Intersecciones

Veo mucho teatro

Omar Valiño • La Habana, Cuba

Sí, veo mucho teatro. No alcanzo a procesar, más allá de mi cerebro, tanto que observo. Y no solo en la capital; por periodos, incluso, asisto menos a las salas de La Habana. Me encanta viajar por el país y acompañar la obsesiva persistencia de tantos individuos y células creativas, regados por toda la nación, en torno a este arte que levanta la verdad sobre la mentira y construye la vida sobre la segura muerte que dejará en el escenario el final del espectáculo.

No creo, sin embargo, en el consabido carácter efímero del teatro. Sí en lo tácito, por supuesto, de una creación que fenecerá cada vez. Pero no en la desaparición, digamos vivencial y filosófica, del teatro guardado en la memoria. Suelo recordar con nitidez, por ejemplo, dónde vi aquellas puestas grabadas en mi caja negra. Sus imágenes, sus textos, el rostro o la acción de un actor/actriz, una melodía… aparecen claramente ante mí para enriquecer mi vida y ayudarla con el conocimiento que de tales se desprende.

Hace unos días comprobé esa resistencia de la memoria. Compartí con un colega no conocido hasta ese momento, de otro país, de otra edad, de otra experiencia, el nombre de un actor y un título que él había visto en otra parte mucho tiempo atrás y yo en La Habana hace casi un cuarto de siglo. Él describió algunos pasajes de la obra y yo identifiqué al gran actor chileno Franklin Caicedo en su extraordinario Peer Gynt, de Ibsen. Nos preguntamos, entonces, si ante ese recuerdo conjunto, nacido de dos percepciones diferentes, podíamos creer en lo efímero del teatro.

Cuento todo esto, simplemente, para notificar el sentido más profundo de la pasión. Y para explicarme, tal vez, por qué el 2014 me ha llevado, en apenas dos meses, de aquí para allá, tras estrenos, jornadas y eventos. Como pocos comienzos de año, este arrancó a un ritmo febril si a teatro nos referimos.

Estuve en Las Tunas para trabajar con Teatro Tuyo, agrupación que celebra ya sus 15 años. Pronto festejará en el Taller Nacional de Payasos, organizado por ellos mismos. Y los invitados verán Gris, cuyo estreno definitivo disfruta el público tunero, una demostración de talento, solidez y utilización de recursos bajo la dirección de Ernesto Parra.

A Sancti Spíritus fui para aquilatar la huella que va dejando en la ciudad Cabotín Teatro. Al estrenar ahora La mano del negro, cierra un díptico con El diablo rojo, los dos con texto y dirección de Laudel de Jesús. Ambos para la calle, con su poderosa capacidad de imantación pública, revelan las raíces particularísimas de lo negro y lo blanco, lo africano y lo ibérico en un territorio cuyas dos principales ciudades, Trinidad y Sancti Spíritus, arriban en 2014 a sus 500 años.

Por “Camagüey. Medio milenio de cultura”, magnífico coloquio liderado por Luis Álvarez y Olga García Yero, pude atestiguar la cristalización de las atrevidas transformaciones que venían sucediéndose en esa ciudad. En el cónclave, expuse mis recorridos por el Festival Nacional de Teatro de Camagüey y especulé sobre Virgilio Piñera como intelectual lugareño. Como pago, amén del jolgorio de conocimiento y amistad, me compré La luz perenne: la cultura en Puerto Príncipe (1514-1898), libro de larga elaboración coordinado por los profesores antes mencionados y Elda Cento, editado por Ácana y Oriente para la significativa ocasión, casi quinientas páginas en amplio formato, contentivos de abordajes múltiples a cuatro siglos de historia cultural de la amada Camagüey, “pájaro en mano” que pesa y vale. En el viejo trazado de “Agramonte”, ahora nueva calle de los cines, atravesada por una juvenil cola sin fin para entrar al multicine Casablanca, vi Conducta, la justamente aclamada película de Ernesto Daranas, mucho más que un documento cinematográfico.

En mi Santa Clara, pasé varios días del inicio de año con “Magdalena sin fronteras”, la cuarta estación cubana de esa red internacional de mujeres que convierte a la “ciudad que tiene la isla en el centro” en inmejorable ámbito de intercambio pedagógico sobre la escena, de la mano de Roxana Pineda y el Estudio Teatral de Santa Clara, que cumple en 2014 sus primeros 25 años. Aprovechando la cercanía, saltamos a Calabazar de Sagua, el terruño de Onelio Jorge Cardoso. Desde su casa natal, se convocó a teatristas de todo el país a la campaña “Titiriteros por los 100 Onelios”, destinada a significar con el ancho repertorio teatral vivo a partir de narraciones de Onelio, el centenario de su nacimiento. Teatro D’Dos y Teatro Escambray unieron sendas funciones en la Casa de la Cultura del pueblito.

Un encuentro en San José de las Lajas, capital de la nueva Mayabeque, me confirmó la pertinencia de eso que llamo “los pequeños eventos”. Mayabeque Teatral, modesto y cálido, permitió conocer e intercambiar con grupos y personas a cuyo encuentro poco, y pocos, vamos. Parte de esa otra geografía teatral que, en un segundo plano, también merece atención.

Como la exige la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa, abocada en 2015 a su edición 25. Esta vez anduve por tierras de los municipios de Manuel Tames y Yateras. A pesar de haberla contado varias veces, la Cruzada me parece una experiencia realmente indescriptible. La masa de teatreros serpentea por llanos y lomas, de modo itinerante. Llega con el arte a escuelas y comunidades aisladas y produce colisiones inolvidables entre actores y espectadores. En tanto se mueve, enseña. Y aprehende.

En la hermosa Cienfuegos terminé mi periplo bimestral. A los 16 días de febrero de este 2014, junto a la actriz Roxana Pineda y el director Alberto Sarraín, dimos a conocer nuestro veredicto como integrantes del jurado del 2do. Festival del Monólogo Latinoamericano y Premio Terry, convocado por el Teatro del mismo nombre, coliseo símbolo de la ciudad. Ese encargo nos exigió todo nuestro esfuerzo y responsabilidad, pues el evento nos colocó frente a 23 puestas en escena en apenas cuatro jornadas. Aun así, fue un encuentro festivo, útil y productivo que consolida un nodo regional, necesario y especialísimo, entre nosotros.

A punto de cerrarse el mes, puedo hacer un pequeño alto y, al menos, repasar el itinerario. Con seguridad, cada estación merece su detenimiento. Trataré de contar con amplitud, en próximas entregas, algunas de ellas. Pero recuerdo que veo mucho teatro, y no me da tiempo a procesarlo más allá de mi cabeza.

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