanas de entrenamientos, los cursos para aprender a manejar tanques, aviones, helicópteros, submarinos y armas de grueso calibre. De nada valieron las largas caminatas al campo de tiro, los exámenes de preparación política, disciplina civil  y posición combativa.

Caminé hasta la sala, tomé el mando a distancia y prendí el televisor. Desde la pantalla llegaban las imágenes en vivo. Traté de reconocer las calles pero todas parecían iguales, después de los impactos solo quedaban terrenos yertos.

Las cámaras permanecían estáticas como en las películas del cine mudo. Nadie se atrevía a colocarse detrás. Todos permanecían recluidos en el Hotel, todos menos el vecino de los bajos, mi novia y yo.

Desde el Hotel se monitoreaban las trasmisiones de la radio y la televisión, de modo automático y directo. A través de la pantalla llegaban las imágenes, a través de la radio, los sonidos.

¿Qué haces?, preguntó ella recostada a la puerta del cuarto, mientras se estiraba con fuerza y rompía, de a poco, su aparente tranquilidad.

Ya comenzó, le dije, puedes dormir otro rato, a fin de cuentas hoy tampoco tienes que ir a trabajar.

Entró al cuarto y se tiró en la cama.

Los edificios de cinco plantas caían uno por uno, en secuencia, como gigantes fichas de dominó. Desde los altavoces llegaban las órdenes, o algo parecido a las órdenes. En el televisor se reproducía la misma escena que podía ver a través de mi ventana, pero indiscutiblemente, desde la pantalla me afectaba menos.

Registré la alacena. Casi no nos quedaba azúcar, la leche en polvo se había agotado, también el aceite y en la bolsa del pan encontré solo un pedazo pequeño. Lo calenté en las brasas del fogón y se lo llevé a la cama.

Creí, hace algunos años, encontrar la tranquilidad en los sonidos, sobre todo en aquellos casi imperceptibles, esos que pasan desapercibidos frente a la rutina diaria: el de los periódicos cuando son desdoblados, el agua que hierve, el viento cuando se cuela por los resquicios de la puerta y mueve las cortinas que separan la sala del comedor.

Pero siempre un ruido mayor destrozaba el equilibrio: las bazucas de la fumigación, un claxon o los gritos de la vecina de al lado que recriminaba a su hija por amarrarse mal los cordones en los zapatos, o retrasarse para la entrada al matutino de la escuela.

Los impactos se repetían con mayor frecuencia a medida que avanzaba la mañana. Por un momento pensé que mi edificio se vendría abajo, pero solo por un momento.

El fuego que subía desde la calle desplazó al frío. Me saqué la camisa y el pantalón, fui hasta el lavamanos para refrescarme el rostro, pero los tanques, con el movimiento de las naves, se habían estrellado contra el suelo.

Abajo el agua se mezclaba con las cenizas, el polvo y la sangre de las vacas que corrían despavoridas desde que cayeron las torres del matadero. A ratos pasaba una frente a la pantalla, miraba a la cámara y corría otra vez.

¿Aún se mantienen las trasmisiones?, preguntó ella.

El Hotel es el sitio más seguro de la ciudad, dije, quizás debimos recluirnos allí.

Todo el mundo no cabe en el Hotel, dijo mientras se mecía en el sillón de la sala, deben estar hacinados, unos sobre otros, pobrecitos, yo no podría vivir así. Además, este es un edificio soviético de doce plantas, no es un objetivo importante, quizás nos pasen por el lado sin mirarnos.

Quizás, le dije y bajé el volumen del televisor.

Las imágenes eran todas iguales, aburridas: las naves sobrevolaban el cielo dejando una estela de humo, los edificios se derrumbaban levantando nubes de polvo y las vacas eran ametralladas a quemarropa, sin compasión; sus mugidos de dolor eran terribles.

Mi novia me pidió que cambiara de canal, pero en casi todos trasmitían lo mismo. El único que hacía la diferencia era el Discovery Channel, donde proyectaban un documental de cocodrilos más tedioso que la propia invasión.

Hace tan solo unos meses pensé encontrar la paz en la falta de sonido, en el silencio. Me encerré durante horas en el baño. Coloqué precintas en los resquicios de la ventana, le puse tapa al inodoro y a los tragantes, pero aun sentía los latidos de mi corazón como una bomba enorme e insoportable. Aunque aguantara la respiración o me tapara las orejas, allí estaba el latido, rompiendo la tranquilidad.

Al rato tocaron a la puerta.

No te acerques, dije en voz baja, pueden ser ellos.

Soy yo, el vecino de los bajos, dijo, por supuesto, el vecino de los bajos.

Ella abrió la puerta.

