El 71 en perspectiva

Arturo Arango • La Habana, Cuba

Cuando Jorge Fornet me escribió para proponerme que presentara El 71. Anatomía de una crisis,[1] el libro que ocupaba mi mesa de noche era El camino de Ida, la más reciente novela de Ricardo Piglia, autor a quien Jorge dedicó un libro y varios años de labor intelectual. Mi “sí” inmediato estuvo condicionado por dos circunstancias: la primera, mi interés nunca agotado por ese momento de la historia de Cuba. Ya conocía, además, “Un viejo cuento de Jack London”, el capítulo que adelantamos en La Gaceta de Cuba. Por otra parte, en mis cálculos sobraba tiempo para terminar con Piglia y leer eso que imaginé sería “un librito” de apenas un centenar de páginas. Después de recibirlo, abrí dos veces el archivo en pdf que Jorge me envió, y dos veces comprobé que El 71 sobrepasaba las trescientas páginas. Renzi e Ida Brown fueron abandonados de inmediato, justo cuando la trama de Piglia derivaba hacia lo policial. Una vez inmerso en el nuevo libro, el primer consuelo fue verificar que se lee “como una novela”. No solo con la fluidez con que suponemos se lee una novela, sino, al menos en mi caso, con la pasión con que se sigue el destino de personajes en peligro de algo, no sé de qué, y la manera cómo se avanza hacia soluciones o actitudes en situaciones límites.

Quizá, una vez terminada la lectura, lo que más me atrae de El 71 es su singularidad dentro del campo intelectual cubano. Ya sabemos que no es novela, mucho menos crónica, aunque se relaten acontecimientos y de vez en cuando se especule con situaciones ficticias. Tampoco, en rigor, es un ensayo (aunque esté escrito y pensado por un ensayista), ni libro de Historia (y tal vez a lo que más se acerque sea a una historia de la cultura), ni monografía (pero sus páginas dan cuenta de un acucioso proceso de investigación en bibliotecas, hemerotecas y archivos de la más diversa índole).

También me atrae esa cualidad casi inapresable que llamaré “el tono”. Jorge ironiza, adjetiva a favor y en contra de situaciones y personajes, se burla de ellos y también un poco del lector, de la candidez de quienes fuimos en aquellos años, y siempre desde una serenidad, una decencia, una ecuanimidad, que tiene mucho que ver con la comprensión misma del período que estudia: el 71 fue un año donde sucedieron acontecimientos que marcaron negativamente la Historia de Cuba, pero a lo largo de él se publicaron El recurso del método, El arpa y la sombra y El pan dormido. Se estrenó, también, Una pelea cubana contra los demonios. La histeria, la pasión desmedida, ya sabemos, suelen comprometer la distancia crítica, la necesaria capacidad de análisis. “La tendencia a sublimar o satanizar ciertos períodos, aun cuando existan poderosas razones para ello, entraña siempre el riesgo de simplificar las cosas”, dice Fornet, y por eso ha optado por complejizar su punto de vista, por privilegiar la reflexión. No es extraño, entonces, que le parezca que el ensayista Ángel Rama fue quien tuvo una posición más lúcida frente a los avatares del “caso Padilla”.

Ese suceso, en particular, ocupa una posición central en el libro, al igual que el Primer Congreso de Educación y Cultura. Analizar cuarenta años después cartas, discursos, declaraciones, revistas, concebidos en medio de lo que fue, casi literalmente, una batalla, le permite a Fornet no solo entender los excesos, las pasiones, sino también evaluar sus consecuencias, aquello sobre lo que unos y otros contendientes perdieron el control. Fue, digo yo, un episodio dominado por el pecado de la soberbia, y Jorge asegura que las voces que se alzaban a uno y otro lado del espectro político no pretendían ser comprendidas por el adversario (el clásico diálogo entre sordos), sino imponerse en los medios, ganar adeptos, polarizar las posiciones de la intelectualidad, sobre todo de la latinoamericana.

Ante una investigación analítica de esta naturaleza pudiera pensarse que ya el año 71 y sus antecedentes inmediatos han sido por fin agotados. Tengo la impresión, sin embargo, de que el efecto de este libro puede ser exactamente contrario: expone a la luz, asociándolas, informaciones, datos, ideas, de tal complejidad, muchos de ellos poco conocidos hasta ahora, que debería generar sucesivos estudios que lo complementen y, por qué no, polemicen con él. A su atipicidad añade la característica de que no es, no pretende ser, una obra cerrada, inapelable.

De momento me interesa preguntarme qué lecciones entender para la realidad cubana de hoy mismo, tan distante, tan distinta, de aquella.  Por ejemplo, cómo reevaluar, recolocar hoy una frase como “¿vamos a hacer socialismo o vamos a hacer timbiriches?” Aunque Jorge se detiene en el 71, le es imprescindible retroceder al período de 1965 al 68, años que contienen el “cenit de la política ‘independiente’ del socialismo cubano”. Poco después, dice Fornet, “la revolución continental, que pocos años antes parecía inevitable y cercana, se convertía de repente en un sueño que debía ser pospuesto”. Es entonces, en la secuencia de los acontecimientos que preceden y explican el 71, que la dirección del país acude a la zafra de los 10 millones, “una tentativa al dilema de cómo se financia una revolución”, cuyo fracaso “ayuda a entender por qué en 1971 la radicalización en el interior de la sociedad cubana se acentuaría”, y, por consiguiente, la energía revolucionaria debió ser liberada “dirigiéndola hacia dentro”.

Una de las palabras que con más frecuencia aparece en ese 71 (y en El 71) es “radicalización”. ¿Hacia dónde, de qué manera, se radicalizó la Revolución Cubana? En el proceso se instalaron contradicciones que, a mi juicio, aún nos acompañan. Jorge nos recuerda que en marzo de 1968, cuando aún resonaban los ecos del Congreso Cultural de La Habana, comenzó en Cuba la Ofensiva Revolucionaria. En el mismo discurso en que se criticaba el “abuso de los manuales de marxismo”, es decir, se seguía tomando distancia del modelo soviético, se dio un paso que, a mi juicio, ponía a la economía cubana y las estructuras mismas del poder en la vía estalinista. De acuerdo con Zagorka Golubović,[2] una de las medidas mediante las que el estalinismo se abrió paso en la Unión Soviética fue el “control estatal de la propiedad sobre los medios de producción en la industria, que condujo al monopolio absoluto de la toma de decisiones desde un único centro”. También, fusionar partido y poder estatal llevó “a la alienación absoluta del poder y causó una brecha entre el estado y la sociedad (en realidad, la sociedad fue reemplazada por el estado)”. Si estuviéramos de acuerdo con esta idea, el campo cultural cubano habría sido el principal, si no único, espacio de resistencia, dentro de la Revolución Cubana, al modelo consolidado desde 1968 en las relaciones económicas.

Los daños causados por la intolerancia y las exclusiones implementadas a partir de 1968, y radicalizadas en el 71, no alcanzaron solo a los artistas y escritores sino a todo el cuerpo social y, por consiguiente, al proceso revolucionario mismo. Si entendemos el socialismo como la posibilidad de emancipar, desenajenar, descolonizar a una sociedad y a los individuos que la componen, el daño a la cultura jamás quedará limitado a sus espacios o sus representantes. Ese dilema entre emancipación y exclusión es una de las ideas que atraviesa todo El 71.

Acabo de leer El 71 y regreso a Piglia: “El capital”, dice el Manifiesto divulgado allí por Recycler (una suerte de terrorista académico), “ha logrado imponer la creencia en su omnipotencia y su eternidad; somos capaces de aceptar el fin del mundo pero nadie parece capaz de aceptar el fin del capitalismo. Hemos terminado por confundir el sistema capitalista con el sistema solar. Nosotros, como Prometeo, estamos dispuestos a aceptar el desafío y asaltar el sol”.

En El 71 está la brillante disección de aquellas quemaduras, observadas ahora de una manera distinta, desprejuiciada y sosegada. Jorge Fornet, al dedicar años al estudio de ese instante de nuestra Historia, viene a decirnos también que las marcas de aquel asalto prometeico todavía están activas entre nosotros. Desde mi lectura, la forma como conjuremos sus influencias desde el campo intelectual tendrá mucho que ver con el signo de las nuevas fechas que veremos arder.

 

[1] La Habana, LetrasCubanas, 2013.
[2] «Stalinism and socialism», Praxis International, nº 2, 1981, p. 126-139.Consultado en el envoi digital del Centro Teórico Cultural Criterios (traducido del inglés por Desiderio Navarro).

 

Comentarios

El libro El 71, anatomía de una crisis es sagaz, agudo, analítico, fantástico. Volver a lo ocurrido en aquel año propicia que reflexionemos en el tipo de país que deseamos y de qué forma ha de intervenir la intelectualidad en tal proceso. Generar la polémica debe, en lugar de asustarnos, entusiasmarnos.

Hay mucho interés por leer el libro de Fornet. A alguien se le ha ocurrido colgar el PDF en internet? Sería una buena manera de difundirlo, habida cuenta del escaso tiraje que tuvo su publicación.

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