S.O.S.

La expectativa de vida en la isla ya había alcanzado los cien años y aún se anhelaba una mayor longevidad, es decir: rebasar los ciento cincuenta. El precepto fundamental para lograrlo provenía de un antiguo ideal: «Mens sana in corpore sano». Con este propósito se había recurrido  a los adelantos de la ciencia, prolífera en trasplantes de órganos y tejidos humanos, así como a la práctica diaria de ejercicios y largas caminatas, todo ello sustentado por una alimentación adecuada, la aplicación de la medicina preventiva, y una estricta higiene urbana y personal. En fin, se luchaba por metas ambiciosas de supervivencia.

Algunos paseaban ya por las calles con orgullo su victoriosa senectud, frisando en los ciento veinte, como un ejemplo a imitar por sus esperanzados admiradores de noventa o cien abriles, seguidores constantes de sus pasos.

Era habitual escuchar un vigoroso bastoneo en aceras y avenidas, y un cadencioso seseo producido por el arrastre de pies sobre las baldosas del piso. Se admiraba especialmente a aquéllos que podían visitar a sus distantes amistades recorriendo kilómetros con la agilidad de una gacela. De hecho se propugnaba la marcha como uno de los medios para lograr una larga vida, en detrimento del uso de los medios de transporte, que gradualmente se volvían obsoletos.

Como la isla se colmaba de longevos, tanta esperanza de vida llegó a ser desesperanza, tanta plenitud lograda se transformó en agobio: hacía falta una reserva de energías para trabajar, gobernar, investigar, crear y luchar contra las vicisitudes de la naturaleza y de la convivencia humana; hacían falta jóvenes que persiguieran ideales, hombres y mujeres maduros con experiencia para mantenerlos, niños para ser formados en la ilusión de futuros mejores. Nada de eso había.

Se trató de solucionar el problema mediante la clonación con resultados negativos: viejos clonados no eran más que viejos. La isla corría el peligro de la despoblación, pues más allá de los ciento cincuenta, cuando excepcionalmente se alcanzaran, ¿quién podría habitarla? Aun con mucha suerte en unos pocos años a lo sumo no habría nadie para hacerlo.

Tanto lleva y trae de ancianos ya perturbaba. Todos hablaban de la Tercera Edad, y hasta de la Cuarta y la Quinta, pero, ¿dónde estaban los ejemplares de la Segunda y de la Primera? Había que rejuvenecer.

Finalmente se descubrió el procedimiento para dar marcha atrás, y de la noche al día los pobladores empezaron a desplazarse en etapas sucesivas hacia la edad madura, la juventud y la niñez. Durante el período fértil nacieron nuevas criaturas destinadas, según todos, a suplantar en los tiempos futuros a las reverdecidas generaciones, pero el proceso, de por sí ya heredado, no les permitía avanzar más allá de la primera infancia. Críos eran críos, viejos se volvían críos, y la isla se colmó de seres que reían, babeaban y lloraban. 

En una ocasión, cuando un periodista viajó hasta la isla para ver cómo andaban las cosas y para curiosear, se quedó espantado: las calles estaban colmadas de infantes que gateaban en todas direcciones; mientras unos reían sin importarles nada, en la necedad más absoluta, otros mordían a los demás para aliviar sus húmedas encías, o bien se sumergían en un profundo autismo indiferente; sin embargo,  una gran mayoría trataba de sobrevivir reclamando con un llanto coral el sustento.

El asombrado visitante marcó un número en su celular, se comunicó rápidamente y dijo:

—Anota ahí:

«SITUACIÓN DE CATÁSTROFE EN LA ISLA.

MANDEN SOCORRO INTERNACIONAL. SE NECESITA LECHE.»

 

Cuento incluido en el libro El vendedor de cabezas. La Habana, Letras Cubanas, 2009.
 
Esther Díaz Llanillo: Narradora, investigadora y ensayista cubana. Nació en La Habana, el 2 de diciembre de 1934. Doctora en Filosofía y Letras. En 1959 se le otorgó el premio especial Antonio Barrera de la Cátedra de Literatura Cubana e Hispanoamericana de la universidad de La Habana por el ensayo El arte de novelar de Hernández Catá. Trabajó en la Casa de las Américas desde 1959 a 1961. Desde 1973 hasta 1975 trabajó en investigaciones literarias en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Ha publicado los libros de cuentos El castigo y Cambio de vida, donde se incluyen los cuadernos Cambio de vida y Regresión, los cuales obtuvieron mención en el premio Alejo Carpentier de Cuentos en 1999 y 2000, respectivamente. En el 2004 le fue conferida la Distinción Por la Cultura Nacional. En el 2005, publicó Entre latidos, con Ediciones Unión, y en el 2009 El vendedor de cabezas, con Letras Cubanas.

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