Traté de llamarlos, dijo el hombre, pero han cortado el teléfono.

Levanté al auricular para comprobar si era cierto. El aparato había perdido el tono.

Me he quedado sin leche en polvo, ¿ustedes tienen un poco que me presten hasta que esta locura termine?

No, le respondí.

¿Y azúcar?

Tampoco.

Me va a dar una hipoglicemia, se quejó el hombre, hace días que solo como pedazos de pan seco y cucharadas de leche en polvo.

¿Por qué no fue al Hotel?, allí seguro repartieron latas de carne, agua embotellada y verduras en conserva, preguntó mi novia.

Latas de carne, repitió el hombre y puso los ojos en blanco, no me pude ir, siempre he vivido en este edifico, yo formé parte de la brigada que lo construyó. Así conocí a mi esposa, ella era la arquitecta, vino de la Unión Soviética solo para dirigir el proyecto, se paseaba con los planos entre los obreros, daba indicaciones y me miraba a cada rato. Celebramos la boda en Bielorrusia, pero decidimos permanecer acá.

¿Dónde está su esposa?, volvió a preguntar mi novia.

Acá dentro, dijo el hombre y sacó del bolsillo interior de su traje una pequeña caja de galletas, la llevo siempre conmigo.

Frente a la pantalla estaba el cadáver ametrallado de una vaca. A medida que pasaban los minutos su piel se llenaba de polvo, se le hacían costras rosadas, redondas. Nos sentamos los tres frente al televisor.

¿Te gustan los cocodrilos?, le pregunté al hombre.

No, ese documental ya lo han puesto muchas veces, me tiene cansado. ¿Por qué no ponen la radio?

Ella prendió el aparato.

Ese es un fusil Milton 39 y esa una bomba KC-3, dijo el vecino de los bajos.

¿Usted participó en los entrenamientos?, le pregunté.

No, pero vi todas las mesas redondas informativas sobre la invasión. Hace un mes que no hacen otra cosa que dar instrucciones. Total, no le podemos hacer frente a esas naves, ¿vieron las estelas de humo que dejan al pasar?

Sí, le dije, son magníficas.

Al rato se dejó de oír la radio, prendimos el televisor y no había señal.

El Hotel…dijo el vecino de los bajos y no terminó la frase.

Mi novia me pidió que me acercara y me dijo al oído: tengo ganas de templar, ¿vamos para el cuarto?

Dejamos al hombre en la sala. Cerramos la puerta y ella se quitó la ropa con aparente tranquilidad.

Una semana antes de que se hicieran públicas las amenazas de invasión, pensé que encontraría la paz en el mar. Llamé a las empresas marítimas para rentar una lancha, un barco pequeño o al menos un bote a motor, pero todas habían cerrado, el acceso a la playa estaba prohibido.

Al cabo de las dos horas el hombre tocó con insistencia a la puerta del cuarto.

Las tropas se dirigen al norte, dijo, parece que abandonan la ciudad.

Me asomé a la ventana. Desde el octavo piso se veían los cascos luminosos de los soldados y una fila gigante que cruzaba la última calle, o lo que parecía la última calle. Ninguna construcción había quedado en pie. El cartel lumínico del Hotel descansaba sobre un montón de escombros y mi edificio de doce plantas respiraba con dificultad, pero respiraba.

Ya terminó esta locura, dijo el vecino, voy a ver si alguna de la vacas sigue con vida, está a punto de darme una hipoglicemia. No se queden ahí mirándome, de alguna forma todo vuelve a empezar.

Le dije que bajaríamos más tarde y me encerré con mi novia en el cuarto.

Olvidé los arabescos orientales, el sonido del agua cuando hierve, e incluso la infinita superficie del mar. Mi paz estaba sobre la cama, viéndola dormir, disfrutando su aparente tranquilidad.

 

Yonnier Torres Rodríguez: Sociólogo, narrador. (Placetas, Villa Clara, 1981). Egresado del XI Curso de Técnicas Narrativas del Centro Nacional de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ha obtenido entre otros premios: Premio Nacional de NarrativaFélix Pita Rodríguez” 2011; Premio Nacional de Ciencia Ficción “Luis Rogelio Nogueras” 2010; Premio Calendario de Narrativa 2011 y Premio Nacional de Novela “Fernandina de Jagua” 2011. Ha publicado los libros de cuentos: Delicados procesos (Extramuros 2011), Elementos comunes” (Unicornio, 2011), Esto funciona como una caja cerrada (Abril, 2011) y la novela Clavar los ojos al cielo (Mecenas, 2012). Cuentos suyos aparecen publicados en revistas y antologías cubanas y extranjeras. Es miembro de la AHS.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato