El Teatro Martí vuelve a la luz

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Cuando llegué a La Habana en 1976, el Teatro Martí vivía una de las peores etapas de su historia. Todavía estaba abierto y a su verja exterior se ataba una tosca valla que anunciaba algún espectáculo bufo de tercera categoría. No era necesario acceder a la sala para comprobar el deterioro del viejo coliseo. Más de una vez, al pasar ante el otrora célebre “teatro de las cien puertas” me propuse asistir a una de sus funciones para conocerlo, pero en aquellos años eran demasiado atractivas las propuestas de otros escenarios: García Lorca, Amadeo Roldán, Hubert de Blanck, El Sótano. Cuando lo cerraron en 1977 muchos repetían: “Ya era hora…”. Nadie suponía por entonces que demoraría nada menos que 37 años en volver a alzar su telón.

Imagen: La Jiribilla

La institución había sido inaugurada el 8 de julio de 1884, con el nombre de Irijoa, porque era propiedad del vasco Ricardo Irijoa. Contaba con tres pisos y un área total de 4100 varas, aunque sólo 1680 correspondían al edificio y el resto al vestíbulo exterior y jardines. La sala poseía 500 lunetas y 44 palcos. Se calculaba que su capacidad total era de 2500 espectadores. Según afirma Zoila Lapique en Cuba colonial. Música, compositores e intérpretes, la instalación no solo tenía fama de ventilada y fresca, sino que poseía excelentes recursos de tramoya. Pero su destino iba a ser incierto. Una baja en los precios del azúcar ponía ya en crisis a otros escenarios: Tacón, Payret, Torrecillas y el nuevo teatro comenzó a tener una vida irregular.

Por sus tablas pasaron con gran éxito los Bufos de Salas y la sociedad Círculo Habanero lo escogió para celebrar allí su Baile de la Flores animado por la orquesta de Raimundo Valenzuela. Mas una década después el Irijoa estaba en situación precaria, pues carecía de empresario y estaba embargado por Hacienda. De ella lo adquirió Santiago Pubillones en julio de 1894 por dos años, para ofrecer funciones de variedades circenses.

En 1899, por decisión oficial, se borró de su fachada la denominación original para rebautizarlo como Teatro Martí. Es significativo que en ese mismo año comience allí una temporada de zarzuelas cubanas que procuran sentar las bases de un teatro lírico nacional, como expresión de la república que debe nacer. Se destacaron las obras creadas por el compositor camagüeyano José Marín Varona: La invasión de Occidente, El grito de Baire, Los efectos del bloqueo, cuyos solos nombres dan idea del propósito reivindicativo de las piezas, marcadas por el tono épico y por la voluntad de hacer arte con los sucesos de la historia reciente.

El inicio del siglo XX destinaría al Martí a ser sede de un suceso histórico. Su sala sirvió como sitio de reunión de la Asamblea Constituyente que elaboró la Carta Magna promulgada en 1901, la primera después de la separación de España. Allí resonó la polémica desatada por la invocación del nombre de Dios al inicio del documento y las protestas de Salvador Cisneros, Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily y otros contra la Enmienda Platt. Luego, el lugar volvió a su situación irregular: fue sede de temporadas de compañías dramáticas o de zarzuelas, españolas o cubanas, pasó por períodos de cierre y en 1926 se convirtió, como otros escenarios, en sala cinematográfica.

Si una vez más el coliseo pudo salvarse se debió a la iniciativa del empresario español Manuel Rodríguez, quien en alianza con Manuel Suárez Pastoriza constituyó la Compañía Suárez Rodríguez, destinada a ofrecer allí temporadas de teatro lírico cubano. La empresa implicaba a compositores como Gonzalo Roig y Rodrigo Prats, las cantantes Elisa Altamirano y Juanita Zozaya, sin olvidar a figuras de la escena como Lolita Berrio, Consuelo Novoa y Candita Quintana. Comenzaron por ofrecer sainetes que ya habían sido presentados en el recién desaparecido Teatro Alhambra, sin embargo, muy pronto tuvieron un repertorio propio de mayor alcance artístico, se inicia lo que podría llamarse la edad de oro de la zarzuela cubana a partir del estreno de Cecilia Valdés, con libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, sobre la novela homónima de Cirilo Villaverde y música de Gonzalo Roig, con los intérpretes: Elisa Altamirano, Miguel de Grandy, Consuelo Novoa, Candita Quintana y Julio Gallo, en los roles principales. Así mismo verían allí la luz: Soledad (1932), María Belén Chacón (1934) y Amalia Batista (1936), todas de Rodrigo Prats, Rosa la China (1932) de Ernesto Lecuona y El Clarín (1932) de Gonzalo Roig, además de la reposición de obras que habían sido estrenadas en otros teatros: María la O, El cafetal, Niña Rita, Lola Cruz. El éxito fue notabilísimo:Cecilia Valdés alcanzó las 147 funciones y El Clarín 86. Sin embargo, eso no libró a la compañía de los apuros económicos propios de esos años de amarga crisis en la Isla.

El 1 de octubre de 1935 Suárez y Rodríguez fueron desalojados por los dueños del Martí, para dedicarlo de nuevo a exhibiciones cinematográficas. El asunto generó una gran polémica en la prensa, y por fin, el gobierno incautó el Coliseo y lo traspasó al Ministerio de Educación. Este le concedió a la empresa un año de gracia y así, pudieron ofrecer funciones entre diciembre de ese año y el 2 de noviembre del siguiente, antes de que los artistas se dispersaran, para ser sustituidos en el escenario por la compañía circense de Santos y Artigas.

Muy pronto comenzaron a arraigar allí las llamadas compañías de “teatro vernáculo”. El género bufo, que venía desde el período colonial, se aclimataba a los nuevos tiempos y encontraba intérpretes afortunados en figuras como Candita Quintana, Alicia Rico, María Pardo, Leopoldo Fernández, Adolfo Otero, Mimí Cal. El público del Martí aplaude a la compañía de Garrido y Piñeiro, la de Leopoldo Fernández o la de Pous y Sanabria, con sus libretos costumbristas, mechados por las improvisaciones o “morcillas” de los actores.

Tras el triunfo de la Revolución, el Martí tuvo una temporada de dos meses (enero-febrero, 1959) con la empresa de Carlos Robreño y Francisco Meluzá Otero, que estrenó obras de actualidad política como El general huyó al amanecer y ¿Voy bien Camilo? además de reponer otras que pertenecían al repertorio de la compañía Suárez Rodríguez como El mayoral y Carolina.

Más duradera fue la estancia en esa escena del grupo “Jorge Anckermann”, que se extendió entre 1965 y 1970, con la dirección de Eduardo Robreño y Enrique Núñez Rodríguez y Rodrigo Prats en la dirección musical. Sus puestas seguían la tradición vernácula, pero con mayor cuidado en los textos y una calidad notable en las partituras. Se repusieron piezas ya clásicas como Los negros catedráticos, El velorio de Pachencho y El espiritista, pero se echaron las bases de un nuevo teatro musical con piezas como Dios te salve, comisario; La Rampa, El bravo y Voy abajo. En 1966 el grupo estrena la pieza de Héctor Quintero El premio flaco y resulta memorable la actuación de Candita Quintana en el rol de Iluminada. Precisamente el Martí fue el sitio de la última actuación de esta figura en 1977, en la obra La borracha del circo, muy poco antes de su fallecimiento, ocurrido el 5 de septiembre de ese año. Poco después también el teatro quedaría en silencio por muchos años…

El pasado 24 de febrero asistí a la reapertura —aunque preferiría decir renacimiento— del teatro. Presencié el espectáculo dirigido por Alfonso Menéndez, aunque confieso que continuamente los detalles de la sala, fueran los barandales de los palcos, las molduras doradas o la gran araña de cristales, distraían mi atención. El Martí de ahora es probablemente más hermoso y mejor dotado que el de 1899, 1936 o 1966. Fue importante que en su primera noche homenajeara a las figuras y géneros que le dieron fama pero no creo que pueda destinarse a ser un sitio de la nostalgia. Claro que sería maravilloso presenciar allí una Cecilia Valdés, o El premio flaco, pero no puede ser un museo de la escena, ni un lugar para intentar resucitar los modos escénicos de hace más de medio siglo. Así como no me lo puedo imaginar como un sitio para conciertos de rock, tampoco lo concibo consagrado al ya extinto “bufo cubano”. Habrá que darle un destino a la altura de la cultura de hoy, quizá puedan alternar en él las obras clásicas del repertorio dramático insular, presentaciones de zarzuelas cubanas, con conciertos y recitales de artistas de verdadero rango, sin olvidar la posibilidad de fomentar ese teatro musical contemporáneo, que ha sido un sostenido reclamo en nuestro panorama escénico.

Comentarios

Muy buen trabajo, Roberto. Yo sí visité muchas veces el Teatro Martí desde mi infancia, vi puestas del Grupo Jorge Anckermann, y luego en mi juventud, mientras estudiaba en el ISA, alcancé algunos montajes del Teatro Popular Latinoamericano. Lástima que para esta inauguración no se tomara en cuenta al movimiento teatral cubano, razón de ser fundamental de la existencia misma de un teatro como ese, pues ninguno de los grandes directores recibió la encomienda de crear un espectáculo digno del acontecimiento, y tampoco fuimos invitados a estar allí actores, directores, técnicos, críticos, ni revisteros teatrales como yo. Fue una acción incomprensible que provocó una platea lamentablente vacía. Y un espectáculo que según los que lo vieron --me negué a verlo por televisión--, no estaba a la altura de lo que podemos hacer hoy en el teatro en Cuba. ¿Y qué va a pasar con él, pues a doce días de inaugurado no hay nada en cartelera?

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