La Participación Social. Su definición y manifestación como proceso *

Cecilia Linares • La Habana, Cuba

El concepto de participación ha sido tratado abundantemente en la literatura, en relación con cierta fórmula de democracia política, y como eje fundamental para el desarrollo de la sociedad —de la cultura como subconjunto de esta.

Como práctica política, es calificada como un ejercicio de democracia que brinda la oportunidad de hacer realidad derechos hasta ahora formales. “Es una etapa de democracia que mejora la fase anterior de representación.”1

En su vinculación con las estrategias de desarrollo, la participación constituye un medio para lograr el reparto equitativo de los beneficios y es el elemento indispensable para una transformación y modernización autosostenida de la sociedad. La participación es también interpretada como una forma para alcanzar el poder, un medio de transformación y acercamiento entre quienes deciden y ejecutan; representa la posibilidad de incrementar y redistribuir las oportunidades de formar parte del proceso de toma de decisiones, proporcionar la palabra a aquella masa tradicionalmente guiada por los notables, pero a la que ahora se le da la posibilidad de guiar su propio destino.

Imagen: La Jiribilla

De forma general, las diferentes conceptualizaciones sobre la participación coinciden en reconocer la importancia de este proceso en la consecución del desarrollo endógeno. Todos la ven como la que posibilita tal progreso e, incluso, a su ausencia se atribuyen los fracasos de un conjunto de proyectos emprendidos. Sin embargo, tal acuerdo no significa que a la hora de interpretar el término no se le otorguen distintos significados y se dibujen diferentes matices en relación con su alcance.

En ese sentido, se destacan dos posiciones diferentes: Primero, la de aquellos autores que conciben la participación como sinónimo de información y ven en ella la expresión de la capacidad de la población de sensibilizarse, apoyar y actuar sobre la base de decisiones acerca del desarrollo ya tomadas previamente por el gobierno. En dichos casos, se invita a las masas a colaborar y brindar su apoyo en la ejecución del plan. Contribución que debe perdurar todo el tiempo en que se ponga en práctica el proceso, e influirá en sus resultados. La voluntariedad, la persuasión, el convencimiento, la capacidad de apoyo y movilización del pueblo hacia los programas de desarrollo propuestos son factores indispensables.

“Participar significa [...] en su sentido más amplio sensibilizar a la población y de ese modo aumentar la receptividad y capacidad de la población para reaccionar ante los programas de desarrollo, así como alentar las iniciativas locales.”

Participar, por tanto, en este marco de referencia, es la respuesta dinámica de la población a una propuesta de desarrollo. Su incorporación le permitirá capacitarse para intervenir en el progreso y modernización de la sociedad y a su vez constituirá el eje para que tal transformación se produzca. Un ejemplo de definición sobre participación con esta orientación es: “Participar significa [...] en su sentido más amplio sensibilizar a la población y de ese modo aumentar la receptividad y capacidad de la población para reaccionar ante los programas de desarrollo, así como alentar las iniciativas locales.”2

Una segunda significación atribuida a la participación es considerarla como aquel proceso de intervención popular que alcanza su autenticidad en la toma de decisiones. Para los partidarios de esta interpretación, describir la participación con la tríada información- sensibilización-actuación resulta limitado.

La adopción de decisiones desde la base, en todas las etapas o fases del desarrollo, es el descriptor clave de ese proceso. “Participar es tomar parte en la formulación, planificación, ejecución, seguimiento y evaluación de estrategias y políticas que conducen a la integración social.”3 La forma práctica de lograr a escala social un proceso de adopción de decisiones en la formulación, planificación, ejecución y evaluación de las políticas, y el reparto de los beneficios, no se consigna claramente, pero alrededor de esta manera de interpretar la participación se formulan algunos elementos claves:

1. La importancia de la descentralización como medio para acercar las decisiones al plano local.

2. Implantación de mecanismos que permitan conocer las necesidades y aspiraciones de los pobladores con vistas a formular el plan, y de otros instrumentos de planificación y evaluación que propicien la participación de la base.

“Participar es tomar parte en la formulación, planificación, ejecución, seguimiento y evaluación de estrategias y políticas que conducen a la integración social.”

El campo que incluye la adopción de decisiones tampoco queda precisado, y,  se supone, abarca todos los aspectos de la vida social: economía, enseñanza, investigación, cultura, así como el proceso de debate y estudio que precede a la adopción de una política. El problema de estas interpretaciones, a nuestro juicio, es que son algo irreales y difíciles de concretar en la práctica social. Cómo puede lograrse esa participación y por tanto las vías que proporcionan esas cuotas de poder en cada uno de los múltiples aspectos que conforman la vida, no queda precisado, ni  tampoco expresadas las definiciones y condiciones para ello. Tal vez se plantee más un ideal sin detenerse a profundizar en las limitaciones reales de los órdenes establecidos, y se ubique la participación en contextos irreales y generalizadores, sobre todo cuando se habla de toma de decisiones en la formulación, ejecución, beneficios y evaluación de las políticas de la sociedad.

Según Peter Oakley, más recientemente se observa el interés por otorgar a la participación un sentido más concreto que evite las ambigüedades antes referidas. Desde esa óptica, la participación es calificada como una forma de adquirir poder, pero con los límites que impone la sociedad. Se acepta que las decisiones fundamentales (muchas de las cuales tienen un alcance nacional) ya han sido tomadas por otros y que la participación consiste en discutir, reflexionar sobre la interpretación y ejecución de esa política en un ámbito concreto.

Las proyecciones de desarrollo comunitario guardan estrecha relación con esta concepción sobre la participación, en la cual los miembros de la comunidad o determinados grupos dentro de ella asumen la responsabilidad de sus problemas y despliegan una estrategia particular sobre cómo resolverlos. Esto conlleva la creación de un conjunto de estructuras para viabilizar la participación; por ejemplo, consejos locales, asociaciones, grupos, comisiones, etc. Veamos dos ejemplos de este tipo de definición: “[...] la participación es un proceso activo, lo que significa que la persona o grupo de que se trate toma iniciativas y afirma su autonomía para hacerlo”4. Se comprueban en estas interpretaciones de la participación tres elementos claves: su carácter activo y procesal, la necesidad de una base orgánica para ella y, por último, el papel de las necesidades y sus soluciones.

Estos autores explican la participación como un proceso activo, que entraña una distribución de poder en la sociedad. Privilegian la expresión microsocial, en el marco de un grupo concreto y relacionado con la tarea en curso. La toma de decisiones es su punto máximo y a él se llega a través de la reflexión, discusión y creatividad, sin que exista un modelo predeterminado. Son imprescindibles estructuras grupales que la concreten y permitan el acceso al poder, visto este como la posibilidad de la población de distribuir los recursos y controlar su propio destino, con el objetivo de mejorar sus condiciones de vida. Esta forma de participación es evaluada como un poder compensatorio5 para afrontar la forma de poder ya establecido en cada marco determinado.

Podríamos agregar, además, que muchas veces constituyen estrategias de sobrevivencia frente a un poder asfixiante, que construye una sociedad donde los más pobres y desfavorecidos no tienen lugar. Estas estrategias se desprenden de experiencias vinculadas con la creación de bienes, o con la construcción de una base económica (como regla general) por grupos excluidos de los planes de desarrollo y sus beneficios.

En esos casos, la participación busca conformar una fuerza política, cultural o económica de influencia, con vistas a lograr una redistribución de los bienes esenciales y comunes, para lo cual es necesario variar las estructuras sociales existentes. La participación, en tanto adquisición de poder, en ocasiones puede convertirse en un proceso en extremo conflictivo, en dependencia del encuentro de las diferentes fuerzas sociales con intereses en juego.

Resulta claro que la búsqueda de esos espacios participativos, fundamentalmente por grupos hasta el momento excluidos, para organizar y emprender acciones acordes a sus necesidades, puede entrar en contradicción con los órdenes establecidos. Lo fundamental en esta interpretación de la participación es que centra su punto de mira, no en otorgar a la población un derecho significativo de expresión sobre las cuestiones que atañen a sus vidas, sino en plantearse medios de distribución de ese poder en la sociedad.

Podríamos agregar, además, que muchas veces constituyen estrategias de sobrevivencia frente a un poder asfixiante, que construye una sociedad donde los más pobres y desfavorecidos no tienen lugar. Estas estrategias se desprenden de experiencias vinculadas con la creación de bienes, o con la construcción de una base económica (como regla general) por grupos excluidos de los planes de desarrollo y sus beneficios.

A manera de resumen, podríamos apuntar que, como regla general, la filosofía de base de todas estas concepciones, al margen de sus diferencias, coincide en defender un ideal de sociedad que promulga la igualdad, la libertad y el derecho de todo hombre a decidir sobre los aspectos vitales de su existencia, de luchar con plena conciencia de sus actos por una opción mejor. Alrededor de estas ideas existe todo un movimiento intelectual que refleja un descontento con la proyección de las sociedades actuales, y que intenta fundamentar teóricamente acciones que tracen un camino para vencer el desarraigo, la incomunicación y la pasividad. Tales acciones buscan una intencionalidad: la transformación de la sociedad a través de la redención de la palabra y la liberación de las conciencias en el propio proceso de actuación.

En este mundo de hoy, donde reina el desconcierto, el escepticismo, el hambre y la pobreza de una mayoría, frente a la opulencia sin límites de la minoría; en un planeta que vive un acelerado desarrollo cientificotécnico que sirve para que una elite se empeñe en legitimar su discurso y lograr el control económico y cultural, la horizontalidad e igualdad de la filosofía participativa se erige como una gran utopía junto a otras ya expresadas como la equidad, la libertad y el desarrollo, bellos sueños de la humanidad que en la práctica continúan siendo una mera declaración y no un proceso ex- preso de la vida cotidiana. Sin embargo, es esa misma realidad, la situación de miseria y marginación de tantos seres huma- nos, la que hace del tema de la participación —en su rol definitorio de las nociones de democracia y desarrollo— un objetivo indispensable a alcanzar si se quiere edificar un mundo mejor y más justo.

Las reflexiones sobre tales asuntos son el reflejo del sentimiento y la necesidad de la humanidad de hacer emerger nuevas utopías hacia las cuales el hombre, con toda su fuerza y plenitud, pueda avanzar. Constituyen un intento por buscar construcciones sociales que le den el lugar correspondiente al ser humano, en su derecho a ser libre, responsable y diferente. Significan el propósito consciente de brindar estrategias que edifiquen para todos espacios de intervención en las decisiones claves de su vida y de estructurar acciones para preparar a aquellos conminados a participar.

Carácter procesual de la participación

Destacar el carácter activo y procesual de la participación es el resultado de la propia evolución de este proceso en su manifestación en la realidad. La historia ha corroborado que la génesis de los procesos participativos está, por lo general, en problemas sociales que afectan directamente a un grupo de personas, quienes deciden resolverlos bajo su cuenta y riesgo. Los movimientos de liberación nacional, así como las asociaciones de las minorías étnicas, de campesinos y vecinales son algunos ejemplos de esto. En cada país dichos movimientos han nacido y florecido en diferentes esferas de la vida social, en estrecha relación con coyunturas económicas, políticas y culturales. En la Europa desarrollada, donde prevalecen condiciones socioeconómicas favorables para una gran mayoría, las experiencias se vinculan a áreas como la cultura, el tiempo libre, el urbanismo y la ecología.

Sin embargo, en los países pobres y subdesarrollados, como es el caso de América Latina, resultan significativos aquellos movimientos que intentan el mejoramiento de sus condiciones de existencia y la defensa de derechos políticos y jurídicos. Tanto unos como otros muestran cómo el hombre es capaz de trazarse una estrategia colectiva para subsistir o transformar su entorno en aras de satisfacer sus necesidades. Muchas de estas experiencias han jugado un papel vital en la lucha contra la pobreza o la preservación del medio ambiente, aunque no han podido resolver en su totalidad estas situaciones. Son voces que se levantan para hacer tomar conciencia de la necesidad de elaborar de conjunto, con una contribución eficiente del estado u otras organizaciones no gubernamentales, programas y proyectos de acción específicos.

El análisis de estas experiencias muestra como común denominador su relativa autonomía en relación con los poderes políticos, económicos y culturales; su vinculación con los mismos, en los distintos casos, es de cooperación, indiferencia o franca contradicción. Mediante diferentes fórmulas organizativas todos estos movimientos han nacido como resultado de problemas que afectan a esos grupos sociales y se han estructurado y sostenido alrededor de su voluntad por resolverlos.

Con propósitos de acuerdo con la naturaleza que genera un movimiento en específico, con líneas y procedimientos diferentes, cada uno ha tratado de enfrentar y resolver las situaciones que le afectan, o al menos lo ha intentado. Las constantes encontradas en todos esos movimientos han llevado a los especialistas a hacer esfuerzos por describir las generalidades de la participación como proceso.

Veamos algunas de sus características esenciales, desde nuestro punto de vista. Ante todo, debemos considerar la participación como un proceso que consta de un conjunto de fases que poseen una dinámica interna propia con diferentes niveles de expresión. En segundo lugar, en tanto proceso social, su evolución y formas de manifestación van a estar influenciadas y determinadas por un grupo de factores de índole económica, políticosocial, histórica y cultural que lo darán a luz, posibilitando canales efectivos de expresión, o lo abortarán. En tercer término, que la participación, tanto como objetivo o medio de reclamo, implica una postura y una acción dirigida a un fin y, por tanto, su puesta en marcha imbrica determinados procesos psicológicos y sociales en los cuales las necesidades significativas ocupan un lugar jerárquico, lo que da como resultado que los procesos participativos no se limiten a un área determinada sino que estén presentes en los múltiples escenarios que la vida social encierra.

La acción participativa es precedida por la necesidad y, por ende, por una situación conflictiva y presionante que necesita solución. El carácter de esa necesidad y del hecho que la provoca puede ser de diversa índole, como la recreación, el medio ambiente, la cultura, los servicios públicos, la educación, aspectos judiciales, la política, los impuestos o la propia subsistencia. En todos los casos el común denominador son los problemas concretos que afectan significativamente a individuos, grupos y comunidades.

La acción participativa a la cual podrán inducir dichos problemas transitará por un conjunto de fases que conforman la dinámica interna de este proceso. Ella debe conducir a las decisiones sobre cómo resolver los problemas, lo cual generará res- puestas de diverso carácter, por parte de los actores de la participación, en la búsqueda de esa solución y en la solución misma. Esta acción comenzará, en primer lugar, por la movilización y autoorganización, la cual puede ser espontánea o con cierto asesoramiento, junto a la búsqueda de información necesaria para definir y tomar clara conciencia de qué se necesita, las causas que provocan la carencia y qué vías técnicas son las adecuadas para resolverla.

La participación siempre es para algo y por algo; es el resultado de necesidades comunes a todos los miembros de un grupo, organización o comunidad, necesidades que a su vez guardan estrecha relación con las individuales, aunque no en todos los casos estas últimas tienen que coincidir con las comunes. A través de esta búsqueda de información y en una segunda fase —la de intercambio de opiniones (comunicación)— se comienzan a clasificar los objetivos, a perfilar los proyectos de acciones que conduzcan a la solución y a la posterior evaluación de las gestiones para su ejecución. Todo esto es acompañado por sucesivas tomas de decisiones y acciones que completan el proceso.

La posibilidad de todos los miembros de un grupo o comunidad de estar informados, de opinar y, lo más importante, de decidir sobre los objetivos, metas, planes y acciones en cada una de las etapas del proceso, será el indicador auténtico de la participación. Su máximo nivel de expresión y célula distintiva es la posibilidad de intervenir en la toma de decisiones en las diferentes fases de la búsqueda de la solución, en el trazado de una estrategia, en la ejecución y evaluación de la acción y en el reparto de los beneficios. Para esto se requiere de una amplia y rigurosa democracia, que dé la oportunidad de informar y ser informados, opinar, intercambiar y decidir, y que concentre todas las voluntades y esfuerzos en la solución, sobre la base de una acción colectiva.

El logro de esta forma democrática de organización y acción dependerá de la existencia de un conjunto de estructuras y mecanismos que así lo permitan. Dada su estrecha relación con soluciones presionantes, las expresiones participativas se han caracterizado, además, por su carácter temporal. En general desaparecen o merma su fuerza cuando los fines concretos que propiciaron su movimiento cesan. En ocasiones, su flexibilidad, vitalidad y capacidad de respuesta disminuye considerablemente cuando han intentado establecerse como organizaciones permanentes.

Si bien la instituionalización de esos movimientos puede resultar beneficiosa en múltiples aspectos —al dar una estabilidad y trazar una línea de continuidad a sus objetivos, metas y beneficios—, no es menos cierto que lo institucionalizado tiende a separarse de los intereses de quienes dicen representar. Una organización necesita determinar sus objetivos, crear sus estructuras y establecer formas de proceder.

El intento de aferrarse a una experiencia muchas veces queda rezagado con relación a la urgencia de los cambios de sus representados, aunque no pretendo con esta observación desconocer o minimizar el papel decisivo de las instituciones en la sociedad, ampliamente tratado por la sociología. En estrecha vinculación con la óptica de considerar la participación como la posibilidad de adquirir poder, se califica a esta como un proceso de educación no formal para la liberación y concientización, donde la labor del grupo desempeña un rol fundamental.

La participación como proceso docente no formal, influenciada por los conceptos de P. Freire, revierte las formas tradicionales de instrucción y se apoya en una pedagogía no directa, donde prima el proceso de diálogo, resaltado en función del agente en tanto facilitador y la acción colectiva en el marco grupal. Si se privilegia el marco microsocial, las estructuras grupales y la acción social, se percibe la participación como expresión y condición de una comunicación educativa en la cual el quehacer activo y consciente de sus miembros permitirá la transformación de sus condiciones de vida y de su propia personalidad.

En este sentido, las diferentes experiencias con grupos en proyectos de desarrollo hacen uso de esa base orgánica; primero, para crear un espacio que estimule la iniciación económica o cultural de los miembros; y segundo, como una forma orgánica que, por sus propias características intrínsecas, se convierta en la precursora de la participación. En la práctica social es difícil separar ambos enfoques, sobre todo porque persiguen un mismo objetivo: alcanzar la mayor participación de sus miembros, y con ello lograr su autodesarrollo.

Se plantea que el interés que actualmente se presta a la organización grupal para el logro de la participación y, por ende, para el desarrollo, se debe en gran parte a la incapacidad de algunas formas institucionales de facilitar tal participación. Pero fundamentalmente está vinculado con cierto consenso que tiende a considerar que los proyectos de desarrollo destinados a las comunidades como entes globales, sin tomar en cuenta su diversidad y pluralidad, traen como resultado una pobre participación y la concentración de los beneficios generados en manos de una minoría. Por tal motivo es común en la actualidad, para alcanzar el desarrollo en las diferentes esferas de la vida social, orientar estrategias diferenciadas a cada grupo sociocultural, especialmente a aquellos tradicionalmente excluidos.

Considerar al grupo como centro dinámico de la participación dentro de un proyecto de desarrollo determinado, implica tomar esa base orgánica como espacio favorable para preparar a sus miembros con vistas a emprender un objetivo, llevarlo a cabo y defender sus intereses, e incluso competir en el acceso a los recursos. Tener eso en cuenta significa, según nuestro criterio, que para hablar de participación, comprenderla y alcanzarla, hay también que poner los ojos en las estructuras de los sujetos individuales, en sus intervinculaciones naturales, en sus construcciones colectivas, forjadas por sus voluntades o por sus presiones. Implica, además, entender el significado de tales construcciones, las cuales son espacios de unión, solidaridad y creatividad, pero también de tensiones, discordias, peleas y resentimientos.

Para hacer referencia a la participación, y aún más importante, convertirla en un proceso tangible, posible de interpretar, no basta con definirla como un proceso de toma de decisiones para el cual la sociedad debe crear condiciones favorables, ni estar convencidos de que es un ingrediente vital para el desarrollo; es necesario, además, aprehender su dinámica interna, en tanto proceso que toma como centro al hombre y su mundo de interrelaciones.

Cuando hablamos de desarrollo, transformación y participación, también estamos hablando de sujetos y, aun más, de la vida de cientos de personas en el transcurso de lo cotidiano, en donde se insertan los grandes acontecimientos sociales y aquellos que no lo serán tal vez para la sociedad, pero sí lo son para ellos. Aludimos a una práctica diaria que se ejecuta en múltiples espacios, donde se lucha por sobrevivir y, además, se desea y disfruta; lugares de encuentros, solidaridad y ayuda mutua, pero también de egoísmos, desigualdades y atropellos.

Toda una vida, llena de memoria, en la cual las tradiciones, hábitos y costumbres se repiten y recrean. Escenarios donde coexisten la esperanza y la frustración, las presiones sociales y las expectativas individuales y también cierta resistencia construida de burla e ingenio, de in- dignación e impotencia, de sueños por un futuro y del distanciamiento que proporciona la desilusión, el desengaño y los fracasos. La participación tiene un carácter multidimensional, lo que hace difícil encerrarla en un concepto. Puede ser interpretada en diferentes planos y no debe considerarse solamente como una magnitud para el desarrollo.

Estamos frente a una noción eminentemente cualitativa, vinculada a la intervención en los beneficios del desarrollo, pero también a la capacidad de proceder a un desarrollo autogenerado. Tiene una dimensión política indiscutible, en tanto práctica de acceso al poder, principalmente de los grupos más desprovistos.

Para que se engendre la participación, esta debe desembocar en la posibilidad de intervenir en la toma de decisiones; ella es su indicador más puro, lo que significa tomar parte activa y tener voz directa en la determinación de los problemas, prácticas, políticas y acciones que atañen a la vida de una comunidad. Implica, en fin, la búsqueda de una nueva expresión política, en la que se supere la diferencia entre dirigentes y masas, de una fórmula que posibilite al hombre convertirse en sujeto de su propio mundo. La participación es un proceso activo, donde los planos social e individual actúan de manera recíproca, dando a la luz un complejo mundo de interacciones, en el que el hombre se coloca definitivamente como creador de su propia vida y se convierte en un sujeto que actúa, lucha, resiste, sobrevive, crea, transforma y que, por derecho propio, edifica los caminos al desarrollo social y personal.

Es más que nada una mística donde se teje la esperanza de recorrer el trayecto hacia una democracia popular, en la que se respete la pluralidad y se crea en la viabilidad del diálogo.

 

Tomado de La participación: ¿solución o problema? (auto- res varios), La Habana, Centro de investigación y desarrollo de la cultura cubana Juan Marinello, 1996, p. 9-23.
 
Bibliografía
1. Manuel Sánchez Alonso, La participación.  Metodología y práctica, p. 75.
2. Lele Uma, “Concepto de participación”, en Peter Oakley, Consideraciones en torno a la participación en el desarrollo rural, p. 24.
3. Huynh Cao Tri, Participate in Development, p. 13.
4. AnisurRahman en Peter Oakley, Consideraciones en torno a la participación..., op.cit., p. 24.
5. Peter Oakley, op. cit., p. 109-111.

Comentarios

Que bueno y muy instructivo en cuanto a la definición de participación. Esta es una de las palabras que permanece en nuestra Carta Magna junto con el protagonismo de nuestras comunidades.... excelente...

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