Leo Brouwer, diez obras de antología

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Leo Brouwer es un clásico. Solo que su aventura por el territorio de los sonidos no ha terminado. A los 75 años de edad, cumplidos el pasado primero de marzo, sigue urdiendo una trama infinita.

Desde que lo descubrí como autor e intérprete en mi adolescencia —un disco de pasta negra en el que había registrado Elogio de la danza—, no deja de sorprenderme su sensibilidad e ingenio para descubrir horizontes inéditos en la música.

Hubiera querido escribir la siguiente definición de su entrañable colega Jesús Ortega:

Leo Brouwer representa la música cubana en su perfil más ancho, sin estériles omisiones. (…) No podemos hablar en este caso solamente del compositor prolífico y renovador, sino también del guitarrista brillante y virtuoso, el director orquestal de precisa y creadora batuta, el maestro que encuentra tiempo para brindar sus conocimientos y experiencias, el promotor cultural que hace llegar a todos lo mejor del arte musical de todas las épocas. Del hombre que cumple con su pueblo desde la posición que le ha colocado su talento, inteligencia y profundo sentido humanístico”.

Esta nota de celebración parte de mi gusto y experiencia, al compartir las razones que me asisten para seleccionar diez obras de la creación brouweriana que en lo personal me parecen imprescindibles.

Ya mencioné una, Elogio de la danza. Inicialmente escrita para satisfacer a principios de los 60 un encargo del coreógrafo Luis Trápaga, la pieza clasifica como una de las partituras más sugestivas del repertorio guitarrístico de nuestros días.

Son numerosas y esenciales las obras que Leo dedicó a su instrumento. Pero además de Elogio…, si tuviera que guardar otras cuatro en mi memoria, echaría mano a Danza característica; Canticum, Baladas del Decamerón Negro y Un día de noviembre.  En la primera está la conga callejera transfigurada y ritualmente trascendida; en la segunda, una síntesis perfecta de los procedimientos abiertos de la vanguardia postweberiana; en las Baladas…, la relación dialéctica entre la voluntad de estilo y la poesía de las imágenes sonoras; y en Un día de noviembre, la entrega lírica sencilla y honda a la vez.

Pero no solo esta arbitraria antología —a fin de cuentas tengo el derecho, como cualquier otro a ser, en el mejor sentido de la palabra, juez de lo que escucho y permanece conmigo— fija su atención en el ámbito de la guitarra, aunque más adelante tendré que volver nuevamente a este.

Cada vez que escucho el Cuarteto de cuerdas no. 1 descubro zonas que no me habían sido reveladas en audiciones anteriores, como la imbricación entre las referencias rítmicas y tímbricas folclóricas y el influjo de Bela Bartok.

Por su jerarquía conceptual, la recepción de la orquesta sinfónica fue otra entre nosotros a partir del estreno de La tradición se rompe… pero cuesta trabajo. Como también la manera de entender la épica, en términos contemporáneos, sin renunciar a recursos innovadores pero tampoco a una comunicación emocional con el público, que nos llegó con Canción de gesta.

Entre sus obras para otros instrumentos aparte de la guitarra, vuelvo una y otra vez a La región más transparente, enaltecida por la flautista Niurka González Núñez. La intensa austeridad de esta partitura sobrecoge al oyente.

No por último menos importante dejo para el cierre uno de los conciertos para guitarra y orquesta. Todos son realmente excepcionales, pero me decanto por el Concierto de Lieja, quizás por haberlo escuchado más de una vez.

Podría hacer otra y hasta una tercera antología, Leo es inagotable.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato